Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2) Capítulo ochenta y dosFarrow
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Capítulo ochenta y dosFarrow

Capítulo ochenta y dos

Farrow

«Cambio» . La palabra estaba sentada sobre la punta de mi lengua como un peso, esperando caer. Podía contar todos los acontecimientos importantes de mi vida con los dedos de una mano.

Y al pensar en cada momento, me daba cuenta de que nunca había hecho una sola cosa por mí misma. Nada intencionadamente. Quizás mudarme a Seúl podría considerarse un acto de amor propio, pero había tomado esa decisión después de años de súplicas de Vera, Reggie y Tabby.

Lo cual me llevaba a mi nuevo apartamento: un pequeño monoambiente en Gaithersburg, dentro de Maryland.

Seguro. Pintoresco. Con macetas rebosantes de peonías, dalias y margaritas, que se derramaban por sobre el tejado de la panadería italiana que había debajo.

El edificio de ladrillos rojos me traía un poco de calma en el caos que era mi vida.

Era acogedor. Nostálgico. Y el primer regalo verdadero que me hacía a mí misma.

Extrañaba a Zach. Cada maldito día. A veces, hasta me metía en YouTube para verlo en las entrevistas viejas, y me aferraba al sonido frío y ronco de su voz.

La forma en que su mandíbula cuadrada se contraía cuando recibía una pregunta difícil, y la sonrisa ladeada y despectiva que ofrecía cuando alguien esperaba una sonrisa de verdad.

Y a la vez, me sentía feliz en mi nuevo hogar.

Del mismo modo en que me había enamorado de un hombre, me había enamorado de la vida que había descubierto que podía construir para mí. «Lo único que falta ahora es él».

—Bueno, nena. —Dallas dio una palmadita sobre una caja de cartón sobre la mesa de café. Una sonrisa de satisfacción le iluminó el rostro—. Es la última.

Oliver se dejó caer en el sofá.

—Lo dices como si hubieras cargado algo.

—Y sí que he cargado . —Se acarició la barriga—. A mi hijo.

Había trasladado la mayoría de mis cosas por partes desde hacía una semana en los espacios de tiempo en que no practicaba con Anna, y Dallas me había ayudado hoy con lo que me quedaba.

Había rechazado todas las cosas que ella quería pasarme y que no usaba aunque eran preciosas porque quería sentir que esa casa me pertenecía.

Una mesa de comedor antigua para dos, una cortina de segunda mano hecha en París, mi primer colchón comprado de primera mano en toda mi vida…

Naturalmente, el sitio parecía una mezcla entre IKEA y un rastrillo; una mezcla regurgitada, por cierto.

Y me enloquecía de felicidad. Me recorría la espalda un entusiasmo que era como una corriente eléctrica de emoción.

Ahora entendía por qué la gente quería tener cosas completamente propias: era revitalizante.

Desde el otro lado de la puerta principal, oí unos pasos que subían por la escalera angosta.

—Te has olvidado una cosa. —Era Romeo.

Tomé el teléfono mientras Dallas se levantaba para dejarlo entrar y contesté a la llamada de Ari con el ceño fruncido.

—¿Está todo bien? ¿No es super tarde allí?

—Dime que estás camino a tu casa.

—Ya estoy aquí. —Me mordí el labio y luché contra una nueva oleada de pánico. ¿Sería una emergencia?—. ¿Por qué? ¿Ha pasado algo?

—Nada malo. —De hecho, sonaba emocionada—. Pero necesito que firmes la recepción de una entrega.

—¿Una entrega? —dije en un gemido—. Amiga, por favor, basta de velas. Entre Dallas y Frankie tengo velas perfumadas suficientes para toda la semana de Pascua.

La risa de Ari llenó el otro lado de la otra línea… Y mi pecho.

—No son velas.

—Bueno, ¿qué es…?

Dallas abrió la puerta de golpe y me interrumpió al revelar a Romeo, al otro lado de la puerta, que arrastraba algo pesado. Tenía el ceño muy fruncido, muy incómodo de haber sido relegado al rol de repartidor.

—¿Sigues ahí? —se quejó Ari—. Quiero que lo abras antes de irme a dormir.

Romeo dejó la caja gigante en el centro del apartamento. Había una cantidad de agujeritos que salpicaban la mayor parte de la superficie. Me acerqué a la caja y tiré de la cinta.

—Estoy abriéndolo —le dije, en el mismo momento en que mi regalo decidió presentarse con un ruido estridente que sonó como un «guau». ¡Oh! Dios… mío.

Arranqué la tapa, chillando mientras Ari se reía en el fondo.

Me saltaron más ladridos a la cara. Recogí un embalaje de dentro de la caja y lo abrí de golpe.

Un par de ojos negros me miraron desde el fondo, rodeados por una bola de rizos del color del alquitrán.

De no ser por la lengua rosada que salía en un rollo de la boca, hubiera pensado que el regalo era una bola de pelos gigante.

—Es un…

—Un cockapoo , un cruce entre cocker spaniel y un caniche. Un cachorrito rescatado de un refugio. ¿Te puedes creer que no lo haya acogido nadie en un mes?

—¡¿Qué?! —Le apreté la nariz húmeda contra la mía y le di un beso—. La gente es tonta. Es perfecto.

—Sabía que dirías eso. —Podía oír la sonrisa en el rostro de Ari—. Ahora que no está Vera en tu vida para molestarte por el desorden o los pelos, aquí tienes al perro de tus sueños.

—No puedo creer que te hayas acordado.

—Por supuesto que me he acordado, eres mi mejor amiga.

Dallas dejó que el cachorro le mordisqueara el dedo y le dijo:

—Bienvenido a la familia.

