Capítulo cinco. Oliver
Capítulo cinco Oliver
Presente.
—Ey, ¿puedes salir conmigo, de novio falso, la semana que viene?
—dijo Franklin Townsend mientras se deslizaba por el asiento de copiloto de mi Ferrari Purosangue y se estiraba la minifalda por los muslos—.
Hay una fiesta en una casa en la playa a la que me muero por ir, pero es en los Hamptons y preferiría no tener a todos los tipos tratando de seducirme cada cinco segundos.
Se acomodó el top triangular para que le cubriera lo mínimo para evitar otro arresto.
Punto uno: me puse a pensar a qué se debería esta repentina modestia. El atuendo de Franklin requería menos tela que una servilleta y la personalidad de esa chica se describía solo con decir que su vida eran las fiestas.
Y punto dos: qué tendría que ver los Hamptons con la frecuencia con que los tipos intentaban seducirla. Pero no me importaba tanto como para preguntar.
Aceleré el motor y lo hice rugir con fuerza para molestar a Romeo. Frankie estaba quedándose en su casa.
—Me tienta un poco pero no gracias, antes de algo así prefiero comerme mi propio páncreas.
—¿Por qué no? —Franklin hizo estallar su chicle rosa, con total indiferencia—. Soy un producto muy cotizado.
—Sabes bien que nunca aparezco en público más de una vez con la misma mujer. La gente se confunde y puede llegar a pensar que soy monógamo, Franklin. Soy un mujeriego, no un mago ilusionista.
—Técnicamente, ya estás más para que te llamen viejo verde. —Frankie se rio—. Todo el tema de estar con muchas mujeres se pasa de edad al llegar a los treinta.
Atravesé el barrio a toda velocidad mientras ella buscaba un espejito de su Birkin, regalo de su hermana y cortesía de un atracón de compras de despecho.
—No es que yo sea viejo... es que tú apenas has nacido —repliqué mientras se aplicaba una capa extra de brillo de labios.
—¿No era que a los hombres les gustaban las jóvenes?
—Tengo por regla que solo voy a enseñarle a ir al baño a alguien que haya salido de mis testículos.
Lo que no añadí fue que no pensaba tener hijos, así que no había problema con eso.
—¡Ay, vamos! Ni siquiera nos hemos enrollado.
Yo jamás me atrevería a tocar a Franklin. No de ese modo. Era una chiquilla que pensaba que BDSM significaba «borracheras, descontrol y sin moderación».
—La gente no lo sabe. —Apoyé la muñeca sobre el volante, con la mirada inerte sobre la ruta—. Creen que te he estado conquistando. Y lo he hecho durante mucho tiempo.
—Y que por fin te dije que sí. —Cerró el espejo con un clic y levantó las manos al aire con un grito frustrado—. Y tú dijiste que no. ¿Por qué?
—Para no romperte el corazón.
Frankie resopló.
—Por favor. Si hay por aquí un corazón que pueda romperse, será el tuyo.
Imposible, desde ya.
Mi corazón estaba al otro lado del océano, en Europa, con una chica a la que no había visto desde los diecinueve años. El tiempo no había hecho que la olvidara para nada. Ni tampoco el desfile de mujeres que habían entrado y salido de mi dormitorio a lo largo de los años.
Pero Franklin Townsend, la hermanita pequeña de la esposa de Romeo, con esos ojos saltones, jamás estaría en mi lista de mujeres.
Perseguirla me beneficiaba por las mismas razones por las que simulaba ser un idiota: espantaba a la gente de mi lado.
Les hacía creer que yo era una criatura superficial y pervertida sin escrúpulos.
Un truco de lo más antiguo.
—Vamos, Ollie. Me has tenido esperando todo este tiempo.
Lo menos que puedes hacer es ser mi novio por una noche.
—Se recostó en su asiento, mirándome con gesto de puchero, claramente no estaba acostumbrada a que la rechazaran—.
Puedes dejarme públicamente después. —Me guiñó el ojo—.
Siempre he querido ver mi nombre en grande, en un cartel publicitario de Times Square.
