Capítulo once. Briar Rose
Capítulo once Briar Rose
Dieciséis años de edad
Otro verano, otra rosa.
—Una azul violeta. El color más raro para una rosa. Y qué coincidencia, es el de tus ojos. —Ollie inclinó la cabeza para besarme el dorso de la mano libre, sin apartarme la mirada ni un segundo—. Y el color de mis pelotas todo el año.
Me reí.
—¿Tanto te masturbas, pervertido?
—Soy el más pervertido. Ni te imaginas. Y tú eres la novia del pervertido. —Oliver se dejó caer a mi lado con todo su montón de miembros musculosos y bronceados—. ¿Qué dice eso de ti?
Arqueé una ceja.
—¿Que mi gusto en cuanto a los chicos deja mucho que desear?
El pecho de Ollie retumbó de risa mientras se inclinaba para darme otro beso. Me miré la camiseta básica y los vaqueros sencillos que llevaba, y deseé haber podido ponerme el precioso vestido que me había cosido para esta ocasión: su primer día de regreso a Suiza.
Seb me había advertido que su hermano trataría de darme una sorpresa. Y, aun así, Oliver consiguió llegar cuando menos lo esperaba: estaba tumbada en la orilla del lago, holgazaneando debajo del sol, trazando con el dedo las formas de las nubes gordas y esponjosas.
Me puso la rosa en el pelo, como hacía siempre, apoyándose en un codo y mirándome con una sonrisa soñadora. Me la saqué de entre los mechones y me la acerqué a la nariz.
—¿De dónde la has sacado?
—De Austria.
Le arranqué un pétalo aterciopelado y me lo froté entre los dedos.
—¿Es natural el color azul?
—No. Las riegan manualmente con un agua especial que tiñen. Aún no se ha conseguido cultivar rosales en este tono. Y lo sé porque estoy muy interesado en este proyecto.
—¿Cultivar rosales? —le dije con tono burlón—. Has usado esas palabras para impresionarme, ¿no?
Él miró al cielo con aire suspicaz:
—Está bien, sabelotodo.
—¿Por qué te interesan las rosas azules?
—Porque una vez que se conviertan en bienes de consumo, podré enviarte un ramo cada fin de semana.
Sentí como si él moviera el suelo debajo de mis pies para enseñarme a volar. Como si empezara a flotar en el aire, movida por alguna especie de hechizo. Oliver me sacó el pétalo de entre los dedos y me acarició con él, lo pasó por mi cuello y se me puso toda la piel de gallina.
—Parece que las rosas azules simbolizan el amor no correspondido y un deseo profundo hacia lo que no puede obtenerse.
Tragué con dificultad, con el corazón agitándose en mi pecho.
—Tu amor no es no correspondido.
Deslizó su nariz sobre la mía y dijo:
—Ah, ¿no?
Negué con la cabeza y con el movimiento nuestras narices se frotaron hasta acabar en un beso.
—Qué bien. —Me dio un beso corto en los labios—. ¿No te enamoraste de nadie más durante el año? ¿Hay alguien a quien tenga que matar?
Por poco me ahogo de la risa.
Hasta ese momento, mi estancia en Surval Montreux no podía describirse como placentera. Lo menos que podía llamarse era desafiante. Era como un bicho raro; no encajaba en ninguna parte.
Para empezar, no tenía padres. Las demás chicas podían oler esa debilidad a kilómetros de distancia.
Podían ver que siempre me quedaba cerca de la universidad cuando teníamos unos días libres mientras ellas se subían a sus aviones privados a encontrarse con la familia en las residencias más lujosas y los condominios más exclusivos.
Mis padres apenas me contestaban a las llamadas. Y cuando lo hacían, usaban los casi sesenta segundos que teníamos para regañarme por tratar de contactar con otros familiares.
—Deja de molestar a mis hermanas —me decía mi madre molesta—. Ya te lo he dicho mil veces: no es más que una pérdida de tiempo y energía. No tengo contacto con ninguna de ellas. Tienen demasiados celos de nuestra riqueza y de nuestro éxito.
Daba igual.
Total, no me contestaba nadie.
Al final, dejé de intentarlo.
Mis compañeras de clase me apodaban de mil maneras distintas: empollona obsesiva, ratón de biblioteca, la llanera solitaria y, el peor de todos, Rosa Llorosa, gracias al momento en que me encontraron llorando desconsoladamente en el baño porque mis padres se olvidaron de mi cumpleaños.
Lograban que todos los atributos de los que me enorgullecía se transformaran en un insulto: mi intelecto, mi sensibilidad, mi forma de ser introvertida.
Por otra parte, decidí sumergirme en el estudio. Si no tenía familia ni amigos, al menos tendría un gran futuro. Me quedaba horas tirada en la cama imaginándome la vida que tendría cuando me mudara a Estados Unidos. Los amigos, las residencias de estudiantes, las fiestas, las vacaciones de verano.
