Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2) Capítulo ochenta y cuatroFarrow
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Capítulo ochenta y cuatroFarrow

Capítulo ochenta y cuatro

Farrow

—¿Qué creéis, chicos, vendrá en cuatro días o no?

Estaba sentada frente a los hombres de mi vida, apoyada en la hierba junto a la tumba de papá. Vezzali se despatarró a mi lado, con la cabeza sobre mi rodilla, aunque eso levantaba la mitad de su pequeño cuerpo en el aire.

—Seamos realistas, no son más que treinta días.

Hasta hay vinos baratos que necesitan más tiempo para madurar.

—Abrí una caja de fichas que tenía apoyada sobre el regazo, saqué unas y busqué un bolígrafo en la mochila—.

Uy. No quisiera darte una mala impresión de él, papá.

Zach es estupendo. Un poco áspero por momentos y un poco raro, pero eso es lo que más me gusta de él.

«Deja de posponerlo, Farrow».

Suspiré. Claro, quería hablar con papá sobre Zach, pero más que nada era una excusa para evitar la verdadera conversación que debíamos tener.

—Supongo que es hora de ponernos serios.

—Me llevé las rodillas al mentón y apoyé a Vezzali sobre mi chaqueta en el suelo—.

Siento no haberte visitado antes; ahora tengo mucho que decirte, y cada palabra me asusta.

—Se levantó una brisa que estaba extrafría en esa mañana de invierno.

Continué—: Siento que hicieras todos esos sacrificios de los que nunca me enteré, siento que renunciaras a tanto para que yo me convirtiera en esgrimista.

Y siento haber arruinado esa carrera de esgrima de modo tan dramático. ¿Te avergüenzas de mí?

Una ráfaga de viento me golpeó de pronto y me envió el bolígrafo lejos, como a medio metro.

—Está bien, está bien. Basta de revolcarme en la autocompasión.

Lo pillo. —No sabía si reír o llorar, así que me aclaré la garganta—.

Siento no haberte visto antes de morir, siento no haber llegado a tiempo para evitar que te enterraran…

Sabía que lo que siempre quisiste fue que te incineraran y que esparcieran las cenizas en la heladería donde se nos ocurrió el nombre para la empresa.

Lo siento también por no querer ser dueña de Mary Limpia Maryland.

Y, más que nada, lo siento mucho por tener tanto resentimiento hacia ti ahora mismo.

Me masajeé la mandíbula con el pulgar para ir ganando tiempo, mientras me preguntaba cómo iba a decir la siguiente parte. Y fue extraño que papá eligiera justo ese momento para hablarme dentro de la cabeza, cuando por fin me había dado cuenta de lo enfadada que estaba con él.

«No pasa nada, Fae. Estar enfadada no es malo. Significa que has aceptado que mereces más».

Exhalé un suspiro y me clavé los dedos en las sienes.

—Estoy enfadada contigo. ¿Te das cuenta, papá?

«Tan pero tan enfadada que a veces me cuesta respirar».

Me levanté y empecé a caminar.

—Estoy enfadada porque sabías desde el principio que Vera no me quería y te quedaste con ella de todos modos; estoy enfadada porque no me protegiste de sus ataques, hasta cuando era imposible que no supieras al punto al que había llegado.

Cayeron unos grumos de nieve de un árbol semidesnudo, y Vezzali se vino a mis brazos.

—Serás bruto. —Le acaricié la cabeza y lo cargué en mis brazos mientras seguía caminando de un lado al otro, como si hubiera sido papá el que casi lo empapa de nieve—.

Tengo todo el derecho del mundo a estar cabreada por estas cosas.

Deberías haberme protegido. Por mucho que quisieras esa familia, yo también soy tu familia.

Yo también te quería. Me merecía que me protegieras.

Quería llorar. Reír. Gritar. Pero, sobre todo, sentía que la energía me abandonaba. Me dejé caer al suelo, cansada de estar enfadada, queriendo deshacerme de todo para poder enterrar mi furia con él.

