Capítulo quince. Oliver
Capítulo quince Oliver
Entré en la habitación de Briar preparado para verme mutilado por una mujer furiosa o encontrarme a una niña de cinco años que quiere jugar. Todo era posible.
Desde ya que tampoco podía descartar la posibilidad de que, al instante de verme, recordara el odio visceral que me tenía y tratara de apuñalarme con lo que encontrara.
Pero cuando empujé la puerta y entré, encontré a una Briar preciosa y agotada que miraba por la ventana; alguien muy parecida a la que siempre había sido.
—¿Mimitos?
—Hola, Ollie —susurró sin darse la vuelta, con la voz ronca y despreocupada de siempre—. Siento que se me cae el cielo encima.
Todas las piezas que había logrado mantener unidas dentro de mí durante años se desmoronaron y empezaron a apilarse en el fondo de mi estómago como un rompecabezas roto.
Me aclaré la garganta y me clavé las uñas en las palmas de las manos, con los puños cerrados.
—Yo te lo sujeto.
Por fin, giró la cabeza para mirarme con una sonrisa mientras daba unas palmaditas al borde de la cama.
—No te quedes ahí parado. Tienes toda una vida que contarme.
Ah, así que era cierto.
Definitivamente no se acordaba de los últimos quince años ni del hecho de que yo había sido un imbécil de primera división durante cada uno de ellos.
Me senté a su lado y la devoré con los ojos ya que la tenía tan cerca. Incluso sin maquillaje, toda despeinada, sin ropa elegante, seguía siendo lo más hermoso que yo había visto.
Su belleza se desplegaba por todas partes.
En los charcos púrpura, azul y dorado de sus ojos salvajes y compasivos, tan grandes, casi dibujados, que le daban un aire de inocencia que suavizaba su belleza caótica.
En su boca como un capullo de rosa, llena de ingenio y humor.
En la constelación de pecas que tenía en la nariz y las mejillas, en la curva suave de las cejas.
En la manera en que su risa, como yo ya sabía, se metía por entre mis huesos y les daba calor.
No tenía sentido buscar defectos en Briar.
No los encontraría.
Tardaría más de treinta años buscando.
—Recuerdo que soy un poco despistada, pero creo que esta vez me he pasado —dijo. Después suspiró y entrelazó los dedos con los míos con total naturalidad.
Se me dispararon las pulsaciones, como a mil por segundo, pero me obligué a mantener la calma. La Briar que yo había visto antes hubiera preferido prenderse fuego a la cara y apagarlo con un cuchillo antes que ser amable conmigo.
Pero esta Briar creía que todavía éramos amigos.
Me apretó la mano.
—¿Puedes contarme qué pasó?
Podía, pero con eso la pondría en un estado de estrés y el doctor Cohen me había dicho que no hiciera eso. Así que hice lo que sabía hacer a fuerza de llevar quince años de mujeriego irresponsable.
Mentí.
—Estábamos en el Grand Regent y quisiste ir a dar un paseo. Fuimos hasta el campo de golf, que estaba en mantenimiento, y te caíste en un obstáculo de agua.
Era la mentira más piadosa que había dicho en mucho tiempo. Apenas era mentira. Era casi una verdad subjetiva, en realidad.
—¿Qué me hizo caminar hacia el obstáculo de agua? —preguntó, confundida.
—Estábamos discutiendo.
—¿Sobre qué?
Sí, imbécil, ¿por qué no le cuentas sobre qué?
Miré por detrás de su hombro, hacia una pintura de un jarrón colgada en la pared.
—Eh… sobre arreglos florales.
—¿Qué?
Buena pregunta.
¿Qué demonios haces, von Bismarck?
Podría haber elegido cualquier otro tema: la comida, el clima, temas de política, las vacaciones, la pizza más asquerosa que hay (aunque esa era una discusión breve: todo el mundo sabe que es la pizza con piña). ¿Por qué demonios no había una pintura sobre igualdad de género en esa pared?
—¿Es que nos vamos a casar? —Los ojos de Briar se iluminaron y, por primera vez desde que nos habíamos reencontrado, le vi florecer una sonrisa en los labios—. ¡Dios mío, Ollie!
Antes de que me diera cuenta de nada, me tomó la cara entre sus pequeñas manos y tiró de mí para besarme.
Yo era un desgraciado con todas las letras pero aparentemente todavía me quedaba algo de moral, porque la tomé por las muñecas con suavidad, incliné el mentón hacia arriba y le besé la frente vendada.
