Capítulo diez. Oliver
Capítulo diez Oliver
—¿Entonces vas a dejarme conducir tu Ferrari? —chilló Frankie mientras aplaudía como una foca.
—Claro. —Le lancé las llaves—. Intenta no chocarte con nada.
—No prometo nada. —Frankie hizo girar el llavero sobre el dedo índice—. Pero me gusta tu optimismo. ¿Por qué tienes los ojos rojos e irritados?
—Demasiada marihuana.
No fumaba marihuana. Pero iba en camino de pasar directamente a la metanfetamina si no conseguía borrar a Briar Rose de mi memoria en las próximas horas.
Briar. No Briar Rose, imbécil.
Pero todavía olía igual que Briar Rose. Dulce, floral y tan tentadora que tuve que luchar contra una erección el instante en que me tocó.
Era la misma, uñas mordidas y todo; y a la vez... era diferente. Más feroz.
Frankie hizo un puchero mientras daba vueltas por el vestíbulo principal.
—¿Puede ser que estés… como… enamorado de la coordinadora de intimidad? —Entrecerró los ojos—. Porque nunca te había visto así.
—¿Así cómo?
—No sé... afectado.
¿Era posible que estuviera realmente enamorado de una mujer a la que no había visto en quince años? Lógicamente, no. Pero la lógica era un concepto ajeno para mí en ese momento. ¿Qué eran, al fin y al cabo, las construcciones sociales?
—Vete a casa, Franklin.
—Mi casa está en Georgia.
—Es lo que digo.
—Espera... ¿Puedo quedarme con el coche?
—Si te lo doy, ¿te irás?
—Sí.
—Felicidades. Eres dueña de un Ferrari.
Ella se encogió de hombros y se alejó con paso firme hacia los ascensores, contoneando las caderas de un lado al otro. En cuanto desapareció por las paredes metálicas, salí disparado al bar al otro lado del vestíbulo y me desplomé en un taburete.
El Grand Regent presumía de tener la exquisitez de lo antiguo, en una mezcla moderna de Hogwarts y Hotel Lutetia.
Había unos sillones reclinables tapizados de cuero marrón que flanqueaban unas elegantes mesas de caoba.
Los candelabros de cuernos decoraban el techo por encima de todo el largo de una barra con espejos.
Di unos golpecitos con los nudillos sobre la barra y dije:
—Un Sazerac.
Kelsey, mi camarera, más inteligente de lo que podía esperarse para su edad, me echó una mirada furtiva:
—¿Solo?
—Por desgracia. —Agarré un ejemplar del Wall Street Journal y me puse a ojearlo sin leer nada en concreto—. Pero teniendo en cuenta el mal momento que estoy pasando con el sexo opuesto, tal vez debería replantearme mi estado actual.
—¿Quieres contarme más?
El halo de rizos oscuros que le enmarcaba los ojos amables del rostro le rebotó en la sien cuando empezó a agitar la coctelera con la absenta y el coñac, con un terrón de azúcar.
—No. Prefiero rumiar mi autodesprecio en silencio, por favor.
La pequeña Briar Rose ya no era tan pequeña.
El refinado capullo de rosa había florecido y se había convertido en algo más delicado y prohibido aún.
Y de una belleza que seguía siendo descuidada.
Azarosa. Una mezcla embriagadora de flequillo ondulado largo, moño alto desordenado, chaqueta vaquera holgada y medias altas hasta la rodilla.
No me sorprendió que tuviera estilo y fuera impecable.
Pero sí me descolocó por completo que siguiera siendo tan única.
Llevaba tirantes ¡Tirantes! Todo el conjunto completo era un gesto de desquicio a sus padres, que decía «a la mierda».
Kelsey me sirvió el trago con una gran sonrisa. Lo probé y tiré el periódico al otro lado de la barra, incapaz de concentrarme. Me dije para mis adentros que no importaba el hecho de que apenas había unas doce plantas de distancia hasta donde estaba Briar. Y que no me importaba y listo.
Pero cada vez que sonaban los ascensores, me daba la vuelta para mirar y me desanimaba cuando veía salir a cualquier idiota que no fuera ella.
Pero si la estás esperando, imbécil.
Hice una pausa; el frío del vaso helado sobre mis labios. Mierda y más mierda . De pronto me di cuenta de cómo me vería desde fuera, sentado ahí, como un acosador, listo para tenderle una emboscada en cuanto terminara de trabajar.
Es que tenía que volver a verla. Era una necesidad, no un deseo.
No significa nada de nada. No es que te interese retomar lo que teníamos. Solo sientes... curiosidad.
Claro. Curiosidad. No significaba nada que le hubiera dado instrucciones al personal de todas las jerarquías, desde directivos hasta botones, de que dejaran salir al equipo solo por la puerta principal.
O de que había hecho todo lo posible para asegurarme de que ella pasaría por el vestíbulo si quería escapar.
Nos volveríamos a ver, le gustara o no.
Y no, no significaba nada,
Briar se había convertido en coordinadora de intimidad. ¿Acaso eso significaba que ahora vivía en Estados Unidos? No necesariamente. ¿Estaba casada? ¿Tenía novio? ¿Estaba en contacto con sus supuestos padres? ¿Se había puesto en contacto con Cooper alguna vez? ¿Era feliz?
