Capítulo catorce. Oliver
Capítulo catorce Oliver
Mala suerte. Mal agüero. Maleficio . Yo traía la desgracia a todo lo que me importaba en la vida. Así era antes. Y así era ahora. No había cambiado nada.
Las patas del asiento barato de plástico de la sala de espera traqueteaban debajo de mis pies cada vez que hacía rebotar el talón sobre el suelo de linóleo. Con los dedos, me golpeteaba la rodilla al ritmo de La Bella Durmiente.
Tendría que haberlo visto como lo que era: una advertencia.
Me las había ingeniado para pasarme quince años sin oír esa música.
Y, aun así, el recuerdo de bailarla con Briar había resurgido hacía unos días en una fiesta, cuando una heredera monegasca intentó atraerme a un encuentro sexual rápido en el baño de un reconocido palacio.
En medio de todo, sonó el vals, y arruinó el momento.
El reloj colgado encima de la recepción me miraba fijamente.
Las dos de la madrugada. Un suspiro se me escapó de los labios e hizo ondear la bata que le había «tomado prestada» a una enfermera que pasaba.
Aunque todavía llevaba puestos mis vaqueros empapados (los mismos con los que había rescatado a Briar), no tenía frío.
Gracias a la adrenalina que todavía me recorría el cuerpo, no sentía nada en absoluto.
Solo el zumbido familiar de la ansiedad, la emoción y la desesperación que me atacaba las entrañas cada vez que Briar y yo estábamos en la misma zona geográfica.
Los paramédicos me habían dejado ir con ella en la ambulancia, probablemente porque yo tampoco debía verme muy saludable.
Para cuando llegamos, Briar había perdido el conocimiento.
Los médicos me habían ingresado por separado, me tomaron los signos vitales y me enviaron a dos enfermeras hostiles que se pelearon conmigo hasta que me quité la camisa y me puse algo seco.
Desde ese momento, no me había movido de ese mismo rincón de la sala de espera, en el asiento más cercano a la habitación de Briar.
Allí fue donde también me interrogaron, y la conversación fue más o menos así:
Enfermera: No podemos localizar a sus contactos de emergencia.
Yo: Sus contactos de emergencia son dos malditos desgraciados negligentes.
Enfermera: Como sea, no hemos podido localizarlos; pero seguiremos intentándolo.
Yo: No vale la pena. Sus padres han desaparecido de su vida desde que era una adolescente. Soy lo más parecido que tiene a un familiar cercano.
Pero ¿acaso eso es lo que yo era? O, mejor dicho: ¿debía serlo?
Pasaron dos horas y yo seguía sentado en la misma silla, esperando las novedades de los médicos. Por favor, no entres en un coma vegetativo. Odio tener que tomar decisiones importantes, maldita sea. Apenas puedo decidir qué comer cada puto desayuno.
Me golpeé la cabeza contra la pared y cerré los ojos.
Los hospitales me deprimían. Una mezcla potente de lejía, antiséptico y el indescriptible olor de la angustia.
Un cóctel con el que me había ido familiarizando bastante a lo largo de los años, que me había pasado sentado durante horas esperando fuera de quirófanos y de unidades de cuidados intensivos.
En medio del repiqueteo de pasos, teléfonos que sonaban y pitidos entrecortados de los monitores cardíacos, se oyó el chirrido de una puerta que se abría:
—¿Señor von Bismarck?
Me incorporé de un salto. El doctor Cohen atravesó con paso ágil dos de las filas de asientos y se detuvo justo delante del mío.
Por lo general, un rasgo que me enorgullecía de mí mismo era el de no juzgar a las personas por su apariencia, pero si hubiera tenido que elegir a un médico para tratar a Briar, habría sido él.
Calvo. Arrugado. Serio. Por mí, podía tener cualquier edad entre cincuenta y cinco y ochenta y tres años.
Me daba igual. Siempre y cuando no fuera un residente recién graduado, listo para meter la pata a lo grande al primer intento.
Me apoyé en los brazos del asiento para ponerme de pie y me sorprendí de mi propia inestabilidad:
—¿Qué pasa?
—Las enfermeras me informan de que usted es el familiar más cercano de la señorita Auer.
—Ajá.
Hojeó las páginas de su carpeta, sin apartarles la vista ni un segundo.
—¿Es el novio? ¿El esposo?
Negué con la cabeza.
—Un viejo amigo.
—¿Y sus padres?
—Ausentes.
—¿Hermanos? ¿Pareja?
Me pasé la lengua por el interior de la mejilla mientras saltaba de un pie al otro.
—Nadie más.
Quién sabe. Ella podría tener una relación amorosa y tierna con alguien. Pero su teléfono se había echado a perder en el agua y no tenía forma de ponerme en contacto, así que, por desgracia (para él), no había nadie más que yo.
El doctor Cohen chasqueó la lengua y golpeó sobre la carpeta con la punta del bolígrafo.
Recurrí a mis niveles máximos de autocontrol para contener las ganas de arrancarle los ojos.
—¿Y bien?
—Voy a empezar por las buenas noticias. —Se puso la carpeta debajo del brazo y sacó un pañuelo del bolsillo del abrigo, con el que se secó el sudor del cuero cabelludo lustroso—.