Frankie, al igual que su hermana Dallas, estaba claramente desquiciada. No hacía falta ser ningún adivino para darse cuenta: Franklin Townsend estaba destinada a terminar incendiando por accidente un barrio entero. O dos.
Solo en el último año, Dallas la había sacado de la cárcel tres veces, con discreción y con el pago de la fianza correspondiente por exhibicionismo, posesión de marihuana en lugar sagrado (la iglesia) y el robo (supuestamente accidental) de una caja de consoladores, que había pintado nuevamente y vendido en línea como si fueran exhibidores de joyas.
Frankie era de lo más graciosa sin proponérselo y del nivel de exigencia y elegancia de un hotel cinco estrellas. También era de cinco años su nivel de madurez mental, aunque tenía veinte en edad cronológica.
Demasiado joven para que la tomaran en serio.
Cambié de carril mientras insultaba mentalmente el tráfico:
—La respuesta sigue siendo no.
—¿Cómo es que nadie se ha dado cuenta de que eres de lo más aguafiestas?
Porque soy un maestro de los secretos.
Cuando Frankie me pidió que la llevara al Grand Regent, no pude negarme. En primer lugar, porque mi familia es dueña del hotel. Uno de muchos de nuestra cadena de más de seis mil propiedades en todo el mundo.
Como no podía impedir que Franklin Townsend, un peligro andante, entrara en mi hotel sin sufrir las consecuencias de la ira de Romeo, hubiera sido una tremenda negligencia de mi parte no acompañarla personalmente y asegurarme de que no quemara una sauna. O dos.
Y, en segundo lugar, porque acababa de anunciar en nuestro chat grupal que iba al hotel a jugar al golf. Rechazar su petición habría sido grosero.
También disfrutaba del agradable efecto secundario de darles un dolor de cabeza a Romeo y a Dallas por simular que me encantaba pasar tiempo con el bellezón de su cuñada y su hermana, respectivamente.
La trataban como si fuera la flor más delicada y no se daban cuenta de que estaban ante una planta carnívora capaz de devorar más de cincuenta insectos en diez segundos.
—¿Qué te trae hoy al Grand Regent? —le pregunté con tono de burla para desviar el tema de la conversación.
Para cuando salimos de Dark Prince Road, Rom y Dal ya debían estar imaginándome devorando a Franklin de cinco maneras diferentes.
En realidad, yo tenía una reunión de negocios en media hora. Estaba a cargo de todas las contrataciones y despidos de nuestra sucursal principal de la zona. Me gustaba estar al tanto de todo.
—Tengo una cita de Tinder en la suite presidencial —dijo Frankie, enrollándose un mechón de pelo alrededor del dedo—. Está casado y es treinta años mayor que yo, así que tenemos que hacerlo en un lugar muy discreto.
—Pon una toalla sobre las sábanas, por favor. Son de seda sin costuras.
—Quiere hacerlo en la ducha.
—Ponte chanclas. No quiero demandas judiciales.
—¡Por Dios! —Frankie echó la cabeza hacia atrás y se rio—. De verdad te importa una mierda que yo esté con otras personas.
—Lo que hagas con tu tiempo y tu cuerpo no es asunto mío. Sé que suena extremo, pero así lo siento.
Me miró de reojo con el ceño fruncido.
—Creía que querías estar conmigo.
Es lo que creía todo el mundo. Armé un escándalo por coquetear con Frankie en cuanto la descubrí metiéndose botellas de vodka en miniatura en su bolso de mano, en medio de un baile de debutantes hace años.
—La verdad es que lo hacía sobre todo para molestar a Romeo y Zach. —Me puse una mano en el corazón—. Por muy encantadora que seas, y quiero enfatizar que eres una de las criaturas más encantadoras que habitan este planeta abandonado por Dios, hasta alguien como yo tiene sus límites. Además...
Le eché una rápida mirada y seguí hablando:
—No veo que vayas a acostarte con nadie hoy, la verdad. ¿Qué estás tramando? Asegúrame que no nos arruinará la póliza contra todo riesgo del año que viene.
—Bueno, ya que lo preguntas: conseguí un trabajo en tu hotel.
La fulminé con ojos de ira:
—Las acompañantes sexuales están prohibidas en...
