Mi oscuro príncipe (Dark Prince Road 3) Capítulo dos. Briar Rose
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Capítulo dos. Briar Rose

Capítulo dos Briar Rose

Hermes. A él me recordaba Oliver. Al dios griego de la fertilidad, la música y el engaño.

El dios de todo lo decadente. Con sus rizos ondulados del color del trigo, esos ojos del azul de la porcelana y esos rasgos patricios.

La única imperfección mínima en los rasgos casi divinos de Oliver era el mechón rebelde que tenía en medio de la frente.

Yo lo sentía como una victoria personal.

Me demostraba que él era uno más entre los mortales, como todos nosotros, que no se diferenciaba tanto del resto. Frunció el ceño y dijo:

—Ey, ¿qué haces? —me agarró las manos con fuerza y tiró para bajarme de la barandilla—. Estás demasiado al borde; es peligroso. Y parece que estés a punto de llorar.

Sí, así era, estaba a punto de llorar. Acababa de enterarme de que mis padres me iban a dejar abandonada en Suiza. ¿No planeaban siquiera decírmelo? ¿O acaso el plan era que me despertara sola un día en medio de una casa vacía?

Sentía las palmas de las manos sudorosas.

Si pudiera sentir algo más allá de una conmoción total, también las sentiría heladas por el pánico.

Quería contárselo todo. Y a la vez, no quería decirle nada.

A fin de cuentas, Oliver von Bismarck era la única persona en el mundo que me consideraba como algo más que un personaje secundario.

No iba a molestarlo con mis problemas. Se suponía que los veranos que pasábamos juntos tenían que ser pura diversión. Y libres.

Forcé una risa, me puse de pie y me sacudí la grava pegada al vestido a la altura del trasero. Y dije:

—¿En serio?

—Sí. Se te ha corrido el rímel. No me digas que está de moda.

El verano pasado eran las extensiones de vello nasal.

No sé cómo expresarte el trauma que me quedó de bajarme de ese vuelo interminable, con el trasero aplanado, y encontrarme con una pista llena de mujeres peludas.

Pensé que me había equivocado de planeta.

Por poco me echo a reír, al mismo tiempo en que me giraba para limpiarme el rímel aplicado cuidadosamente por la maquilladora profesional de mamá.

Entonces, de pronto, sentí el impacto de la atención de la multitud.

Nunca me acostumbraba a esa parte. Y no tenía por qué.

Solo me pasaba cuando Ollie estaba conmigo.

Él tenía su propia órbita de atención y, cuando se me acercaba, nada ni nadie podía quitársela de encima.

—Me arden los ojos. Debe ser por haber estado demasiado cerca del espectáculo pirotécnico —dije, y me abrí paso entre los curiosos y empecé a caminar sin rumbo—. ¿Qué quieres hacer?

Siempre salíamos juntos a investigar: nos colábamos en las cocinas y robábamos pasteles cuando nadie nos veía.

Teníamos un acuerdo tácito: pasaríamos todo el verano juntos.

Nuestros padres tenían sus casas en el lago, a tres propiedades de distancia la una de la otra.

Todos los años, al inicio del verano, me quedaba esperando con la respiración contenida a ver si Oliver había cambiado de idea, de si se iría a un campamento alejado o si decidía quedarse con sus amigos de Maryland. Siempre volvía a mí.

Me siguió hasta alcanzarme y empezó a caminar a mi lado, una torre imponente con una altura imposible.

—Primero, bailar. —Me tomó de la mano y me llevó a la pista.

Choqué contra su pecho y solté un pequeño sonido de asombro, todavía no estaba lista para levantar la mirada y mirarlo a los ojos. Era atractivo hasta lo inaudito, pero también era mi mejor amigo. Bueno, mi único amigo.

A sus quince años, estaba segura de que Ollie ya había besado a muchas chicas, y esa sospecha me enfurecía. Yo quería que él fuera mi primer beso, pero me aterraba la posibilidad de perder lo que teníamos.

—¿Bailar? —le dije con un resoplido, mientras trataba de soltarme del agarre de sus dedos—. Si tú odias bailar, Ollie.

—Es que no quiero dejar pasar la oportunidad de avergonzarte.

—El único que se va a avergonzar eres tú.

Mentira. Ollie era capaz de bailar en competiciones profesionales si quería. En el instante en que aprendió a caminar sin caerse, su abuela prusiana, seis veces ganadora del festival internacional de baile de Blackpool, le enseñó los pasos básicos.

—Soy demasiado sexi para avergonzarme. —Me llevó al centro de la pista y se detuvo—. Tiene que haber algo en que no destaque.

Con la cabeza inclinada, alzó la vista hacia mí.

Tenía un brillo travieso en los ojos y una sonrisa peligrosa en los labios carnosos.

El corazón me explotó en un millón de mariposas.

Ahora que mis padres se iban, ¿sería este nuestro último verano juntos?

Solo de pensarlo se me revolvió el estómago.

Me aguanté las náuseas y coloqué mi mano en la suya, que estaba extendida hacia mí.

