Capítulo Diecinueve. Briar #2
De un momento a otro, se extinguió la alegría del ambiente.
Me envolví en el cálido cárdigan que Oliver me había dado (regalo de Navidad de alguien llamada Dallas, que aparentemente era mi mejor amiga) y me dediqué a echarle unas miradas de reojo de vez en cuando.
Seguía aferrado al volante con los nudillos blancos de tanto presionar; con el coche todavía aparcado en la cuneta.
Sentía un picor en los dedos de tanto que quería alisarle las arrugas de la frente y borrar lo que fuera que había pasado que lo ponía tan serio.
Tan sombrío. Pero el problema era que no tenía forma de saber qué era.
Un recordatorio de otra cosa que había perdido.
Cada uno de los recuerdos que me hacían ser quien era.
No es cierto.
Me miré en el espejo del coche.
Todavía eres tú, esa versión de ti que es alguien que importa, que es querida. Todavía eres una persona dulce, inteligente y compasiva. No necesitas los recuerdos para ser la misma chica que ama a Oliver von Bismarck con locura.
Claro que no. A fin de cuentas, el corazón es más importante que la razón.
—¿Has dicho que tenemos unos treinta y pico años? —Me di unas palmaditas en el rostro, mirándome con un gesto grandilocuente de asombro—. Esto tiene que ser bótox. Qué bien estoy envejeciendo. ¿Cuándo crees que tengo la próxima cita para cirugía estética?
Oliver aflojó por fin las manos sobre el volante y encendió el motor mientras negaba con la cabeza con una carcajada.
—Nunca he cuidado a alguien que ha perdido la memoria.
—No es que haya perdido toda la memoria, solo se me han borrado los últimos diez años —dije haciendo pucheros y miré hacia el paisaje que rodeaba la carretera: árboles, campos de golf, ríos y lagos.
Vivíamos en un lugar hermoso—. De hecho, acabo de acordarme de algo más reciente hace apenas un segundo.
—¿Ah, sí? —Ollie levantó una ceja—. ¿De qué?
—Recuerdo haber cosido unos tangas poco antes de golpearme la cabeza.
—Sí. Eran para la película en la que estabas trabajando.
—¿Por qué lo dices en pasado? Voy a volver en cuanto pueda.
Oliver tragó saliva ruidosamente y dijo:
—Mimitos, ya han puesto a alguien en tu lugar.
—¡¿Qué?! —Por poco salto del asiento y abro la puerta—. ¡No pueden hacerme eso! Tengo que volver a trabajar. Eso me ayudará a recordar.
—Tienes que descansar. —Me dio unas palmadas sobre el muslo y una ráfaga de deseo me atravesó el cuerpo—. Y hacer todas las preguntas que quieras.
—Está bien. ¿Cuál es mi posición sexual favorita? —lo desafié.
—Vaquera invertida mientras yo hago el trabajo duro.
Me eché a reír. Ese era el Ollie que yo conocía. Apasionado. Divertido. Y… sincero al máximo.
—¿Alguna vez… hemos hecho…?
—¿Cuál?
—¿La del sesenta y nueve?
Me miró dos veces, como para reconfirmar lo que oía.
—¿Eso quieres saber?
—No importa. Solo me preguntaba qué pasa si te muerdo el pene sin querer cuando tengo un orgasmo. —Negué con la cabeza, divertida de verlo hacer una mueca de dolor por reflejo—. Siguiente tema: ¿cuál es el lugar más loco en que lo hemos hecho?
—Eh… —Se frotó el mentón mientras lo pensaba. Por la incipiente sonrisa que se le dibujaba en el rostro, deduje que había más de un lugar para elegir—. Diría que el Palacio de Versalles.
Me atraganté de nuevo con un sorbo de agua.
—¡¿Qué?! ¿Estábamos borrachos?
—Sobrios como el típico tío enfadado en la cena de Navidad recién salido de rehabilitación. —Negó con la cabeza—. Pero no lo hicimos en los jardines. Ni siquiera eso. Fue directamente en la sala del trono.
Me tapé la cara con las palmas de las manos, con las orejas más ardientes que un pavo recién salido del horno.
—¡Mentira!
—No. Pu-ra-ver-dad —silabeó—. Y te hice gozar durante cuarenta minutos seguidos.
—Ahora sí sé que mientes.
—Está bien, está bien. —Hizo una pausa—. Fueron cincuenta, no cuarenta.
Me reí a carcajadas. Él también. Y por un segundo efímero y fugaz, todo volvió a ser como era entre nosotros. Sea lo que sea que fuera.
Oliver dobló en dirección a un camino amplio y arbolado, y estuvimos conduciendo casi dos kilómetros más hasta llegar a una enorme calle sin salida.
Dos mansiones se alzaban a ambos lados al final de los interminables caminos de entrada, con una tercera mansión firmemente asentada en el centro, apoyada en una colina que le permitía elevarse por encima del resto.
Las casas se alzaban como tres reyes, imponentes por su tamaño y su arquitectura.
Nada de aquel paisaje me resultaba familiar.
—Llegamos a Dark Prince Road. —Oliver pisó el acelerador al fin—. La mía es la de la derecha. Tiene su propio lago. Bueno, es más bien una entrada que da al Potomac. Te va a encantar.
Carraspeé y me pregunté en qué momento se me había secado tanto la garganta.
—Quieres decir la nuestra.
—¿Qué? —Me miró, confundido—. Ah… sí, claro. La nuestra. Perdón.
Se me hizo un pequeño nudo en el estómago. Lo desaté y me puse a mirar la propiedad.
—¿Es la casa que te compró tu padre después de ese año que estuvo fuera por negocios?
—¿De eso te acuerdas?
—Sí. También recuerdo que te regaló un caballo.
—Está en los establos de atrás. Ahora tengo dos: Usain Colt y Al Caponi.
Me reí tapándome la boca con la manga y pregunté:
—¿Son uno para mí y otro para ti?
Aparcó junto a una estatua romana en el patio de entrada de ladrillos dorados, lanzó una mirada prolongada a las ventanas del ala sur de su mansión y tragó saliva.
—Quizás puedo enseñarte a montar a Usain Colt un día de estos.
—¿Tengo un caballo y no sé montar?
—Aunque quizá no lo creas, no eres buena en todo.
Hice un puchero con dramatismo exagerado y dije:
—Creía recordar otra cosa…
Me desabrochó el cinturón de seguridad, dio la vuelta al coche y me abrió la puerta.
Le tomé la mano que me ofrecía y sentí un escalofrío cuando los últimos vientos fríos de invierno me golpearon de pronto en el rostro.
Las fachadas imponentes, todas de piedra, estaban enmarcadas por jardines exuberantes.
Las chimeneas y agujas de las cúpulas se incrustaban por lo alto hasta alcanzar el cielo.
Y la hiedra trepaba por las paredes de las columnas adornadas que enmarcaban el portón de doble puerta.
Ollie vivía en un castillo. Los dos vivíamos en un castillo.
—Bienvenida a casa, Mimitos.
Pero no la sentía para nada como mi casa.
Por alguna razón que no podía identificar, se sentía más una jaula de oro.