Capítulo veintitrés. Oliver
Capítulo veintitrés Oliver
Se había hecho vegetariana. Eso sí que era una novedad para mí.
Casi se me sale el alma del pecho cuando me preguntó por los tatuajes.
Me acordaba todavía del que se había hecho el último verano que estuvimos juntos, apenas cumplió los dieciocho años.
Y no le mentí. Por lo menos no técnicamente.
Sí pasó que le chupé toda la entrepierna y pasé mis dedos por las letras cuando le dolía, para que se curara.
Sí pasó que la besé para que se sintiera mejor.
El resto de la cena fluyó sin más incidentes.
Briar era divertida, observadora y, si bien no se acordaba ni de sus domicilios anteriores, ni de sus amigos, ni de su trabajo de los últimos quince años, no tenía problema en analizar el pensamiento filosófico del puto Nietzsche, en profundidad.
Acababa de acordarse de que se había especializado en Filosofía en la universidad.
—Creo que a lo que me refería con «pelea como una mujer» es a esto…
—Enroscó los espaguetis con el tenedor sobre una cuchara y los sorbió como una niña, sin dejar de sonreírme, mientras proseguía—: Las mujeres son todas unas pioneras.
Nietzsche era un amargado con más problemas de salud que un anciano de noventa años.
La sociedad educada lo rechazó en gran medida por no creer en Dios, y estaba en la ruina total y completa, peor que un estudiante pobre y mujeriego.
Era machista, como los demás intelectuales de su época.
Y, aun así, las mujeres lo criaron y lo cuidaron.
Mujeres inteligentes. Feministas. Su hermana, su madre, su tía, Lou Salomé.
—¿Lou qué?
—La mujer a la que le pidió matrimonio tres veces. Una intelectual y escritora brillante. Lo rechazó las tres veces.
—¿Por qué?
—Quería casarse con alguien de su altura. Verás, a pesar de la opinión general de la época sobre las mujeres, Lou Salomé sabía lo que ella valía. Se dio cuenta de que no la apreciaba como ella se merecía. No era arrogancia, ni codicia, ni esnobismo. Eran así en los hechos.
—¿Y cuáles eran esos hechos?
Agarró la vela de la mesa y la apagó de un soplo.
—La sombra de un hombre está diseñada para taparle la luz a la mujer. Porque trata de ponerle freno a lo que no puede controlar.
Empecé a excitarme con su cerebro.
Quería meterle la polla por la boca, ahora que sabía todas las cosas inteligentes que salían por ahí.
Para cuando llegamos al dormitorio principal, no había dejado de pensar ni un segundo en todo lo que quería hacerle. Claramente, yo no me había encontrado con mis valores morales entre la caída en el estanque y el momento actual.
Entró en el baño a cepillarse los dientes mientras yo me ponía el pijama en el vestidor y le echaba un vistazo a su guardarropa. Era tan básico que casi me pongo a llorar.
Briar era dueña de un estilo único que solo podía describirse como propio de ella.
No se vestía como si cada centímetro de la Tierra fuera su pasarela, como Dallas y Frankie, atrapadas en la ostentación de los nuevos ricos y gastando cientos de miles de dólares en ropa al mes.
Tampoco se vestía como Fae, una víctima de la moda que necesitaba desesperadamente un trasplante de ojos.
No, el armario de Briar estaba lleno de tejanos vintage , de botas vaqueras auténticas, con las mangas remangadas y chaquetas de cuero.
Fenomenal . Briar era fenomenal. Siempre lo había sido.
Era una de las razones por las que nunca quise alejarme de ella cuando estábamos juntos.
Nunca sentía que me estuviera perdiendo algo, como en un síndrome FOMO. Yo ya sabía que tenía lo mejor.
Volví a la cama, sacudí las almohadas y deshice la construcción elaborada que insistía en hacer mi empleada doméstica todas las mañanas.
—Ollie.
—¿Qué? —Entré en el baño corriendo, en parte para poder verla desnuda, pero sobre todo porque de verdad me preocupaba por ella.
Tenía puesta una camiseta rosa corta sin sujetador debajo (se le marcaban los pezones) y unos pantalones deportivos enroscados en la cintura. El cepillo de dientes le colgaba de la boca, de donde le desbordaba la espuma.
—Mira lo que he descubierto que puedo hacer.
Sin esperar respuesta, hizo una vertical, doblando los codos poco a poco con las piernas en el aire, rectas como una flecha. Su camiseta corta se le subió, dejando al descubierto sus tetas.
Necesito repetirlo: tenía las tetas al descubierto, bronceadas, divinas y directamente frente a mí. Con un piercing en uno de los pezones. Se me levantó el pene hasta el abdomen y empezó a gotear su líquido preseminal.
—¿Sabías que podía hacerlo? —murmuró, todavía con el cepillo de dientes colgando.
—¿Qué? ¿Hacerme eyacular de solo existir? Sí, eso sí.
