Capítulo tres. Oliver
Capítulo tres Oliver
Pasado el tiempo que me tomó montar una cama improvisada (y acostar ahí a un hermano idiota), me desplacé al cubículo donde estaba Briar Rose.
En algún momento de los dos minutos que pasamos separados, ella se había desplomado contra la pared de madera, con una mano caída sobre la caja de libros que Seb había robado por capricho.
Algo en ella parecía salido de un cuento de hadas, pero de los primeros capítulos, donde el mundo se le viene encima a la princesa como una montaña de ladrillos y está a punto de descubrir que puede llegar a ser una chica fuerte.
Briar Rose se había vuelto bastante atractiva en los últimos años. Me era imposible no quedarme mirándola, aunque no podía precisar qué era exactamente lo que la hacía tan diferente.
Tenía una nariz respingona, unas cejas delicadas, unos labios con forma de corazón y unas pestañas más largas que una novela de Dostoievski. Yo ya conocía a muchas chicas guapas, pero con ninguna de ellas se me aflojaban las rodillas ni sentía que me subía el calor por el cuello al verlas.
Como me estaba pasando en ese momento.
Me desabroché unos botones de mi camisa de vestir y fingí escucharla leer uno de los libros requisados por Seb.
Pero en realidad, no podía concentrarme en otra cosa que no fueran sus labios.
En especial, en el inferior, que era mucho más carnoso que el superior, y que parecía rogarme entrar en mi boca para que lo succionara hasta el cansancio.
Mimitos cruzó las piernas y dejó un pie en el aire, balanceando la zapatilla. La oí decir:
—Tierra llamando a Ollie. ¿Me estás escuchando siquiera? —Dio unos golpecitos sobre las páginas amarillas del libro de tapa dura que estaba leyendo y una nube de polvo se esparció en el aire—. Te estás perdiendo todas las partes salvajes del libro.
—Mierda. Me he distraído un segundo. —Parpadeé y me aclaré la garganta—. ¿Qué estamos leyendo?
— La Bella Durmiente y sus hijos . —Le dio otro golpecito al libro con el dedo, agarró la botella de vino medio vacía de la caja y le dio un breve sorbo—. Es una variación de La Bella Durmiente , supongo. Pero no me gusta.
—¿Por qué no? —Me froté la nuca llena de sudor—. A mí me encanta.
Es decir, me lo leía ella y yo la miraba completamente embobado, así que supongo que me gustaba.
Entrecerró los ojos color violeta.
—¿Te gusta?
—Sí. —Me encogí de hombros—. ¿Qué tiene de malo?
—Tal vez que el príncipe viola a la princesa dormida y la deja embarazada.
—Ah.
—¿O que la madre del rey intente matar a los niños y dárselos de comer?
Vaya.
Agarré la botella y dije mientras me la acercaba a la boca:
—¿Me gustan las familias complicadas?
—La Bella Durmiente da a luz estando en coma. —Se le quedó la boca entreabierta—. Esto no es un cuento de hadas. Es un cuento de Satanás.
Me tomé un trago de la botella y la dejé entre los dos, dentro de la caja, apretada entre los libros. Dije:
—Me debo haber dormido en esa parte.
—¡Madre mía, las cosas que se hacían antes con tal de entretenerse! —dijo Briar Rose y sacudió la cabeza.
—Recuerda... no había Netflix ni existía el pickleball .
Briar Rose cerró la tapa y devolvió el libro a la caja; allí, se tomó un momento más para pasarle la mano por el lomo por última vez a pesar de detestar el contenido. De todas las cosas raras que hacía, esa me pareció la más adorable.
Desde el momento en que empecé a regalarle rosas, comenzó a devorar todos los cuentos de hadas que encontraba. Me di cuenta de que a veces se aferraba a mis palabras y acciones como si fueran la verdad secreta del universo.
De niño, tener su atención me hacía sentir como si midiera tres metros de altura. A día de hoy, despertaba en mí algo confuso —que hasta llegaba a aturdirme— por dentro.
