Capítulo dos. Briar Rose #2
Todos los años, Oliver se lamentaba de que sus dos mejores amigos vivieran en la misma calle y él, al otro lado de Maryland, en una mansión tan inusual como enorme, de casi dos mil metros cuadrados.
La Ira de Dios podía caer sobre nosotros si esos dos se ponían a hacer de las suyas sin avisar al tercero.
De todos modos, había que tener en cuenta que Zachary Sun tenía un palo atravesado en el trasero de forma permanente y Romeo Costa no tenía la más remota idea sobre cómo divertirse, y no era capaz de lograrlo ni que lo llevaran de la mano, o con una brújula, o con GPS, o lo que fuera; ni siquiera en conexión directa con la mismísima reina de la diversión, quien quiera que fuese.
(Dicho por Ollie, no por mí. Yo no los conocía y, la verdad era que la posibilidad de conocerlos me asustaba bastante.
Fuera bromas, una vez Ollie mencionó de pasada que la familia de Romeo había dejado atrás tantos muertos que alcanzarían para llenar un círculo del Infierno).
—¿Una casa? —repetí, mientras trataba de ahuyentar la punzada de celos que se me formaba en el pecho. La idea de vivir rodeada de personas que me querían era suficiente para hacerme derramar lágrimas de envidia.
—La más grande de la calle. Mamá dice que podré vivir ahí en cuanto cumpla dieciocho, con la condición de que la visite todos los martes y de que le deje a Seb quedarse a dormir de vez en cuando.
A los trece años de edad, lo único que le importaba al hermanito de Ollie eran su familia y el remo. Sebastian y yo nos llevábamos bien, pero para mi gusto era un poco frío y, en general, demasiado exasperante.
—Harás que tus vecinos maldigan el día en que se mudaron allí.
—La señora Costa ya llamó a mamá para rogarle que lo reconsidere. Pero es demasiado tarde. Ya hice construir un establo.
—¿Para qué?
Conociendo a Oliver, podía ser para cualquier cosa, desde un laboratorio de bombas fétidas hasta una fábrica de cerveza a pequeña escala.
Tendía a complacerse en los caprichos que se le antojaban, solo porque podía hacerlo.
Si Oliver fuera a quien mandaran a un internado en otro país, probablemente contrataría a alguien para que fuera en su lugar o convertiría el campus de la escuela en el epicentro de una revolución.
Ollie inclinó el brazo y me acomodó sutilmente en la posición correcta.
—Mis padres me han comprado un caballo nuevo. Parece que defeca el equivalente en su peso completo por día. Además, la casa está frente al agua y Seb se muere por entrenar allí.
—¿Sigue siendo tan bueno para el remo?
—Creo que va camino de competir en las Olimpíadas.
—¿Y el polo?
—El polo va bien. Ganamos el campeonato nacional. —Ollie restó importancia a sus palabras con ese gesto típico que hacía de encogerse de hombros y continuó—: ¿Y tú, Mimitos? —Me guiñó un ojo—. ¿Has dejado algún corazón roto este año?
No lograba darme cuenta de si me hablaba en serio o era en broma, para molestarme. Era imposible que él no supiera que yo no tenía amigas de quien hablarle, y mucho menos, admiradores.
—Estoy estudiando latín y mandarín. Mis padres dicen que reforzará mis solicitudes universitarias.
—Me devané el cerebro en busca de algo que contar que no fuera tan de empollona y deprimente, y que pudiera impresionarlo—.
Ah, también me hice este vestido yo misma.
Hay algunas costuras por detrás que están mal, pero en líneas generales me ha quedado bastante bien, ¿no?
—Está perfecto.
Moví una pierna hacia atrás y después hacia delante:
—Gracias.
Él nos hizo inclinarnos hacia otro giro.
—Y, dicho sea de paso, tú también.
Eché la cabeza atrás y me eché a reír:
—No te hagas el gracioso.
—Nunca me hago el gracioso con algo así. —Se le endurecieron los rasgos y sus labios formaron una línea—. Lo digo muy pero muy en serio, Mimitos.
Nos fuimos deteniendo justo antes de que terminara la canción.
Los aplausos entusiastas me resonaron en los oídos.
Miré alrededor, aturdida. Se había formado un círculo en torno a nosotros, que nos dejaba un espacio privado para bailar.
