Capítulo veinticuatro. Oliver
Capítulo veinticuatro Oliver
Diecinueve años de edad.
—Feliz decimoctavo cumpleaños para mí. —Briar Rose levantó en alto el chupito de tequila—. ¡Salud!
Se llevó el chupito a los labios, inclinó la cabeza hacia atrás y se lo bebió de un trago. Y yo hice lo mismo, mientras la observaba con cuidado en busca de algún signo de colapso inminente.
Sus padres no habían vuelto a su casa de Ginebra y ni habían aparecido para saludarla por el cumpleaños, ni tampoco por su graduación.
Le habían dejado un mensaje a través del ama de llaves.
Algo sobre una invitación de última hora para ir a una isla al norte del estado de parte de un senador en ascenso.
Desde entonces, Mimitos no había dejado de llorar desconsoladamente salvo interrupciones esporádicas cada dos horas. Así que tomé la decisión ejecutiva de sacarla de esa casa llena de recuerdos deprimentes en todas las paredes.
Nos subimos al tren nocturno hacia París para pasar su cumpleaños en un lugar neutral. En cuanto llegamos, me arrastró a un estudio oscuro donde una chica gótica llena de tinta le hizo el tatuaje en el hueso de la cadera.
La siguiente conquista de su mayoría de edad sería beber alcohol legal por primera vez, o más bien llenarse el estómago hasta los topes.
Levanté una ceja y observé a mi novia angustiada:
—¿Estás bien? —Parecía salida de un tablero de Pinterest con su vestido mini de lentejuelas rosadas y el cabello recogido con una cinta de Chanel.
Briar Rose dio unos golpecitos con los nudillos sobre la barra pegajosa y giró el dedo índice para pedir otra ronda de bebidas.
—Mejor que nunca.
El barman se nos acercó y nos sirvió la tanda de cuatro vasos. Mientras esperábamos, Briar Rose tomó mi chupito sin empezar y se lo bebió de un trago como una profesional. Nuestros años bebiendo a escondidas obviamente no habían sido en vano.
Mordió una rodaja de lima y descartó la cáscara sin pestañear siquiera.
—Gracias por venir. —Le pasé el brazo por el respaldo del taburete y busqué su rostro. Legalmente, ya podía beber en Francia, pero yo sabía que emborracharse hasta la médula en medio de un bar abarrotado de gente en medio de París no la ayudaría a sentirse mejor.
Yo no era de entrar en pánico muy seguido.
Pero en ese momento estaba llegando al punto del pánico.
Que Briar Rose tuviera unos padres de mierda no era ninguna novedad para mí.
Pero sí verla derrotada, frustrada y desvalida.
Por lo general ella era de controlar sus emociones, de mantenerse resiliente y en sus cabales.
—Encantado. —Le di un golpecito con un dedo en la punta de la nariz—. No me perdería verte por nada del mundo.
Pasó la punta del dedo por el borde del chupito vacío, mirando fijamente el fondo del vaso.
—Pero se suponía que no ibas a venir este verano.
—No pasa nada. —Me giré en mi asiento y le arreglé la rosa azul que llevaba detrás de la oreja con una sonrisa—. No hay ningún otro lugar en el mundo en el que prefiera estar.
Calificar de desastre esos últimos días del verano hubiera sido una ofensa para todos los desastres del mundo. Por primera vez en catorce años, mi familia no iba a pasar el verano en Ginebra. En cambio, mi padre había alquilado una casa junto al lago en el centro de Nueva York durante un mes.
Pero no de vacaciones. No. Nos dejó bien claro que esperaba que Seb y yo hiciéramos unas prácticas intensivas en la ciudad vecina. En los próximos diez años, papá tenía previsto que nos hiciéramos cargo del Grand Regent, y estaba dispuesto a matarse antes de que hundiéramos la cadena de hoteles.
Nos había llegado la hora. En los próximos meses, entraría en mi segundo año en Harvard. Seb también acababa de terminar el instituto antes de tiempo, así que no es que ninguno de los dos pudiera escapar de la responsabilidad.
Yo había pensado pasarme el mes siguiente de viaje por Europa con Briar Rose y, después, encontrarnos en Harvard. Lo habíamos conseguido. Era oficial. O, al menos, eso fue lo que pensé.
Pero unas noches después, me había llamado llorando a mares e hiperventilando por estar sola en esa maldita casa.
Salí disparado sin terminar lo que tenía entre manos y me subí a un avión rumbo a Ginebra.
Dejé al personal confundido, a mi hermano muy enfadado y a mi padre despotricando y echando humo por las orejas.
Me incliné hacia Briar para besarle la frente.
—Lo importante es que he venido. —Ella se echó el pelo hacia atrás por encima del hombro al mismo tiempo que yo me inclinaba, impidiendo que mis labios la besaran.
Aun así, llegué a sentirle el aliento: rancio y agrio del alcohol.
Quería arrancarle toda la borrachera con besos, limpiarle todo el dolor y la angustia.
Quería beberlo todo de sus labios. Llevar la carga de su dolor.
—Bueno, Mimitos, ya es hora de la cena. —Di un aplauso con las manos y le brindé mi mejor sonrisa ganadora—. ¿Nos vamos?