En cuanto sus dedos se cerraron sobre los míos, la música se fue apagando.

Aparté el brazo de un tirón, con la esperanza de que las mejillas no delataran los nervios que sentía. Le dije:

—¡Salvada por la campana!

Él se enderezó, me tomó la mano como si fuera lo más natural del mundo y me respondió:

—Solo espera un segundo.

En ese instante, la orquesta empezó a tocar La Bella Durmiente de Tchaikovsky.

Su risa se deslizó por mis oídos como si fueran campanas corintias.

Cometí el error de mirarlo, justo a tiempo para verlo animarse de nuevo.

Era demasiado encantador. Qué injusto. Tendría que haber sido feo como un demonio.

De ser así, lo tendría solo para mí y lo amaría igual, lo amaría tanto como ahora, ni una pizca menos.

Ese era el secreto mejor guardado de Oliver.

Su exterior deslumbrante no podía competir con lo perfecto que era por dentro.

Me rodeó con uno de los brazos y me acercó hacia él.

—¡Ah! ¡Pero si justo es tu canción!

—¿Mi canción? —repetí y parpadeé, en un intento por anclarme al presente, olvidarme de la bomba que acababan de lanzarme antes de que él llegara.

—¡Sí! ¿No sabes que eres la Bella Durmiente, boba?

—No estoy dormida para nada, al contrario, estoy bien despierta... Pero una siesta no me vendría mal —dije con tono de broma al ver, incómoda, que las parejas mayores se abrían paso para dejarnos pasar y se detenían a mirar nuestros movimientos suaves.

Visto desde fuera, debía parecer que Ollie y yo habíamos practicado durante años.

Nos movíamos juntos como aguas del río que se encuentran con el mar; dábamos giros y vueltas en remolino, con los cuerpos entrelazados.

Por un momento me sumergí en la dulce fantasía de fingir que éramos el uno para el otro.

Que no tenía unos padres que me traicionaban.

Y que conocía, desde siempre, el amor de un hogar.

El hogar que se siente en el corazón y no en una dirección escrita en un papel.

—Te llamas Briar Rose, igual que la princesa. —Ollie me inclinó hacia abajo con los brazos de ambos extendidos—. Y hasta te pareces a ella.

—Es un personaje de ficción, Oliver. —Elevé una pierna, con la punta del pie estirada.

La gente a nuestro alrededor empezó a aplaudir. Cinco minutos atrás, ni siquiera me habían visto a un milímetro de la muerte.

—¿Y qué tiene que ver? Eres la copia del personaje de Disney. —Me recorrió de arriba abajo con ojos hambrientos—. El cabello rubio largo, las cejas arqueadas, los labios rosados.

En ese punto hizo una pausa y frunció el ceño mientras me miraba con intención. Agregó:

—Eso sí: no tienes uñas.

Esta vez se ganó una risa genuina. Le di un golpe suave en el pecho. No podía creer que me hubiera hecho reír con las noticias que yo había recibido ese día. Como siempre, Oliver lograba lo imposible.

—Sí que tengo uñas. —Agité las manos en alto para dar fe de ello.

—Apenas se ven. Las devoras como poseída por el demonio.

—Sabes bien que tengo una vida estresante.

—Te entiendo. Es duro ser guapos e inteligentes cuando todos los que te rodean no superan el promedio. Yo tengo el mismo problema. Deberíamos abrir un club.

Una nueva oleada de risa me recorrió el pecho.

—Termina de una vez. Ya te pones pesado.

—Me he ganado una sonrisa. —Le brillaron los ojos, divertidos—. Sabía que lo lograría. Soy irresistible cuando me lo propongo.

No sabes cuánto.

Le devolví la mano y me recompuse un poco:

—¿Qué tal te ha ido el año?

—Uhm, a ver… —Me inclinó el torso y los pechos me quedaron a la altura de sus ojos. Bueno, «pechos» era una palabra demasiado grande para lo que yo tenía en el torso—. La escuela ha estado bien. Mi padre está construyendo tres hoteles más en Japón, lo cual significa que no ha pasado mucho por casa.

—¿Y qué tal?

—No hay mucho que decir.

Sabía que bromeaba, del mismo modo en que sabía que amaba a su familia con pasión. En nuestros círculos, la gente trataba a la familia como figuritas de colección: solo las muestras cuando es necesario. Pero, contra todo pronóstico, los von Bismarck se querían de verdad.

Hice un puchero y le acaricié la muñeca con el pulgar.

—Siento que hayas pasado el año lejos de tu padre.

Se encogió de hombros con esa actitud despreocupada tan característica de él:

—Cuestiones de negocios; nada que hacer. Además, me compró un regalo que decía «perdón por abandonarte durante estos años tan importantes de la escuela». Un regalo épico.

—A ver si adivino: ¿una puerta secreta?

—Para empezar: eso estaba en el primer lugar de mi lista para Navidad hace miles de años. Y segundo: Las Crónicas de Narnia son un clásico. —Me giró con tanta fuerza que le clavé los dedos en los hombros para aferrarme—. Papá me compró una casa. En Dark Prince Road.