Mi oscuro príncipe (Dark Prince Road 3) Capítulo nueve. Briar
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Capítulo nueve. Briar

Capítulo nueve Briar

No vomites. No vale la pena que eches a perder tu almuerzo por él. Ese pastel de cangrejo vegano estaba delicioso. Y era caro. No lo vomites.

Pero parecía imposible, dado que Oliver von Bismarck estaba frente a mí, mirándome fijamente a los ojos, con el mismo nivel de sorpresa que yo debía tener en los míos.

El mundo se volvió negro y se me doblaron las rodillas. La gravedad me tiró de los pies como si fuera una alfombra. Me tropecé hacia atrás y traté de aferrarme a un candelabro para mantener el equilibrio.

Nunca en la vida me había pinchado el dedo. Mis habilidades de costurera eran inigualables. Pero había sentido su presencia segundos antes de que entrara. La calamidad sofocante que zumbaba en el aire.

Yo no era tan tonta. Sabía que él era el dueño de este hotel al instante en que el productor de Law Lives me informó sobre el calendario de rodaje.

Pero los años de acosar a este hombre me habían asegurado que Oliver no tenía relación alguna con los negocios de su familia.

Al parecer, mi primer (y único) amor se había convertido en una catástrofe de proporciones gigantescas.

Un eterno niño al que solo le importaba irse de fiesta, de vacaciones y dedicarse a corromper mujeres jóvenes.

Yo me había dedicado con atención a seguir sus fechorías más recientes.

Los arrestos, el libertinaje, el alcohol, las conquistas.

Y, aun así, el corazón se me encogió como un trapo al instante en que se cruzaron nuestras miradas.

Porque yo todavía veía al verdadero Ollie detrás de esas pupilas pálidas: al chico con el que rodaba por las colinas, hasta que ambos quedábamos sudados y cubiertos de césped y estiércol, riéndonos a carcajadas.

Se me formó un nudo en la garganta con todo lo que había querido decirle durante quince años.

¿Dónde estabas y dónde estabas y dónde estabas?

Érase una vez, un chico me prometió un «para siempre». Nuestro «para siempre» se convirtió en «nunca jamás». Y ese «nunca jamás» fue un tiempo tan largo que exacerbó un sentimiento nuevo hacia ese hombre: odio.

—Vaya, si lo hubiera… —Oliver se recuperó primero y plasmó una sonrisa persuasiva en los labios—. Hola, Mimitos.

Con ese pequeño e insignificante apodo, quedó hecho pedazos lo que me quedaba de serenidad. Solté el candelabro y me desplomé contra la pared. La aguja que tenía en la mano se me cayó al suelo.

Oliver señaló el tanga color crema metido en mi puño y preguntó:

—¿Es para mí?

Me sentí como un pez destripado. ¿Cómo podía estar tan tranquilo? ¿Cómo podía entregarse a la diversión así sin más?

Atravesé la ira, el dolor, la frustración, y lo devoré con la mirada.

Los ojos somnolientos color del cobalto, embriagados de lujuria y aún rodeados de abundantes pestañas.

El puchero petulante e infantil que pedía a gritos que lo besaran y la nariz romana y altanera.

Después de todos estos años, su figura robusta, tosca e imponente seguía teniendo el mismo efecto en mí.

No lograba precisar con certeza qué era más devastador: lo increíblemente guapo que era él o lo patética que era yo, que no podía articular palabra.

—¿Estás bien? —Frankie me puso una mano en el hombro—. Sé que tiene fama de ser un burdel andante, pero te aseguro que es casi inofensivo.

La voz de mi asistente sorpresa resonó por toda mi espalda.

Di algo. Haz algo. Demuéstrale que ya no eres esa chica desesperada que él conoció. La que se dio cuenta demasiado tarde de que nadie vendría a salvarla y de que tenía que levantarse y salvarse por sí misma.

La mirada de halcón de Ollie no se apartaba de la mía.

—Nos conocemos.

Frankie nos miró a ambos y preguntó:

—¿Sexualmente?

Ninguno de los dos le respondió.

La asistente de producción vino hacia mí corriendo y me dijo:

—Briar, tenemos que terminar esta escena. —Jaylla me arrancó el tanga del puño cerrado—. ¿Está listo ese tanga? Scarlett tiene frío.

