Capítulo noventa y tresZach
Capítulo noventa y tres
Zach
Día D.
Tardé cinco horas en llegar al estadio. Cinco horas en un coche de alquiler de mierda que no se desmontaba de pura casualidad, apenas si andaba a fuerza de cemento de contacto y muchas plegarias.
No me había duchado ni cambiado en tres días, y me había dejado olvidado el equipaje en Chiang Mai.
Lo más cruel era que, siendo alguien que le prohibía al personal usar productos perfumados, había tenido que padecer mi propio hedor durante cinco malditas horas.
En el último tramo de treinta minutos, el calefactor murió de una muerte lenta y la temperatura cayó a cuatro grados centígrados en cuestión de minutos.
Y yo todavía no había encontrado un maldito abrigo.
Atravesé a paso lento una cortina de lluvia, con los nudillos blancos como leche, con la esperanza de llegar antes de que terminara la competición.
El cartel del estadio brillaba bajo el aguacero como un faro. Miles de coches llenaban el recinto de punta a punta. Sin ninguna posibilidad de encontrar sitio para estacionar, dejé el coche en una zona de grúas que daba a la entrada y cerré la puerta de un portazo.
—Más le vale estar aquí.
Hubiera ido muy en línea con mi mala suerte generalizada de ese día que el teléfono me hubiera enviado a un juego que no era.
Había recibido la ubicación de Fae de parte de Romeo, que la había recibido de Dallas, que la había recibido de Hettie, que la había recibido de Frankie, a esas alturas era tan fiable como el método del coitus interruptus .
Metí todo el dinero que tenía en la billetera dentro de la caja automática que vendía las entradas y crucé la barrera sin esperar.
Lo que llevaba en el bolsillo interior del traje me golpeaba sobre el pecho con cada paso.
Se me salió el mocasín derecho en mi carrera desenfrenada por los pasillos; parecía un toro descarriado.
No tuve tiempo de recoger el zapato. Un niño se me cruzó por el camino.
Se le cayó el algodón de azúcar y se puso a llorar al verme.
No podía más que suponer que mi aspecto debía ser espantoso.
Con las mejillas rosadas o ya casi de un tinte rojo de tanto tiempo al borde de la congelación, los labios trabados en una línea firme, el pelo enroscado en un baile con el viento…
En verdad Farrow había elegido la peor estación para curarme; hacía un frío de mierda.
El pasillo desembocó en el estadio, donde miles de personas vitoreaban desde sus asientos en las gradas. Nunca la encontraría en esa multitud.
—Atención: el partido final comienza en tres minutos.
Las palabras resonaron desde los altavoces de cada esquina.
Procedía de una cabina ubicada al borde de las gradas.
Marché hacia allí, le arrebaté el micrófono al locutor horrorizado y desfilé hacia el centro de la pista, demasiado decidido como para ponerme a procesar ahí mismo cualquier tipo de vergüenza.
Di un golpecito sobre el micrófono.
—¿Farrow Ballantine?
El murmullo de la multitud se calmó por un instante y después volvió a arrancar. Una fila de esgrimistas uniformados se detuvo a unos metros de mí y todos me miraban a través de sus máscaras. Uno de ellos le dio un codazo a otro y me señaló con la punta de la espada.
—Farrow. —Di una vuelta entera y traté de identificarla en el mar de rostros—. ¿Estás ahí?
—¿Qué demonios estás haciendo? —Provenía del público, de un tipo cualquiera.
Me pasé el pulgar por la mandíbula y le contesté en el micrófono con los dientes apretados:
—Lo que estoy haciendo es intentar recuperar a mi chica.
El público estalló en un caos sin control: la mayoría gritaba, algunos abucheaban. Y oficialmente ya no me importaba una mierda.
—Por Dios, ¡pero si ese tío está como un tren! —Una mujer me lanzó un silbido—. Vísteme como cono de helado y lámeme por todas partes, nene.
Me había convertido en un hazmerreír en menos de un minuto, y ¡a la mierda con todo! No solo quería hacer las paces con Farrow, quería ofrecerle la puta paz mundial.
—Farrow… —Me estiré con los hombros hacia atrás y miré a la multitud de gente sin rostro—. Toda nuestra relación ha sido un secreto, escondida en los callejones oscuros de nuestra vida. Se acabó. Tanto si me aceptas como si me rechazas, ya no voy a seguir fingiendo que no soy tuyo.
—Ey, ¡tú! —Otro maldito molesto desde el público—. ¿Dónde te has dejado el zapato?
Todo el público se rio.
Yo los ignoré y seguí hablando:
—Me pasé toda la vida adulta viviendo sin vivir realmente. Entraste en mi vida de un modo inesperado, como un soplo de aire fresco. Me enseñaste a seguir adelante, a superar el pasado y a vivir con todas las letras. Ahora puedo volver a tocar las cosas.
Alguien gritó algo. Le siguieron más risitas. Quizá debería haberme sentido más preocupado de estar revelándole al mundo entero mi secreto, pero no. Recuperar a Farrow me importaba más.
—Ahora mismo, acabo de llegar de conducir una mierda de coche alquilado bajo la lluvia y durante cinco horas.
Y no he tenido que detenerme, ni vomitar, ni regresar.