—¿Recibiste mi paquete el mes pasado? Casi doy un brazo por ese ejemplar de Relatos Maravillosos . Cada vez que el subastador aumentaba la apuesta, me imaginaba que papá me golpeaba en la cabeza con su billetera.
Cada vez que viajaba, me aseguraba de llevarle un souvenir y enviárselo a donde fuera que su padre la hubiese enviado.
Últimamente, me había dado por enviarle diferentes versiones de La Bella Durmiente .
Además del nombre, la delicadeza de Briar Rose me recordaba a la princesa.
Algo en sus ojos soñadores y en su forma de hablar tan suave me daban ganas de acurrucarme dentro de ella como si fuera una cálida manta.
—Me encantó. —Cerró la caja y se mordió el labio inferior—. ¿Lo conseguiste en tu viaje a Xi’an con Zach, verdad?
—La madre de ese chico hace lo que sea con tal de sacarlo de casa... Aun si es mandarlo al otro lado del mundo conmigo.
Nos quedamos en silencio; cada cual perdido en sus propios pensamientos.
Nunca habíamos tenido problema en llenar los silencios.
Pero este verano era distinto y no podía darme cuenta de por qué.
Desde el instante en que la había visto asomada por el borde de esa barandilla con ese vestido rosa esponjoso, se me hacía imposible no decir algo estúpido.
Por fin me dedicó toda su atención y me miró de arriba a abajo con el ceño fruncido en un gesto de preocupación.
—Supongo que me toca a mí preguntar si está todo bien. —Me dio un apretón en la rodilla con la mano—. Dime qué te pasa.
Mimitos se había ganado ese apodo hacía unos diez años, cuando decidió que no podía pasarse más de diez segundos sin abrazarme o tocarme.
A los cinco años, me resultaba exasperante.
Podíamos estar en medio de una lucha cuerpo a cuerpo, pateando la tierra o lo que fuera, y ella era capaz de interrumpir todo de pronto y darme un abrazo que me llegaba hasta el alma.
Y yo la abrazaba a ella, claro. No era un niño malvado.
Nunca entendí por qué hacía eso hasta el verano anterior a empezar la secundaria.
Briar Rose me abrazaba siempre que podía porque no recibía esos abrazos en su casa.
Para ella, yo era lo más parecido que tenía a una familia, y me destrozaba hasta el tuétano que sus padres fueran de lo peor que hay.
Y ahora, aquí estábamos, con su mano sobre mi rodilla, a segundos de arrancarme la verdad.
Lo que me está pasando es que quiero besarte, y no puedo dejar de pensar en eso, es lo que hubiera querido decirle. Lo que me está pasando es que odio que vivas tan lejos y quizá deberías venir a vivir con nosotros. Total, no creo que a tus padres les importe demasiado .
Yo seguía sin entender cómo podía ser que los padres no la quisieran. Lo único que sabía era que así era.
Y ella era de lo más adorable y dulce que había en el planeta, incluidos los croissants de Nutella. El problema eran ellos. Ella no. Ella nunca.
Mimitos se dejó caer al suelo, me abrazó una pierna y me apoyó el mentón sobre la rodilla, mirándome profundamente a los ojos.
—¿Y bien?
Mi cuerpo entero se batía contra una multitud de sentimientos; eran tantos que pensé que iba a vomitar. Alegría, pánico, deseo y... mierda , otras cosas que no podía ni describir.
Abrí la boca, sin saber muy bien qué saldría de ella, cuando un sonido claro del crujido distintivo de hojas pisadas nos interrumpió. Se nos abrieron los ojos de par en par y ambos nos volvimos hacia la entrada al mismo tiempo.
Gracias a Dios el establo tenía paredes bien altas.
Entre los Auer y los von Bismarck, no sabía quién nos mataría y quién enterraría los cuerpos si nos descubrían aquí con suficiente alcohol como para hundir el Titanic.
Lo que sí podía asegurar es que sería un trabajo conjunto; y que terminaría con el señor Auer tratando de darle una tarjeta de visita a mi padre como la que nos dejaba en el buzón todos los veranos.
(La verdad que a los Auer no les importaba que bebiéramos siendo menores de edad.