Hemos hecho un TAC, una resonancia y unas radiografías después de comprobarle los signos vitales a la señorita Auer.
Todo parece en orden. No se ven fracturas en el cráneo, ni zonas de hemorragia, ni hematomas en el tejido cerebral.
Le hemos dado medicación anticonvulsiva por precaución, pero no hay huesos rotos ni ninguna otra zona que nos preocupe.
Asentí como un estudiante, esperando la otra parte de las noticias. Por mi experiencia, las malas noticias siempre acompañaban a las buenas. Algo así como: «Felicidades, has logrado sobrevivir, pero te vas a arrepentir cada puto día de tu vida».
—Ahora bien... —El médico se aclaró la garganta y miró hacia atrás, a la puerta cerrada de Briar—. Parece que la señorita Auer tiene lo que en términos médicos llamamos amnesia postraumática. ¿Está familiarizado con el concepto?
—Solo por la serie Days of Our Lives.
No había conocido a nadie que hubiera tenido amnesia.
Ya de por sí, la enfermedad me parecía difícil de entender.
Para mí, era algo que solo les pasaba, y con una frecuencia inédita, a los personajes de las telenovelas.
Y además... me pasé gran parte de mis veinte años esperando que me sucediera a mí, pero al final me llevé una decepción.
—La amnesia postraumática es un estado transitorio de alteración de la función cerebral causado por un traumatismo craneal.
Para decirlo en términos más sencillos, parece que la señorita Auer no recuerda demasiado del incidente que la llevó a su hospitalización, ni tampoco recuerda los aspectos básicos de su vida en la actualidad.
¿Briar tenía pérdida de memoria? ¿Desde qué momento no recordaba? Parpadeé varias veces en un esfuerzo por comprenderlo. Pregunté:
—¿Significa esto que se ha despertado?
—Sí. He intentado refrescarle la memoria sin presionarla, con la esperanza de que me diera algún tipo de contacto.
Un familiar o cónyuge. Nada. No recuerda nada.
—El doctor Cohen se subió las gafas, que le quedaban apretadas contra las mejillas gracias a una banda que le rodeaba el cráneo.
Tenía cara de sabueso y la utilizaba para intimidarme—.
Está dolorida todavía, a pesar de que le hemos dado calmantes.
Habla con claridad y coherencia. Lo único es que no parece recordar nada de los últimos diez años más o menos.
Era el tiempo exacto en que no tenía posibilidad de ayudarla para nada.
Durante todo el tiempo en que estuvimos separados, me lo pasé evitando deliberadamente cualquier noticia sobre ella.
Me había esforzado por ignorar a mis padres cada vez que sacaban a colación a sus vecinos del lago Lemán, me había negado a invertir en empresas con sede en el país y había prácticamente obligado a mi padre a buscar a otra persona para gestionar nuestras propiedades en la zona.
El terror me inundó. Lo único que sabía de la vida actual de Briar era que, para mí, seguía siendo preciosa. Y lo cierto era que no me necesitaba para saberlo. Con mirarse en el espejo bastaba.
—Entiendo. —Me sujeté la mandíbula y la moví de un lado a otro—. ¿Cuánto tiempo puede durar esto de la amnesia?
—Es difícil de saber. Pueden ser cinco minutos o cinco meses.
Cada caso es único y particular. —El doctor Cohen volvió a sacar su carpeta y sacó de ahí también el bolígrafo que tenía enganchado—.
Hay diferentes grados de amnesia postraumática.
Depende del tipo de lesión inicial, de los tratamientos que la persona decida hacer y del tiempo de recuperación.
—¿Podría durarle para siempre?
—Es muy poco probable.
—Pero no puede darme una respuesta cien por cien segura.
—En lo que respecta a lesiones cerebrales en general, y a la amnesia postraumática en particular, no hay modo de saberlo.
Lo único que podemos hacer es brindarle un entorno estable y de apoyo para que se recupere; y animarla a que haga una rehabilitación cognitiva que contribuirá a que los recuerdos vayan volviendo: mostrarle fotos, llevarla a los lugares que le gustan, hacer las rutinas diarias con ella.
Los recuerdos regresan solos en gran medida en cuanto el cerebro se va curando, pero hay algunos consejos para estimularlos sin causar daños.
Me pasé los dedos por el pelo. Los mechones se habían apelmazado y ahora tenía unos rizos tiesos de lo mugriento que estaba el estanque del que había sacado a Briar.
—Envíeme la factura y pagaré todos los gastos: que sean las mejores instalaciones que tenga para ofrecerme, el personal más prestigioso...
—¿Qué instalaciones? —preguntó el doctor Cohen y levantó la vista de su carpeta—. La mayor parte del proceso de rehabilitación se lleva a cabo en casa. Imagino que querrá que el fisioterapeuta vaya a su casa, dado que la señorita Auer tendrá que mantenerse en un entorno tranquilo en todo momento.
—Disculpe. —Me apoyé un dedo sobre el pecho—. ¿Se refiere a mi casa?
El doctor Cohen frunció el ceño.