Capítulo diez. Oliver #2
—Además… ¿Qué es eso de «coordinadora de intimidad»? —le dije y chasqueé los labios con desdén, a ver si lograba enfurecerla y que se detuviera. Agregué—: No es un trabajo de verdad.
Funcionó. Se detuvo en seco, apenas a unos metros de un obstáculo de agua del campo de golf.
—Sí que lo es y, a diferencia de ti, me gano la vida haciendo lo que me gusta.
—Frunció los labios, se dio vuelta para mirarme—.
¿Sabes qué? Toda la vida soñé con tener a alguien que me protegiera.
Alguien que velara por mis intereses y mi bienestar.
Esa persona nunca llegó. No fue ni mi madre, ni mi padre, ni mi padre biológico y mucho menos tú.
Le tembló la voz al pronunciar lo último, como si el solo hecho de pensar en mí le repugnara. Hubiese querido morirme ahí mismo; perecer a sus pies por haberla defraudado.
—Briar…
—No he acabado. No tienes derecho a interrumpirme.
—Se le formaba una nube alrededor de los labios cuando las palabras se encontraban con el aire fresco—.
Y, a fin de cuentas, yo no elegí esta profesión.
Ella me eligió a mí. Quise dedicarme a hacer que otras personas se sintieran protegidas en momentos vulnerables.
Me gusta entrar en un rodaje y saber que mis actores confían en que velaré por su bienestar a toda costa.
Mi trabajo me permite ser la madre y el padre de una persona.
O la hermana, o la amiga. El mundo no fue amable conmigo.
Así que me aseguré de poder serlo yo. Para corregir mi error.
Leí su mensaje entre líneas: el error que quería corregiera yo. Y no quería que volviera a joderle la vida. Recibido. Punto.
Sin embargo…
Sin embargo, ahí estábamos ambos, agitados, tratando de recuperar el aliento. Briar se inclinó, con las manos sobre las rodillas; los mechones del flequillo pegados a la frente y a la sien por debajo de la gorra.
—Lo siento. —Se lo decía en serio—. Lo siento de verdad que te haya pasado todo eso. Todo. Y lo siento por haber sido otra persona más que te decepcionó… Pero yo también tuve mis propios problemas.
Briar frunció el ceño y empezó a abrir los labios como para decir algo pero, de pronto, los cerró con fuerza. Los ojos también. Tomó una, dos y hasta tres respiraciones profundas. Después, volvió a abrirlos.
—¿Qué pasó?
Era mi momento de decirle la verdad.
La revelación horrible.
De que yo era un monstruo.
Y no podía decírselo.
No me salían las palabras.
—¿Y bien? —Levantó el mentón, su mirada era penetrante e inflexible—.
Es la segunda vez que me persigues en el día de hoy.
Dime qué era lo que te mantenía lejos de mí.
Sé que fui intensa durante mi juventud. Me doy cuenta de que te presionaba.
Pero podrías haber llamado alguna vez; decir algo, al menos.
Decir amablemente que estabas ocupado, que no te interesaba seguir en contacto y que podríamos hablar de vez en cuando, como amigos y nada más.
En lugar de eso, cortaste la relación de un modo brutal; y cuando me presenté en tu casa, llamaste a seguridad para que me escoltara hacia la salida.
Hice una mueca de dolor. Eso había pasado al poco tiempo de graduarme en Harvard, antes de escaparme a Cambridge a hacer mi máster. Ella había sido una criatura diminuta y desolada. La habían ahogado en la tormenta hasta el cansancio. Estaba completamente sola. Y no la dejé ni entrar.
Tenía razón. Era un monstruo. No merecía ni el perdón.
Agaché la cabeza y no dije nada.
—Claro que sí. Eres todo un caballero, joder, Oliver. —Briar sacudió la cabeza y levantó las manos—. Nada ha cambiado en absoluto. Tú menos que nadie. La próxima mujer que te diga que te quiere es una idiota.
Briar dio media vuelta y salió caminando con dificultad hacia el borde del obstáculo de agua del campo de golf. Debajo del manto de oscuridad, el cerco de tela que lo bordeaba casi no se veía. Las piernas se le enredaron en la malla.
—Mimitos, cuidado. Hay un...
Tropezó hacia delante y cayó hacia el otro lado, mientras agitaba los brazos nerviosamente.
Escuché un gruñido seguido del golpe sordo de la cabeza de Briar chocando contra lo que esperaba, joder, que no fuera la camioneta Bobcat aparcada al borde del estanque, y finalmente…
un enorme chapuzón. Pasaron unos segundos: el tiempo quedó suspendido.
La hoja de la guillotina flotando en el aire; un recuerdo que se me estrellaba contra el cuerpo con una fuerza terrorífica.
Me quedé paralizado, sin poder mover ni un dedo.
Pero de pronto recordé que Briar estaba en peligro, y todo se desvaneció de mi mente.
Mierda.
Me saqué la chaqueta de un tirón, encendí la linterna del móvil y salté al estanque.
El agua helada me perforaba la piel. Nadé en la oscuridad total, tratando de encontrarla.
Dentro. Fuera. Dentro. Fuera. Cada vez que me sumergía salía sin nada.
El pánico empezó a devorarme como un fuego por dentro.
Cada segundo para ella dentro del agua helada era un segundo que no podía darse el lujo de pasar.
Decidí dividir el estanque por secciones y sumergirme en cada uno por turnos, cada vez que inhalaba. Funcionó. En la quinta inmersión, logré agarrarle el dobladillo de la gabardina.
Fue una batalla terrible de regreso hasta la orilla, pero cuando la tumbé sobre el césped cuidadosamente cortado y le presioné los dedos temblorosos sobre el pulso del cuello, identifiqué el inconfundible latido cálido que me retumbó en la piel. Débil, pero presente.
Solté un suspiro ahogado de alivio, pero al instante me di cuenta de que tenía el cuero cabelludo, y de hecho todo el rostro, de un color mucho más oscuro que el resto del cuerpo mojado. Sangre. Tenía la cara cubierta de sangre. Seguro que se habría golpeado la cabeza al caer y se había hecho daño.
La sangre.
El agua.
La herida.
Una corriente de recuerdos se abrió camino por mi mente como la compuerta de una presa. Cogí el teléfono y pedí ayuda.
Ya habría tiempo para derrumbarse.
Pero ese tiempo no había llegado todavía.