Recorrí los rostros de sonrisas brillantes en busca de mis padres, y no los encontré.
Mientras tanto, Felix y Agnes von Bismarck admiraban a su hijo con una mirada tierna.
El corazón se me estrelló contra su jaula.
¿Dónde estaban mis padres? ¿Por qué nunca se sentían orgullosos de mí?
—Ven. —Oliver me arrebató la mano—. Quiero enseñarte algo.
Nos abrimos paso a través de la multitud para escabullirnos por una entrada privada y bajamos por una escalera angosta de adoquines. Como en toda mansión medieval, ni el buen clima lograba disipar el aire húmedo y el frío helado.
—Ve más despacio. —Me levanté la falda para no tropezarme—. Llevo tacones.
No eran muy altos, pero de todas formas me costaba caminar. No podía seguirle el paso a Oliver mientras íbamos de la mano, con los dedos entrelazados; así que casi iba arrastrándome.
—Eres más lenta que un perezoso muerto. —Se dio la vuelta y me levantó al estilo luna de miel como si yo fuese una pluma y empezó a bajar las escaleras a zancadas, de dos en dos.
Me abracé a su cuello y le dije:
—Antes que nada: eres un descarado.
Le rugió el pecho de risa, pero no me respondió.
Bajé la voz a un susurro:
—Y, en segundo lugar, ¿dónde vamos?
—Seb encontró donde guardan el alcohol, y hay cantidades gloriosas.
Dio la vuelta hacia otro tramo de la escalera.
No era la primera vez que robábamos alcohol en una fiesta de verano.
Habíamos empezado al segundo en que cumplí los once años y me bebí por accidente el vino de mamá en lugar del zumo de manzana.
Nunca habíamos llegado a emborracharnos de verdad, solo nos fascinaba el hecho de hacer algo prohibido.
Seis tramos más abajo, salimos corriendo por una puerta.
Ollie me bajó y volvió a tomarme de la mano.
Corrimos hacia un viñedo, entre risas, respiraciones agitadas y tropezones.
Las antorchas amarillas nos guiaban en la oscuridad.
La música fuerte sacudía el suelo por debajo de nuestros pies, el barro se me pegaba a la falda del vestido que me había pasado semanas confeccionando y, en algún punto, a Ollie se le perdió la corbata.
Lo seguí, con la mano todavía aferrada a la de él.
—Espera a ver esto. —Sus palabras revoloteaban con el viento. La música y las luces iban haciéndose más tenues a medida que nos alejábamos corriendo—. También encontró una caja de libros más viejos que el demonio.
—¿Libros?
—Sí.
—Pero si él no lee nunca nada.
—Queremos encontrar escenas sexuales.
Corrimos unos minutos hasta llegar a un establo abandonado en un extremo de la propiedad. A toda esa distancia de la fiesta —y de mis padres— pude volver a respirar. Al menos una vez hubiera recuperado el aliento.
Ollie no parecía agitado para nada; sacó el móvil y lo usó de linterna para iluminar el camino.
—Ah, mierda. Casi me olvido. —Se metió el móvil en la boca, sujetándolo entre los dientes, y sacó una rosa color coral toda arrugada del bolsillo interior de su esmoquin.
Con una sonrisa pícara, colocó el tallo recortado en mi cabello, al mismo tiempo que dejaba caer el teléfono de nuevo en su mano.
—Una rosa para Briar Rose. —Me guiñó el ojo—. ¿O creíste que me olvidaría?
Negué con la cabeza. Sabía que no se olvidaría.
Nunca se olvidaba. Oliver comenzaba cada verano sin falta regalándome una rosa para recordarme quién era yo.
Un pacto que hicimos desde que, a los siete años, intenté escaparme para conocer a mis abuelos.
Mis padres no lo permitieron nunca. Los llamaban «mala influencia», «cazafortunas» y «basura blanca».
Ollie abrió despacio la puerta corrediza del establo con el hombro. Dentro, nos recibió el polvo abundante del suelo de cemento y una hilera de casetas para los caballos con la puerta abierta. Apenas entramos, el olor a madera añeja y a orina reseca me impregnó las fosas nasales.
—¿Seb? —La voz de Ollie retumbó por las paredes.
—Aquí estoy. —La otra voz, con un tono juguetón, venía de la última caseta.
