Mi oscuro príncipe (Dark Prince Road 3) Capítulo cuatro
5%

Capítulo cuatro

Ahora todo tenía sentido. Los Auer parecían salidos de una orgía de lémures: todos de baja estatura, una explosión de pelo oscuro y espeso en la cabeza, la nariz puntiaguda y la mirada de ojos saltones.

Siempre me sorprendía cómo alguien con una belleza tan impactante como Briar Rose podía haber nacido de los que bien podían ser una pareja de gemelos resultado de la endogamia familiar.

Sin embargo, Briar Rose desprendía un aura de reina con su estatura imponente, su majestuoso cabello rubio con pequeños reflejos cobrizos y sus ojos de un tono malva imposible.

Y eso sin contar que no compartía ni un solo rasgo de personalidad con ninguno de ellos.

A ella le encantaban los libros antiguos y las noches hogareñas.

A ellos les gustaba el dinero fresco y el calor abrasador del inevitable viaje al infierno en que vivían.

Ella traía alegría a cada lugar en que entraba.

Ellos, a cada lugar del que salían. Ella era una buena persona. Ellos no.

Le acaricié el pelo con mi mano libre, con un fuerte deseo de que Philomena y ese Cooper, quienquiera que fuese, se largaran cuanto antes para poder abrazar a su hija entre mis brazos.

Briar Rose cerró los ojos con fuerza y empezó a temblar por debajo de mi mano, con la boca entreabierta, en una lucha por soltar un grito.

Intentó apartarme la mano de sus mejillas, pero la mantuve firme.

Negué con la cabeza, suplicándole con la mirada que guardara silencio. No me hubiera extrañado que Philomena Auer superara en maldad a la abuela terrible del libro que acabábamos de leer. Si descubría a su hija aquí, seguro que la castigaría. No quería arriesgarme a eso.

—¡Sh! —Philomena le golpeó el pecho a Cooper con su bolso—. ¿Estás loco? Alguien nos podría escuchar.

—Ojalá. —Levantó la voz con determinación e hizo una pausa para darle otra calada al cigarrillo—. Briar Rose es mi hija. Quiero conocerla. Merezco poder tener una relación con ella. Quiero formar parte de su vida.

—Fue concebida en pecado.

—No fue ella la que pecó. Fuimos nosotros. ¿Por qué le hacemos sufrir a ella las consecuencias?

—Es una bastarda.

—Igual que ese que tienes por marido. —Arrojó el cigarrillo al suelo y lo pisoteó con el talón—. Veo cómo la trata. Y que tú se lo permites. Es una vergüenza. Jason es un maltratador.

Jason. ¿Sabría él que no era el padre biológico de Briar Rose? Estaba claro que lo sabía, de lo contrario, no sería el maldito desgraciado que era con ella.

El cuerpo de Mimitos temblaba detrás de mi mano; con los dientes aún clavados en mi carne.

La sangre, caliente y espesa, le corría por el mentón y le goteaba sobre el vestido.

Cerré los ojos y respiré lo más lento que pude, reprimiendo todo el dolor y la furia.

En otro mundo, uno que no tuviera juicios, ni policías ni consecuencias, habría salido de golpe y le habría dicho a esa mujer lo que pensaba.

Nunca antes en mi vida había ejercido tanto autocontrol para mantener la calma. Briar Rose no necesitaba a alguien furioso a su lado justo ahora.

Le levanté el mentón para obligarla a salir del estado ensimismado en que estaba, y articulé las palabras con la boca sin dejar salir sonido:

—Por favor, mantén la calma por mí.

La silueta de Cooper se deslizó hacia la de Philomena y se detuvo a apenas unos centímetros de su rostro:

—Quiero formar parte de la vida de esa niña.

—Ya está arreglado. —Philomena se apartó de un tirón y empezó a caminar de un lado al otro, agarrándose esa cabeza hueca que tenía sobre los hombros—. La niña no se quedará con nosotros. La dejaremos en Suiza y nos mudaremos a Argentina. Es mejor así.

—¿Mejor para quién? La niña tiene una vida de huérfana solo porque tú eres demasiado orgullosa para dejar que me haga responsable de mi parte.

—Tú no vas a arruinarme esto. Jason ya está superando mi pequeña indiscreción.

Cooper le dio una patada a la pared del granero, que resonó con un eco hacia donde estábamos nosotros y le arrancó un ronquido despreocupado a Sebastian, pero Philomena soltó un grito que ahogó todo sonido posible. Cooper le contestó:

—Eso que llamas «pequeña indiscreción» es una niña que tiene sus propios deseos y sueños.

—Una bastarda y nada más —dijo ella, con un resoplido de burla—. Una descendiente ilegítima y, si me permites añadirlo, bastante ingrata por cierto.

—No la dejarás sola en Suiza. Me la llevaré.

—Ni en sueños. ¿Y montar un escándalo?

No podía creer lo que oía: ¡era eso lo que le importaba! Briar Rose debía de haber heredado la inteligencia de su padre, porque su madre no tenía ni un ápice.

Me serpenteaban los ríos de sangre por entre los dedos. Briar Rose se desplomó sobre la palma de mi mano, entre sollozos ahogados. Si no detenía esas lágrimas, la iban a oír. Me devané los sesos en busca de alguna idea.