Scarlett. Por supuesto. Scarlett. Mi actriz. La mujer que ahora mismo está en bata, esperándome para terminar la escena de sexo. Ahora que lo pienso, Oliver no tenía permiso para estar aquí. Era un extraño más que venía a babear frente a mi cliente.

—S... sí. —Miré a Jaylla y esbocé una sonrisa—. Todo listo. Estaré ahí en un segundo.

Me volví hacia Oliver y recuperé la voz. Afilada como una navaja. Tal y como se merecía:

—Señor, usted y yo no nos conocemos. Y no puede estar aquí.

Oliver pareció descolocado. Se le desvaneció la sonrisa y se quedó con la boca abierta:

—Este es mi hotel.

—Y este es mi plató —contraataqué, mientras agarraba una botella de agua y le daba un gran trago—. Y lo sé todo sobre sus travesuras, señor von Bismarck. Tengo que pensar en mis clientes. Su presencia en esta habitación con actores desnudos no es bienvenida.

—Mi presencia en esta habitación... —Se me quedó mirando con ira, con la boca abierta—. ¿De verdad vas a fingir que no nos conocemos?

Toda la cara se le frunció en un gesto tenso.

Parpadeé, sin dejar de mirarlo, y recuperé la confianza en mí misma que me había ganado con tanto esfuerzo.

—Creo que me confunde con otra persona. No me extrañaría, teniendo en cuenta la cantidad de mujeres en su periferia.

Frankie tosió dentro de su puño y dejó salir una broma:

—Tocado y hundido.

Oliver no podía apartar los ojos de mí.

—¿Y tú sabes de eso porque...?

Una sonrisa lenta y llena de confianza le asomó en el rostro, empezó a iluminarlo y a llenarme de nostalgia.

—Porque sé leer y uso internet. Sería una negligencia por mi parte no tener identificadas todas las potenciales amenazas para mi rodaje. —Levanté una ceja—. Ahora... ¿puede irse, por favor? Un extraño en medio del plató afecta a la concentración de mis actores desnudos.

Era fundamental poner distancia. Idealmente, una distancia no menor a tres continentes y cuatro océanos.

—No puedes echarme de mi propiedad.

—Claro que sí, tengo un contrato de alquiler firmado por usted. —Lo agarré por las solapas de la camisa y lo saqué por las puertas—. Hemos alquilado esta planta entera. No está autorizado a entrar en las instalaciones durante una escena de sexo.

Frankie volvió a inspirar aire, asombradísima, mientras Oliver trastabillaba hacia atrás y me miraba como si fuera un animal rabioso.

—¡Gracias, Briar! —chilló Scarlett desde la cama principal al fondo de la habitación—. Por tu enorme apoyo.

—Debo decir que es la primera vez que me escoltan fuera de una escena de sexo en lugar de invitarme a entrar. —Oliver se llevó una mano al corazón, en un gesto sobreactuado de devastación—. ¿Habré perdido mi encanto?

—Pregúnteselo a alguien que alguna vez haya quedado encantada —le mentí.

Cuando nos quedamos solos, en el pasillo, lo empujé hacia la zona de los ascensores, haciendo caso omiso del modo en que me miraba, azorado, como si yo fuera una especie nueva de dragón.

Levantó una ceja, sin resistirse del todo a mi maltrato, pero sin facilitármelo tampoco:

—¿Vas a dejar a un lado esa máscara ahora que estamos solos?

—Nadie va a dejar de lado nada en este intercambio, señor von Bismarck. Su reputación le precede.

Me guiñó un ojo y sonrió:

—Tu ira me enciende las entrañas.

—Debe ser acidez, cariño. Haz que te vea un médico.

—No te creas todo lo que oyes, Briar Rose.

—Ah, el señor es también un manipulador. —Lo empujé con más fuerza—. ¿Cómo puede ser que no me haya dado cuenta de todas las señales de alarma? Eres un puto semáforo en cortocircuito.

—Bueno, estás invitada a sumarte a mis luces cuando quieras.

—Te juro por Dios que si haces una broma más, voy a apuñalarte. Y ningún juez me culpará, teniendo en cuenta nuestra historia juntos.