Lo que les importaba era el escándalo. A papá y mamá, sí les importábamos nosotros.)
Desde la caseta contigua, Sebastian soltó un ronquido tan fuerte que nos dio risa. El imbécil había nacido para sacarme de quicio.
Oímos unos pies que se arrastraban por la tierra fuera del establo. Briar Rose me apretaba la pantorrilla con la mano mientras escuchábamos la voz susurrada de un hombre y una mujer que profanaban nuestro santuario.
Mierda. Fui yo el que había dejado las puertas correderas abiertas; no se me había ocurrido que pudieran entrar visitas indeseables.
Unos segundos después, vimos las sombras de dos cuerpos que danzaban sobre la pared de enfrente. La silueta más grande se balanceó sobre el marco de la puerta del establo para encender un cigarrillo. Unos tentáculos de humo se arremolinaron al salir de sus labios.
—Ya sabes que odio que fumes. —Su acompañante pisoteó el suelo—. Hueles a cenicero.
Briar Rose y yo nos pusimos más tiesos que un cable de alta tensión y nos quedamos mirándonos, horrorizados. Reconocimos la voz. Era Philomena Auer. La madre de Briar Rose. ¿Y el hombre? No podía ser su padre. El señor Auer solo fumaba habanos porque todo lo demás le parecía una basura.
El tipo volvió a llevarse el cigarrillo a los labios, pero esta vez apuntó el humo directo a la cara de Philomena y dijo:
—Prefiero oler a cenicero y no a la mierda de un desgraciado que vive con la boca llena de gilipolleces. —El acento fuerte de Texas no se parecía nada a la marcada cadencia neoyorquina de Jason Auer.
Todavía recostada sobre mi rodilla, Briar Rose me miró con ojos enormes y desvalidos. Presioné un dedo contra mi boca, en un gesto claro de que se quedara en silencio total.
Philomena apartó el humo con la mano.
—Jason no es desgraciado ni dice gilipolleces.
—Es un ladrón y un estafador, y pone a toda la familia en peligro.
¿Peligro? ¿Qué peligro? De pronto me imaginé agarrando a ese Jason Auer y desollándolo vivo; y que, si Briar Rose me lo pedía, podía hacerle una manta con el cuerpo. Nunca me había caído bien ese tipo.
—Él sabe lo que hace. Además... ¿qué quieres que haga? Es mi marido.
—Es un imbécil.
—Un imbécil millonario. ¿O te has olvidado de que tengo un acuerdo prenupcial firmado?
Tú no tienes nada que ofrecerme, Cooper, aparte de tu pene ligeramente por encima de la media.
—Dejó escapar un bufido gutural, tan distinto de la elegancia forzada que acostumbraba a fingir—.
Eres más pobre que una rata de alcantarilla.
—Lo creas o no, Phil, hay otras cosas en la vida además del dinero.
Cada frase que intercambiaban hacía que Briar Rose se estremeciera como si las palabras en sí mismas la golpearan en la cara con la fuerza de un puñetazo. La entendía perfectamente. Su madre acababa de confesar que tenía un amante.
—No te atrevas a juzgarme, Cooper. Hago lo mejor que puedo para mi hija.
—Lamentablemente no, teniendo en cuenta que la niña es mía.
De pronto, Briar Rose soltó un sollozo.
Puta mierda.
Me abalancé y le tapé la boca con la mano, logré enterrar el grito que sabía que estaba a punto de escapar de su boca. El tipo lo dijo con tanta naturalidad, como si no acabara de trastocarle el mundo entero a mi mejor amiga.
Y ella...
Estaba congelada, con los ojos fijos en los míos pero sin verme, con las uñas aún clavadas en la carne de la palma de mi mano; unos pequeños ríos de sangre empezaron a deslizarse por mi muñeca.
Pude ver que la confesión que acabábamos de oír se le iba hundiendo —poco a poco— en la piel, le llegaba al nudo de la garganta y le taladraba el corazón.
Se le derramó una lágrima desde la mejilla hasta mi nudillo.
Jason Auer no era el padre de Briar Rose.
Su padre era ese desconocido que teníamos delante.