Mi oscuro príncipe (Dark Prince Road 3) Capítulo veintidós. Briar
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Capítulo veintidós. Briar

Capítulo veintidós Briar

La excusa del acumulador compulsivo no me la creí ni por un segundo.

Oliver era minimalista desde que nació.

Bueno, tan minimalista como puede, siendo un nepo baby multimillonario.

Desde que tengo memoria (más literalmente que nunca), lo recuerdo conduciendo coches impecables, vivir en habitaciones ordenadas y despejadas de cosas, y llevar carteras con una única tarjeta de crédito negra (a diferencia de la que me habían devuelto a mí en el hospital, repleta de cupones, monedas y billetes arrugados).

Y hasta ahora: no había miles de empleados de servicio por todas partes y la casa estaba impecable. En seis kilómetros a la redonda no había ni un vaso fuera de lugar. Me guardé en la memoria lo de investigar el ala sur en cuanto Oliver me dejara en paz.

No me había dejado sola ni un segundo, solo para ir al baño y cambiarme de ropa, y en ese segundo me había puesto un vestido hermoso de nuestro armario.

(Pero yo, a diferencia de él, parece que dejé el dormitorio principal todo desordenado: camisas, zapatos y vaqueros por todas partes.

Tuve la decencia de disculparme y prometí ordenar todo por la mañana).

A las siete en punto, Oliver me acompañó a cenar al patio del primer piso, con vistas al lago. De pronto salieron de la nada dos camareras uniformadas que se pusieron a nuestro lado.

Una de ellas se inclinó hacia mí, con las manos juntas a la altura del estómago y me dijo:

—Señorita Auer, me alegro mucho de volver a verla.

Fruncí el ceño mientras Oliver me apartaba la silla.

—Gracias.

Había pronunciado mal mi apellido. ¿Sería nueva?

¿Acaso yo había espantado a su predecesora?

Vagar por el mundo sin recuerdos era como navegar en un barco sin brújula ni GPS.

Sin logros de los que enorgullecerse. Sin errores sobre los que reflexionar.

Una pizarra en blanco que, de alguna manera, parecía más sucia que un pasado dudoso. Agregué:

—Puedes llamarme Briar.

De ningún modo mi yo actual sería tan presumida de pedirle a mis empleadas que se dirigieran a mí por el apellido. Ni hacerles llevar uniforme, mucho menos .

—El personal es nuevo. —Oliver le dio la vuelta a la mesa cuando me senté y se acomodó frente a mí—. En general pedimos comida hecha pero el doctor Cohen recomendó que comieras bien.

Hizo una pausa, me miró fijamente y agregó:

—Y la agencia de donde contrato al personal les exige llevar uniformes.

Me recosté contra el respaldo de lona de la silla.

La camarera volvió a inclinarse, esta vez más que antes.

—Mis disculpas, Briar.

Yo tenía bien presente que vivía una vida privilegiada. Más de una en mi situación tendría otras preocupaciones fuera de las lagunas de la memoria y los dolores de cabeza esporádicos: pagos de facturas de hospital, turnos de trabajo y cuidado de niños.

Intenté hablar sin que se me notara la felicidad que sentía:

—¿Ya te he dicho alguna vez lo maravilloso que eres?

Casi todos los hombres no hubieran sabido manejar una situación como la que habíamos vivido. Oliver lo había hecho con elegancia. Era muy afortunada de tenerlo por compañero.

Él no apartó los ojos de la copa de vino y me contestó:

—Sí, me lo dijiste.

—Bueno, va en serio. Tengo mucha suerte de amarte. Hablando de eso, ¿cuándo fue la última vez que te dije que te quería?

—Me lo dijiste justo antes del accidente —añadió algo en voz muy baja que no llegué a entender; era algo así como «más o menos».

La otra camarera me retiró la campana de plata del plato y dejó al descubierto mi cena. Un enorme filete de lomo Porterhouse con espárragos, puré de patatas bien cremoso y algún tipo de salsa blanca.

En cuanto el olor de la carne me llegó a las fosas nasales, me incliné sobre la baranda de mármol y vomité directamente sobre los rosales.

—Mis felicitaciones al chef, que consiguió hacer vomitar a mi prometida antes de que probara bocado siquiera. —Oliver salió corriendo hacia mí, me sujetó el pelo con manos expertas y me lo levantó mientras les gritaba a las empleadas—: Quitadle esta comida ya mismo.

Después, me preguntó:

—¿Estás bien, Mimitos? ¿Son las migrañas?

—No. —Negué con la cabeza y me limpié la boca con el dorso de la mano—. No es eso. Estoy... esto está malo.

—¿Malo? —Tomó un espárrago de su plato y lo cortó con sus dientes blancos como perlas—. Amor, a esta vaca se la alimentó con pasto orgánico de quinientos dólares el gramo. Te aseguro que este es el mejor filete que comerás en tu vida.

—No es eso. —Negué con la cabeza y me alejé de la mesa, tambaleante—. Soy... creo que soy vegetariana.

Se quedó mirándome sin poder decir nada, con la boca abierta y el rostro inexpresivo.

Me abracé a mí misma; el cerebro hecho un torbellino.