Y eso todo gracias a ti, Pulpi. —Me di la vuelta hacia el otro lado de la multitud y recorrí la otra mitad, para que no se me escapara nada—.
Siento no haberlo visto antes, no haberte convertido en mi prioridad desde el minuto en que te conocí… Te mereces mucho más.
Agarré el micrófono más fuerte. Se me nubló la vista. Tenía apenas unas seis horas de sueño, repartidas en cuatro días. Seguí hablando:
—¿Recuerdas cuando me hablaste del Teléfono Langosta ? Tenías razón. Todo el mundo tiene una obra de arte favorita. Tú eres la mía.
Silencio. Cada una de las personas de todo el estadio se había quedado en un silencio absoluto. ¿Dónde diablos estaba Farrow?
«Maldita sea. Voy a prenderte fuego a todas las tarjetas de crédito, Frankie».
—Disculpe… —Una de las autoridades del lugar me llamó con un golpecito en el hombro, mientras cambiaba el peso de un pie al otro, y jugueteaba con la punta de su cola de caballo—. Va a empezar un combate…
—Aplácelo.
—Pero…
La fulminé con la mirada hasta que se marchó corriendo. Una vez a solas de nuevo, me dirigí a la otra mitad del estadio, y volví a aferrar el micrófono.
—Farrow, intenté luchar contra tu hechizo sobre mí. Me mentí a mí mismo. Te mentí a ti. La vida es desordenada. El amor es arriesgado. Y yo estaba perfectamente a salvo en mi burbuja estéril.
No me importaba tener un público sin rostro. No me importaba derramar abiertamente todo lo que había dentro de mi corazón. Por una vez, tenía que ser valiente.
Respiré hondo y continué:
—No quería admitir que no tenía control total sobre mí mismo.
Pero así es. No lo tengo. —Me señalé en el estado de descuido total en que estaba; era la prueba—.
Estoy incontrolablemente loco por ti. Desde que te conocí, no ha pasado un solo día en que cada segundo no se consuma en los pensamientos sobre ti.
Frente a mis palabras, vi como una única persona entre los esgrimistas de la fila daba un paso atrás.
Farrow . Los hombros comenzaron a temblarle, haciéndole sacudir toda la estructura de su cuerpo.
Parecía mucho más delgada con su uniforme, tan delgada que apenas la reconocí.
No se me había ocurrido que su mes de búsqueda del alma podía ser duro para ella.
Dallas me había asegurado, una y otra vez, que iba bastante bien.
El corazón se me hundió hasta la boca del estómago. Al verla llorar se me desató el caos por dentro.
Me acerqué a ella, le tomé la mano enguantada y le dije:
—No he tenido oportunidad de coger el anillo de compromiso de casa, pero te he traído esto.
Cuando me retiré, tenía los brazos cruzados sobre el estómago y todavía le temblaban los hombros.
Metí la mano en el bolsillo interior del traje y saqué una zapatilla rota, toda destrozada. La que había dejado en casa hacía tantos meses. La multitud empezó a clamar de nuevo y unos susurros nos llegaban serpenteando hacia nosotros.
— ¿Es un zapato?
—Tal vez tendría que encontrar su propio zapato antes.
—Uf. Esa cosa asquerosa puede contener sustancias peligrosas.
No les hice caso, me arrodillé y volví a tomar la mano de Fae. Hablé en el micrófono para silenciar el estadio.
—Sé que el mundo es horrible y duro, y agotador.
Sé que te han herido y traicionado, y destrozado el alma.
Pero, si queda alguna pizca de amor en ti, ¿sería egoísta de mi parte pedirlo?
Te prometo que lo protegeré. Te prometo que te protegeré.
—Le apreté la mano a través del guante de tantas capas de acolchado—.
Te amo, Farrow Ballantine. ¿Quieres casarte conmigo?
Desde los asientos, un perrito negro corrió hacia nosotros y me arrebató la zapatilla de la mano. Empezó a correr en círculos con el zapato apretado entre sus dientes. «Bicho malcriado».
—¿Has dicho que me amas?
Al oír la voz, levanté la cabeza y me di la vuelta.
Me di cuenta de que venía de detrás de mí.
Farrow Ballantine estaba ante mí en toda su gloria.
Preciosa, deslumbrante, resplandeciente y mía .
Tenía las mejillas sonrojadas, una sonrisa tímida y un uniforme de entrenadora del que colgaba una cinta de identificación.
Por primera vez en un mes, me sentí vivo otra vez.
—Pulpi.
El esgrimista con quien la había confundido se levantó la máscara y mostró el rostro de preadolescente flacucho que tenía, donde llevaba marcada una sonrisa enorme.
—Perdona, hermano. En un segundo me eché a reír y, en cuanto levanté la cabeza, te me viniste encima. —Se encogió de hombros y dio un paso atrás—. Me tomaste la mano tan rápido que no supe qué hacer.
La risa inconfundible de Oliver atravesó el aire a lo lejos. La multitud seguía en silencio, ansiosa por captar nuestra conversación, ahora que yo había dejado el micrófono a un lado.
Farrow me tomó la mano y entrelazó sus dedos en los míos.
—¿Acaso has dicho que me amas?