Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2) Capítulo ochenta y nueveZach
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Capítulo ochenta y nueveZach

Capítulo ochenta y nueve

Zach

Dos horas.

Mi vuelo despegaría en dos horas. Directo a Italia, donde estaba alojada Eileen; en una finca lujosa, propiedad del segundo exmarido de Celeste Ayi.

Tenía la intención de romper el compromiso con ella en no más de siete minutos y subirme directo a un jet que me llevaría de vuelta a Potomac con casi veinticuatro horas de margen.

Tenía la mirada fija sobre mamá, que tenía los ojos cerrados, la piel pálida y sin brillo. Parecía haber envejecido un par de siglos. Y, sin embargo, también parecía en paz. Relajada al fin, sin el peso de nuestra pérdida.

Se le movieron los ojos de izquierda a derecha por debajo de los párpados.

Me incliné hacia delante, apoyé los codos sobre las rodillas y seguí observándola.

Las enfermeras la habían llenado de medicamentos, le habían inyectado todo tipo de analgésicos para calmar el dolor de la costilla que le había roto el paramédico que la había atendido en el hotel.

Iba tan drogada que debía andar por las nubes, más alta que la inflación del país.

Abrió los ojos en la habitación a media luz.

La máquina que tenía conectada a ella continuó con el latido constante.

Yo no sabía qué habría de hacer un buen hijo en ese momento; no tenía mucha experiencia en ese aspecto.

Si los papeles hubieran estado invertidos y fuese Farrow quien se cerniera sobre mi cama en un hospital, querría que me tomara la mano.

Aun así, la mía me la guardé de mi lado. Después de todo, hacía apenas unas horas que había amenazado a mamá con cortar nuestra relación si se oponía a lo nuestro con Pulpi.

—Estás en el hospital. —Apoyé la espalda en el asiento y me di cuenta de que sentía un alivio sustancial de verla despertarse—. ¿Cómo te sientes?

Mamá sacó la lengua para mojarse los labios. En lugar de eso, se le escapó un gruñido; el movimiento era demasiado exigente en su estado actual. Cerró los ojos con fuerza y me contestó:

—He tenido mejores días. —No le dije nada. Ella tomó aire, como si quisiera asegurarse de que podía—. ¿Qué me ha pasado?

—Un miniinfarto. —Metí las manos en los bolsillos—.

Muy leve, según los médicos. Estás en el hospital de Chiang Mai, en la mejor institución de salud privada que hay aquí, monitoreada todo el día.

Celeste Ayi está en el hotel, preparándose una maleta.

Quieren que te quedes cinco días para controlarte el ritmo cardíaco y hacerte unos estudios generales.

—Entonces, ¿por qué me siento tan… mareada ? —Tragó saliva y dejó salir una mueca de dolor atroz, como si ese mero movimiento se lo produjera—. ¿Y con un dolor terrible?

—Los médicos te han tenido que reanimar en la villa y te han roto una costilla en el proceso; es más doloroso que peligroso.

De hecho, no es peligroso para nada. Solo una molestia.

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—Le tomé la mano y se la llevé hasta un control remoto blanco escondido en la esquina de la cama.

Mamá jadeó un poco. Y se quedó con la boca abierta. Casi chilló cuando la toqué.

—Lo siento. —Me aparté—. ¿Te he hecho daño?

—No, no. —Sacudió la cabeza y se quedó mirándome, como hipnotizada—. Es solo que… me has tocado, Zach. Tú nunca tocas a nadie. No desde que tu padre falleció.

—Farrow me enseñó el contacto piel con piel. —Sonreí, en algún lugar entre la amargura y la nostalgia—. Hubo mucho ensayo y error.

Momentos incómodos.

Momentos alegres.

Y aprecié cada uno de ellos.

Se le colgaron unas lágrimas de las puntas de sus pestañas inferiores.

—¿Puedo…? —Le temblaron las manos por todas partes—. ¿Puedo cogerte la mano? Llevo años queriendo hacerlo…

Pero no esperó que le diera permiso. Agarró mi palma y entrelazó nuestros dedos. Una piel seca y fría se encontró con la mía. Permanecí completamente inmóvil mientras ella se llevaba el dorso de mi mano a los labios helados y agrietados. Y me daba un beso en los nudillos.

Me recorrió un temblor desagradable, pero no me acobardé ni retrocedí.

No quería lanzarme a la ducha y subir la temperatura hasta la de una tetera hirviendo.

Supongo que porque me había curado. Era curioso, siempre me había imaginado que todos mis problemas desaparecerían si aprendía a tocar, pero nunca se me había ocurrido que tocar fuera a ir de la mano con los sentimientos.