—¿O tal vez hasta vegana?

¿Cómo podía ser que mi prometido no supiera que no comía carne? ¿Y por qué el ala sur estaba prohibida? Nada tenía sentido. Y necesitaba una buena dosis de sentido en esos momentos.

Frente a su silencio, le supliqué con la mirada que me diera una explicación razonable.

—¿Cómo es posible que no lo sepas?

Me guiñó un ojo, en un intento de aliviar el ambiente y me dijo:

—Nunca pareciste tener ningún problema con mi carne.

—Ollie.

—Mierda. —Tragó saliva. Se humedeció los labios—. Es hora de decir la verdad, ¿no?

Por fin.

Asentí en silencio.

—La verdad es que tienes muy baja la vitamina D. —Suspiró, cogió un trozo de pan de la mesa y se lo comió de un bocado—. Sí, ya lo sé. Parece una contradicción, ¿no? Que seas mi futura esposa y te falte justo la vitamina D. Qué irónico. Pero Dios hace cosas misteriosas.

¿Vitamina D?

Le dio un trago al vino y se sumergió en la pregunta tácita:

—Sí, eres vegetariana, pero tus médicos me dijeron que estos resultados de laboratorio están así desde hace tiempo.

Y pensé que podría ser un buen momento para introducirte en el consumo de carne roja.

Necesitas zinc, B12, ácidos grasos, calcio, hierro.

Todo. —Levantó una mano en el aire, aunque yo no iba a decir nada—.

Ya sé que ha sido terrible por mi parte, pero no quería correr el riesgo de que te desmayaras en medio de la boda. Quiero cerrar este asunto cuanto antes.

—Es antiético y completamente inapropiado.

—Cariño, es una de las cosas menos inapropiadas que te he hecho en la última semana —murmuró—. Pero estoy de acuerdo. Te pido disculpas.

Lo miré con los ojos entrecerrados.

—¿Y cuándo es la boda, por cierto?

—No hemos puesto fecha todavía.

Cuanto más tiempo pasaba con mi prometido, más creía que había subestimado la magnitud de nuestra pelea.

Pero, a fin de cuentas, el dúo de Briar y Oliver que yo recordaba podía sobrevivir a cualquier pelea.

Estábamos muy enamorados. Éramos radicalmente fieles.

Aun así, necesitaba eliminar por completo el atisbo de duda que me brotaba en el estómago.

—Quiero hacerte unas preguntas, ¿puede ser? —le dije y le apoyé una mano en el hombro.

Se le cortó la respiración y yo también sentí una sacudida. De algo extraño y ajeno. De una sensación desconocida que se acumulaba en mi interior.

—De acuerdo.

—¿Tengo antecedentes penales?

Se atragantó con el vino.

—Solo por ser tan sexi que a veces parece un crimen.

—En serio.

—No tienes antecedentes penales. —Pausa—. No que yo sepa.

—¿Tengo algún tatuaje? —Sabía la respuesta a esa pregunta solo porque había visto la tinta en mi cadera al cambiarme de ropa hace un rato.

Me miró directo a los ojos, pero su mirada se llenó de algo que no pude descifrar. Deseo, y enfado, y alarma y algo más. Algo más oscuro. Mucho más oscuro de lo que yo sabía que él era capaz. Pero era mi Ollie. Mi alma gemela. Mi bromista de siempre. ¿Qué le había pasado? ¿Qué nos había pasado?

Se me dilataron las fosas nasales.

—Deberías saber la respuesta a esa pregunta, Oliver. ¿Tengo algún tatuaje en alguna parte? Y si es así, ¿de qué?

El silencio flotaba en el aire como una guillotina.

Levantó el mentón y dijo lentamente:

—Tienes un tatuaje. En el hueso de la cadera.

Dice «pelea como una mujer» en tipografía Lobster.

Te gusta cuando recorro las letras con los dedos, una por una, mientras te muerdo y te chupo la entrepierna.

Te gusta cuando lo beso al despertarte por la mañana y te lamo de pies a cabeza.

Te lo hiciste el día que cumpliste dieciocho años y te diste cuenta de que oficialmente tu relación con tus padres había terminado; como recordatorio de que no los necesitas, de que te tienes a ti misma.

El atisbo de duda instalado en mi vientre se desvaneció por completo.

Sí que era Oliver von Bismarck. Mi Oliver.

El verdadero, auténtico y sincero. El chico que me regalaba rosas azules y se iba a dormir cada noche con el volumen del teléfono al máximo por si lo llamaba si necesitaba ayuda.

Solo era yo que estaba rara con mis inseguridades.

Era tonta e ingrata. De la culpa que sentí, me subió un calor intenso por las mejillas. ¿Cómo podía siquiera dudar de él?

—Lo siento. —Di la vuelta a la mesa, le rodeé los hombros con los brazos y lo atraje hacia mí—. Lo siento por haber dudado de ti.

Él me abrazó por la cintura y me hundió la nariz en el cabello.

—Soy yo quien debería pedirte perdón por no haberte cuidado bien. —Le tembló el cuerpo entero—. Te prepararé pasta al aglio e olio .

—Te haré compañía mientras cocinas y trataré de no arrancarte la ropa.