Mi oscuro príncipe (Dark Prince Road 3) Capítulo catorce. Oliver #2
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Capítulo catorce. Oliver #2

—Señor von Bismarck, ¿es o no es usted su pariente más cercano?

—Sí, pero…

—Como ha dejado bien claro, la paciente no tiene a nadie más en este mundo. No podemos dejarla ir por su cuenta si vemos que hay una opción más adecuada.

—¿Y soy yo la opción más adecuada?

Me miró con ojos desconfiados, una sinfonía de juicios se le reflejaba en la mirada con la claridad de un día soleado.

—¿Hay alguna razón por la que no lo sería?

Bueno, quizás el hecho de que rompí mi promesa con ella, ahora me odia y preferiría tirarse a un lago antes que estar a menos de tres metros de mí.

El doctor Cohen apoyó una mano firme en mi hombro.

—Según la señorita Auer, la última vez que habló con sus padres, se cambiaron el número telefónico para librarse de ella. Y eso fue hace unos diez años.

La bilis me subió hasta la garganta. El dolor, antes sordo y persistente, como los recuerdos de una cicatriz, se extendió por todo mi cuerpo. Todo lo que había tratado de reprimir con todas mis fuerzas me volvió de golpe como un jarro de agua fría.

Sus circunstancias. Su desesperación. Mi traición.

Eché los hombros hacia atrás y me zafé del agarre del médico; me inundó una calma sorprendente y dije:

—Debo cuidar de ella ahora.

Era absurdo. Improbable. Totalmente insostenible, teniendo en cuenta mi particular forma de vivir.

Pero también era un acto de justicia poética.

Yo le había prometido que podría contar conmigo y le había fallado.

Lo mínimo que podía hacer era cuidarla hasta que se recuperara.

Si teníamos suerte, estábamos hablando de semanas, no de meses.

Además, ¿qué otra opción tenía? ¿Dejarla aquí?

Ahora que me veía cooperar con él, el doctor Cohen continuó. Pasó a la página siguiente de su carpeta y me dijo:

—Una trabajadora social irá al domicilio con una enfermera y una asesora de salud para hablar sobre las necesidades de la señorita Auer, pero le haré un resumen.

—Me clavó una mirada fulminante, pronunciando las palabras con lentitud, como si fuera el tonto del pueblo al que acababa de confiar los códigos nucleares—.

Tendrá que proporcionarle cuidados, llevarla a sus citas médicas, asegurarse de que tome la medicación a la hora y hacerle compañía.

—¿Hacerle compañía?

Sentí que en cuanto Briar recuperara la memoria, estaría todavía más furiosa al descubrir que me la había llevado a mi casa en el momento más vulnerable de su vida. Y su ira ya podía alimentar a toda una central eléctrica.

—Sí. Que tenga distracciones: que pase momentos con usted, con sus amigos, con las personas que la quieren. No le hará ningún bien si cae en depresión o entra en pánico. Algo que suele pasar con los amnésicos, sobre todo si no tienen una red de apoyo sólida.

Me lanzó otra mirada penetrante.

No podía culparlo. Mi reputación llegaba a todos los rincones de la ciudad. Le contesté:

—Entiendo.

—Lo mejor es que no esté sola, ni siquiera durante períodos cortos.

—Menos mal que no tengo un trabajo asalariado, ¿verdad?

—Esto no es broma, señor von Bismarck. —Se guardó el bolígrafo en el dobladillo de la chaqueta y entrecerró los ojos mientras me decía, con tono de enfado—: Briar Auer está en un momento muy frágil y vulnerable y la única persona que recuerda con certeza es a usted.

Usted es su sistema de apoyo. Usted será quien marque la diferencia entre un proceso de recuperación tranquilo o lleno de baches.

Y no cometerá errores, le dará un proceso de rehabilitación sin complicaciones.

—¿Y eso qué implica exactamente?

—Cuide de ella. Que no se altere. Si se convence de algo, no le rompa la ilusión. Sígale la corriente. Aun si piensa que es atleta olímpica, que su perro de la infancia sigue vivo o que el novio con quien rompió de la peor forma todavía la quiere. ¿Me entiende?

Levanté una ceja.

—¿Me está pidiendo que le mienta?

—Le estoy pidiendo que proteja su estabilidad mental a toda costa, señor von Bismarck. Si no puede hacerlo, dígamelo ahora y le asignaremos otros cuidados. No será lo mismo que tener a alguien cercano, pero sí mejor que lanzarla a los lobos.

A mí. El lobo era yo. ¿Cómo lo sabía?

Pero aun así…

—No. —Asentí, con la mandíbula apretada, sorprendido de lo mucho que me irritaba su falta de confianza. Era la primera vez que alguien que no fuera Sebastian me confrontaba por el modo en que trataba a Briar—. Puedo hacerlo. Haré todo lo que haga falta.

—El regreso a la realidad debe ser gradual.

Se sentirá desorientada e indefensa, y tenemos que asegurarnos de que cualquier mala noticia que haya que darle, le llegue de un modo que pueda digerirla a su ritmo.

Es probable que ella se sienta frustrada, irascible e impotente hasta que pueda situarse en el presente.

Sentí que estaba a punto de salir corriendo sin mirar atrás. No tenía idea de cómo iba a llevarla a mi casa en mi situación actual.

El doctor me echó una última mirada de repaso y preguntó:

—¿Está todo claro?

—Sí.

—Bien. Está despierta. ¿Quiere verla?

¿Morir por mil cortes de papel es mi otra opción? Porque casi que la prefiero.

El doctor Cohen suspiró.

—La respuesta correcta es sí.

—Perdón. Sí.

—Muy bien. Ya que insiste, venga por aquí.

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