Y la única persona cuyo tacto ansiaba estaba a miles de kilómetros de distancia, en otro continente, probablemente peleándose con un cocodrilo solo para demostrarse a ella misma que podía con él.

Mamá empezó a llorar desconsoladamente.

—¿Ha sido ella? ¿Ella ha logrado esto? —Apenas si podía distinguir lo que decía en esos susurros roncos—. ¿Ella te ha hecho tocar de nuevo?

—Sí.

«No tienes ni idea. Me enseñó más de lo que jamás podría esperar aprender».

—Pero… ¿cómo?

La noticia debió haberle roto un pedazo de cerebro. Había pagado millonadas en todo tipo de psicólogos, terapeutas, médicos y hasta hipnotizadores. Con especialistas de todo el mundo. Los mejores en cada uno de sus campos. Y ninguno de ellos había logrado ayudarme. Ni siquiera un poco.

—Es simple. —Separé la mano de la suya y proseguí—: Ella hizo que tocarla me resultara enteramente irresistible.

Me mostró una calidez, un coraje y una pasión por la vida que jamás había visto.

Me hizo olvidarme del trabajo, de los logros vacíos.

Me hizo… —Me volvieron los flashes de mis días con Farrow y se me formó una pequeña sonrisa en los labios—.

Me hizo comer comida basura y beber cerveza de mierda.

—Oh, Zachary. —Mamá sonaba horrorizada y divertida por igual—. Eso es extremadamente desagradable. —Hizo una pausa y vi que le asomaban los ingredientes de una sonrisa y se le extendían por el rostro—. ¿Pero te hizo sentir feliz?

—Me hizo sentir fascinado. Antes de Farrow, me había olvidado de cómo es ser feliz. Daría cualquier cosa por traerla de vuelta.

Mamá se miró las piernas cubiertas con una manta. Una arruga le surcó el espacio entre las cejas. La mujer que se gastaba miles de dólares en mascarillas faciales había envejecido una década en apenas unas horas. Parecía indefensa ante el mundo.

—Tengo que decirte algo, Zachary.

La miré en silencio. No había mentido cuando le había dicho a Farrow que creía que había alguien en el universo que jugaba conmigo.

Mi vuelo saldría en noventa y siete minutos, y la cuenta atrás avanzaba por segundos.

Mientras tanto, yo estaba sentado en medio de esa especie de confesión en el lecho de muerte, sin el lecho de muerte…

Era un truco cruel del destino que, a pesar de las miles de oportunidades que habíamos tenido de tener esa conversación en casa, hubiéramos decidido conversar sobre el clima y las acciones durante nuestros almuerzos insípidos.

—¿Qué es?

—Yo… —Mamá se llevó el puño a los labios para reprimir una tos. Las venas azules y púrpuras le corrían por el dorso de la mano como si fuera un mapa de la familia—. Yo respeto a Farrow por haberte tratado bien.

—¿Más allá de tu intento de sobornarla?

Sí, lo había presenciado a través de los ventanales el primer día de Farrow; ver cómo ella rechazaba el cheque me había despertado la curiosidad.

—Sí. Fueron unos trucos insignificantes para quitártela de encima. —Mamá se miró los pies tapados—. Se defendió bien.

—Es así de fuerte.

Quizás debería haberme enfadado, pero no lo hice.

Para empezar, me lo esperaba; de hecho, había anticipado algo peor.

En segundo lugar, Farrow Ballantine podía defenderse sola.

Y, además, ella florecía con cada pequeña victoria.

Hubiera sido inútil luchar cada batalla por ella cuando todo lo que convertía a Pulpi en la mujer que amaba podría resumirse en su corazón: fuerte, vibrante, recubierto de acero y, a la vez, cálido.

—Rechazó el dinero, dicho sea de paso —añadió mamá tras una pausa.

—Ya lo sé.

—Su trato contigo probablemente fue más lucrativo que lo que yo ofrecí.

—Eso también lo sé.

—¿Y no crees que pueda ser una cazafortunas?

—No. —No dejé lugar a dudas en mi voz. Pregunta contestada. Caso cerrado. Si insistía, cumpliría con mi amenaza y me iría. Para siempre.

—Yo tampoco creo que sea una cazafortunas. —Mamá tocó la cánula en su mano, sin mirarme a los ojos—. Pero no es eso lo que quiero decir.

Miré el reloj, desquiciado por la posibilidad de perder el vuelo y arruinar cualquier oportunidad con mi pequeña y luchadora no cazafortunas

—¿Y qué es lo que quieres decir?

—Que podría ser peor todavía. —No se atrevió a mirarme—. Creo que Eileen te está mintiendo.

—¿Sobre qué?

