Mi oscuro príncipe (Dark Prince Road 3) Capítulo veintiuno. Oliver
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Capítulo veintiuno. Oliver

Capítulo veintiuno Oliver

Tengo que admitir que algo me salió bien: me recuperé bastante rápido del impacto inicial de fingir ser su prometido.

Unos días atrás, mis asistentes habían localizado su apartamento: un diminuto estudio mugriento en el centro de Los Angeles, del tamaño de mi organizador de zapatos. Contacté con el dueño, le pagué el alquiler hasta el final del contrato y le informé que la inquilina se mudaba conmigo.

No hizo demasiadas preguntas, lo cual me hizo querer estrangularlo. Yo podría haber sido cualquier persona. Un delincuente. Un cobrador. Un mal augurio.

El mal augurio eres tú y más te vale estarte quieto con las manos, desgraciado , me advertía la voz de Dal dentro de mi cabeza, con su acento sureño y todo.

Gracias a mi capacidad de previsión, pude mostrarle algunas de las cosas que me había mandado traer por avión privado del agujero en que vivía con unas cuantas ratas y una planta de plástico: su colección de velas aromáticas, el perrito San Bernardo de peluche que tenía desde que era niña y su set tradicional de fondue suizo.

Antes de ir a buscarla al hospital la noche anterior, había llenado el vestidor con su ropa, sus zapatos y varios artículos de tocador, con extremo cuidado de que todo pareciera dejado por ahí con descuido para que se viera auténtico.

—Vivimos en una casa enorme hasta lo grotesco —dijo Briar mirando de un lado a otro, tratando de absorber los vitrales y los balcones franceses.

La mansión entera tenía una apariencia de dinero de familia de prestigio, de opulencia, recubierta de una capa delgada de alguien que trataba con todas sus fuerzas, sin éxito, de sobrevivir a sus pecados—.

Pero no parece que haya mucho personal de servicio.

—Somos gente reservada.

Y con «somos», quería decir «él es reservado». Pero ella no se cruzaría nunca con él. Ambos vivirían bajo el mismo techo, y ella jamás sabría que hay otra persona viviendo en la mansión.

—Y nos gusta tener sexo por toda la casa, sin importar la hora —añadí, señalando la fuente del tamaño de un coche, de donde manaba agua hacia una pila de mármol. El reflejo de la araña de cristal brillaba sobre la superficie—. Demasiadas demandas legales en potencia.

—Sonamos como unos salvajes.

—Prefiero la denominación «locamente enamorados».

Se detuvo en la sala de juegos y giró la silla de más que había junto a la mía.

—¿Y esta es mi silla?

—Moldeada a medida para tus nalgas.

—No parece muy de mi estilo.

—Pasaste por una fase de obsesión con la Guerra de las galaxias.

En realidad, había sido yo el de esa fase, cuando me pasaba horas encerrado aquí, desesperado por volver a encontrar algún pasatiempo.

Pero con su estado de memoria, era menos probable que me creyera si le decía la verdad.

Caminamos por los pasillos abovedados, pasamos junto a los retratos al óleo de Trio y Geezer disfrazados con atuendos históricos y atravesamos el salón de baile donde Romeo y Dallas habían celebrado su boda.

Después, regresamos al vestíbulo principal.

—Y con eso llegamos al final del recorrido. —Aplaudí con una sonrisa triunfante—. Dos piscinas, una pista de tenis, una de petanca y un gimnasio privado. ¿Algo más que quieras ver?

Ya habíamos dedicado más de una hora a recorrer los terrenos. Había pasado la mitad del tiempo maravillada con las rosas modificadas genéticamente y tratando de darle una manzana a Al Caponi, que desconfiaba muchísimo de los extraños.

Sigue enfadado contigo porque lo castraste , le había dicho, y en mi mente le agradecí a Seb haberme obligado a tener ese caballo.

—Sí. —Briar se apoyó en la pared junto a la escalera y se cruzó de brazos. Se quedó mirando a lo lejos, más allá de mi hombro—. El ala sur.

—¿Qué? ¿Esa cosa antigua? —Señalé con el pulgar por encima del hombro, riendo—. Olvídalo, nada que ver allí. Es aburrido.

