Capítulo noventaFarrow
Capítulo noventa
Farrow
«Aquí es donde voy a morir».
En la sagrada y nunca antes vista galería de arte donde no se permite la entrada a nadie. Esparcida por el suelo de epoxi, inerte. Rodeada de arte de valor incalculable. Con salpicaduras de sangre camufladas por el espeluznante negro y rojo de Jackson Pollock.
Por lo menos, no podía encontrar una sola explicación alternativa de por qué Zachary Sun me había enviado a ese garaje subterráneo espantoso.
Durante semanas, había catalogado cada objeto que Romeo y Oliver habían llevado a mi monoambiente y no faltaba nada; no poseía nada más.
No había modo de que me quisiera aquí para enseñarme todas las cosas que nunca tendría.
Salí del ascensor sigilosamente, casi preparada para que me saltara algo encima. La llave electrónica salió escupida de una ranura al otro lado y me hizo salir un grito de sorpresa.
—Bienvenida, señorita Ballantine.
Y di otro aullido, cortesía de la voz robótica de la IA de la entrada.
Se abrieron dos puertas corredizas dobles de vidrio y me abrieron el paso al espacio principal.
Si esta hubiera sido la noche de aquella velada de su cacería nupcial, me hubiese resultado imposible traspasar esta fortaleza.
Había unos proyectores que iluminaban unas flechas blancas en el suelo y llevaban al extremo más alejado de la galería.
Tan al fondo, que ni siquiera podía distinguir nada más allá de una nube borrosa.
—Por favor, siga el camino indicado.
Pisé una flecha, manteniendo mis pies directamente sobre la columna, como si fuera una tabla de madera sobre un puente de cuerda.
Un paso en falso y ¡paf! La idea de desviarse de la línea y romper una obra maestra de cinco millones de dólares me pinchaba en el fondo de mis pensamientos mientras paseaba al lado de estatuas, cuadros, vitrinas y pasillos; y estaba demasiado concentrada en mis pasos para absorberlo todo.
Una vez alcanzada la última flecha, me atreví a levantar la vista. Había decenas de cajas, tubos y estantes esparcidos por la sección vacía de la galería.
—Por favor, recoja sus pertenencias, señorita Ballantine.
Me señalé a mí misma, sintiéndome ridícula en miles de maneras.
—¿Yo?
—Sí.
—Oh.
No esperaba que me respondiera. Ni había planeado esto, para el caso.
De hecho, necesitaría un camión de mudanzas y una cuadrilla de gente para sacar todo esto.
Aun así, me picó la curiosidad. Toqué una caja de gamuza al azar y tiré de la tapa.
Se me aflojaron un poco las rodillas. Había algo dorado nadando en un mar de satén rojo.
«No puede ser».
Lo cogí en un segundo y me lo acerqué al rostro para admirarlo.
—El anillo que papá llevaba en el dedo meñique.
Un monstruo de oro puro. Naturalmente, Vera lo había subastado junto con el primer lote de sus pertenencias dos años atrás. Me lo puse en el pulgar. Me quedaba suelto, pero decidí llevarlo de todos modos.
La voz robótica interrumpió el momento.
—El señor Sun repatrió las pertenencias del señor Ballantine.
Esas palabras me impulsaron a actuar. Corrí hacia el estante de arte: las réplicas de papá ocupaban unas treinta filas, ordenadas alfabéticamente.
Hasta estaba el Salvator Mundi de Da Vinci, acomodado en un estante con la meticulosidad de una galería; como si la réplica mereciera tanto cuidado como la colección multimillonaria de Zach.
Zachary Sun había logrado reunir todos los artículos que Vera había vendido. El Rolex, las gemas, la vajilla antigua.
Dios mío.
«Dios mío».
Debe haberle tomado tanto tiempo y esfuerzo… ¿Cuándo empezó a planearlo? ¿ Por qué empezó a planearlo? No podía borrarme la sonrisa embelesada de los labios ni que me lo propusiera. Y no quería hacerlo. Pensar que había pasado los últimos treinta días sintiéndome tan asustada de esa maldita llave.
«Qué cobarde, Fae. Deberías haberlo sabido. Los mejores regalos llegan envueltos de la forma en que menos lo esperas».
Incliné la cabeza hacia atrás y escudriñé los rincones de la habitación hasta que vi una cámara. Una luz roja parpadeante me saludó y le devolví el saludo.
—Gracias, Zach. De verdad.
Entonces, corrí a otra caja y abrí la tapa con un salto de vértigo.
Era la escultura de mosaico de dos tortolitos que papá y Vera tenían sobre la mesilla de noche; él se había obsesionado con esa pieza durante su cuarta luna de miel en Venecia.
Venía con una carta del revendedor. Deslicé la cartulina pesada hacia fuera del sobre.
Señor Sun:
No me gusta que me hayan amenazado para cederle lo que no es más que una simple fracción de su fortuna artística. Si en el futuro desea apropiarse de mi colección mucho más modesta, le sugiero que recurra a un intercambio cortés.
Saludos,
William St. Eve
P. D. ¿Es así como ha conseguido la colección tan amplia que tiene? ¿Mediante amenazas a todos los coleccionistas del mundo? Kamran Izadi me informó hace poco de que usted requisó una réplica del Teléfono Langosta de su casa.
Grité, los tacones chillando contra el garaje mientras corría de caja en caja, tratando de encontrarla. Cuando finalmente desenterré la langosta, lo llevé a mi pecho, girando en círculos.
—Siempre lo quise para mi propia habitación.
—¿Ha dicho algo, señorita Ballantine?
Ignoré la voz robótica, fijándome en un soporte solitario que llamó mi atención.
Una caja tallada a mano que no reconocía descansaba sobre ella.
Con el corazón en un puño, abrí la tapa y, al ver el contenido, solté un jadeo.
El colgante. Allí, en toda su gloria. Con su exuberante borla verde y su león tallado a mano.
Me aparté el pelo de la cara y entrecerré los ojos para asegurarme de que lo veía bien.
Realmente estaba ahí. Hasta la borla recortada con forma torcida, cortesía de quien suscribe.
Me llevé el colgante a los labios y lo sellé con un beso. Mis ojos se fijaron en una nota manuscrita, encajada en el techo de la caja.
«Soy un maldito codicioso, Farrow Ballantine. Que seas suficiente para mí, lo dice todo. – Z».