Mi oscuro príncipe (Dark Prince Road 3) Capítulo uno. Briar Rose
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Capítulo uno. Briar Rose

Capítulo uno Briar Rose

Catorce años de edad.

No está. Deja de buscarlo.

Esos eran mis pensamientos, de espaldas a la fiesta, mientras me obligaba a concentrarme en las olas que se revolvían bajo la luna ominosa.

El cielo estaba cubierto por un manto de estrellas; mi única compañía mientras permanecía ahí, sentada en la barandilla de la terraza adoquinada del Château de Chillon.

Todos a mi alrededor bailaban, flirteaban, reían.

En una palabra: vivían la vida. Aun así, me sentía más sola que nunca.

Cada verano, la familia von Bismarck organizaba un gran baile para celebrar su llegada a Suiza.

Cientos de familias aristocráticas del más alto pedigrí y de magnates de sangre azul de toda Europa desfilaban por el castillo medieval a orillas del lago Lemán para presumir de su relación con uno de los linajes reales más antiguos del mundo…

Y entre ellos estaban los engreídos de mis padres.

Oliver debería haber llegado ya, debería estar recorriendo los pasillos de aquí para allá o planeando alguna broma pesada. Él haría su entrada triunfal solo cuando estuviera listo, ni un minuto antes.

No lo busques más. Trata de controlarte.

Demasiado tarde.

Mi cuerpo traidor actuó por su cuenta, y me hizo girar la cabeza hacia la fiesta para ir en busca de esos rizos dorados y esos ojos pícaros.

Los bailarines se abarrotaban en la pista al aire libre y saboteaban todos mis intentos por encontrarlo. Los vestidos pastel se deslizaban sobre los adoquines como nubes de algodón de azúcar, girando con destreza.

Desde el escenario escalonado, una orquesta barroca nos bendecía con las cuerdas estridentes de la Suite de Mascaradas de Aram Khachaturian. Uno de mis valses favoritos.

Me alisé la falda de mi vestido color rosa caramelo, mis padres no me regañarían por mancharlo con el polvo de los ladrillos de la terraza.

Para que emitieran cualquier tipo de comentario relacionado con mi falta de respeto hacia el satén que llevaba puesto tendrían que notar primero mi existencia.

Algo que ambos se esmeraban al máximo en olvidar.

Me asomé por la barandilla. Si llegara a caer, impactaría contra el tejado antes de rodar directa hasta el suelo de grava. Serían unos diez a doce pisos de altura. No sobreviviría a una caída así. Miré a mis padres, que conversaban con unos amigos a apenas unos pasos de mí.

No les importaba que estuviera sentada en el borde.

No les importaba siquiera.

—¿Y bien..? —Una mujer con un vestido color verde oliva miraba su copa de champán mientras hablaba con mis padres. Su acento refinado le hacía alargar las sílabas—. ¿A dónde se van ahora que ya está en marcha la sucursal de Zúrich?

Papá trabajaba para Luxor Trust, un banco boutique especializado en «masajearle las bolas a los imbéciles de los ricos».

Dicho por él, no por mí. Él era uno de los gerentes y la descripción de su trabajo comprendía una cantidad obscena de adulación, la apertura constante de oficinas nuevas para satisfacer la demanda internacional y arrastrar a nuestra familia a cada rincón del planeta habitado por multimillonarios.

Desde que usaba pañales, yo no conocía otra cosa que el interior de una maleta. La idea de un «hogar» era un concepto abstracto para mí. Algo que tenían los demás niños. Yo no. A mis catorce años ya había vivido en Londres, Tokio, París, Montreal, Zúrich, Riad y Budapest.

A pesar de tener pasaporte estadounidense, apenas había pasado unos meses de vida en Estados Unidos. Cuando me preguntaban de dónde era, decía «Nueva York» pero la verdad era que no tenía origen. No había punto de inicio para mi historia.

No si Oliver von Bismarck puede evitarlo. Eso si logras convencerlo de que esté en ella.

—Ay, ni me preguntes sobre nuestra próxima aventura.

