Capítulo noventa y tresZach #2
A pesar de estar casi congelado, solo sentía el calor que me recorría por todo el cuerpo.
Le tomé las mejillas con las dos manos y acerqué nuestras frentes, inspirándola toda.
—Estoy enamorado de ti hasta las trancas, Farrow. Me has consumido por completo. En cuerpo, alma y corazón. No hay nadie más. Nunca lo ha habido. Nunca lo habrá.
—Zach… —Farrow miró hacia la pista, luego me miró a mí, por debajo de esa cortina de pestañas largas hasta el infinito. Entonces, me preguntó—: ¿Qué es esto?
Me froté la nuca.
—Una declaración de amor. Un plan de arrastre. Y… ¿una propuesta de matrimonio?
Por primera vez desde el accidente, solté el control. Estaba volando hacia lo desconocido sin un rumbo, completamente a merced del destino, y cagado de miedo. Solo con las últimas palabras de papá y la mujer de mis sueños acompañándome. Nunca me había sentido tan malditamente vivo.
—¿Te das cuenta de que esto no es propio de ti?
—Me doy cuenta.
—¿Y de que toda la población de este estado sabrá de esto en menos de una hora?
—No me importa.
—Incluso tu madre.
—Ella acepta nuestra relación.
Farrow abrió la boca.
—¿La acepta?
—Te lo juro.
Cuando oyó esas palabras, asintió con la cabeza, procesando la noticia. Por fin, me apretó la mano y se quedó mirando al punto en que nos uníamos.
—Cuéntame algo sobre el pulpo.
Le respondí de inmediato, sin dejar una pausa:
—El pulpo es el animal de más rango en todo el reino animal en lo que refiere al camuflaje.
Puede cambiar de color de un momento a otro, contorsionar el propio cuerpo y cambiar de lugar todos los brazos.
Es lo que hiciste tú. Te colaste en mi vida simulando ser el problema y resultaste ser mi solución; mi salvación.
Dicho esto, el perro nos saltó a los talones y dejó caer la zapatilla de Fae sobre la pista con un ladrido.
Hubiera matado al dueño de ese perrito de mierda si no hubiese estado tan ansioso por declararme a Pulpi en ese mismo instante.
Caí de rodillas, le cogí un tobillo, le quité la zapatilla que llevaba y le calcé la que había dejado atrás en mi casa. Soltó un pequeño gemido.
—Ajuste perfecto. Como tú. —La miré y le hice unos círculos sobre el tobillo—. Di que sí, Farrow.
Ella hundió los dientes en el labio inferior y simuló un titubeo; pero yo sabía que escondía una sonrisa por debajo del mordisco. Dijo:
—¿Ahora sí que estamos en la gran final?
—Cariño, no solo estamos en la gran final, estamos en nuestra propia maldita liga. Por favor, pon fin a mi miseria y di que sí.
Nuestros amigos —corrección: nuestra familia — aparecieron al borde de la pista y empezaron a disparar sus opiniones no solicitadas en rápida sucesión.
Romeo se sacudió algo del traje con la mano y dijo:
—Me das vergüenza ajena, Zachary.
Dallas le dio un manotazo en el hombro.
—¿Por qué nunca has declarado tu amor por mí en público?
—Yo recibí una bala en el pecho por ti y en público. —Se volvió hacia Fae y asintió en mi dirección—. La única manera de que este hombre sea capaz de volver a mostrar la cara en esta ciudad es que aceptes.
Farrow resopló y el tobillo se sacudió en mi mano con el movimiento.
Frankie sacó del medio a Romeo de un empujón, en la lucha por acercarse a nosotros.
—Todos sabemos tu respuesta, Fae. ¿Podrías apurar un poco el trámite? El tipo no sirve para nada desde que te fuiste.
—Di que sí, nena. —Dallas daba unos respingos y se sostenía la barriga al mismo tiempo—. Además, ¿sabías que el cerebro del pulpo tiene forma de dónut? ¿No es épico?
Fae estalló en un ataque de risa. Se agarraba el estómago y luchaba por mantenerse de pie con un tobillo en mis manos.
«No sería tanto esfuerzo si tan solo dijeras que sí, maldita sea».
—Esto es demasiado bueno —dijo Oliver entre aplausos pausados—. Soy el último soltero de los tres. ¿Significa que he ganado la apuesta?
Hettie estaba de pie a un lado, con un cubo de algo por delante:
—Menos mal que he comprado palomitas…
Los dedos de Farrow se le enroscaron alrededor de la garganta. Dejó salir un silbido audible y se quedó admirando a nuestros amigos durante un momento más antes de devolverme la mirada.
—Tú me has dado una familia —dijo.
—Yo no he tenido nada que ver con eso. —Sacudí la cabeza—. Tú te la has ganado por tu cuenta. Te adoran.
Bajó los dedos y echó los hombros hacia atrás, lista para negociar:
—Si nos casamos, quiero mantener mi independencia.
—Hecho.
—Seguiré trabajando a tiempo completo. Como entrenadora.
—Por supuesto. —Sabía, de primera mano, que ella sería de las mejores.
—Y… y… y… —Se llevó la punta del dedo a los labios, en un gesto de pensar con mucha atención—. Seguiré discutiendo contigo todo el tiempo. No podrás volver a ganarte mi simpatía con regalos de diseño.
—De acuerdo. Volveré a ganarme tu simpatía con tus cosas favoritas.
—¿Y cuáles son?
—Los hechos contundentes y los orgasmos.
Farrow inspiró el aire. Se me intensificaron los latidos del corazón. La euforia iba decantando sobre mí como el agua de un manantial. Mi corazón idiota se hinchó hasta lo imposible, como un globo a punto de estallar.
«Di que sí, de una vez, nena».
Una sonrisa se le subió por las mejillas. Y la risa le bailó en los labios. Se la tragó. Por fin — por fin —, me dio su respuesta:
— Sí.
Me levanté de un salto, la tomé en mis brazos y le di el beso más profundo, hambriento y real que jamás nos hubiéramos dado.
Nuestros amigos estallaron en gritos y vítores, lo cual inició también un caos en la multitud.
Todos a nuestro alrededor empezaron a aplaudir, a silbar y a gritar.
Si hasta el imbécil del perro empezó a correr en círculos alrededor nuestro, ladrando.
—Ah. —Se rio Fae en nuestro beso y chasqueó los dedos como quien recuerda algo—.Tengo un perro ahora.
— Tenemos un perro ahora, querrás decir.
Le hablé contra los labios, negándome a separarme de ella. Y maldita sea, ahora teníamos un perro.
—Oliver dice que odias el desorden de los perros.
—Solo cuando ese desorden es el propio Oliver.
Se alejó un poco. Su pulgar viajó a mi cuello, y me rozó justo por debajo de la oreja.
—Me di cuenta de por qué te quiero.
Nuestras narices se tocaron y acaricié la mía contra la suya mientras tratábamos de estabilizar la respiración. Le dije:
—¿Y por qué es?
—Porque me haces arder el alma en el fuego, mi hermoso y oscuro deseo.