Mi oscuro príncipe (Dark Prince Road 3) Capítulo cuatro #2
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Capítulo cuatro #2

—No te odia, —le dije, en desacuerdo, pero yo sabía que el desgraciado sí la odiaba, y lo detestaba por eso. Hice una pausa, pensando con cuidado las palabras adecuadas, y agregué—: Esto puede llegar a ser... algo bueno.

Por la mirada escéptica de Briar Rose, supe que había fallado. Ella dijo:

—Sí que me odia. —Dejó salir una risa amarga y continuó—: Eso de cambiarme la comida del plato, fue así como ella lo contó. Mamá cambió su plato por el mío cuando se dio cuenta de que la comida estaba quemada, pero ¿quieres saber lo que hizo papá?

No. Sentía que, si me lo contaba, me acercaría aún más al asesinato de primer grado. Pero, aun así, asentí. Ella separó las manos de las mías, se puso de pie y continuó:

—Cortó de mi plato la mitad de carne que no estaba quemada y se la sirvió él, mientras agregaba que yo comía demasiado.

Qué hijo de puta.

—Jason Auer es un pedazo de mierda. No lo necesitas.

Yo pensaba de verdad que ella estaría mejor sin él.

Papá odiaba a ese tipo; en particular por el hecho de que semejante «sanguijuela» tuviera una propiedad junto a la suya.

Pero seguíamos viniendo al lago Lemán, a sabiendas de que estaban los Auer, porque yo necesitaba mi dosis de Briar Rose.

Y si mis padres no me la daban, los acosaba sin descanso hasta que cedían.

—Es mi padre, Oliver.

—¿Y qué hay de Cooper? Es bueno saber que tienes un padre que parece que te adora. Vino a trabajar aquí solo para verte. Qué atrevido.

Ella inspiró aire y se miró el vestido. Aun a oscuras, se le veían las manchas de sangre sobre el satén rosa, de las mordidas que me dio.

—¡Ay, no! —Me tomó la palma de la mano y se la acercó a la cara, mientras me abría los dedos con delicadeza—. Lo siento mucho.

—No tienes por qué.

Hacía ya un rato que no me sangraba y no me importaba demasiado.

No sentía nada. En ese momento, me di cuenta del punto al que había llegado: estaba perdido por ella.

Hasta ahora, amar a Briar Rose había sido incómodo, enervante, molesto, pero mayormente emocionante.

Había sido mayormente divertido. Pero hoy, se me había presentado el lado oscuro del amor.

Una tierra donde cada quemadura de ella me flagelaba a mí en la piel como un latigazo; las pérdidas de ella se convertían en las mías y sus dolores me pesaban en los huesos.

Empezó a retorcer sus dedos en las solapas de mi camisa y dijo:

—¿Qué voy a hacer?

—Escapémonos juntos. —No tengo ni idea de qué estúpido y delirante pensamiento al estilo Romeo Montesco se apoderó de mí para sugerir algo así, pero en cuanto lo dije me di cuenta de que no estaba bromeando—. Podríamos irnos al fin del mundo.

Tenía un lugar en mente: el cabo de Sagres, en Portugal. Seb me dijo una vez que quería navegar por ahí... Pero eso fue justo antes de batir el récord mundial de remo y decidir que era demasiado bueno para el resto del mundo y que tenía que conquistar el universo.

Briar Rose arqueó una ceja y me miró con unos ojos que decían «déjate de estupideces».

Los ronquidos de Sebastian sonaron de fondo durante toda la conversación.

El hecho de que Philomena y Cooper no lo hubieran oído era la única prueba fehaciente que quedaba por hacer para comprobar la existencia de Dios; en especial en un día tan despiadado.

—Claro. Escapémonos, por qué no. Total. Podemos vivir de hacer bromas pesadas y darnos besos en los momentos más extraños.

—Trató de reírse y de parecer relajada e indiferente, como si la palma de mi mano no tuviera las marcas de sangre de sus dientes que casi la atraviesan—.

Ya has oído lo que han dicho mis padres: me mandan a un internado en Suiza, que es solo para mujeres, y ellos se mudan a Argentina.

Hasta ahora, se habían dividido el tiempo disponible entre ignorarme y directamente maltratarme, pero nunca antes me habían abandonado.

No quiero estar sola. —Se ahogó en su propio llanto y agregó—: Tengo miedo.

—Tú podrás con ese internado, Briar Rose.

—Me aferré a sus brazos, sin saber muy bien qué me había poseído para ponerme a derramar todas esas estupideces juntas.

Si yo no había estado ni un segundo en un internado, ni siquiera conocía un campamento de verano—.

Hablaremos por teléfono todos los días y nos seguiremos escribiendo.

Estaré a tu entera disposición. Antes de que te des cuenta, será verano de nuevo.

Y a los dieciocho años, podrás deshacerte de esos dos imbéciles. ¿De acuerdo?

Ella asintió con la cabeza y tragó saliva. No era suficiente. Necesitaba oírselo decir.

—¿De acuerdo? —repetí.

—De acuerdo.

Debía estar muerta de miedo. Y yo también lo estaba. Mierda. Por las responsabilidades que acababa de prometer. Por su futuro. Por la posibilidad de no poder protegerla y de que ambos empezáramos a odiarnos por eso. Pero era capaz de matarme antes que no ayudar a mi Mimitos.

—Siempre estaré donde me necesites. —Le levanté el mentón y la miré directamente a los ojos—.

No solo en verano, Mimitos. Si necesitas que me cambie de universidad y me vaya a Suiza contigo, lo haré.

Haré lo que sea por ti. No importa si llueve o truena o graniza, nada me detendrá.

Estaré siempre contigo. Te lo juro. Siempre me tendrás. Nunca, jamás, me perderás.

En lugar de responderme con palabras, ella me respondió con el cuerpo. Me apretó las mejillas, me atrajo hacia ella y me besó. Esta vez fue diferente. Fue virginal, vacilante y bonito. Fue tan bonito, joder.

Me rozó con la boca y ambos nos recorrimos los contornos de los labios. Temblábamos, como si la gravedad estuviera a punto de fallarnos en cualquier momento. Y con ese beso, mi destino quedó sellado.

Jamás podría amar a otra mujer.

Para mí no habría otra que Briar Rose.

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