Mi oscuro príncipe (Dark Prince Road 3) Capítulo veinte. Oliver
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Capítulo veinte. Oliver

Capítulo veinte Oliver

Siempre supe que el karma sabía dónde vivía yo, con dirección exacta, y que tarde o temprano llamaría a mi puerta. Pero nunca me hubiera imaginado que me castigaría de este modo: mi primer y único amor sacó un consolador con púas de la guantera de mi coche y me obligó a inventar una excusa.

No había excusa posible.

Todo empezó como una pequeña prueba. Solo para ver si me funcionaba como a los demás: con accesorios, cantidades industriales de alcohol encima y un acuerdo de confidencialidad más largo que El Señor de los Anillos .

En cuanto me di cuenta de que todos esos artilugios no ayudaban en lo más mínimo, los escondí en los lugares más obvios, solo para despistar a mis amigos.

Yo ya sabía que mi actuación era menos convincente que las promesas de campaña en época electoral, pero cuanto más la exageraba, cuanto más me esforzaba por mantener la farsa, menos preguntas me hacían.

Pero no había sido así siempre.

El último verano que pasamos juntos con Briar (el verano en que tuvimos sexo), lo único que necesitaba era que ella respirara, y ni siquiera demasiado cerca, y yo ya estaba listo.

Abrí la puerta.

—Bienvenida a casa, Mimitos.

Trio y Geezer llegaron corriendo desde la sala de juegos: Trio sobre sus tres patitas de galgo flacas como ramas y Geezer, en su patinete. Briar se agachó y dejó que mis dos perros, feos como el demonio, le lamieran la cara y le saltaran encima, llenándoles el hocico de besos.

Como los perros, a diferencia de los humanos, son bondadosos por naturaleza, no cuestionaron en absoluto a la extraña que se les aparecía en su casa y la recibieron con un entusiasmo digno de fans de Taylor Swift.

Trio se revolcó y se puso panza arriba para que Briar se la rascara, mientras que Geezer sacudió las orejas grandes de sabueso para rogar que se las rascaran por detrás.

—Ah, ¿con que emocionados de ver a mamá? ¿Es eso? —les decía Briar con voz tierna.

Tenía ganas de matarme. No de la culpa, sino porque me daba un vistazo de lo que podría haber sido mi vida en un universo paralelo.

En el que no lo había echado todo a perder con Briar.

En el que ella podría haber sido la mamá para estos perros.

En el que yo no necesitaba consoladores con púas ni cinturones de castidad para despistar a mis amigos, solo por el temor que me causaba que, ante el menor atisbo de compasión, se me derribara el muro de acero que me había construido.

Ella jugó con los perros durante unos veinte minutos, mientras yo no paraba de mirar al segundo piso echo un manojo de nervios. Sabía que mi compañero de casa no saldría.

No lo hacía nunca.

No lo había hecho ni una vez durante los quince años que habían transcurrido desde que yo nos había arruinado la vida a ambos.

Pero yo sabía que él no quería que Briar estuviera en casa.

Cuando le conté que ella se mudaría, fue como una guerra nuclear. Pero, al final, él no podía hacer nada al respecto.

Era mi casa.

Interrumpí su sesión de amor con los perros y estiré la mano hacia los estantes de nogal negro que iban del suelo al techo, de donde saqué una rosa azul que había preparado de antemano.

—Una rosa para mi Briar Rose.

Briar levantó la mirada, sin soltar todavía a Geezer, a quien tenía abrazado. Trio corría en círculos a su alrededor, moviendo la cola con tanta fuerza que se le balanceaba todo el cuerpo, ajeno al hecho de que la sonrisa de su «mamá» se iba borrando lentamente.

Las pupilas se le clavaron en la rosa y se levantó despacio. Tomó la flor de entre mis dedos y se la acercó a la nariz respingona.

Se me estrujó el corazón de pronto y no tenía idea de por qué.

—¿Te acuerdas? —le pregunté con voz ronca.

—Creo que sí. —Los dedos acariciaron los pétalos de la rosa azul. Parecía como hipnotizada de verla—. Me acuerdo de que me dijiste que tenían que teñir a cada rosa una por una, y que tenías que encargarlas de algún lugar lejano.

Levantó la vista y preguntó:

—¿Es una tradición nuestra?

Sí. Lo fue. Hasta que yo lo arruiné todo.

—Sí —dije y me aclaré la garganta—. Así es. Todos los días te doy una de estas rosas.

—¿Todos y cada uno de los días? Un momento… —Examinó la flor y la levantó hacia la luz natural que se reflejaba en los ventanales—. Esta flor no está teñida. Parece cultivada así. Pensé que habías dicho que no existían.

—No existían. —Me rasqué la nuca, en un profundo deseo de congelar el calor que me subía por las mejillas—. Invertí en una empresa de botánica hace un tiempo, dirigida por unos científicos de Davis, Cornell y Harvard. Descubrieron cómo se podían cultivar y ahora tengo un jardín repleto.

Como dije antes: me había deshecho de casi todo rastro de Briar.

Palabra clave: casi .

Ella era como un tumor en mi organismo, persistente, alojado en cada hueco y rincón de mis órganos vitales. Ni el mejor cirujano podría extirparlo por completo.

Briar pegó un saltito y aplastó la rosa entre los dedos de la emoción. Su cabeza giró de un lado a otro en busca del jardín.

—¿Puedo verlo?

—Tranquila, Rayo McQueen. —Le apoyé las manos en los hombros y traté de calmarla antes de que terminara otra vez en el hospital—. Tenemos todo el tiempo del mundo.

Apoyó la mejilla en la rosa, sonriendo, y me dijo:

—¿Todavía vamos al lago Lemán?

Le devolví la sonrisa, seguro de que ese tumor acababa de restarme otra década de vida.

—Todo el tiempo, Mimitos.