—Mierda, Ollie, ¡no es eso! —Me dio una palmada en el hombro con tanta fuerza que por poco me lo disloca—. Voy a estar de prácticas en la coordinación de intimidad más codiciada de todo Hollywood.
Lo dijo con una enorme sonrisa en el rostro.
—¿En una qué?
—Coordinación de intimidad.
—La intimidad no necesita coordinaciones. Cada quien sabe dónde va cada cosa. Es una respuesta de elección múltiple de esas que dicen «todas las anteriores», pero no hay que ser ningún experto para saber las ventajas y desventajas de cada orificio.
—Un coordinador de intimidad es un integrante del equipo de rodaje que cuida el bienestar de los actores y las actrices durante las escenas de sexo.
—Se humedeció los labios y se limpió el dobladillo de la falda—.
Es una gran oportunidad para mí. El productor de la película ganó tres veces el Óscar.
Y los protagonistas son mis dos actores favoritos.
Nunca antes había visto a Frankie tomarse nada en serio, salvo su rutina de cuidados del cabello, así que dudé mucho de que esto fuera a salir bien, más aún, de que no terminara en catástrofe, una vez que Frankie se diera cuenta de cómo era trabajar de verdad.
Pero, por otra parte, quizá Frankie era como yo. Quizá solo fingía ser una mujer frívola que no tenía nada más en la cabeza que amantes y ropa de diseño. Quizá tenía otras dimensiones. Necesidades, deseos y anhelos. Deseos que no sería yo quien iba a satisfacer, pero deseos al fin.
Saludé a los guardias de seguridad y a dos porteros mientras nos dirigíamos desde la entrada trasera hacia el edificio principal del hotel, pasando junto a hileras de fuentes esculpidas y cornejos blancos floridos.
—¿Están filmando en el hotel?
Ahora que Frankie lo había mencionado, recordé haber firmado los papeles con los detalles y la documentación del seguro. Sí que era una película importante. Habíamos acordado cerrar un ala entera del hotel para ellos.
—Sí. —Frankie se colgó el bolso del codo—. No puedo garantizarte la supervivencia de las sábanas de seda sin costura.
El Ferrari pasó junto a unas hileras de bungalós en alquiler a largo plazo, dos muy aclamados campos de golf, cuatro piscinas al aire libre, ocho pistas de tenis y el auditorio, sede de algunas de las conferencias médicas y tecnológicas anuales más importantes del universo.
Frankie lo contemplaba todo con el gesto característico del aburrimiento de una chica rica ya hastiada de haber probado y agotado todas las cosas decadentes que el mundo podía ofrecerle.
Doblé hacia el aparcamiento subterráneo del personal y me sumergí en la oscuridad, mi lugar favorito.
Ella miraba por la ventana, más callada que de costumbre. De pronto, dijo:
—Tú no eres tan tonto de verdad, ¿no es así?
—¿Perdón?
A veces, pero no tan seguido, se me caía la máscara. A veces no era el Oliver von Bismarck tan divertido y mujeriego que todos conocían, el playboy multimillonario que era, a la vez, un imbécil de primera.
A veces me permitía ser… yo mismo… y nada más.
—Ya me he dado cuenta de que no eres tan impredecible y depravado como todos creen. —Frankie giró la cabeza de golpe y me miró—. No es más que una máscara. Lo que quieres es que la gente piense lo peor de ti. Y hasta que lleguen a odiarte. Jamás había visto nadie así. ¿Por qué lo haces?
Yo tenía la respuesta, por supuesto. Pero no la compartía nunca con nadie. Ni siquiera con Romeo y Zach, mis mejores amigos. Ella no lo entendería. Nadie lo entendía.
La verdad era que no merecía ni amor, ni remordimientos, ni compasión de nadie. Me merecía el odio. Y como no podía decirle a la gente por qué odiarme, me lo buscaba por otros medios.
Di marcha atrás hasta mi plaza designada y apagué el motor, mirándola con ojos inexpresivos.
—No tengo ni la menor idea de lo que estás hablando, Frankie. Ahora sal del coche. Llego tarde a mi partido de golf.