Capítulo noventa y dosZach
Capítulo noventa y dos
Zach
Día D.
«Con que no correría riesgos innecesarios, ¿eh?».
Una tormenta violenta me recibió casi al final de mi vuelo de regreso a casa. Me senté frente a una mesa y empecé a redactar lo que pensaba decirle a Pulpi. La cabina se sacudía y me golpeaba la bebida contra el bloc de hojas. Té helado, no whisky . Necesitaba estar sobrio para esto.
Las palabras en la página se me agrandaron a la vista y después se desdibujaron por completo.
«Estupendo» . No era que me importara. No había escrito ni tres palabras y ya me había atascado: ¿cómo podía convencer a Farrow de pasar el resto de su vida conmigo?
—¿Señor Sun? —Se acercó la azafata, aferrándose al borde de la mesa para apoyarse—. Estamos pasando por una zona de turbulencias fuertes. El capitán le recomienda que se ponga el cinturón de seguridad.
—¿Es seguro volar?
—Estoy segura de que sí.
—Solo respuestas de sí o no.
Ella jugueteó por un momento con la falda y observó la cabina. Después, dijo:
—Traeré al copiloto. Un momento.
Al momento en que se alejó, volví a centrarme ante el problema más grande que tenía entre manos.
No tenía experiencia con la gente y mucho menos con las relaciones.
El matrimonio forzado de Romeo con Dallas difícilmente podría considerarse el pináculo del romance.
En cuanto a Ollie, su único compromiso hasta la fecha había sido con su mano derecha.
(Y hasta eso era dudoso, si se tiene en cuenta que tiene toda un ala de su mansión dedicada a los juguetes sexuales).
—¿Señor Sun? —El copiloto tomó asiento frente a mí y apoyó su tableta en el soporte—. Estamos frente a una tormenta repentina que se nos atravesó en el camino. Justo ahora volamos por encima de Delaware.
Señaló una mancha en el mapa y siguió:
—Puede que tengamos que viajar alrededor de la tormenta y dar vueltas en el aire hasta que sea seguro aterrizar.
Consulté mi reloj y pregunté:
—¿Añadirá tiempo al vuelo?
—Tal vez una hora para volar alrededor de la tormenta.
No puedo darle una estimación de cuánto tiempo estaremos dando vueltas hasta que se alcancen los umbrales de visibilidad y podamos aterrizar.
—Agrandó la imagen en el mapa—. Tal como está, estamos a poco más de treinta minutos del aterrizaje.
Tenemos suficiente combustible para aguantar diez horas si es necesario.
No podía permitirme ni un minuto. Según Romeo, Farrow estaría en una competición de esgrima en un par de horas. Planeaba verla con ella y después convencerla de que se casara conmigo.
Le sostuve la mirada y tiré mi cuaderno arruinado a un lado.
—Seguiremos esta ruta.
—No podemos. El aeródromo de Potomac se ha puesto en contacto con nosotros. No es seguro aterrizar ni allí ni en ningún otro lugar de la región de Washington, para el caso.
—Necesito estar en Potomac. Ahora.
—Nuestra única alternativa es aterrizar ahora en Delaware, que está a unas cuatro horas de Potomac en coche, Pero allí también hay tormenta. La visibilidad es mejor, pero no es genial.
—¿Es seguro aterrizar?
—¿Seguro? Sí. —Inclinó la cabeza y la sacudió un poco—. ¿Cómodo? No.
—Hagámoslo.
Al menos ir en coche me garantizaría llegar antes de que terminara el evento.
No podía correr el riesgo de no llegar.
El copiloto seguía dando vueltas.
—¿Por qué sigues aquí? —Arqueé una ceja—. Tienes un avión que pilotar.
No muy bien, al parecer, porque minutos después, el avión se desplomó de cabeza. Me lancé hacia delante, gruñendo mientras mi estómago chocaba contra el escritorio.
La azafata corrió a mi lado y revisó mi cinturón de seguridad, tirando con fuerza de la correa. Otra sacudida violenta la lanzó contra la silla de enfrente. Se arrastró hasta quedar sentada, en una lucha contra cada sacudida cruel.
—No se quite el cinturón, señor Sun.
«No me digas».
Subí la ventanilla y miré hacia el abismo. Confeti blanco que volaba en todas las direcciones en una ventisca de alabastro y gris. A la mitad del descenso, la nieve se transformó en lluvia. Las gotas pesadas se estrellaban contra el cristal.
—¿Siempre es así?
La azafata se abrazó al reposabrazos y echó la cabeza hacia atrás.
—No llevo más de tres meses en este trabajo. Es mi primera tormenta.
La ignoré y luché por mantenerme erguido mientras el avión nos zarandeaba como una batidora.
La tableta del copiloto se cayó de la mesa a la alfombra y se activó su lista de reproducción.
I Want to Hold Your Hand de Los Beatles.
Una sacudida despiadada me estampó la cabeza contra la pared.
La canción cambió: Bookends de Simon & Garfunkel.
La misma canción que sonaba cuando papá murió.
De repente, no pude ni escuchar mis propios pensamientos.
«Las bocinas de los coches. La lluvia que caía a cántaros. La espada y el pulpo en la ventana».
Otro golpe seco.
«El colgante».
Volé por sobre mi asiento y aterricé de nuevo con un golpe apagado.
«Las almas no tienen precio, Zach. Intenta proteger la tuya siempre que puedas».
Hundí el mentón en el pecho y luché contra las turbulencias.
—Estoy intentándolo, papá.
«Algún día aprenderás a apreciar las cosas bellas».
—Lo hice, papá. Se llama Farrow.
«Más bocinazos. Amantes desencontrados. Una bocina».
Finalmente había aprendido a apreciar las cosas bellas, y moriría en el aire antes de volver a verla.
«Los ojos muy abiertos de papá. Su torso chocando con el mío. Una gota, y otra, y otra».
El avión caía a toda velocidad, cortando la lluvia.
«Estás bien, Zachary. Estás bien».
—No lo estoy, papá. —Clavé los dedos sobre los reposabrazos y casi los arranco con las uñas—. Estamos cayendo demasiado rápido.
«El rastrillo. La sangre. El cuchillo».
No quería acordarme de nada de esto.
«Los labios de papá moviéndose. Su única lágrima. Sus últimas palabras».
Nos estrellamos contra la pista con un golpe fuertísimo. Mi mano salió disparada y golpeó la ventana. La lluvia caía del cielo como balas. El avión aminoró la marcha, pero yo bajé la cabeza hasta las rodillas, las cejas apretadas entre sí.
«Sus últimas palabras, sus últimas palabras, sus últimas palabras».
—¿Qué mierda dices, maldita sea?
La azafata se desabrochó el cinturón y corrió hacia mí. Me apoyó una mano sobre la espalda
—¿Está usted bien, señor Sun?
—No.
Por fin había recordado las últimas palabras de papá.