Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2) Capítulo ochenta y unoZach
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Capítulo ochenta y unoZach

Capítulo ochenta y uno

Zach

En relación con mi futuro fallecimiento, siempre me había preguntado cuándo sucedería.

Y no si sucedería. Ni cómo. Sino cuándo .

Parecía inevitable. En abril, iba a cumplir treinta y cuatro años, la edad que tenía papá cuando murió.

¿Cómo podía ser que él (más grande que la vida misma, un pilar de la comunidad y mi ídolo) viviera menos que yo?

La respuesta: era imposible.

Y así fue como dejé de molestarme en simular que era un ciudadano de lo más honrado de la sociedad y ni siquiera me preocupé de seguir participando en la civilización.

Sucumbí a la idea de mi muerte e iba de un restaurante a otro y de un hotel a otro, a la caza de la pesadilla de mi existencia: Eileen Yang.

El problema era que no sabía nada sobre ella: no sabía lo que le gustaba y lo que no, dónde se tomaba un café o pasaba el tiempo.

Todo lo que sabía era que se había tomado el año sabático y se había desvanecido en el puto espacio de lo desconocido.

Se lo había hackeado todo: las tarjetas de crédito, intactas; las redes sociales, silencio total; el correo electrónico, todo contestado salvo a mí.

Tom se reclinó en mi sofá y apoyó los pies en el reposabrazos.

—Está lejos de cualquier red de suministro.

—¿Qué? ¿Te parece divertido?

Lanzó una pelota antiestrés al aire y la atrapó de nuevo.

—¿No queda nada del Zachary Sun que conozco?

Me rocé la mandíbula con los nudillos, desde donde me saludaban unos milímetros de barba crecida.

—Lo único que pasa es que hace un par de días que no me afeito.

—Lo único que te pasa es que tienes la crisis de los cuarenta. —Dejó caer la pelota que rodó por la alfombra—. ¿Qué mierda te pasa?

Qué mierda, tal cual. Hacía seis días que había renunciado a toda normalidad, tenía todas mis reuniones, citas y proyectos cancelados.

Por no hablar de Oliver y Romeo, a quienes evitaba como a la peste.

Me pasaba el día mirando por la ventana, con la esperanza de ver pasar a Farrow en su coche.

(Pasó una vez y no le vi la cara, pero conocía ese culo como la palma de mi mano).

Y, por la noche, vagaba por los pasillos de la mansión, desesperado por capturar alguna bocanada de su aroma que aún permaneciera en el aire.

Y entre ambas cosas, perseguía a mi futura exprometida como un desquiciado, en la desesperación por ponerle fin a esta locura. «Ya basta». Me levanté como un rayo.

Tom bajó los pies y se incorporó en su asiento.

—¿A dónde vas?

—A su apartamento. —Salí disparado al pasillo, dando zancadas que eran dos pasos en uno.

—¿A Nueva York? —Me alcanzó al trote y empezó a agitarse; siguió—: No estará allí. Mandé a un amigo a comprobarlo en persona.

Aun así, tenía que hacer algo. Lo que fuera con tal de enderezar ese lío que debería haber resuelto hacía tiempo.

Tom dejó de perseguirme cuando doblé la esquina y me metí en mi segundo garaje.

Debí asustar mucho al pobre Ian, con mi cara sin afeitar, porque blandió las llaves por delante como si fuera un arma; era mi chófer y le tomó un momento reconocer a su propio jefe, al menos pasaron unos veinte segundos hasta que bajó las llaves.

—¿Señor Sun?

—Al aeropuerto. —Me deslicé dentro del coche y tomé un vaso del minibar—. Cuanto antes.

Tenía planeado ahogarme todo el viaje en mi propia miseria y cientos de vasos de whisky , lo suficiente para llenar una piscina olímpica.

A través del vidrio divisor, el reloj me miraba con ojos fijos.

Me dije para mis adentros que beber antes de las nueve de la mañana me convertía en pirata y no en alcohólico; y que presentar dudas en cuanto a sobriedad era una característica muy generalizada, y no un defecto, para un multimillonario casi retirado.

Para cuando aterricé en Nueva York y aparecí en el edificio de Eileen, no podía mantenerme en pie.

A un metro de mí, había un niño que sostenía a su perro por la correa con fuerza; luchaba por mantener quieto al labrador que no paraba de ladrarme.

—Mami, Smithy no para.

Su madre se inclinó y logró hacer callar al cachorro y, al mismo tiempo, negó con la cabeza.

—Siempre hace esto frente a alguien extraño.

«Listo, era el punto más hondo del hundimiento».

Y, sin embargo… De algún modo yo sabía que aún me quedaba un largo camino por recorrer antes de tocar el fondo verdadero. Trece días, para ser exactos.

Debería haberme tomado más en serio lo de imaginarme mi muerte futura.

Porque, de hecho, no parecía manifestarse en forma de un accidente fatal.

Sino que se manifestaba en forma de corazón maltrecho, en los intentos patéticos de un hombre trastornado por volver a poner las piezas en su lugar.