Estaba bastante seguro de que podría encontrar la respuesta a la mayoría de estas preguntas.
Por supuesto, no tenía ningún derecho. Hacía tiempo que había tomado la decisión ejecutiva de dejarla en paz después de descubrir mi verdadera naturaleza, y por las malas.
Yo era, y seguía siendo, un desastre andante y parlante.
Listo para arruinarle la vida a alguien en cualquier momento.
Cuanto más me alejara de ella, más segura estaría.
Eso debería haber sido suficiente para sacarme de mi asiento y meterme en el Ferrari con Franklin.
Y sin embargo…
Sin embargo.
Me giré hacia los ascensores, esperando a que ella apareciera. Cada vez que se abrían las puertas y salía una pareja enamorada, un hombre de negocios o una manada de turistas, apretaba los dientes hasta que sentía que se desintegraban en polvo.
Pasó una hora, y después otra.
Finalmente, a las nueve de la noche, chasqueé los dedos.
Al instante y al pie, se materializó Kelsey por detrás de la barra.
—¿Señor?
—Que evacúen la planta de la suite presidencial.
—¿Quiere decir la habitación?
—Toda la planta.
No estaba dispuesto a correr ningún riesgo.
—Eh... ¿les doy una razón?
—Porque lo digo yo.
Diez minutos después, empezó a dispersarse el equipo de rodaje, que salía poco a poco por los ascensores.
El personal de rango más bajo, de peluquería y maquillaje, salió primero, seguido de los técnicos y camarógrafos.
Después vinieron los productores, el director y sus asistentes. Y, por último, los actores.
Vi de reojo a la infame de Scarlett Boureanu, una pelirroja sensacional que se había convertido en la última adquisición de Hollywood. Me guiñó un ojo, pero fingí no darme cuenta y estiré el cuello para ver a la mujer que iba detrás de ella.
Efectivamente, era Briar. A diferencia de su glamurosa clienta, llevaba una gorra verde desgastada, una gabardina y una revista con la que se cubría la cara.
Pero le reconocí los mechones de cabello rubio oscuro.
Abandoné el taburete y di unos pasos rápidos hacia ella.
—Briar, espera.
Pero no esperó.
Es más, aceleró el paso.
Las zapatillas chirriaban sobre el mármol mientras avanzaba con la cabeza agachada y salía apresurada por la entrada, abriéndose paso en medio del grupo de botones y porteros.
—Señor von Bismarck, ¿no le enseñó su madre a captar las señales de un rechazo? —me dijo Scarlett desde unos pasos atrás, tomándose el tiempo de saborear las palabras.
La ignoré y seguí corriendo más rápido hacia Briar. Me di cuenta de que estaba siendo irracional. Casi como un depredador. En cualquier caso, daba igual. Aunque quisiera explicarle por qué había desaparecido hace tantos años sin decir ni una palabra, cosa que quería hacer, no podía.
No habría podido transmitírselo por carta, ni por correo electrónico, ni por teléfono en aquel momento, y tampoco podía hacerlo ahora.
Había prometido no decir nunca ni una sola palabra de lo que había pasado, y tenía la intención de cumplirlo.
Pero ella era la única persona a quien quería contarle la verdad.
Briar aceleró el paso.
—Déjame en paz.
Hacía frío, el día estaba húmedo, y ya oscurecía. Quedaban los últimos restos de un día de febrero. Aunque Briar iba bastante abrigada, recordé que siempre era bastante friolera, incluso en verano.
—Por favor, para. Entra y hablemos.
Yo no suplicaba jamás.
Y acababa de hacerlo.
Pero Briar seguía avanzando rápidamente por la pasarela, un revuelo de ropa caóticamente estilosa que iba alejándose de mí cada vez más.
—No pienso dedicarte ni un minuto.
Aceleré el paso. Nos íbamos acercando a una hilera de árboles iluminados por la luna.
—No tardaré mucho.
Más allá de los árboles, se desplegaba el campo de golf. Estaba en construcción todavía, cerrado al público en general.
Briar corrió más rápido.
—¿Quién hubiera dicho que eras pura fachada? —El viento le distorsionó la voz a un volumen irregular—. Bueno, yo me lo podría haber imaginado fácilmente. Nunca fuiste de los que hacen lo que prometen.
Yo no era eso.
Mantuve el negocio familiar a flote cuando mis padres se hundieron en una profunda depresión y mi hermano desapareció por completo.
—Jamás quise hacerte daño.
Ella me ignoró, dobló a la derecha de golpe, pasó de largo por la zona de árboles y se metió en el campo de golf.
—Detente de una vez —le ordené; avanzábamos los dos tropezándonos a cada paso por el camino inclinado en medio de la oscuridad—. O alguno de los dos saldrá herido.
—Espero que seas tú. Y no me importará, vendehúmos.
—No soy un vendehúmos.
Se me tensó la mandíbula. Por lo general, en el Grand Regent, que me percibieran así erróneamente no me molestaba y hasta me convenía.
Pero con Briar, por alguna razón quería contarle la verdad.
Ni siquiera importaba demasiado. La noche terminaría, llegaría la mañana y cada uno seguiría su camino. No había otra opción. Seguí hablándole: