Capítulo Diecinueve. Briar
Capítulo Diecinueve Briar
No había recuperado ni un solo recuerdo para cuando me dieron el alta.
Me había pasado horas y horas durmiendo, persiguiendo algún que otro sueño del pasado que llenara los vacíos entre el presente y quince años atrás.
No tuve ninguno. Pero, viendo el lado positivo, me habían trasladado a la suite ejecutiva para las últimas noches, y cada mañana me despertaba con la visión de Oliver desparramado en la cama de al lado, con el cabello brillante resplandeciente en la luz del amanecer.
Abrí el espejito del asiento del acompañante en el Ferrari de Oliver y me pasé la lengua por los dientes.
—Estoy superemocionada de volver a casa.
Ollie no me había tocado ni una vez desde que había recuperado la conciencia en el hospital, salvo por un par de abrazos torpes, casi paternales.
Yo no recordaba mucho de mi vida, pero sí me acordaba de que de adolescentes éramos inseparables.
Tan pegados que no nos separaban ni con un machete afilado.
Vivíamos todo el tiempo al borde de meternos mano entre los pantalones en público, y nos besábamos a cada rato hasta dejarnos la boca seca.
Así que me sorprendía un poco ver a Oliver tan recatado, parecía casi un sacerdote. La verdad es que estaba distante desde el primer momento en que me desperté. No había estado poco cariñoso, pero sí reservado.
Quizá está preocupado por mí. Quizá me lo estoy imaginando.
Me aparté un mechón de pelo de la frente y me miré el moretón verdoso.
—Estoy segura de que volver a casa me ayudará a recordar.
—Mmhm —murmuró Oliver; golpeteaba los dedos sobre el volante y miraba a todos lados menos a mí.
Le sonreí de perfil.
—Trio y Geezer estarán tan felices de verme.
Nada. Seguía con los ojos fijos en la carretera. Con un suspiro, abrí la guantera mientras tomaba un sorbo de agua de mi termo. Pero apenas vi lo que había adentro, escupí todo el contenido sobre el parabrisas y empecé a toser.
—¡Dios mío! —gruñó Oliver y dio un giro abrupto a la derecha a la vez que me lanzaba una mirada rápida de preocupación. Un coche pasó por nuestro lado tocando la bocina y el conductor nos hizo un gesto obsceno—. ¿Estás bien, Mimitos?
—No lo sé, dime tú. —Metí la mano en la guantera, empecé a revolver lo que había ahí y a sacar el contenido: un consolador fosforescente con forma de dinosaurio, un cinturón de castidad BDSM y un consolador con púas—. ¿Qué mierda haces conmigo en la cama?
Los ojos de Oliver se abrieron de par en par, y los pómulos esculpidos se le tiñeron de rojo.
—Nada que tú no consientas, mi pequeña gatita sexi.
—No recuerdo ninguna versión de mí que disfrute de un consolador con púas.
—Bueno, existe. De no ser así, eso no estaría ahí.
Fruncí el entrecejo y dije, dubitativa:
—Bueno qué… sorpresa…
—Espera a ver tu colección de masajeadores prostáticos con forma de cabra.
Por Dios . Seguramente esto tenía que ver con mi trabajo, sería investigación o algo así... ¿O no era coordinadora de intimidad?
—Vas a tener que enseñarme a usarlos de nuevo, porque me he olvidado de todo.
Oliver cerró los ojos un instante y la boca se le movió en un rezo susurrado. Guardé los juguetes y levanté una ceja. Le pregunté:
—¿Por qué estás tan raro?
—¿Raro cómo?
—No sé… estás… tieso.
Apretó el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Acomodó en el asiento sus glúteos de acero y dijo:
—Lo de tieso suele ser una ventaja para ti, no una queja.
Ignoré la erección evidente que tenía y miré el velocímetro.
—¿Y por qué conduces a menos de cincuenta kilómetros por hora?
—Porque tengo que asegurarme de que estés a salvo.
—¿Aburriéndome hasta la muerte?
—Briar, yo…
—¿Qué ha pasado con «Mimitos»?
Abrió la boca, la cerró y la volvió a abrir:
—Nada. Es que la última vez que hablamos, me pediste que no te llamara más así.
—¿Ah, sí?
A mí me encantaba ese apodo. La pelea de la noche del accidente debió de ser grande. Odiaba pensar que me había convertido en una novia obsesiva y exigente, pero había crecido fantaseando con casarme con Oliver. Tal vez me puse demasiado insistente con algún arreglo floral.
Cambié de tema, no quería retomar lo de la pelea aún.
—¿Tenemos un patio grande?
—Sí. —Frunció el ceño sin apartar la vista del camino—. ¿Y eso qué tiene que ver?
—Bueno, es obvio que duermes en la casa del perro, así que quiero asegurarme de que estés cómodo.
No podía creer que le hubiera pedido que no me llamara Mimitos y que él se lo hubiera tomado tan en serio.
Algo no cuadraba, pero no me daba cuenta de qué.
Y de solo ponerme a tratar de atar cabos, la cabeza empezaba a retumbarme como si miles y miles de los peores bateristas de la historia ensayaran ahí dentro.
Algo de mí incomodaba a Oliver, y estaba decidida a averiguar qué era.
