Mi oscuro príncipe (Dark Prince Road 3) Capítulo doce. Briar
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Capítulo doce. Briar

Capítulo doce Briar

Abrí los ojos con un gemido de lo más lujurioso.

Un torrente de luces fluorescentes me cegó, ahuyentando el recuerdo del toque mágico de Ollie en el lago. En cuestión de segundos, la realidad disipó aquel delicioso sueño.

Volví a cerrar los ojos con fuerza, con miedo de enfrentar dicha realidad. Me dolía todo. Me sentía entumecida, algo no iba bien… ¿dónde demonios estaba?

Sentía como si me hubieran metido dentro de una lavadora cargada al máximo y me hubieran dejado allí durante los cuarenta minutos del ciclo entero de lavado.

Empapada, aporreada, revolcada contra las paredes y estrujada varias veces hasta secarme.

Traté de enderezarme en la cama, pero los hombros me crujían como hojas secas.

El propio peso del aire me impedía mover los brazos.

Inspiré una bocanada profunda y me arrepentí al segundo, una segunda ola de dolor se me disparó desde los pulmones hasta la garganta.

Está bien. Estás viva. Ahora lo sabes gracias al hecho de que TE DUELE CADA CENTÍMETRO DEL CUERPO.

Volví a permitirme abrir los ojos con un parpadeo. Un mar de tonos azules pastel apareció borrosamente. Pestañeé hasta que las paredes quedaron fijas ante mi vista e hice un inventario del resto de mi cuerpo.

Unos tubos se enredaban como serpientes por los brazos y el pecho, que me aferraban a una cama grande. Tenía varios monitores a los lados de la cabeza. Y había unas cuantas agujas clavadas en mis venas a cada lado, pegadas con fuerza contra la piel.

Las agujas me daban náuseas. Eso lo sabía. No porque me acordara sino por la sensación desagradable y caliente que se me iba instalando en el estómago como un goteo.

Era evidente que estaba en un hospital. En Estados Unidos, a juzgar por los carteles que tenía enfrente.

¿En qué momento me mudé a este país?

Tenía un recuerdo vago de haber subido a un avión, pero no recordaba ni cuándo, ni por qué, ni con quién.

Había muchas cosas que no me acordaba.

Me latía la cabeza sin parar y los pensamientos nadaban sueltos en contra de una corriente de pegamento viscoso.

Me llevé la mano a la frente y acaricié lo que parecía una gasa apretada contra mi cráneo.

Mechones de cabello dorado se enredaban en mis dedos, enmarañados de sangre.

El corazón se me había subido a la garganta y luchaba por latir.

¿Qué me ha pasado?

Piensa, piensa, piensa.

Una maraña de pensamientos enredados me nublaron en la mente. Traté de organizarlos de algún modo y formé unas columnas mentales para contrastar lo que identificaba como hechos y lo que suponía:

Los hechos:

– Estaba en una habitación de hospital.

– Era de noche. (En el reloj se veía la hora: «las 4 a.m.»; y a través de la ventana podía ver que se extendía una oscuridad total.)

– Ya no era más una adolescente sino una mujer. (Pruebas: Mis pechos.)

– Había tenido algún tipo de accidente (choque automovilístico, lanzamiento en paracaídas con un mal final, una vuelta dentro de una picadora de carne, de acuerdo con el nivel de dolor que sentía.)

Las suposiciones:

– Estaba en Estados Unidos.

– Ya no estaba en contacto con mis padres.

– Tenía pérdida de memoria.

Con eso último, el pulso se me aceleró al máximo.

Sentía que tenía unos vacíos gigantescos en la memoria como si me hubieran agujereado el cráneo con un taladro.

Me devané los sesos en busca de lo último que podía recordar e hice caso omiso del dolor punzante y agudo que me perforaba como un cuchillo.

Un hotel. Recordaba un hotel. Un lugar hermoso.

Pero no podía recordar qué hacía allí ni con quién estaba.

El pánico se me arremolinó en el estómago y me clavó las garras en todo su recorrido hasta la garganta. Se abrió la puerta de la habitación y entró un hombre con una bata blanca y pulcra. Caminó hacia mí con paso lento, balanceando una carpeta en la mano. Era médico.

—Ah, señorita Auer. —Me ofreció una sonrisa cálida—. Está despierta.

No pareció sorprenderse.

¿Quizás no sea tan grave la cosa?

Noté que me llamó señorita Auer. ¿Eso quería decir que no estaba casada? Definitivamente, no recordaba haberme casado.

Traté de incorporarme para adoptar una posición sentada, pero me arrepentí de inmediato. Se me escapó un quejido por entre los labios. Me dolía todo, y demasiado.

—Por favor, no se incorpore. Yo me acerco. Le hemos administrado una buena cantidad de calmantes y posiblemente todavía pasen unas cuantas horas hasta que pueda caminar.

—¿Estoy muerta?

La pregunta se me escapó sin querer. A la vez, sentí que quería saberlo.

