Capítulo ochenta y tresZach
Capítulo ochenta y tres
Zach
La cuenta atrás se cernía sobre mí como una guillotina.
Cada día que no podía encontrar a Eileen me alejaba del hombre tranquilo, sereno y despiadado que alguna vez me había enorgullecido ser.
Había agotado todas mis opciones: los cuatro investigadores privados que había contratado habían fracasado en sus intentos; todos los parientes de Eileen se negaban a dar su ubicación, a pesar de las numerosas amenazas; y en cuanto a mamá…
ni Guantánamo tenía posibilidades de sonsacarle información.
En el vigésimo quinto día sin Farrow, decidí que ya había experimentado suficiente angustia contenida en la comodidad de mi casa con temperatura regulada y arrastré mi patético ser hasta la cámara criogénica, donde al menos podría estar a gusto con las bolas a medio congelar.
«Entonces, ¿llegó a curarte Farrow o no?», empecé a razonar conmigo mismo. «Seguro que no es san Antonio, capaz de lograr milagros. Ni tampoco Bian Que. Ni siquiera Fu Xing».
No. Una sentada en la sala de hielo me daría claridad cognitiva.
Y además , me permitiría demostrar que no había cambiado, que todavía no sentía absolutamente nada, ni siquiera el frío.
Hacía casi cuatro semanas que no entraba en la cámara; aun así, programé la temperatura al modo avanzado.
Entré en bata y de inmediato sentí el golpe agudo de la escarcha que me carcomía la piel.
«Mierda».
—¿Pero qué demonios…? —dije con voz ronca y cerré la puerta por detrás, mientras un humo blanco se me enroscaba alrededor de los miembros y me trepaba por el cuerpo como la hiedra.
Se me nubló la vista. Me di la vuelta para ver en el reloj digital cuánto tiempo había pasado. «Un segundo» . Un puto segundo.
¿Era una broma? Temblé y me di cuenta, con horror, de que sentía frío. Que sentía , en general. Mi nariz se entumeció, demasiado congelada para inhalar correctamente. Tuve que cubrirla con las palmas, estremeciéndome con violencia mientras me movía de una pierna a otra.
Sentía frío. Dolor. Estaba vivo .
Los segundos pasaban con una lentitud atroz. Empecé a saltar, a hacer unas cuantas sentadillas para combatir el congelamiento. Por fin entendí por qué Romeo y Oliver se ponían inquietos apenas entraban a la cámara.
Por fin sonó el timbre terminados los tres minutos, llegué hasta la puerta tambaleando y la empujé.
No se abrió. Le di un buen golpe con el hombro, con un impulso que normalmente la lanzaría contra la pared como una tromba, y no se movió.
Un pánico portentoso y caliente me cortó por dentro.
El cuerpo humano no estaba diseñado para soportar esa temperatura durante más de nueve —tal vez diez— minutos, y yo ya había alcanzado los cuatro.
Caminé hacia atrás, me di el mayor impulso que pude, corrí hacia la puerta y le di una patada giratoria. Nada. El terror y la alarma se me arremolinaron por dentro.
«Vas a morir sin volver a ver a Pulpi. Qué gran jugada, tarado».
—Piensa. —Empecé a caminar y traté de juntar calor en el cuerpo—. Piensa, piensa, piensa.
La puerta no tenía cerraduras a propósito, para asegurarse de que no hubiera ningún tipo de accidente. Eso significaba que… Golpeé la puerta con el puño con fuerza.
—¡¿Quién anda ahí?!
Quienquiera que fuese, conocía mi guarida de memoria y tenía acceso abierto a mi casa. Golpeé con mi puño con una fuerza descomunal, en el intento de que esa fuerza me sacara de allí.
—Dejadme salir.
Iba a matar al psicópata que estuviera detrás de aquello.
De hecho, me devané los sesos en busca de algún sospechoso, con la esperanza al menos de presenciar su muerte en mi cabeza antes de que me llegara la mía.
Por desgracia, no tendría ni el tiempo suficiente para preseleccionar a los veinte primeros.
Mi desesperación me crecía por dentro, me arañaba el pecho. «Cinco minutos y sumando».
Di otro puñetazo sobre la puerta.