Eso lo hizo echarse a reír a carcajadas.

—Te he echado de menos tanto, Mimitos.

—No me llames así.

—¿Por qué no?

—Para empezar, porque ya no necesito cuidados de nadie.

—¿Entonces qué tal «Puñalitos»? —Se le iluminaron los ojos mientras retrocedía, tambaleándose—. Es bastante convincente.

Llegamos hasta el ascensor. Pulsé el botón unas cien o quinientas veces. No descansaría hasta verlo fuera de esta planta... Y de mi vida.

Había logrado recuperarme de su traición, pero me había llevado años.

Años de llorar todas las noches hasta quedarme dormida, de preguntarme por qué, cómo y cuándo había salido todo tan terriblemente mal.

Por fin, después de tanto tiempo, logré estar mejor.

Y en cualquier sitio donde Oliver von Bismarck no estuviera presente seguiría estando bien.

—¡Espérame! —Frankie salió despedida de la suite presidencial y corría en dirección a nosotros con sus tacones ridículos—. Te has olvidado de mí.

Me pregunté si eran amantes. La idea me llenó el corazón de un dolor sofocante.

—Está bien, basta de estupideces. —Oliver ignoró a Frankie por completo, cada fibra de su cuerpo estaba en sintonía con el mío—. Tenemos que hablar.

—No es así. —Me crucé de brazos con fuerza—. Llevamos quince años sin hablar. ¿Por qué romper una racha perfecta?

—Tengo mucho que explicarte.

—¿En serio? —Me tragué el grito que tenía atravesado en la garganta—. Somos completos desconocidos en todos los sentidos posibles.

—Nunca serás una desconocida para mí.

—Qué curioso que lo digas porque, por cómo dejaste las cosas, me di cuenta de que siempre habías sido un extraño para mí.

Los números de la pantalla digital sobre las puertas del ascensor indicaron que comenzaba a subir. Al fin.

—¿Así que sí que os conocéis? —Frankie se colocó entre nosotros, se sacó los tacones y se los metió en la cartera.

Era una chica muy guapa. Con el énfasis en la palabra chica—.

Van como siete minutos desde que os conocéis y Oliver todavía no ha dicho nada tan desagradable para que quieras abofetearlo.

Es casi como si estuviera intentando no ser él mismo.

—Si lo que quiere es que lo abofeteen, estaré encantada de satisfacer sus deseos.

Oliver se acomodó el anillo de la fraternidad en el meñique. El que yo le había regalado cuando éramos niños. ¿Todavía tenía esa cosa antigua? ¿Por qué?

¿Qué te importa por qué?

Te dio la espalda cuando más lo necesitabas.

—Tenemos que hablar —insistió Oliver—. Briar Rose, yo...

—Ahora solo soy Briar. —Le sonreí con dulzura—. Me deshice de las rosas. También de esas teñidas y ridículas que me regalabas cada año.

— Briar . —Saboreó el nuevo nombre en la lengua y los pómulos se le tiñeron de rosa—. ¿A qué hora sales del trabajo? Yo...

El ascensor sonó y las puertas se abrieron. Aproveché la oportunidad y lo empujé dentro, lo mismo que a su amiguita escandalosa, y mantuve pulsado el botón de «cerrar las puertas».

—Adiós, Oliver. Que tengas una buena vida.

O no. Realmente no me importaba en lo más mínimo.

En cuanto el ascensor descendió con un gruñido de los engranajes, sentí que el aire alrededor se aligeraba.

Me di la vuelta, apoyé la espalda contra la pared, cerré los ojos y respiré hondo.

Entré en una lucha por mantenerme en pie.

Y finalmente, perdí. Me deslicé hasta la lujosa alfombra, me agarré la cabeza e intenté hacer mi ensayada rutina de respiración profunda.

Los años de terapia se habían esfumado con una simple mirada de sus ojos.

Se había quedado con el anillo de diez dólares que le había regalado. Mi única posesión de niña. Me lo había ganado en una feria. Todo mi pasado me volvió de pronto y lo miré de frente. Sin rodeos. Me recordó todo lo que había perdido.

Mi mundo entero.