—No. Ni tampoco está muriéndose. —Sonrió y se detuvo frente a la cama—. Soy el doctor Cohen, fui quien la recibió hace unas horas cuando la trajeron de emergencia. ¿Cómo se siente?

—Como los mil demonios, o peor.

Sacó un bolígrafo de la carpeta y empezó a tomar notas.

—¿Qué le duele?

—Todo el cuerpo excepto los dedos de los pies, que no los siento.

—¿Recuerda qué le pasó?

Negué con la cabeza, y las lágrimas se me empezaron a acumular en los párpados. No sabía nada. Ni qué había pasado, ni dónde vivía, ni quiénes eran mis amigos, ni a qué me dedicaba...

—Por favor, esté tranquila. —El médico hizo una pausa y me dio unas palmaditas en la mano—. Estoy aquí para contarle lo ocurrido. No tiene de qué preocuparse. Es completamente normal en lesiones como las suyas.

—¿Qu-qué? —tartamudeé al formular la pregunta, con miedo por lo que estaba a punto de escuchar—. ¿Qué me ha pasado?

—Se tropezó y se cayó dentro de un obstáculo de agua en un campo de golf.

La cabeza me daba vueltas.

—¿Campo de golf?

Yo no jugaba al golf; jamás me había interesado. Jason y Philomena Auer jugaban al golf sin descanso durante fines de semana enteros. Era razón suficiente para evitarlo por completo.

—Al caer, se golpeó la cabeza con gran fuerza contra una máquina y tuvo una conmoción cerebral.

Me cruzó un recuerdo por la memoria como un rayo. Agua. Recordaba el agua. Mucha agua. Por todas partes.

—¿Cuánto tiempo estuve sumergida?

—No mucho. Nos dijo que un minuto o dos.

—¿Les dijo?

—Sí, la persona que la trajo, el hombre que la rescató. —El doctor Cohen dejó a un lado su carpeta y la enganchó al pie de la cama—. Se llama Oliver von Bismarck.

Oliver.

Se me arremolinaron unas mariposas en el estómago. Me acordaba de Oliver. Mi novio. No. Más que eso. Mi… todo . Y me había salvado. Todavía estábamos juntos.

Sentí un alivio inmediato que se me expandía por los huesos y desplazaba los nervios que sentía. Eché los hombros hacia atrás y me asombró sentir que me dolían mucho menos, ahora que tenía algún atisbo de algo familiar a lo que aferrarme.

—¿Él está bien?

—Sí, él está bien. Tiene un guardián más fuerte que un toro. Entró todo empapado y se desnudó en medio del pasillo de entrada en cuanto le aseguramos que usted estaría bien.

Me reí, y se me salió una mueca de dolor al mismo tiempo, de sentir que la garganta me raspaba y se me enroscaba con cada sonido.

—¿Se desnudó?

Sí, eso sonaba a algo que Oliver podría hacer.

—Fue todo un espectáculo para las enfermeras.

—El doctor Cohen debe haberse dado cuenta de mi horror porque negó con la cabeza en un gesto de reproche, mientras se le formaba una sonrisa en los labios—.

Pero no se preocupe, no llegó a sacarse los pantalones y las enfermeras le dieron una camisa seca para que se la pusiera.

—¿Dónde está ahora?

—Fuera, esperando. ¿Lo recuerda?

—Sí. —Hice una pausa y traté de pensar, traté de acordarme de la última vez que nos habíamos visto. Era como correr hacia una línea de llegada que se alejaba cada vez más—. Recuerdo que somos muy cercanos.

Se me aparecían destellos de recuerdos de ese día en el lago. De él, prometiéndome que estaría conmigo para siempre. De mí, con las uñas clavadas en su espalda para que el beso fuera más profundo. Me sonrojé. Y carraspeé para ocultar la oleada de deseo que me inundó el pecho.

El doctor Cohen esperó pacientemente y me alentaba a continuar con un movimiento afirmativo de cabeza.

—¿Él es mi…?

Dejé la pregunta incompleta: ¿pareja?, ¿mejor amigo?, ¿marido?

No. Mi marido no. No estaba muy apegada al apellido Auer, teniendo en cuenta todo lo que me había pasado. Dudo que hubiera vacilado ante la posibilidad de poder cambiarme al apellido von Bismarck si nos hubiéramos casado.

—Me temo que no puedo proporcionarle esa información. —El doctor Cohen puso el carrito de mi sonda intravenosa en el espacio entre uno de los aparatos y la cama—. Vino con usted en la ambulancia y completó los formularios de ingreso. Puede hablar con él si lo desea. Está aquí fuera.

—Sí. —Carraspeé de nuevo—. Quiero hablar con él. Gracias.

El doctor Cohen ya se dirigía hacia la salida cuando añadí:

—Me voy a curar, ¿no?

El médico acercó un taburete y se sentó.

Apoyó los antebrazos en los barrotes de mi cama para empezar a hablar.

El corazón me dio un vuelco. No había sido mi intención tener una conversación seria con el médico sentado junto a mi cama.

Esperaba más un «sí» rápido, o un «¡claro!

». Quizás hasta un pulgar levantado y nada más, pero solo ese movimiento del taburete echaba por los suelos toda la paz que me traía saber que Oliver estaba cerca.

—Sí, señorita Auer, se pondrá bien y se recuperará.

—Se tomó el tiempo necesario para responder y eligió las palabras con cuidado—.

La amnesia postraumática no es infrecuente en los casos de conmoción cerebral.

La mayoría de las personas recuperan toda la memoria en cuestión de días o semanas.

Lo que necesitamos es que se mantenga muy tranquila y se cuide. ¿Cree que puede hacerlo?

Asentí y tragué con mucha dificultad. Me ardía la garganta. Un poco por la sequedad y otro tanto por la posibilidad de no recuperar nunca mis recuerdos.

El médico volvió a tomar su carpeta y la apoyó en el regazo.

—¿Podría decirme qué recuerda de su vida?

Fruncí el ceño y reflexioné sobre la pregunta.

—Recuerdo algunas cosas, pero no el contexto en que sucedieron.

—Totalmente normal.

—Recuerdo mi infancia bastante bien. Diría que hasta los catorce años, posiblemente me acuerdo de todo.

—¿Y después?

—Fragmentos aislados. Me vienen como destellos rápidos, pero se van más rápido todavía. —Hice una mueca de dolor, del esfuerzo de perseguir un recuerdo y no lograr retenerlo. Me dolía la cabeza como si tuviera el cerebro metido en una trituradora.

—No se esfuerce. Los recuerdos vendrán al ritmo que tengan que venir. Puede hacerle daño si los fuerza. —Anotó unas cosas—. ¿Qué más?

—El lago. Recuerdo el lago. Con Oliver. Cuando llegó por sorpresa a verme el primer día del verano en que cumplí dieciséis años.

—Eso está bien. Muy bien.

—También recuerdo otras cosas. Hasta los dieciocho. No todo. Pero sí una buena parte.

—¿Y todo lo que sigue?

—No está.

Frunció el ceño y el ritmo del bolígrafo se aceleró sobre el papel.

—¿Por completo?

—Recuerdo haber tomado un vuelo a Estados Unidos desde Suiza. No estoy segura de cuándo. Debió ser en la universidad, porque recuerdo haber ido a la universidad en Estados Unidos.

—¿A cuál?

—No lo sé. —Me invadió el pánico hasta las tripas y se me instaló en el corazón—. Solo me acuerdo de mi compañera de habitación. Pero no me acuerdo ni del nombre.

—¿Y recuerda de qué trabaja?

—Recuerdo que trabajo, pero no dónde ni en qué. —El pánico volvió a subirme por la garganta y se me arremolinó en una espiral de ansiedad—. No me acuerdo de dónde vivo. No me acuerdo de ninguno de mis amigos. No me acuerdo de si tengo pareja o no.

El doctor Cohen dejó el bolígrafo y me sujetó la mano con fuerza:

—No pasa nada si no recuerda esas cosas. Ya recuerda muchas otras. Eso es bueno. Es un muy buen comienzo. Siga por ahí.

Una de las luces del techo parpadeaba por encima de nosotros. Aparecieron unas sombras sobre los ojos profundos del doctor Cohen. Traté de concentrarme en ellas en lugar de la frustración que me recorría.

Después de un silencio largo, suspiré y le dije:

—No recuerdo dónde viven mis padres ahora mismo, pero sí recuerdo que no estoy en contacto con ellos. No recuerdo mi trabajo, pero recuerdo que... ¿cosía ropa interior?

Ropa interior. Un hotel. El golf. Nada tenía sentido.

El doctor Cohen soltó una risa incómoda.

—Puede que no lo crea, Briar, pero todo esto es muy positivo.

Briar.

—Recuerdo haberme cambiado el nombre de Briar Rose a Briar.

Y recordaba tener una razón para ello. Algo traumático que me había pasado, algo que me había hecho llorar mucho, que me traía mucho dolor y decepción. Pero por más que lo intentaba con todo mi ser no podía recordar qué era.

El doctor Cohen se incorporó en el asiento, esperando con paciencia mis palabras.

Por momentos, escribía algo en su carpeta.

Me hizo un par de bromas. Después, me aseguró que había muchas formas de ayudarme.

Que me harían pruebas, que comenzarían un tratamiento y que haríamos juegos interactivos que me refrescarían la memoria.

Que lo único que tenía que hacer era confiar en el proceso y mantener la calma.

Luego volvió a preguntarme:

—¿Quiere que traiga al señor von Bismarck?

—Sí.

No lo dudé ni un segundo. Había muchas cosas que no sabía con certeza, pero sí estaba segura de que quería ver a Oliver. De que él tendría, al menos, algunas respuestas. Oliver era siempre mi lugar a donde regresar. Era la única dirección en la que había ido mi corazón.

—Háganlo pasar.