¿Cómo descubre uno de pronto que puede hacer una vertical? Tomé nota mental de estar más atento a ella, no fuera que la encontrara boca abajo entre las espinas de los rosales después de un cuádruple salto mortal hacia atrás que le salió mal.
El cepillo de dientes se le cayó al suelo de la risa.
Me sonrió y la espuma de la pasta de dientes le corrió por las mejillas.
—¿Seré una aficionada al yoga?
—Eso parece.
—Qué guay. —Seguía boca abajo con una vista directa a mi pene erecto. No había mucho que pudiera hacer al respecto—. ¿Qué otros pasatiempos tengo?
—Dejarme con las ganas.
Bajó los pies poco a poco, se enderezó y se me acercó despacio, contoneando las caderas a cada paso.
—De eso podemos encargarnos enseguida, ya sabes. —Su voz se coló por nuestros cuerpos como si fuera humo.
Se acercó más y, justo cuando pensé que me rodearía el cuello con los brazos, me sorprendió de nuevo: su pierna salió disparada como si fuera una bailarina y el tobillo me quedó apoyado en el hombro.
Todo el cuerpo se le fundió contra el mío, toda la longitud de su larga pierna me presionaba con fuerza; su vagina apretada contra mi erección.
Se me pusieron los ojos en blanco. Los cerré con fuerza y jadeé en busca de aire.
Traté de recordarme que el compromiso, a diferencia de la atracción sexual, era falso.
Si ella estuviera en todas sus facultades mentales, lo que estaría haciendo sería castrarme, y preferentemente con un cortaúñas, para prolongar el dolor.
—Amor. —Me acerqué a su rostro y le besé la nariz respingona.
Juraría que por un segundo sentí que todo el grosor de mi pene encajaba entre los labios de su vagina—.
No podemos hacer esto ahora mismo. —La besé en el talón del pie descalzo y la ayudé apoyarlo de nuevo sobre las baldosas—.
Créeme que no hay nada que me gustaría más que.
.. bueno, saborearte. Pero tenemos que dar tiempo a que te adaptes.
Antes de que perdieras la memoria, tuvimos una discusión.
Estabas molesta conmigo. No quiero aprovecharme de ti.
No podía decirle toda la verdad. Pero podía ser sincero en que tener sexo no era buena idea. A decir verdad, era una idea fantástica. Quizás la mejor idea de todos los tiempos y de toda la civilización. Pero sabía que su verdadero yo no lo hubiera querido en ese momento.
Se dio la vuelta hacia el lavamanos y escupió la pasta de dientes, después llenó un vaso con agua y se enjuagó.
—¿Por qué discutimos?
—No puedo decírtelo. —Volvió a darse la vuelta de golpe y se secó la boca con el dorso de la mano.
—¿Por qué no?
—El doctor Cohen me dijo que no te molestara con nada que pudiera alterarte. Lo que había hecho te alteró.
Briar entrecerró los ojos.
—¿Algo del estilo de engañarme?
—Como te he dicho antes, no te engañé nunca, ni nunca lo haré. —Apoyé el codo en el marco de la puerta y me froté el pelo—. Pero para serte totalmente sincero, tampoco estuve en abstinencia durante el tiempo que nos separamos.
Y fueron quince años.
Ella volvió a colocar el cepillo de dientes en su sitio y arrojó la toalla de mano en la cesta elegante que había para la ropa sucia, mientras decía:
—Me preocupa lo que dices.
Me aparté del marco de la puerta, me acerqué a ella, la tomé por los hombros y le besé la frente. Me quedé un rato con los labios pegados a su piel.
—No tienes de qué preocuparte. Te adoro. Nunca querría hacerte daño. Nos desentendimos por un momento. Solo quiero que recuperes la memoria antes de que tengamos sexo. Si después de que lo recuerdes todo, sigues queriéndome en tu cama, te prometo que no me iré nunca más.
Me miró y parpadeó con aire dubitativo.
—¿Significa que no dormiremos en la misma cama?
—Si no te sientes cómoda, puedo irme a dormir a una de las habitaciones de invitados.
—No. —Apoyó las palmas de las manos sobre mi pecho. Ambos notamos que el corazón me latía a toda velocidad—. No quiero dormir sola. Te quiero a mi lado.
—Tus deseos son órdenes.
—¿Pero nada de sexo hasta que vuelva a recordarlo todo?
—Nada de sexo hasta que recuerdes.
—Está bien... pero en cuanto lo haga, tendrás que darme sexo oral al menos durante cuarenta minutos. —Levantó una ceja—. Como en el Palacio de Versalles.
—Fueron cincuenta y claro que sí.
—Mientras trazas las letras de mi tatuaje con el dedo.
—Trato hecho.
Había muy pocas posibilidades de que ella fuera a querer tener nada que ver con mi pene, ni mucho menos con cualquier otro órgano de mi cuerpo, cuando recuperara la memoria.
Y todo era culpa mía.