—Dejadme —patada— salir —empujón— ¡de aquí!
El hielo se acumulaba en mi piel y una niebla blanca y gris nubló mi visión.
Empezaba a perder la claridad de pensamiento cuando la puerta se abrió con un chirrido.
Dos manos feroces me tomaron con fuerza y me arrastraron fuera de la cámara.
Mis ojos daban vueltas dentro de las órbitas y la oscuridad me cubría la visión por completo mientras esas manos me llevaban hasta la ducha horizontal del gimnasio de mi casa.
El agua caliente golpeó mi piel cuando abrieron todas las alcachofas, que dispararon chorros a máxima presión sobre mi espalda.
Tuve unos cuantos espasmos; el cuerpo intentaba aclimatarse de nuevo a la temperatura normal.
Poco a poco, mi vista regresó, como si fuera una cámara ajustando el enfoque.
Oliver estaba sentado en la tumbona climatizada, vestido con una bata de satén dorada y una sonrisa de satisfacción.
Me lancé hacia él a la velocidad de una larva.
Él bostezó, bajó del sillón del spa de un saltito y me empujó hacia atrás casi sin esfuerzo.
No pude contraatacar, tenía el cuerpo demasiado débil de haber estado encerrado a esas temperaturas subantárticas.
Hizo girar los dedos de su mano por delante del rostro.
Di un puñetazo sobre la baldosa de mármol —una idiotez— y me arrepentí al instante.
—Psicópata. —Poco a poco, se me empezaron a descongelar los nervios. Justo a tiempo para que el dolor se me disparara por todos los nudillos—. Me podría haber muerto.
—Podrías. —Oliver se inclinó para comprobar la temperatura del agua—. Y, a juzgar por las últimas tres semanas, parecía que lo quisieras. Has perdido todo deseo de vivir, Zachary, nene. Tenía que recordarte que la vida es un don precioso. Es mi deber moral como amigo.
—Te voy a matar —le escupí, con el cuerpo aún en proceso de descongelación bajo el torrente de agua, cobrando vida lentamente. No recordaba que me hubiera desvestido antes de lanzarme debajo del chorro y, sin embargo, estaba completamente desnudo.
—Eso me lo dicen a todas horas. Tú me amas, y lo sabes.
—No te…
—El problema es que la amas también a ella y no estás dispuesto a sacar la cabeza de tu mierda de enredos y hacer lo que hay que hacer.
—Qué, según tu opinión, sería… —Entrecerré los ojos y me agarré de los bordes de la ducha.
Oliver cruzó una pierna sobre la otra.
—Cancelar esa boda falsa, para empezar. Sabes que odio las malas inversiones: no voy a enviarte un cheque ni comprarte un regalo de la lista solo para ver cómo te divorcias más rápido que Britney Spears de Jason Alexander.
—¿Ese es el de Seinfeld ?
—Es lo que piensan algunos, pero no. Es otro. —Ollie se puso de pie y caminó hacia mi bata. La recogió del suelo y me la arrojó.
Me desplomé sobre la cama, abandonando el plan de resistirme.
—He cancelado la boda.
—Y, sin embargo, ayer recibí la invitación.
—Y estoy buscando a Eileen por todas partes.
—Ambos sabemos quién es tu mejor opción para encontrarla.
—Mamá nunca me lo dirá.
—Ejem… Me pregunto cuál es la otra mujer que prácticamente vive a tu lado. —Retomó su lugar en la tumbona climatizada y cruzó las piernas—. Hay quienes la llamarían segunda madre.
—Celeste Ayi. Ah… —Claro. Durante años me había acostumbrado a asumir que no sabía nada sobre nada, al punto de que ni se me ocurría que tenía ojos y oídos y la incapacidad absoluta de guardar un secreto si se la presionaba lo suficiente.
Oliver dio un chasquido con los labios en un gesto de hastío al verme salir de la ducha como una flecha y meterme en la bata con un estremecimiento.
—Eileen es algo que no debió haber pasado nunca. Tenerlo todo con alguien que no significa nada para ti no es tenerlo todo para nada. No hay ningún logro en eso. Si tan solo…
Tendría que terminar ese monólogo frente a su público de seguidores sometidos.
Yo tenía una tía caótica a quien rastrear.