Capítulo ochenta y cincoZach
Capítulo ochenta y cinco
Zach
El tiempo se deslizaba como un monstruo escondido en las cloacas.
Cada día se asemejaba a tres inviernos. No quería hacer otra cosa que arañar las paredes que constantemente parecían cerrarse sobre mí.
A pesar de la repentina revelación de cómo sacarle la información a Celeste —¿quién sabía que las emociones podían nublar la lógica hasta el punto de hacernos alcanzar la estupidez?
—, aquel no era mi descubrimiento científico favorito ni tampoco importaba demasiado si no podía encontrar a la maldita mujer.
Me había pasado todo el día anterior y toda esa misma mañana rastreándola, solo para que Natalie, de entre todas las personas, fuera quien diera en el clavo.
—¿QUE ESTÁ DÓNDE ? ¿QUÉ MIERDA ES ESO? —rugí en el teléfono, en parte para que me escuchara por encima del chicle que Natalie comía siempre ahora, y también porque Celeste Ayi había elegido el único momento de la vida en que la había necesitado cerca para escaparse a un spa en el lugar más alejado que había encontrado.
—Celeste está en Chiang Mai con Constance. —Natalie puso la voz nasal como las hermanas Kardashian, y anhelé con todo mi ser que fuese la trillonésima hermana, así se iba bien lejos, a Los Ángeles o a la mierda, me daba igual con tal que fuera lejos de mí—. Es una ciudad en Tailandia.
—Ya sé dónde es. —Me arranqué el abrigo de los hombros y pateé la puerta de mi casa como un niño de tamaño y fuerza considerables. Parecía sospechosamente conveniente que Ayi y mamá estuvieran en otro lugar mientras yo intensificaba mi búsqueda de Eileen—. ¿Y qué demonios hace allí?
—Ha dicho que está meditando. —Algo crujió entre sus dientes; adiós a la profesionalidad.
—Pero si ella no medita. —De hecho, mis únicos recuerdos en un templo eran los días en que nuestra cocinera tenía libre y mi madre me obligaba a comer ahí.
—Ha dicho que usted diría eso… Y que te dijera que ha decidido intentarlo; que no le ve el sentido de quedarse en casa porque igual no festeja la Navidad.
Me quité los zapatos y los lancé por el aire.
—¿Y cuándo has hablado con ella?
—Emm. —Podía casi imaginar a Natalie retorcer un cable invisible de teléfono alrededor del dedo mientras pensaba la respuesta—. Justo antes de mi hora de salida. ¿Quizás hace unas doce horas?
Justo cuando acababa de acorralar a uno de los primos deportistas estrella de Eileen, y de amenazarlo con hacerle tanto daño en las piernas que quedaría arruinado para todo futuro posible en el deporte. Mamá debió darse cuenta de que estaba a pocos segundos de perder la cabeza.
Subí a mi dormitorio como una tromba.
—¿Y cómo no me lo has dicho?
—Se lo estoy diciendo ahora.
Me apreté el puente de la nariz.
—¿En qué hotel se aloja?
—Yo no…
—Sí que lo sabes. Basta de estupideces. Sé que te paga un extra para que le reserves los viajes personales.
Natalie esbozó un gruñido. Esa mujer era tan entrañable como una hemorroide del tamaño de una nuez.
—Está bien. Le enviaré el enlace del hotel.
—Prepara mi avión. Voy para allá.
Tardaría unas treinta y seis horas de ida y vuelta en mi jet privado, lo que me dejaba unos dos días para negociar con ella y luego volver a tiempo con Farrow. Era arriesgado, pero tenía que hacerlo.
Había empezado a preparar el equipaje y las cosas esenciales para un viaje rápido cuando me encontré con un silencio inoportuno. Mi sonido favorito, por lo general. A menos que viniera acompañado de una sensación de derrota prematura.
Me detuve en seco delante del perchero.
—¿Natalie?
—Eh…
—Escúpelo de una vez.
—Se han llevado su avión.
—¿SE HAN LLEVADO MI AVIÓN? —gritó.
—Sí. —Al menos tuvo los modales de parecer avergonzada—. Han dicho que usted no iba a necesitarlo.
—Ah, pero qué suposición más arriesgada.
Me di cuenta de inmediato del plan de mamá: quería asegurarse de que no tuviera modo de llegar a ella, y asumió que yo jamás tomaría un vuelo comercial por considerarme por encima de algo así. Tomé el teléfono y disparé un mensaje:
Zach Sun: Necesito un avión CUANTO ANTES.
Romeo Costa: Dallas se ha llevado el mío. Está con Frankie en una cata de quesos por Italia, cortesía de Constance.
Ollie vB: Parece que esta Navidad alguien está muy caritativa.
Ollie vB: A mí me ha conseguido entradas para un show sexual hiperexclusivo en Berlín. No podía no ir.
Qué meticuloso lo de mi madre, como era de esperarse. Un vuelo comercial añadiría otras dos horas por trayecto. Cuatro si llegara a haber una escala.
Llevé el teléfono de vuelta a mi oreja.
—Natalie.
—¿Sí?
—Resérvame un vuelo a Chiang Mai. El primero que salga.
—¿Justo en el día de Navidad? Eso sí que va a ser una misión. —La escuché que ya tecleaba en el ordenador—. El primero en salir no tiene lugar en primera clase. Solo turista.
—Resérvalo.
Me llegó un jadeo desde el otro lado de la línea y me penetró el oído. ¿Realmente estaba tan alejado de la sociedad en general?
—¿Está seguro?
—Estoy segurísimo —respondí exactamente en el mismo tono.
—De acuerdo. Estoy reservándolo ahora mismo.
—Gracias. Ah, y Natalie…
—¿Sí, señor Sun?
—Este es su aviso de despido. Sus dos semanas comienzan ahora.
—No puede hacerme esto —gritó, sin siquiera preguntar por qué. Totalmente inconsciente de que las últimas semanas había mantenido su empleo de casualidad, porque simplemente había estado demasiado jodido como para acordarme de despedirla antes.
—Sí que puedo. Intentaste robarme esperma.
—Lamentabl… —trató de terminar la frase, pero no la dejé.
—Feliz puta Navidad. Y no vuelvas a presentarte por aquí.