—Mamá deslizaba sus dedos con perfecta manicura por su pelo corto mientras mantenía su otra mano sobre el traje de Prada de papá—.

La empresa de Jason quiere que él abra una sucursal nueva en Buenos Aires.

Sabes bien que amo esa ciudad. Soy mitad argentina.

—¿Y qué tal lleva todas estas mudanzas Briar Rose? —preguntó el marido de Vestido Verde, mientras daba vueltas a su copa de vino—. Fabienne y yo pasamos tres años en Alaska. Por trabajo, claro. Los niños se enfurecieron. Debe ser duro para una adolescente.

—Siempre le ha ido bien en la escuela. —A mamá se le tensó la espalda, como le pasaba siempre que surgía su tema de conversación menos favorito: yo—.

Ha estudiado en casa desde niña con los mejores profesores que hay en toda Europa y está a punto de terminar un curso semipresencial de matemáticas de la Universidad de Oxford la próxima semana.

Desde Le Rosey la contactaron dos veces el año pasado, para que vaya a esa universidad; pero con tantas mudanzas todo el tiempo…

—Se le escapó un suspiro forzado entre los dientes—. Es muy difícil comprometerse.

Lo que no dijo fue que la única razón por la que me apunté a ese curso fue porque había oído que Oliver iba a estar en Birmingham durante una semana, a una hora en tren de Oxford.

¿No podrías siquiera tratar de disimular, Briar Rose?

Disimular era algo que hacía tiempo que ya no me salía, desde el momento en que me puse a leer revistas del corazón para saber más de la familia von Bismarck.

Es decir, desde que me sumergí a leer sobre cuestiones de lo más estúpidas como quién come aguacate en la realeza o cuáles son los divorcios más escandalosos de Hollywood.

Vestido Verde le dio unas palmadas a mamá en el hombro:

—Bueno, Briar Rose es una niña brillante. De eso no hay duda.

A diferencia de esa desconocida, yo no me engañaba con los comentarios de mi madre sobre mi desempeño académico como si fuera una valoración de cinco estrellas.

Y mucho menos cuando veía a mamá ponerse a la defensiva más rápido que el agua que pasa por la grieta de una presa.

Una ráfaga de viento bastaba para que mamá se cayera, de lo rígida que se había quedado.

Vestido Verde chasqueó los labios con compasión simulada e insistió:

—¿Y cómo lleva la parte social?

—Bueno, en lo social… —Los labios de mamá se apretaron tan fuerte que, de haber tenido un diamante entre ellos, lo habría aplastado. Se le fue todo el color del rostro—. Es un poco tímida y callada por naturaleza. Tampoco creo que le importe demasiado.

Sí me importa, mamá. Me importa tanto que a veces siento que me ahogo.

—Y no podemos detener nuestra vida por una niña, por Dios. —Papá le quitó la copa de champán de los dedos a mamá y la dejó sobre la bandeja de un camarero que pasaba—. Ese forma moderna de educar no es para nosotros. Así es como acaban todos siendo unos malcriados.

Sentí que me picaban los ojos. Me obligué a concentrarme en las parejas que bailaban para tragarme el dolor. Por debajo de las capas de tela, los pies se me movían al ritmo del vals y chocaban contra la barandilla de la terraza con cada giro.

Un paso atrás con el derecho. Uno al lado con el izquierdo. Pies juntos. El izquierdo adelante. El derecho al lado. Y se repite.

Me recorrió un cosquilleo por todos los músculos. Todo mi cuerpo me pedía bailar. Miraba las parejas, hipnotizada, cómo giraban, se inclinaban y se balanceaban de un lado al otro. Las risas me recorrían por la espalda como el efecto súbito de la cafeína cuando se toma un expreso de un solo trago.

Buenos Aires.

Era la primera vez que los escuchaba hablar de esos planes. Jason y Philomena Auer jamás permitían que una niña hiciera preguntas fuera de lugar, y mucho menos sobre un futuro que controlaban ellos enteramente.