—Sé sincera y admítelo. —La voz de Cooper se redujo a un susurro—: Solo quieres deshacerte de ella porque estás celosa. Porque su exquisitez eclipsa la tuya. Porque ves a alguien buena y pura, y sabes que tú no eres ninguna de las dos cosas.

La señora Auer resopló:

—No estoy celosa de mi propia hija, pedazo de idiota.

—Sí lo estás. No puedes soportar su belleza y su elegancia. La expulsas de tu reino para sentirte mejor contigo misma. Muy triste de tu parte, la verdad. —Hizo una pausa, después prosiguió—: Eres Maléfica. Atroz. Vengativa. Y estás pasada de moda.

—Yo no… —Philomena se detuvo en seco—. ¿Qué ha sido eso?

Briar Rose. Llorando en mi mano. A un segundo de explotar en llanto.

Mierda y más mierda.

Philomena aspiró el aire con preocupación:

—¿Has oído eso?

—¿Si he oído qué?

Mierda . Tenía que hacer algo. No tenía opción.

Antes de pensarlo dos veces, aparté la mano de la cara de Briar Rose, me lancé hacia delante y estrellé los labios contra los de ella en un beso urgente y sofocante.

No era apasionado, ni ardiente, ni nada impresionante.

Ni tampoco lleno del deseo ni el amor que me había crecido por dentro en los últimos años.

No, este beso llevaba la marca furiosa de la desesperación, la angustia y la preocupación. De un intento por absorberle todo el dolor a la persona que más quería en el mundo y tragármelo como si fuera mío.

El sabor metálico de mi sangre se pasó de sus labios a los míos. Ella se atragantó con el beso pero no lo interrumpió. En cambio, me agarró por los hombros y me atrajo hacia ella; aferrándose a mí como si estuviera colgando del borde de un acantilado y yo fuera la roca que la mantenía con vida.

—Yo no oigo nada —resopló Cooper—. Patético. Cada vez que consigo dar contigo haces lo que sea para huir de la conversación...

—Hablando de eso, la próxima vez que te aparezcas por donde estamos, solicitaré una orden de alejamiento y te la meteré por el culo. No tienes ni las agallas ni los fondos para enfrentarte a mí. No me pongas a prueba. No terminará bien para ti.

—¿Y tú te crees que esta farsa terminará bien para ti? —Hizo un gesto amplio y la sombra cubrió la pared mientras yo movía a Briar Rose hasta donde no pudiera verla—. Conozco tus debilidades, Phil. Las tuyas y las del delincuente de tu esposo.

—Dios mío. De verdad crees que ella querrá estar contigo, ¿no?

—Philomena dio unos aplausos llenos de sarcasmo que llenaron de ecos el establo y ansié con todas las fuerzas que Mimitos estuviera tan ocupada con nuestro beso que no pudiera oírlas—.

Es una debilucha; incapaz de defenderse por sí misma.

Ayer, cambié mi entrecot quemado por el suyo, que estaba perfecto. No dijo nada.

Perra...

—Maldita. —Cooper terminó la frase por mí.

Apreté el cuerpo de Briar Rose con más fuerza, nuestros labios sellados entre sí, pegados tan fuerte que ella no podía moverse por nada del mundo.

—Y tú no tienes nada mejor que ofrecerle. Deja a Briar Rose en paz. —Los tacones de Philomena repiquetearon contra el suelo de cemento—. De lo contrario, perderá lo que tiene. El dinero. El pedigrí. La reputación. Tú no tienes nada que darle. ¡Si estás aquí de sirviente!

—Es un honor para mí trabajar de un oficio si eso significa poder ver a mi hija aunque sea un instante nada más.

—Sí, bueno, Briar Rose está acostumbrada a cierto estilo de vida.

No se lo arruines. No será feliz si entras en su vida.

Ninguna persona en su sano juicio quiere vivir comiendo pan y fideos instantáneos y bebiendo agua del grifo en un apartamento mugriento; y con el pobre tipo de su padre que apenas puede pagar el alquiler.

Dicho eso, Philomena se alejó con pisadas fuertes. Cooper soltó unos cuantos insultos, le hizo gestos obscenos con ambas manos a sus espaldas mientras ella se alejaba y dio una patada al suelo de tierra. Después, emprendió el camino de regreso al castillo.

En cuanto se alejó lo suficiente, separé los labios de los de Briar Rose.

En lugar de la expresión somnolienta y confusa que solían tener las chicas después de que yo las besara, los ojos de Briar Rose estaban muy abiertos y ávidos.

Apretó los puños sobre su vestido y miró a su alrededor con temor de que volvieran las sombras y la consumieran.

De pronto sonó un ronquido repentino y desagradable proveniente de Sebastian, y casi se cayó de bruces del susto.

—Ay, Dios mío. —Se tapó la boca con la mano y se echó a llorar de nuevo, con unas lágrimas nuevas que le brotaban de los ojos. Ni siquiera se inmutó por el beso que nos habíamos dado—. Ollie, ¿qué voy a hacer? Siento que el cielo se desmorona.

—Si el cielo se desmorona, yo lo aguantaré por ti.

No sabía cómo, pero lo haría. Encontraría el modo. Sin duda, lo haría por ella, como fuera.

—No soy la hija de pa... de Jason.

—Sigues siendo Briar Rose Auer. Divertida, dulce y perfecta como siempre.

Ella negó con la cabeza y murmuró para sus adentros:

—Es por eso por lo que me odia. Por eso quieren deshacerse de mí.