Capítulo dieciséis. Oliver
Capítulo dieciséis Oliver
Abrí la puerta de la oficina del doctor Cohen de golpe y le grité con voz ronca:
—Briar cree que estamos comprometidos.
El doctor Cohen levantó la vista de la pantalla de su ordenador y en ese momento la máquina dio un pitido y se apagó. Llevaba encima de los hombros una americana estilo tweed y su cartera satchel cruzada a la altura de la barriga.
Se colgó el llavero en un dedo y las cejas se le pegaron a la altura del ceño por detrás de las gafas de lectura mientras se levantaba del escritorio.
—¿Qué demonios le ha dicho?
—¡Nada de nada! —Levanté las manos y empecé a caminar de un lado al otro por el despacho diminuto, sin que me importara lo más mínimo que su turno acababa de terminar y que eran casi las cuatro de la mañana—.
He dicho una estupidez sobre un arreglo floral, y ella ha sacado sus propias conclusiones.
Ahora cree que estamos planeando una boda. Tenemos que decirle la verdad.
Él tomó una bufanda del perchero y se la echó al cuello.
—Usted no tiene ninguna verdad que decir.
—Ella no puede pensar que estamos juntos.
Me empujó con el hombro mientras caminaba con paso seguro hacia la puerta.
—Lo que no tiene que pasar es que ella vaya a su casa a recuperarse, a sabiendas de que usted le mintió y después se acobardó y se echó atrás.
Lo seguí.
—No hay nada en mi casa que demuestre que estamos juntos. Ni fotos, ni cosas suyas, ni…
—Encárguese de que las haya. —El doctor bajó las escaleras rumbo al aparcamiento; lo seguí pisándole los talones—.
Es un hombre de recursos, un multimillonario, según se dice.
Estoy seguro de que su gente puede buscar algunas cosas de la casa de Briar y crearles álbumes enteros de fotos con inteligencia artifical.
—Eso es antiético —gruñí, bajando los escalones de dos en dos a la vez para bloquearle el paso en el descansillo.
—También es poco ético acostarse con la mayoría de las mujeres del continente.
Se detuvo frente a mí y me miró con desprecio. Seguro que alguien le había contado la rabieta que había tenido años atrás en ese mismo hospital.
—No me interesan sus preferencias personales, señor von Bismarck. La señorita Auer es mi paciente. No le diga que le ha mentido. Su estado mental está tan frágil como ella. Recuperará la memoria en algún momento y se dará cuenta ella sola de que no están juntos.
—¿Y entonces? —Sentí que se me abrían las fosas nasales—. ¿Volverá a odiarme por haberle mentido?
El médico encogió los hombros y siguió caminando, dejándome atrás.
—Parece que ya lo odiaba de antes, así que no cambia mucho la cosa, ¿no?
Desapareció en el siguiente tramo de escaleras.
Pateé la pared y maldije en los cuatro idiomas que conocía.
Malditasealaputamadrequelosparióatodos.