Podría compensar todo el tiempo perdido.
Podría crearme mi propia burbuja de personas que me quisieran.
Y todo esto sería un recuerdo del pasado.
Aunque sabía, muy en lo profundo de mi ser, que a pesar de todo los traumas dejaban cicatrices permanentes. La distancia solo nos dejaba ver lo lejos que habíamos llegado.
—Claro que no me enamoré de nadie. —Me puse la piruleta en la boca, y le daba vueltas con la lengua. Los labios se me hincharon y seguramente estaban manchados del rojo cereza del caramelo. Sabía que él no se iba a resistir a darme un beso verdadero—. ¿Y tú? ¿Te enamoraste de alguien?
—No. —Me tomó la mano y empezó a besármela con besos salteados, esponjosos, delicados y suaves, rebosantes de alegría.
Su aliento cálido me recorría los dedos, sus labios se deslizaban por la palma de mi mano abierta y mis nudillos—.
Creo que no lo acabas de entender. Estoy tan obsesionado contigo que ni les he contado a mis amigos de tu existencia.
Estoy tan perdido por ti que la sola idea de que otros chicos sepan de ti me enferma de celos.
El otro día, Romeo vio una foto tuya en mi fondo de pantalla y me preguntó quién eras. Le di un puñetazo.
—Mmmh. —Me estiré hasta besarlo en los labios—. Masculinidad tóxica. Mi sabor favorito en chicos.
Me lamí los labios y él se rio, sin dejar de besarme, trataba de agarrarme la punta de la lengua con los dientes.
—¿En chicos? —dijo, con un gruñido—. ¿En plural?
—En el único que hay: tú.
—Mierda. —Suspiró—. Esto es malo.
Me besó en la mejilla, la punta de la nariz, el extremo de las pestañas.
—¿El qué es malo?
—Lo entrelazada que estás con mi alma. Como un enredo en el pelo imposible de deshacer.
—Qué poético —dije, con sorna—. Ni John Keats podría igualarte.
—No pienses en otros hombres cuando estés conmigo.
—Ollie, John Keats murió hace más de doscientos años.
Empezó a besarme el hombro al descubierto.
—No hace tanto, entonces.
El tirante de mi camiseta se deslizó hasta el codo dejando a la vista la curva de mis pechos por encima del dobladillo de la tela.
Cuando Ollie estaba conmigo, yo vivía al máximo. De pronto, empezaba a apreciar todo lo que me rodeaba. El aroma de los capullos en flor y del agua dulce que corría. El trinar de los pájaros y las risas de la gente desconocida que pasaba. Ellos también se convertían en recuerdos felices.
—¿Buscamos formas en las nubes? —susurró con sus labios rozando mi sien.
—Sí.
Entrelacé mis dedos con los suyos y lo sentí natural y correcto. Como si nunca nos hubiéramos separado.
Miré hacia el cielo.
—Ahí veo un conejito.
Él señaló una nube enfrente de mi hombro izquierdo.
—Un pene gigante.
—¡Ollie! —Me tapé la boca con la mano abierta para frenarme las carcajadas que querían salir.
—¡Vamos! Te ríes porque sabes que es así. Si tiene una corona más grande que la del Príncipe Eduardo.
—Ahora sí que te estás ganando un puñetazo.
—No sirve que me amenaces con algo bueno. Cada vez que me tocas, para mí es una fiesta.
Extendí los brazos sobre el césped cuidadosamente cortado. Una mariquita aterrizó sobre la punta de uno de mis dedos y dejé que caminara por encima.
Oliver apoyó el mentón sobre mi hombro y ambos nos quedamos mirándola, en silencio.
—¿Qué tal va el cielo? —Recorrió el camino de la mariquita y me tomó de la muñeca; su pregunta hacía referencia a lo que le dije la noche de nuestro primer beso. Desde esa vez, solía preguntármelo de ese modo—. ¿Volvió a caerse sobre ti?
—No; mientras estés cerca, no.
—Te dije que lo aguantaría. —Me hizo cosquillas en el hombro con la sonrisa—. Estuve pensando…
Fruncí la nariz y le dije:
—¿Pensando o soñando despierto?
—Ambos. Cuando se trata de ti, se me mezclan.
—Me agarró de la mano y entrelazó los dedos con los míos una vez que la mariquita salió volando—.
Nuestros padres se ven cada tanto y nuestras casas de verano están una enfrente de la otra.
¿Por qué no te quedas con nosotros a pasar el verano?
Puedes quedarte en la caseta al lado de la piscina.
Tragué con dificultad. Cualquier chica le habría dicho a su novio que sus padres no la dejarían pasar el verano entero en la misma casa que un chico con las hormonas revolucionadas, pero en mi caso, estoy segura de que estarían aliviados.