—¿Tú y quiénes más? Familias con bebés, jubilados con mucho tiempo libre y gente que no tiene reloj. —Arqueó una ceja—. Son las cinco de la tarde. Métete la cena por ya sabes dónde…
—Me encantará probar algo nuevo cuando tengamos sexo, si así lo quieres. Pero aun así tienes que comer.
—No tengo hambre.
—Cariño, te quiero más que al porno, que a la pizza y la cerveza belga bien fría en las tardes de un verano caluroso, pero si no te llenas el estómago con carbohidratos, vas a pasar la noche en el hospital por el alcohol. Y sería lamentable que celebraras así tus dieciocho años en este planeta.
Briar Rose hizo un puchero y giró el vaso de chupito vacío, después se apoyó con el mentón sobre el puño y dijo:
—Da igual, empiezo a sentir que no hay mucho que celebrar.
—Mimitos…
Desvió los ojos azules salpicados de púrpura del vaso y los posó en mi rostro. Tenía los ojos vidriosos, a punto de llorar.
—Pero es cierto, ¿o no?
El corazón me estalló en un billón de pedazos.
—No, no es cierto.
—Estoy muy agradecida de que me lleves a Harvard contigo.
Y de poder pasar las vacaciones con tu familia a partir de ahora.
Y estoy agradecida hasta la médula por toda tu devoción, tu dedicación, tu amor.
.. Pero eres la única persona en el mundo para mí, una isla, Ollie.
Mi isla. Mi felicidad, y también la falta de ella; todo depende únicamente de ti. Si desapareces de mi vida...
—No desapareceré de tu vida nunca… —la interrumpí.
Sonrió con tristeza y continuó:
—Pero si sucediera, te llevarás contigo lo mejor que tengo. Te llevarás lo único que me importa en la vida y que no quiero perder. Eres todo lo mejor y lo peor que me ha pasado, Oliver von Bismarck. Si te pierdo, no me queda nada.
No tenía nada que decir al respecto. Sus sentimientos eran válidos y no podía culparla por sentirse así.
Los padres la habían enviado a un colegio solo de chicas, donde no encajaba, y, por eso mismo, se le habían anulado todas las oportunidades de hacerse amiga de alguien.
Nunca tenía a nadie con quien pasar el tiempo, nunca la presentaban con otras familias y nadie se molestaría en enamorarse de ella.
Estaba sola por completo.
Excepto por mí.
Todo lo que yo tenía que hacer era asegurarme de que eso fuera suficiente.
Rebusqué la cartera en mi bolsillo, tiré unos cuantos billetes sobre la barra y me cargué a Briar sobre el hombro, levantándola por la cintura, para llevarla fuera del bar. Ella ni se inmutó. A esas alturas, tal vez ya rozaba el coma etílico.
Salí disparado por la Rue de Rivoli, con mi novia al hombro.
—Mhmm. —Me rozó la espalda con las uñas de un modo que se me puso duro el pene y sentí un cosquilleo por toda la piel—. Creía que Rivoli era italiano, no francés.
Respiré hondo.
—Te refieres a los ravioli , amor.
—Quiero ravioli . Es cierto. Necesito meterme unos carbohidratos.
Necesitas que yo me meta en ti .
Y con eso venía el segundo problema.
No nos habíamos acostado aún.
Bueno, no era un problema en sí. Nuestro estado virginal debería haberme molestado más, posiblemente, pero me chupa un huevo (doble sentido a posta).
Hasta el momento, nunca había sentido que se hubiera presentado la ocasión ideal.
En especial porque nos veíamos solo ocho semanas en todo el año.
Me imaginé que pasaría cuando nos encontráramos en Harvard.
Ahí podríamos salir a la noche. Comer fuera.
Ir al cine. En un tiempo sin límite de construir ese tipo de intimidad que da lo cotidiano.
Yo estaba bien con llegar virgen a los diecinueve años. Pero ya, veinte era demasiado.
—Por dios, tienes un culo delicioso —dijo Mimitos, mientras me masajeaba por encima de los vaqueros en medio del hipo reiterado y de los transeúntes que abarrotaban la calle—. Quiero morderlo.
—Gracias a la máquina de Smith, no me salto el día de piernas en el gimnasio. —Trataba de mantener un tono ligero en la voz mientras buscaba un restaurante donde no hubiera tanta gente. Pero en el verano parisino, todo estaba lleno.
Soltó otro hipo y dijo:
—Creo que deberíamos tener sexo.
—Creo que deberías comer, beber tres litros de agua y dormir unas ocho horas de siesta —le contesté.
No había modo de que yo me acostara con esa mujer en su estado más vulnerable.
—Sé exactamente lo que hago, Oliver. Incluso si lo dejáramos mañana mismo, seguirías siendo la única persona a quien quiero darle mi virginidad.
—Por mucho que me alegre oír esto, Mimitos, nadie hará nada hasta que te sientas mejor.
Vi una pequeña cafetería al final de la calle y me apresuré hacia allí. Ya empezaban a rodearnos las miradas curiosas, y ni hablar de las mujeres que me miraban escandalizadas cuando me veían pasar con una chica al hombro, y vestida con un vestido demasiado corto, colgada como si fuera un premio.
El aroma a mantequilla de los croissants me subió por la nariz al segundo en que cruzamos la puerta del café. (Bueno, yo la crucé y ella la pasó colgada de mí).