—Zach va a cagarse en los pantalones. El tipo detesta el desorden. —Oliver saltó del sofá—. ¿Por qué no lo llamas Dogstoevsky? Servirá para curar las heridas cuando vuelvas corriendo a sus brazos.

—No le va a poner ese nombre —dijo Dallas y lo apartó de un codazo para quitarlo de en medio—. ¿Qué tal Mary Cockins? Como es mitad cocker …

Sentí un temor genuino por sus futuros hijos.

Besé al perrito en la cabeza.

—Os presento a Vezzali: la mejor esgrimista de todos los tiempos.

Como si fuera una señal, metió la cabecita debajo de mi mentón y me miró con adoración, confirmando que seríamos el uno para el otro de por vida.

Me propuse no llorar. No iba a llorar. Pero entonces Vezzali empezó a lamerme la cara y a mover la cola en mis brazos tan fuerte que me golpeaba como si fuera un bate de béisbol.

Se le balanceaba todo el cuerpo de un lado para otro.

Tan ligero, tan pequeño y tan increíblemente peludo, que se convertía en el compañero de cama perfecto.

—No, no. ¿Qué es esa cara? —Dallas sacó el labio inferior—. Como si estuvieras a punto de llorar. No estás a punto de llorar, ¿no? Porque estoy demasiado hormonal y me pondré a llorar a mares contigo.

—No estoy a punto de llorar. —Las lágrimas me colgaban de las pestañas del borde inferior de los ojos.

«Maldita sea» . Pero eran lágrimas buenas y purificadoras, de alguien que al fin tenía un hogar.

Mis ojos rebotaban entre Dallas, Vezzali, Oliver y hasta Romeo.

Después de veintitrés años, por fin había aprendido que un hogar no tenía por qué ser un lugar; podía ser una persona.

—Ay, no. —Dallas se tapó la boca con las manos; las lágrimas le caían a ella también.

Pero, en su caso, empezó a sollozar y a refregarse las mejillas sin siquiera intentar detener la inundación.

Se arrojó a mis brazos y me abrazó—. ¿Por qué lloramos?

—Saltaba sin parar, chocándose con Vezzali con la barriga—.

¿Tengo que matar a Zach? He oído que la comida en prisión es terrible, pero te quiero demasiado como para no hacerlo.

Me la desenredé despacio y limpié los ojos de ambas con mis mangas.

—Son lágrimas de felicidad.

Vezzali ladró para expresar que estaba de acuerdo. Y yo era feliz. Tan tan feliz. La única pieza que faltaba estaba sentada en la mansión de Dark Prince Road, probablemente rumiando como solía, contando los días que faltaban para nuestro reencuentro.

—Oh, Fae. —Una nueva oleada de lágrimas corrió por las mejillas de Dallas.

Me dio miedo de que se le adelantara el trabajo de parto. Ya de por sí, Romeo parecía listo para colgarme de la azotea. La tomó en sus brazos, la abrazó y le frotó la espalda.

—Gracias a Dios que no estás llorando de tristeza.

—Ella se soltó de Romeo, tomó su bolso de la isla de mi cocina (solo de pensar en eso me entraban ganas de bailar: era mi isla de cocina) y cogió un paquete de pañuelos sin abrir con los que se secó los ojos—.

El puesto de comida de abajo cierra en menos de una hora y pensaba que no llegaríamos a tiempo.

¿Sabías que venden fettuccini recién hechos cocidos en una rueda de queso parmesano? ¿Nos necesitas para algo más?

Me reí y negué con la cabeza, preguntándome si se había puesto a llorar por mis lágrimas o por la idea de perderse esa comida.

—Disfruta del plato de fettuccini , nena —dije.

—¿Qué plato? —Miró al techo con gesto de asombro—. ¡Pienso comprarme la rueda entera! Este trimestre me muero de antojo por los carbohidratos.

Entonces, ella y los chicos se fueron en una ráfaga de besos al aire, refunfuños y chistes verdes. Dallas Costa, damas y caballero; el equivalente humano al día de verano más dulce.

Cerré la puerta dando un suspiro, fui hacia mi nevera nueva y abrí una lata de refresco. Me senté en mi horrible pero adorable sofá a cuadros amarillos y morados —mi hallazgo favorito de segunda mano— y deslicé los dedos por mi viejo portátil, para revisar los correos electrónicos.

El primero: Reggie y Tabby, que me rogaban que aceptara una oferta muy baja por la casa; se habían mudado del motel a la casa de una tía lejana en Virginia Occidental y querían irse de ahí lo antes posible.

Después, acepté un trabajo fácil con un viejo cliente de Mary Limpia Maryland.

Los dos empleados que Vera no había llegado a echar necesitaban un trabajo estable, así que me había quedado con la empresa hasta decidir qué quería hacer.

Y por último, había un correo electrónico de un desconocido; un esgrimista sin clasificación que quería competir a nivel nacional.

Había oído los rumores de que Anna había superado su categoría en la última competición y pensaba que no estaba de más pedir ayuda.

Sonreí, halagada y le escribí mi respuesta.

Una sola palabra, en letras mayúsculas, y en negrita: un gran SÍ.

Empezaba una nueva vida para mí. Una que había empezado yo sola desde cero.

Una vida que amaba. Y, sin embargo, la caja de zapatos apilada en aquel rincón me atormentaba.

Semanas atrás, Romeo y Oliver habían recogido mis cosas de la casa de Zach y me habían dicho que él las tenía en mi habitación; lo que significaba que no había querido decir lo que yo pensaba cuando había dicho que encontraría mis cosas en el garaje.

Y aun así… tenía miedo de descubrir los secretos que había detrás de esa llave.

Porque también le había dado otra llave a Zach: la de mi corazón.