Capítulo ocho. Oliver
Capítulo ocho Oliver
Cuando a Zach se le partió el corazón y perdió gran parte de su sano juicio por su empleada doméstica, lo arrastré de vuelta a la cordura, a patadas y a gritos, lo cual concluyó con la propuesta de matrimonio más vergonzosa y humillante que se haya presenciado jamás en todo el continente.
Cuando Romeo necesitó distraer a Frankie porque se llevaba a su mujer embarazada a maratones de compras por todo el mundo y a aventuras de puenting , le di a Frankie mi American Express para que desapareciera de su vista.
.. y de su casa. El personaje que yo mostraba al exterior —las mujeres, el dinero, el glamour — no era más que una máscara veneciana de bufón, diseñada para ocultar mi único y trágico defecto fatal: las cosas sí que me importaban.
Demasiado. Todas. Todo. El. Puto. Tiempo.
Si alguien lograba abrirse camino hasta mi corazón, allí podía quedarse.
Cuando se abrieron las puertas del ascensor me encontré cara a cara con una mujer de unos treinta años con gafas estilo hípster, cantidades industriales de maquillaje (lo suficiente para moldear la escultura de un niño de dos años), una carpeta en la mano y una cara de molestia importante.
Levantó el mentón y me miró con los ojos entrecerrados.
—Este es un plató cerrado, señor.
Le pasé por al lado y salí del ascensor con paso lento y danzante hacia el amplio pasillo.
—¿Ah, sí? No me digas. —No iba a dejarme intimidar en mi propia empresa.
Ella salió corriendo detrás de mí; le salía vapor por las orejas como las alcantarillas de las calles de Nueva York.
—Pero ¿quién se cree que es?
—El dueño de este hotel.
Salté sobre los cables de las cámaras y los alargadores de colores que serpenteaban encima del mármol italiano impecable.
Había murales abstractos sobre las paredes revestidas de paneles claros en tonos turquesa, plata y oro.
Al final del pasillo, un sillón Chesterfield sujetaba la doble puerta imponente de la suite presidencial.
Unas doce personas entraron apresuradas desde todas las direcciones.
—Disculpe, señor von Bismarck. —La mujer corría casi pisándome los talones, medio tropezando y medio tartamudeando—. No lo he reconocido con la ropa puesta.
Ah, por los paparazzi de la playa nudista del verano pasado. Un momento mediático icónico.
—No hay de qué disculparse. —Me sacudí una pelusa invisible de la chaqueta—. Puedo entender que hay formas de vidas mucho peores que las de un hotelero multimillonario.
—Señor, no puede entrar ahí.
—Uhm. ¿Apostamos?
Estaba siendo desagradable, lo sabía. Una decisión bien calculada y deliberada, diseñada para convertir en enemigo a todo el mundo. Sin duda, Rom y Zach se quedaron en mi vida de puro leales que eran y por el hecho de ser tan insufribles como yo, aunque de otra manera.
A la distancia, oí la voz aguda e irritante de Franklin; te ponía los nervios de punta igual que rasgar una pizarra con las uñas:
—… sí, Ollie está a punto de pasar a buscarme en un segundo, Dal. —Supuse que hablaba por teléfono con su hermana—. Te juro que el fuego no fue ni siquiera tan grave. Además, ¿cómo iba a saber yo que la laca para el pelo es inflamable? No soy científica.
Se produjo una pausa y después siguió:
—¿Tú sí lo sabías? —Otra pausa—. Bueno, hubiera estado bien que me lo dijeras; llevo años fumando marihuana mientras me arreglo frente al espejo todos los días.
No podía creer que pudiera ser así de tonta en serio. Tenía que estar fingiendo.
—¿Dónde están las agujas? —dijo una voz nueva y quejosa—. Hay que coser otro tanga color crema.
—Yo estoy en eso —respondió otra voz femenina suave—. De hecho, ya casi he termi... Ay!
—Tengo que cortar, Dal. —Frankie hizo un sonido ahogado de sorpresa—. ¿Estás bien?
Haga lo que haga, buena mujer, no deje que Franklin Townsend se le acerque.
—Sí. Ha sido un pinchazo tonto.
Empujé la puerta doble hasta abrirla por completo y entré de golpe, con una sonrisa burlona en el rostro:
—¿Me habíais llamado?
Mi sonrisa se desvaneció al instante en que me encontré frente a frente con la mujer que se chupaba la sangre del pulgar pinchado.
Tenía una aguja en la mano, entre unos dedos que yo conocía demasiado bien.
Me habían hecho cortes de pelo de principiante en las tardes de verano que pasábamos holgazaneando junto al lago.
Se habían metido en mis fosas nasales cuando jugábamos partidas de cartas, que yo siempre le dejaba ganar.
Me habían acariciado la cara cuando perdí a mi abuela, cuando me rompí el brazo y cuando me peleé con mis padres.
Esos dedos, al igual que la mujer a la que pertenecían, eran la razón por la cual yo iba vagando por este mundo sin rumbo fijo.
Eran de quien había estado escapándome durante quince años, y sumando.
Briar Rose. Mi Briar Rose.