Todavía odiaban mi presencia ahí donde estuviera.
Solo que, ahora, todo tenía sentido.
Yo era la prueba viviente y fehaciente de la infidelidad de mi madre.
Desde el momento en que supe de la existencia de Cooper, dos años atrás, no había dejado de buscar información sobre él. Y siempre volvía al mismo punto muerto.
Me aterraba la idea de abordar el tema con mi madre, pero estaba desesperada por encontrar a mi padre biológico. Los pensamientos me atormentaban desde aquella noche.
De lo único de lo que me arrepentí desde entonces fue de no haberme animado a salir de mi escondite ahí mismo y rogarle que me llevara con él.
Mamá no me conocía para nada. Prefería comer fideos instantáneos, beber agua sucia del grifo y tener un padre cariñoso que lo que fuera mi familia actual. Sin duda. Un corazón lleno de amor vale más que una cartera llena de dinero.
—Ya veremos. —Me saqué la piruleta de la boca y la tiré en mi bolsa de residuos junto con la botella de agua y los caramelos. La misma mariquita de antes se me posó en el pecho.
Se detuvo al sentir que se me hundía y volvía a elevarse con una respiración profunda. Después, siguió explorando.
—Solo era una sugerencia. —Ollie se incorporó y se apoyó en los codos, me pasó un mechón de pelo por detrás de la oreja—. Sin presiones. Solo que cada momento que estás lejos de mí es como una tortura.
Levanté la mariquita con cuidado con las dos manos y la deposité en la hierba por encima de mi cabeza. Después, me di la vuelta y miré a Oliver:
—¿Y qué pasará si no te sientes más como ahora en dos, tres o cinco años? Cuando vayas a la universidad y conozcas a todas esas chicas preciosas…
—Conozco chicas preciosas todos los días.
—Se encogió de hombros y, si bien las palabras eran para tranquilizarme y para demostrar su intención, el corazón se me estrujó hasta dejarme sin aliento—.
No hay nadie que pueda ser más bonita que la chica de quien estoy enamorado. Está comprobado científicamente.
No era la primera vez que me decía que estaba enamorado de mí. Me lo había dicho el año pasado, durante el verano, cuando nos bañamos desnudos en el lago.
Yo sabía que lo decía en serio.
Y también sabía que los sentimientos, como las estaciones, tenían tendencia a cambiar.
—Ey, escúchame bien, mírame a los ojos. —Me acarició la cara, rodeándola con sus grandes manos, y me miró fijamente a los ojos.
Esa mirada era como un trueno que me retumbaba en el pecho y me partía en dos—.
Sé lo que estás pensando en este instante y tienes que dejar de hacerlo ya mismo.
Olvídate de que somos muy jóvenes. De que la probabilidad nos juega en contra.
No pienses en estadísticas ni en experiencias de vida, ni en todas esas idioteces. Acuérdate de lo importante, ¿eh?
—¿Y qué es lo importante? —le pregunté, orgullosa de que no me temblara la voz, de que no se me quebrara en mitad de la frase.
—De que soy tuyo. Por completo. Incondicionalmente.
Trágicamente. Aceptaría estar contigo aun si me odiaras, antes que estar con nadie más.
Tu ira supera toda compasión. Tus sonrisas ganan a las sonrisas de cualquier otra persona.
Un momento contigo supera una vida entera con quien sea. Eres la única para mí.
Se inclinó hacia delante y estrelló su boca contra la mía, en un beso lento, puro y tranquilizador.
Yo tenía el sabor de la piruleta de cereza y él, sabor a verano y a amor eterno.
Las briznas de hierba nos hacían cosquillas en las orejas.
Él abrió la boca y deslizó su lengua contra la mía, mientras me acariciaba la nuca con los dedos.
Las uñas cortas me recorrían el cuero cabelludo y se me ponía la piel de gallina con cada contacto.
Los pezones se me endurecieron debajo de los tirantes que sujetaban la camiseta de tela delgada.
No llevaba sujetador. Ollie lo sintió.
Y yo lo sentí a él.
Se me escapó un gemido por la garganta con el baile de nuestras lenguas. Nos degustábamos, nos estimulábamos, nos buscábamos. Nos amoldábamos el uno al otro a la perfección, con el sol lamiéndonos la piel desnuda; y en ese momento, me sentí invencible.
No había nada en el mundo, por más grande que fuera, que pudiera detenerme.
Ningún problema podía superarme, por fatal que pareciera.
Imposible, con Oliver a mi lado.
Si el cielo se me cayera encima, él lo aguantaría.
—Eres la única para mí, Briar Rose —me susurró en la boca sin dejar de besarme—. Tú eres el puto universo para mí.