—Estoy enfadada porque tu idea de mantenerme a salvo fue enviarme al otro lado del mundo; por eso te culpo de no poder verte antes de morir.

Estoy enfadada porque rompiste tu promesa y te perdiste mi último combate.

Y porque ese combate arruinó mi vida, y nada de eso habría pasado si hubieras dejado a Vera desde el principio.

La mano se me enredó en un puño al costado del cuerpo. Vezzali ladró al percibir mi estado de ánimo y me lamió la mejilla con la lengua.

—Estoy tan jodidamente cabreada cada vez que pienso en ello…

Maldita sea. ¿Por qué no me pusiste en primer lugar mientras estabas con vida?

¿Por qué tuviste que esperar a morirte? Ahora lo único que me quedan son los recuerdos y se han ido .

¿Y tus pertenencias? Subastadas. ¿Y lo que recuerdo en mi mente?

Se irá borrando con el tiempo… Y tengo tanto miedo.

«Cuando se me borre el último recuerdo de ti, ¿acaso me quedará algo que me diga cómo es ser amada incondicionalmente?».

Ese era el problema de darle a alguien un pedazo de una misma: una vez que se iban, jamás lo recuperabas.

Se me ahogaron las lágrimas cuando me di cuenta de algo que no había notado antes…

—Y, sobre todo, lamento lo solo que debiste sentirte. Con una esposa que te odiaba, unas hijastras que solo querían aprovecharse de ti y la única persona que te amaba al otro lado del mundo.

La primera nevada del día aterrizó sobre mi mejilla. Se derritió contra el calor de mis emociones y se me derramó por el mentón con forma de lágrima. La aparté, recogí las fichas y la mochila y corrí al coche con Vezzali antes de que se congelara.

Una vez dentro del Prius, conduje directamente hasta la heladería Happy Swirls, y acomodé mi perrito sobre una de las mesas de afuera.

Me senté en el banco; el mismo en el que papá se había sentado conmigo hacía más de diez años para pensar una lista de nombres posibles para la empresa de limpieza: Divas del Polvo y Fresco Menta (eran los nombres que había elegido yo); y Cristal Claro y Punto de Partida (los de él).

No eran más que las cinco de la mañana y la heladería no había abierto aún.

Pasaban algunos coches, pero, en líneas generales, Vezzali y yo disfrutábamos de la paz, la tranquilidad y de los primeros rayos de sol que asomaban por el horizonte.

Saqué las fichas y una caja de cerillas y miré las palabras que había escrito sobre ellas en la tumba de papá.

En nuestra primera competición de esgrima juntos, estabas tan orgulloso que casi te peleas con el padre de otra esgrimista. Se ofendió tanto que celebraste la derrota de su hija.

Cuando la Sra. Drake te llamó a una reunión de padres porque le dije que siempre estabas por las nubes, cuando en realidad quería decir que eras más alto que yo (y ella pensó que le hablaba de drogas), me llevaste al cine después, y nos comimos dos cubos enteros de palomitas de maíz.

Aquella vez que te pregunté si los bebés salían de la barriga, dijiste que sí y me dejaste suponer que yo había salido de tu barriga, porque no querías que supiera que mi madre biológica me había abandonado.

Recuerdo tras recuerdo, me los grabé en el cerebro. Uno por uno. Todos mis trozos favoritos de papá. Y luego los puse en la lata que traía, encendí un fósforo, y los quemé hasta convertirlos en cenizas. Se elevaron con el viento, dispersándose por Happy Swirls, justo donde él quería que estuvieran.

Junté una cucharadita de cenizas que quedaba en la lata y las vertí en el relicario de pulsera que había comprado con mis primeros ingresos como entrenadora, y así me quedé un pedazo de papá conmigo para siempre.

Si hay vida después de la muerte y tenemos oportunidad de hacerlo todo de nuevo, te vuelvo a elegir como mi papá.