—Tiene el balcón más grande, la mejor vista directa al lago y a los botes. —Briar frunció el ceño—. Seguro que hay algo interesante allí.

Ese «algo» era capaz de matarnos a los dos si nos metíamos en su territorio.

Le bloqueé el paso con el cuerpo. Y el cuerpo era un buen pedazo de cuerpo.

—Ese sector está prohibido.

Briar me fulminó con la mirada.

—¿Qué quieres decir con «prohibido»?

—¿Qué parte de la frase no has entendido? —pregunté con amabilidad. No me había dado cuenta de que la conmoción le había afectado las facultades cognitivas.

—Te lo diré bien claro: lo he entendido todo y no estoy de acuerdo en nada. —Vi asomar unas chispas en sus ojos—. Esta es mi casa también. No puedes decirme dónde ir y dónde no.

Cariño, tu casa es un baño público portátil que ya pasó a la gloria, con una cortina de cuentas que separaba el baño de la cocina.

¿Y algo más que podría decirse sobre su casa?

Que ya no existía. El contrato estaba rescindido.

Bajo ningún concepto la dejaría volver a ese antro mugriento e inseguro.

No sabía aún qué haría ella al recuperar la memoria.

Pensé que seguramente le buscaría otro lugar donde vivir.

Esperaba que no fuera demasiado orgullosa y que me dejara ayudarla, porque comprarle una casa bonita en un barrio seguro al menos me haría sentir un poco mejor después de cómo habían terminado las cosas entre nosotros.

—Al ala sur no se entra, Briar.

Puso las manos en la cintura, con los puños cerrados.

—¿Por qué?

Cerré los ojos, respiré hondo, y opté por una versión posible de la verdad.

—Tengo un lado oscuro.

—¿Tiene algo que ver con los tapones anales que vi en el coche? Porque si es eso, no te voy a juzgar.

—He dicho que tengo «un lado oscuro», no «un lado fenomenal». Pon atención.

Frunció el ceño.

—¿Qué es tan secreto?

—Es privado.

—Soy tu prometida, ¿no es cierto?

Mierda. Es cierto .

—Soy, eh… — ¿Asesino en serie? ¿Ladrón de arte? ¿La mismísima parca? — acumulador.

Sí. Fue lo mejor que se me ocurrió. ¿Qué puedo decir? Hasta ese momento no había vivido nunca dentro de una comedia romántica barata donde todo, absolutamente todo, saliera mal.

Los ojos de Briar se entrecerraron hasta quedar reducidos a dos rendijas desconfiadas.

Era evidente que creía lo que le decía tanto como si le estuviera diciendo que Papá Noel podía bajar por las chimeneas de los siete continentes a la vez sin que se le borrara la puta sonrisa de la cara ni un segundo. Solo dijo:

—Déjame pasar.

—Es una locura lo de ahí dentro: montañas de bolsas de plástico reciclable, cajas de cartón vacías, diarios de los años sesenta, mi colección de papel higiénico usado…

Inclinó la cabeza, cuestionando mi respuesta.

—¿Tienes una colección de papel higiénico usado?

—¿Qué decirte? Cada cual tiene lo suyo. —Y en mi caso, eran las bacterias fecales—. Mira, no quiero que veas mi mierda.

—Voy a ser tu esposa. Estoy segura de que la mierda ya te la he visto, literalmente, y en más de una ocasión.

Los hombres se destacan por olvidarse de tirar de la cadena.

De eso sí que me acuerdo. Tuve la desgracia de vivir en una residencia mixta en la universidad.

—De pronto, se le iluminaron los ojos—. ¡Dios mío, Ollie!

Acabo de acordarme de algo, la universidad a la que fui: ¡Baylor!

Se tapó la boca de un manotazo.

—Mis condolencias.

—No es broma. —Me dio un golpecito en el pecho, con el rostro rebosante de alegría—. He podido recordar algo del pasado. Pero…

Hizo una pausa, frunció el ceño con la cabeza inclinada, y agregó:

—Pero no recuerdo que me hayas visitado ni una vez. ¿No se suponía que yo iba a ir a Harvard? ¿Por qué no fui a Harvard? ¿Nos habíamos separado en ese momento?

—Algo así —musité.