—Su personalidad, su aversión a tocar, ciertos pedazos de su historia. Cualquiera de esas cosas.

No me sorprendió. Más que nada porque ya la había puesto en la cima de mi lista negra por el crimen de negarse a ser dejada cuando nunca habíamos tenido una relación real. Cualquier rasgo negativo extra solo podría considerarse un plus.

—No cambia nada. El compromiso siempre fue una farsa. No tengo intención de casarme con ella. La pregunta es por qué ibas a permitir que tu hijo se casara con una mentirosa.

—Porque ella moldeó su vida alrededor de la tuya. Y alguien dispuesta a hacer eso está dispuesta a mantenerte a salvo.

—No necesito estar a salvo.

Finalmente me estaba dando cuenta de eso. Con cada roce. Cada lluvia. Cada viaje espantoso en ese Prius de la muerte. Cada vez que me contenía, me hacía más pequeño como persona. Había tanto riesgo en dar saltos como en no saltar para nada.

—Sí que lo necesitas. —Mamá se disparó hacia delante, sin conseguir gritar ni moverse hacia donde quería, pero yo sabía que lo haría si pudiera—. Tú eres lo único que me queda en el mundo. No quiero a nadie más que a ti. ¿No te das cuenta de eso?

—¿Ah, sí? No me digas.

Ni siquiera me amonestó por mi forma de hablarle, estaba demasiado ocupada en hacerme ver su punto de vista.

—Necesitas estar a salvo. Tu padre te querría vivo y feliz.

—Seré feliz. Mientras tenga a Farrow conmigo. En cuanto a estar vivo… —Hice una pausa y me hundí los dedos en el cabello—. No puedo prometer ser perfecto en cada momento, pero sin duda he aprendido que la vida es valiosa.

«Y no a través de la supuesta lección de Oliver».

—No correré riesgos innecesarios. Pero, no te equivoques, tampoco me quedaré paralizado de temor.

El golpeteo de mi zapato contra las baldosas me sobresaltó.

No me había dado cuenta de cuánto me molestaba la perspectiva de cortar relación con mamá.

En verdad, antes del accidente, compartíamos un vínculo increíble.

Cada vez que veía a mamá comportarse como una extraña, los recuerdos latentes de la infancia me hurgaban la mente y me resquebraban la ira.

Películas nocturnas, citas sorpresa a parques de juegos, noches de hacer nuestros propios dumplings que me encantaban…

Si hasta Romeo quería mudarse a nuestra casa, aunque es cierto que tenía otras razones.

Esperé con la respiración contenida que llegara la respuesta de mamá.

«Déjame vivir mi vida como quiera. Alégrate por mí».

Bajó el mentón al cuello.

—¿Qué tengo que hacer para que no cortes la relación conmigo? —Como el pie de un parlamento teatral, los pitidos del monitor de ritmo cardíaco tamborilearon más rápido, y ganaron más velocidad.

Le respondí de inmediato:

—Que aceptes el fin del compromiso.

—Hecho.

—Que aceptes a Farrow. —Esta vez, sí le tomé la mano y la puse en la mía, sobre mi palma—.

Y que, con el tiempo, la ames como a una hija.

Ella nunca ha tenido una familia, mamá. —Entrelacé mis dedos con los suyos y continué—: Ella nunca le ha cogido la mano a una madre.

Y te lo prometo: verás que, cuando la conozcas, cuando realmente llegues a conocerla de verdad, vas a quererla tanto como yo.

Con su mano libre, mamá trazó la línea donde nuestras palmas se tocaban, casi hipnotizada.

—¿De verdad la amas?

—Sí. —No titubeé. Solo dije la pura verdad—. Estoy completamente trastornado cuando ella no está.

Mamá apretó mi mano después de un momento y arrastró los ojos hasta los míos.

—Trato hecho.

—Y además…

Recostó la cabeza en la almohada, y formó un gemido con los labios:

—¿Hay más?

—Es lo último, te lo prometo. —«Y puede ser lo que más te resistas a hacer»—. Quiero que busques ayuda. Para tu ansiedad.

—No tengo ansiedad.

—Sí la tienes.

—Me niego a tomar pastillas.

—Hay otros métodos, pero si hay un médico que te las recomienda y las pastillas son la mejor opción, necesito saber que harás todo lo posible para mejorar. Como mínimo, quiero que hables con alguien cualificado para ayudarte.

El pulsómetro se volvió loco. Mamá sacudía la cabeza.

—Pero…

—Necesito que sea todo o nada, mamá.

—Bien. —Exhaló un suspiro y miró a un costado por un momento. Al final, me devolvió la mirada—. Te veo mirando el reloj cada diez segundos. Toma el jet . Vete a buscar a tu esposa, Zachary.