Le sonó el teléfono sobre la consola central.
La Bella Durmiente de Tchaikovsky. ¡Por fin!
Aparecía algo que me traía recuerdos de nosotros.
Sentí que se me arremolinaba una nostalgia en el pecho.
Se desvaneció tan rápido como había llegado, pero se me quedó instalada una duda que no podía digerir.
Era esperable. La nostalgia es la forma que tiene el corazón de aferrarse a lo que desaparece con el tiempo.
Me tragué el nudo de la duda y decidí romper el hielo.
Salté en el asiento, me llevé una mano al pecho y pegué un grito:
—¡¿QUÉ MIERDA ES ESO?!
—¿Qué? ¡¿Qué pasa, por Dios?! —Ollie se desvió de la carretera principal y encendió las luces de emergencia. Me miró de arriba abajo varias veces, con cara de pánico—. ¿Te encuentras mal?
—¡Tu mini ordenador sabe cantar! —Señalé el teléfono mientras me cubría la boca con la mano en un gesto de asombro—. ¿También baila?
—¿Si sabe qué…? —El tono se le fue suavizando y se quedó mirando el teléfono entre ambos. Frunció el ceño y luego lo relajó. En la pantalla se leía el nombre «Romeo»—. Ah, amor… No te acuerdas…
Me acarició el pelo con ternura y me colocó un mechón de pelo detrás de la oreja; un escalofrío me recorrió la espalda. Siguió hablando:
—Es un iPhone, un teléfono inteligente. No es un ordenador.
—¿Sabe también…? —Me mordí el labio mientras alternaba mi mirada del teléfono al rostro de Ollie varias veces.
—¿Qué? —Oliver se inclinó hacia mí y alejó el teléfono, como si por tenerlo cerca pudiera aterrorizarme de nuevo—. Dime…
—No, mejor no. —Negué con la cabeza—. Vas a pensar que es una pregunta estúpida.
—Jamás pensaré que nada de lo que digas o hagas pueda ser estúpido —me tranquilizó.
—¿Sabe también… —bajé la voz hasta un susurro—… leer la mente?
Él soltó una risa y me tomó las manos.
—No, no lee la mente, pero sí hace muchas otras cosas. Se usa para trabajar, se conecta a internet, tiene una asistente digital llamada Siri que puede responderte lo que le preguntes. Por ejemplo, el clima o alguna fecha importante.
Parpadeé y traté de no hacer gestos extraños.
—¿Funciona a pilas?
—Se carga con electricidad.
—¿Qué es la electricidad?
Empalideció por completo, toda la sangre se le fue de la cara y frunció el ceño con preocupación. Seguía sin poder procesar la broma, así que bajé la visera y volví a mirarme al espejo. Entrecerré los ojos en una mueca de dolor y me toqué la frente.
—Oliver.
—¿Qué pasa? —Me acercó las manos al rostro sin tocarme, me abanicaba desde todas las direcciones como si quisiera tocarme, pero con miedo de empeorar las cosas.
—¿Te duele? ¿Volvemos al hospital? Ya me parecía que era pronto para que te dieran el alta.
Volvamos. O, ¿sabes qué? Vayamos a otro hospital.
No me gustó desde el comienzo. Y ese doctor Cohen es un idiota.
Conozco a un tipo de la Johns Hopkins que se especializa en cuestiones del cerebro.
Él nos ayudará, estoy seguro. Y si no, te prometo que…
—No es dolor. —Me toqué la frente—. ¿Eso es una arruga?
—¿Una qué?
—Una arruga.
—¿Ahí en tu frente? —Me quitó la mano y me revisó el rostro—. No. Es una marca roja de tanto que te tocas la frente.
—¿Qué año es?
—¿Año? —repitió.
—¿Qué edad tenemos?
—Yo, treinta y cuatro. Tú, treinta y tres.
—Pero si… —Moví la cabeza de un lado al otro—. Si apenas cumplí los quince…
Oliver apoyó la espalda en el asiento y se tironeó unos cuantos mechones de pelo.
—Ay, mierda…
—Ni siquiera me ha venido el período.
—Mierda, mierda, mierda y más mierda. ¡Mierda!
—Justo ayer mi abuela me sentó a su lado y me explicó que los chicos les meten el pito a las chicas para hacer bebés.
Casi se le disloca la mandíbula. Pasó un segundo. Después otro. Y después otro más. Por fin, echó la cabeza hacia atrás y se echó a reír a carcajadas como un descosido, mientras se daba palmadas en la frente.
—Eres una maldita desgraciada.
—Ay, por favor, no exageres, te mereces eso y mucho más por usar masajeadores prostáticos con forma de cabra conmigo.
—Me volví hacia él en el asiento y lo miré con una mezcla de diversión y confusión.
No se sentía como siempre entre nosotros.
Y, aun así, no había nada en el mundo que me hiciera sentir más cómoda que tenerlo cerca.
Suspiré—. Relájate. Estoy bien. No voy a desintegrarme si dejas de mirarme cinco segundos. Concéntrate en conducir.
—Es que no lo entiendes: pensé que te habías muerto esa noche. O peor.
—¿Hay algo peor que la muerte?
—Sí —afirmó con tono neutro.