—Esas preguntas egoístas alteran a tu padre — me reprendía mamá cada vez que abordaba el tema de nuestras mudanzas constantes —. Debería darte vergüenza ser tan desagradecida y malcriada. ¿O te crees que todos los niños viven con todo este lujo que tú tienes?

No. No creía eso para nada.

El problema era que yo no lo quería: ni la ropa de diseño, ni los áticos en rascacielos, ni los restaurantes glamurosos. Yo quería amigos fieles, comidas caseras y jugar a las cartas con mis padres en vacaciones.

Todas esas cosas de las que Oliver von Bismarck contaba historias, tan bonitas y ajenas que me costaba creer que existieran. Y, aun así, deseaba con desesperación que pudieran serlo.

Algún día, tendré eso.

Felicidad. Libertad. Amigos tan queridos que sean como una familia para mí.

Mamá soltó un suspiro:

—De todas formas, ya tenemos una solución.

Eso era nuevo para mí. ¿Una solución? ¿A mi soledad? Quizás por fin iban a dejarme tener un perro.

—¿Ah, sí? —Giré de golpe la cabeza justo al instante en que Vestido Verde se inclinaba hacia delante—. ¿Qué solución?

Papá le dio unas vueltas al gemelo del puño de su camisa hasta que el escudo familiar quedó en su lugar. Después dijo:

—Briar Rose continuará sus estudios en Surval Montreux a partir de septiembre.

La sangre se me heló en las venas. Surval Montreux era un internado para chicas. En Suiza. El plan era abandonarme allí entonces. Ni siquiera me lo habían consultado.

—¿Surval Montreux? —Vestido Verde se encogió como si el simple nombre lo repeliera—. ¿Por qué no Le Rosey?

Mamá jugueteó con las perlas Mikimoto que descansaban sobre su clavícula, con la mirada perdida como si la conversación la aburriera.

—Bueno, no podemos dejarla sola en Europa, sin supervisión, en una escuela con chicos, ¿no?

Traducción: ¿para qué arriesgarnos a un escándalo, cuando todo puede evitarse solo con que mi hija siga sintiéndose miserable?

Papá le apoyó la mano en la parte baja de la espalda a mamá, y la miró como si fuera la única persona que le importaba en la vida. Y lo era. Después de todo, yo no existía para él.

—Será lo mejor para todos —decía y le masajeaba la espalda sobre el traje de Oscar de la Renta que tenía puesto—.

Nuestra última estación fue Zúrich, y comprobamos que Briar Rose habla un excelente francés.

El colegio está muy actualizado, así que no habrá problemas para que le convaliden los estudios anteriores.

Tendrá muchas oportunidades de hacer nuevas amigas.

Me mandaban a un internado.

Me dejaban en Europa y se mudaban a Sudamérica sin dudarlo.

Y lo peor de todo era que, aunque mi cuerpo temblaba de ira y de miedo, no encontraba la fuerza para enfrentarme a ellos.

Para interferir en la decisión. Para decirles que bajo ninguna circunstancia iba a dejar de vivir con ellos.

Y no porque fueran unos padres maravillosos, sino porque eran mi único atisbo de normalidad, por miserable y patético que fuera.

—¿Mimitos?

La voz tan conocida me arrancó de esos pensamientos tan densos y pegajosos como el alquitrán.

Giré la cabeza hacia la voz.

Quien hablaba se acercaba con paso tranquilo, enfundado en un traje de cuatro piezas a medida. A nuestro alrededor, la gente detenía su paso para seguirle los movimientos, pero sus ojos estaban fijos en mí.

Nuestras miradas se encontraron y se le dibujó esa sonrisa traviesa de siempre en la comisura de los labios.

Me atravesó una alegría desenfrenada. Fue un contacto efímero y fugaz, como el roce de una pluma, pero no me molesté en aferrarlo. Sabía que volvería.

Porque por fin había llegado.

Oliver von Bismarck.

Conde de Carintia.

Hijo mayor de Felix von Bismarck, duque de Carintia.

Y mi mayor perdición.