—Uf. ¿Qué hiciste?

—¿Por qué asumes que hice algo?

—Porque yo nunca arriesgaría nuestra relación. Estoy demasiado loca por ti.

Sentí un pinchazo en el pecho. ¿Un infarto? No. Peor. Mucho peor. Confirmado, esto era una mierda total . Porque estaba sintiendo algo. Algo que no era un total desprecio por la vida.

—Está bien. Sí. Fui yo —admití a regañadientes.

—¿Me engañaste? —dijo sorprendida al máximo.

Se me cayó la mandíbula de la sorpresa.

—No. Yo jamás te haría eso.

—¿Y a otras sí?

—Una pregunta estúpida. No hubo otras, ni las habrá.

Y era pura verdad. Briar se balanceaba de un pie al otro, con los brazos cruzados todavía, evidentemente esperando una respuesta.

—Digamos que… —Me pasé los dedos por el cabello y casi me rasgo el cuero cabelludo hasta hacerlo sangrar— …me acobardé en un momento. Estaba pasando por un momento difícil y necesitaba un descanso de todo. También corté contacto con Zach y Rom.

—Oh. —Se le suavizó la voz—. Espero que puedas ir poniéndome al día de todo lo que pasó en ese tiempo. Quiero que nos apoyemos en todo. Ahora, muéstrame ese desastre.

—No, ni hablar. —La agarré por los hombros, todavía tan delicados y tentadores, y la giré, de regreso al ala norte de la casa, con las bibliotecas, las habitaciones de invitados, el dormitorio principal y la oficina—. Mi terapeuta me dice que es mejor que no lo veas. No quiero que digas algo cruel.

—¿Qué? Yo jamás haría eso.

—Ya lo hiciste una vez.

Odiaba mentirle y, peor aún, hacerla pasar por una desconsiderada, pero no tenía opción. El mundo podía explotar si se metía en esa parte de la casa.

Era en serio. No descartaba que él hiciera cualquier cosa, hasta era capaz de asfixiarme con una almohada en medio de la noche.

Y era lo mínimo que me merecía. Pero eso lo obligaría a salir de su ala de la mansión, y por tanto no lo haría.

Se pasaba el tiempo vagando por esos pasillos oscuros día y noche, rumiando, enfurecido, pudriéndose en su propia ira.

Briar se detuvo, sorprendida.

—¿De verdad?

—Sí. —La empujé suavemente—. Me preguntaste si estaba seguro de que tenía suficiente mierda porque todavía cabía una aguja en un rincón cerca del techo.

—Ay, no, qué cruel de mi parte. ¿Por qué te dije eso?

—Cuando te emborrachas, te pones fatal.

—Lo siento.

—Está bien. Pasado pisado.

Ahora sí: directo al infierno. Y como castigo peor, traerían a toda mi familia. Tendría que ver a mis queridos padres arder en la hoguera de mis pecados las veinticuatro horas de cada día durante el resto de mi vida.

Briar se llevó una mano al corazón y negó con la cabeza.

—No me dejes volver a beber alcohol hasta la boda.

—Solo prométeme que nunca entrarás ahí —insistí, y odié el temblor de ansiedad de mi voz—.

La última vez terminaste enterrada bajo una pila de periódicos.

Tardamos cuarenta y ocho horas en sacarte de ahí, y con un equipo especializado.

Estabas envuelta como un pescado en un ejemplar de The Atlantic .

—Lo siento muchísimo.

Lo que yo sí iba a sentir muchísimo sería cuando le volviera la memoria. Iba a matarme. De varias maneras. Despacio y con mucho dolor. Y seguro que yo me excitaría, pero igualmente…

Se detuvo delante del dormitorio principal.

—Por cierto, ¿cuándo veré a nuestros amigos?

Espero que nunca.

Lo arruinarían todo porque me recordarían a cada instante que esto no era real. Por primera vez en mucho tiempo, me lo estaba pasando bien en la vida. Briar era hermosa, divertida, ingeniosa. Y también decidida sin ser obstinada.

Y ese era el problema, justamente.

La única forma de destruir un sueño era hacerlo realidad.

Por fin tenía a Briar Rose.

Y la perdería del modo más espectacular.