Encontramos a Seb recostado contra una pared de madera, contemplando una botella de vino abierta.
Había una chaqueta sobre un fardo de heno lleno de moho, olvidada y abandonada, sin importar el precio de la prenda.
Seb llevaba puesta una elegante camisa de vestir desbotonada al completo, de modo que le quedaba el pecho descubierto, resplandeciente y dorado, esbelto y bronceado, gracias a los años de remo riguroso.
Si Oliver pasaba por un dios griego, Sebastian parecía salido de una pintura renacentista.
La madre de Ollie explicó que el nombre fue una inspiración durante un viaje a la Toscana.
Tuvieron un aterrizaje de emergencia en Gran Bretaña y decidieron hacer escala en Londres.
Por cosas del destino, terminó frente a la pintura El martirio de San Sebastian y al contemplar los ojos del santo, atormentados y fijos en un punto, decidió que así llamaría a su hijo.
Sin contar los músculos y la contextura robusta, Sebastian era de una belleza casi femenina.
Tenía pestañas largas, rizos juguetones de un rubio extremo y ojos grandes de un color claro y despejado como el cielo de verano.
Y trataba a todas las personas como si fueran accesorios que no le traían más que cansancio.
Era así con Seb: desde siempre se le notaba algo trágico.
Igual que al santo. Su forma de ser obstinada y arrogante hacía que yo me preocupara por él más de la cuenta.
—Hola, br. —Me apuntó con la linterna en la cara—. Veo que te deshiciste de esos bráquets tan espantosos que llevabas.
Entrecerré los ojos por la luz directa y vi que Seb tenía una caja llena de libros al lado.
—Si quieres conservar los dientes, será mejor que vigiles cómo le hablas —le advirtió Ollie.
—Venid, venid —dijo Seb, ignorando el comentario y dando unos golpecitos sobre la tierra con sus zapatos Oxford Berluti.
Sujetaba la botella por el cuello, le dio unas vueltas y entrecerró los ojos para leer la etiqueta—: ¿Puedo quizás invitaros a un trago de…
Domaine Leflaive Montrachet Grand Cru…? —Dejó escapar un hipo—. O de lo poco que queda, al menos.
Me solté de la mano de Oliver y respondí:
—Claro que sí.
—¿Has empezado a beber sin esperarnos? —Ollie atravesó el establo a grandes zancadas, le arrebató la linterna de golpe y se la apuntó directo al rostro—. ¿Cuál es tu problema?
Seb contestó con los ojos entornados por la luz:
—Una mezcla saludable de ansiedad incapacitante, inseguridad y delirios de grandeza. —La botella se tragó su bostezo—. ¿Y el tuyo cuál es?
Siempre se las ingeniaba para sonar como un divorciado de treinta años al borde de una crisis temprana de los cuarenta.
Oliver negó con la cabeza.
—Por Dios, estás muy borracho.
Seb se encogió de hombros y volvió a tragar de la botella. Se dejó caer sobre un colchón de hojas crujientes y se echó a reír:
—Prefiero el término «cómodamente entumecido».
—Ya hablaremos sobre eso de «cómodo» cuando te pases la noche con la cara metida en el inodoro, vomitando por todos lados hasta las orejas. —Ollie lo enderezó—. Hueles a vino que apestas. Mamá y papá van a querer morirse cuando te vean.
Esas palabras eran un golpe en el pecho para mí, los celos se me clavaban con una ferocidad atroz.
Primero porque Ollie y Seb tenían padres que se preocupaban en serio por ellos, tanto como para montarles un escándalo por andar bebiendo a escondidas sin ser mayores de edad.
Habría castigos, conversaciones, consecuencias.
Tal vez hasta alguna lágrima. Y segundo porque sabía que jamás llegarían a ese punto.
Ollie nunca permitiría que sus padres se enteraran.
Sería capaz de ocultar a Seb y de cuidarlo hasta que se recuperara de la borrachera.
Se cargaría hasta la culpa, de ser necesario.
Oliver y Sebastian eran leales el uno al otro hasta el extremo.
—¿Me has escuchado? —Ollie le dio una patada suave. El otro le respondió con un ronquido tan ruidoso que no dejaba lugar a dudas: se había dormido. Ollie soltó un suspiro y le desenredó los dedos de la botella de vino.
Se volvió hacia mí y encogió los hombros:
—¿Nos sumamos?