—Tiene que ser de rosas, Ol. Rosas de todos los colores. Rojas. Blancas. Rosadas. Coral. Me encantan las rosas color coral.
—Tendrás todas las rosas que quieras, amor.
—Podía echarle toda la culpa a mi boca, que parecía empeñada en complacer a Briar después de años de fallarle.
A mi boca y todas las demás partes de mi cuerpo, menos mi cerebro—.
Todas las flores de toda América y de Europa juntas.
El mundo se quedará sin rosas para cuando termine de decorar nuestra boda.
Las tasas de divorcio se dispararán hasta el cielo.
Tendrán que cancelar el Día de San Valentín.
—Eso es… eh… romántico hasta niveles psicóticos. Gracias. —Briar me tomó la mano con el puño y me besó en los nudillos con elegancia—. La enfermera me dijo que te tiraste al agua para salvarme.
Asentí con seriedad.
Un hombre que fuera mejor persona se habría sentido culpable de lo que estaba pasando. No me merecía la adoración de esta mujer, ni mucho menos su sonrisa. Pero me sentaba tan bien. Me sentía bien al ser el héroe de Briar otra vez.
Aunque fuera por unos minutos nada más.
Irás al infierno, Oliver. No. A algo peor. Irás a un tipo de purgatorio nuevo diseñado solo para ti y tus pecados.
Briar se inclinó y me dio un beso sonoro en la mejilla.
—Gracias por salvarme siempre.
Mi respuesta fueron unas palmaditas torpes en el muslo. Mi pene, al que nunca le llegó el aviso de que esto era una crisis de proporciones gigantescas, se puso duro al instante. Era momento de cambiar de tema.
—Entonces… —Carraspeé—. Cuéntame qué recuerdas.
Se enderezó en la cama y se puso seria.
—Recuerdo casi todo hasta los catorce o quince años. Recuerdo nuestras vacaciones de verano en el lago. Recuerdo mis pasatiempos. —Le brillaron los ojos—. Recuerdo el día en que me encontraste mirando las nubes en el lago y nos besamos durante horas hasta hacernos sangrar los labios.
—Ah. Mi primera experiencia de juego con sangre.
—¿Es un fetiche que te gusta?
—No particularmente.
Hasta ahora, al menos.
A lo largo de los años, había probado todos los fetiches que existen para excitar al sexo opuesto. Me tomó diez años hasta admitir finalmente que mi único fetiche, la única mujer para mí, era Briar Rose Auer.
—Uhm… —Briar inclinó la cabeza, acariciándome los nudillos sin prestar atención—. También recuerdo fragmentos de lo que creo que es mi presente.
—¿Como qué?
—Recuerdo que ya no estoy en contacto con mis padres. —Me miró directo a los ojos—. ¿Es así?
Asentí.
Eso coincidía con el hecho de que el personal del hospital no pudiera localizarlos. Y con el hecho de que me había metido en el mismo saco que a ellos durante nuestra pelea de hacía unas horas. Oliver = Malo. Así que, por asociación, los tres padres que tenía también debían haber sido así.
Briar se mordió el labio inferior y se quedó pensando en eso. Después, siguió:
—Recuerdo que cambié mi nombre, de Briar Rose a Briar, pero no recuerdo por qué. Sé que vivo en Estados Unidos, que trabajo, y que amo mi trabajo. ¿A qué me dedico?
—Eres coordinadora de intimidad.
Parpadeó varias veces.
—¿Eso es un trabajo en serio?
—Te aseguras de que los actores se sientan cómodos durante las escenas de sexo. Eres muy buena. Haces que la gente se sienta segura de sí misma.
—Qué bien, me gusta. —Asintió y dejó pasar un momento para que la información se asentara—. ¿Y tú, a qué te dedicas?
—Hago que la gente se sienta insegura de sí misma —dije, con ironía—. Es más, me buscan por varios cargos de asesinato…
Se echó a reír y le volvió algo de rubor a las mejillas.
No recordaba la última vez que había sentido tanta… ¿calidez?
Su risa. Su felicidad. Su existencia junto a la mía. Todo eso desafiaba la promesa que había hecho quince años atrás.
Briar sonrió con picardía y dijo:
—Supongo que lo de coordinadora de intimidad tiene sentido. Debe ser por toda la práctica que tengo contigo, ¿no?
Mi pene le chocó los cinco a la bragueta de mis pantalones con entusiasmo. Qué culpa podría tener, si tenía cabeza, pero no ojos. ¿Cómo podría leer la situación si no podía verla?
