Mi oscuro príncipe (Dark Prince Road 3) Capítulo diecisiete. Oliver
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Capítulo diecisiete. Oliver

Capítulo diecisiete Oliver

Unos treinta minutos después, estaba sentado en la cafetería del hospital con Romeo, Dallas, Zach y Farrow, tomando unos cafés tibios y carísimos y comiendo bollería seca de hacía tres días.

Parecía una intervención excesiva e injusta considerando que mis hábitos con el alcohol, el sexo y la cocaína estaban mayormente bajo control.

—A ver si lo he entendido bien. —Rom revolvía el café con sus ojos inquisitivos clavados en mi rostro—. Esta mujer, a quien nunca conocimos, es tu amor de la infancia; y ahora te odia con toda el alma, pero de pronto tiene amnesia y entonces piensa que estáis comprometidos.

Apreté los dientes.

—Dicho así parece ridículo.

—Es que lo es. Muy ridículo. —Zach probó su café y se echó hacia atrás con cara de asco—. Suena a comedia romántica barata.

—Solo un titán del intelecto como Ollie podría meterse en una situación como esta —dijo Romeo sonriendo con satisfacción.

—Estas pastas son horribles —dijo Dallas con la boca llena de un rollo de canela, pero aun así siguió comiendo—. Más rancias que los chistes de padre.

Romeo le arrebató el rollo a su esposa y se lo cambió por una galleta de mantequilla que sacó del bolsillo interno de su americana.

—Entonces, ¿no puedes decirle la verdad sobre vuestra relación?

Negué con la cabeza.

—El médico dice que es crucial que recuerde las cosas por sí sola y que, mientras tanto, tengo que brindarle un entorno seguro.

Zach bostezó.

—Estaría más segura hasta secuestrada por una red de pedófilos.

—Pues claro. —Puse los ojos en blanco—. Briar tiene como treinta años: no les serviría a los pedófilos…

—¿Qué fue lo que hiciste para que te odiara así y te sacara de su vida? —dijo Farrow, que emanaba un fuerte aire de «quememos al patriarcado».

El hecho de que esa mujer pudiera desmembrar a alguien hasta dejarlo en porciones microscópicas no colaboraba en que me cayera bien.

Me encogí de hombros.

—Lo de siempre. Me acosté con ella y desaparecí. Supongo que le dolió más porque nos conocíamos desde que éramos bebés.

Todas las personas de la mesa me miraron con distinto grado de sorpresa y asco, a excepción de Dallas, que seguía concentrada en las pastas. ¡Como si yo fuera el único que que tuviera un problema! ¡Esa mujer vivía tan atacada por las cosas dulces que su marido le llevaba comida en los bolsillos!

—Me gustan casi todas las cosas vintage excepto los postres —se quejó, después olfateó un brownie que había quedado abandonado en la bandeja y le dio un mordisco.

—¿De verdad vas a llevártela a tu casa? —preguntó Zach, mientras hacía un cisne tridimensional con la servilleta del hospital.

Tamborileé con los dedos sobre la mesa pegajosa.

—No tengo opción.

Ya había mandado a un ejército de asistentes a buscar la dirección de Briar y llevarle sus cosas a mi casa. El nivel de diligencia con que lo había hecho todo también me sorprendió. Lo cierto era que no podía borrar el pasado entre nosotros. Tarde o temprano ella iba a recordarlo.

Romeo se dio unos golpecitos sobre el pecho y dijo:

—A nosotros no nos dejas ni entrar en tu casa…

Hice una bolita con una servilleta y se la arrojé.

—Si te casaste en mi casa, imbécil.

—En el jardín trasero.

—Dallas se vistió en una de las habitaciones.

Zach se acarició la barbilla y entrecerró los ojos.

—En la única que no usas para encerrar a tus esclavas sexuales, supongo.

—Pero por Dios, ¿por quién me tomáis? —Me pasé la mano por el pelo enmarañado, ya menos áspero gracias al enjuague rápido en el lavabo que me había dado, incitado por Briar—. Las tengo en el sótano, no en los pisos de arriba. ¿O creéis que soy un principiante?

—Siempre quise saber eso. Suponiendo que esas que llamas esclavas sexuales dieron su consentimiento para estar allí —Farrow me dedicó una mirada punzante, con el entrecejo fruncido y duro—: ¿cómo sobreviven en un sótano?

Imagino que debe haber un olor asqueroso que genera un ambiente totalmente antierótico.

Y ni hablar de la cantidad de suplementos nutricionales que necesitarían para mantenerse sanas. ..

Romeo asintió.

—Deben necesitar vitamina D en pastillas del tamaño de la cabeza de Zach.

—Mi cabeza tiene proporciones perfectamente normales con respecto a mi cerebro, muchas gracias. —Zach le lanzó el cisne de papel a Rom—. Lo siento mucho si no todos hemos nacido con un cráneo tan mal diseñado que apenas les cabe el cerebro del tamaño de una manzana.

—Rom, vamos a tener que ir a una pastelería, porque todo esto está horrible —se quejó Dal y le robó un pastelito a Farrow.

—No hay problema, mi Galletita. —Le besó el pelo y retomó la conversación conmigo—. Eres incapaz de cuidar a otro ser humano. De hecho, no te confiaría ni una planta de interior.

—De plástico —aclaró Zach—. Que no necesita ni agua ni sol.

—Estoy totalmente de acuerdo. —Me recosté sobre el respaldo de la silla y colgué el brazo sobre él—. Es por eso que tendremos que hacerlo en equipo.

Zach entrecerró los ojos.

—¿Nos estás pidiendo que cuidemos a una mujer que no conocemos?

—Bueno, no puede quedarse sola ni un minuto, y yo ni loco detengo mi vida para atenderla.

Tenía un secreto. Era lo que me había mantenido alejado de Briar todos estos años. Algo oscuro que me daba vergüenza y que no podía compartir con nadie. La razón por la cual nadie era bienvenido en mi mansión, por más grande y lujosa que fuera.

—Está bien —dijo Dallas y levantó la vista de su brownie —. De todas formas, no iba a dejarte hacer cualquier cosa con esa pobre alma inocente sin quedarme cerca. Pasaré todos los días a asegurarme de que la chica esté a salvo. ¿Cómo se llama, por cierto?

—Briar.

—Qué nombre tan bonito —dijo Farrow, que estaba apoyada en el hombro de Zach—. ¿Y has dicho que antes de la amnesia te odiaba?

—Detestaba cada fibra de mi ser —reconfirmé.

—Una chica lista —dijo Farrow y asintió. Intercambió una mirada con Dallas—. La ayudaremos.

Se suponía que con eso yo debía sentirme mejor. Pero no. No necesitaba gente cerca porque no tuviera tiempo para Briar. Tenía todo el tiempo del mundo. Lo que necesitaba era que no me dejaran cometer un error. Porque Zach tenía razón.

El doctor Cohen le había confiado las gallinas al zorro.

Briar eran las gallinas.

Y yo, un zorro con piel de cordero…

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