—La práctica hace al maestro —dije, carraspeando, mientras recordaba al doctor Cohen que por poco me agarra de los testículos con tal de prometerle que no le rompería la ilusión a Briar—. Y tú y yo somos muy perfeccionistas, Mimitos.
—¿Cuándo nos vamos a casa?
—Quieren tenerte en observación durante cuarenta y ocho horas.
Forzó una sonrisa tímida y preguntó:
—¿Es raro que extrañe nuestra casa cuando ni siquiera me acuerdo de cómo es?
Una cosa era segura: Briar no recordaba la peor metida de pata de toda mi vida.
Le acaricié la mejilla con el pulgar, con toda la fuerza de voluntad que había en mí para no besarla. Sería incorrecto. Sería inmoral.
Normalmente, esa cosa molesta llamada moral no me importaba para nada. Los valores acumulados por experiencia, y no mediante la razón, habían sido una reverenda mierda, igual que mis experiencias de vida.
Pero con Briar quería hacer lo correcto.
Ya le había hecho demasiado daño.
—No es raro para nada —le dije y le apreté la mano; de pronto supe que empezaba a cavar mi propia tumba otra vez y que esta era todavía más profunda: estaba ante una chica que todo lo que siempre quiso en la vida era un hogar—. Nuestra casa es increíble.
—¿Tenemos mascotas?
—Dos perros. Trio y Geezer.
Arrugó la nariz.
—¿Los nombres fueron cosa tuya, no?
—Ya venían con ellos.
—¿De qué raza son?
—Más o menos de todas. —Encogí los hombros—.
Los dos son rescatados, tan ariscos y feos que nadie quería adoptarlos, así que nos los llevamos nosotros.
Trio tiene tres patas y cero noción del espacio personal.
Geezer tiene diecisiete años, pero todavía anda bastante bien.
Es de una raza pequeña, pesará unos trece kilos, así que esperamos tenerlo un par de años más.
—Por supuesto que tenemos perros rescatados, no me extraña. —Briar se mordió el labio inferior para disimular una sonrisa—. ¿Somos buena gente, Ollie?
—Tú eres increíble. Yo soy un peligro para la sociedad, pero entre los dos lo compensamos.
Se echó a reír.
—Apuesto a que son perros horribles y adorables a la vez.
—Más feos que el demonio —confirmé y me saqué el móvil del bolsillo—. Te los enseño.
—Buena idea. Tal vez me ayude a recordar.
Sabía que no la ayudaría porque no los había visto nunca, pero aun así le enseñé las fotos de los perros. La miré reírse y hacer exclamaciones y lloraba con los vídeos de los perros haciendo cosas estúpidas.
¿Cómo lo haría para llevármela a mi casa?
Ya tenía a alguien ahí.
Alguien a quien no le gustaba compartir.
Alguien que no había tenido compañía en quince años.
Si hubiera podido pensarlo en frío en ese momento, le habría puesto freno a la situación. Pero no, tenía toda la intención de llevarme a Briar a una casa donde no había ido nunca, donde no había ninguna de sus cosas, ni una sola prueba de nuestro supuesto compromiso.
Sin fotos, ni vacaciones, ni recuerdos. Nada.
Hacía quince años atrás que había borrado a esta mujer de mi vida y que había vuelto a empezar.
Bueno… algo así.
Y después estaba el tema del casamiento pendiente .
Yo tenía una aversión morbosa a la monogamia. No es que estuviera en contra del matrimonio en sí. Hasta le veía ciertos méritos económicos y sociales. Pero no iba a ser tan idiota de casarme con alguien que realmente me gustara.
Veía a mis amigos, a Romeo y Zach, dos de los hombres más dominantes en los consejos de administración de sus empresas, paseados por sus esposas por todo Potomac como si fueran caniches entrenados.
No, gracias.
Me gustan los testículos en el lugar que les corresponde: firmemente unidos a mi polla.
Briar me interrumpió el hilo de pensamiento:
—Por cierto, ¿dónde está mi anillo de compromiso?
—Lo perdiste en el estanque —le dije sin dudar ni un poco.
Se le sonrojaron las mejillas.
—Ay, perdón.
—Está bien. Era un anillo simple, de quinientos mil dólares. El de mi madre te espera en la caja fuerte.
Alguien tenía que callarme la boca cuanto antes.
—Ay, Ollie. —Me apretó la mano—. Me alegra tanto que sigamos juntos.
Supe que iría directo al infierno.
Y probablemente me alojarían en el mismo piso con Cristóbal Colón y el rey Leopoldo.