Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2) Capítulo setentaFarrow
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Capítulo setenta

Farrow

Al final decidí que lo que más extrañaría sería la pintura de la francesa desnuda que se preparaba para el baño.

Casi tanto como para pedirla de recuerdo, pero supuse que eso iría en contra de mis planes.

Yo me dedicaba a memorizar la fila de cuadros del despacho de Zach mientras un médico me curaba las heridas inexistentes.

Las verdaderas no podían curarse con un estetoscopio y un botiquín de primeros auxilios.

Necesitaba tiempo, pero me curaría. Lo sabía.

Zach daba vueltas alrededor, preocupado por cada moretón como si fueran heridas mortales tras una pelea con un animal salvaje.

—Está bien. Solo son unos rasguños. —El doctor Sullivan dejó a un lado el hisopo con que me inspeccionaba—. No hay nada importante. —Después, hizo una pausa y dijo—: No es tan grave como rebanarse un dedo.

Ah. De ahí lo conocía. Era el médico de cabecera de la familia de Oliver, el que había atendido a Brett hijo después del incidente de la cocina. Cuando terminó, Zach lo acompañó a la puerta y volvió unos minutos después.

Señalé con la cabeza a la mesa de go.

—Debemos continuar nuestra partida ahora.

No tenía sentido posponerlo.

—¿Llegas tarde a algún sitio?

—¿Y si te digo que sí? —Levanté una ceja y metí un dedo del pie en el agua. Sentí que se me hacía un nudo en el estómago.

—Depende. ¿A dónde? —Hizo una pausa—. Y, por el amor de Dios, no digas Monowi.

—Tú no crees en Dios.

—No, pero lo que sí creo es que hay alguien en el universo que juega con mi vida. —Se ubicó en su asiento de siempre en la mesa—. Pero, en serio: si llegas a decir Monowi, quizás salgo a bombardear la ciudad.

Me acomodé en la tapicería lujosa y levanté la tapa de mi bol.

—¿Cómo lo harías?

Me daba cuenta de que nuestra conversación se había convertido en algo de lo más ligero. Como si ambos quisiéramos escapar del problema obvio que se nos venía encima.

Como siempre, tomó una piedra con modales de go perfectos.

—¿Te olvidas acaso de que el vecino es traficante de armas?

Contrarresté su movimiento con el más despiadado que se me ocurrió.

—Bueno, está bien. Supongo que le perdonaré la vida al único residente de Monowi —dijo. Y frunciendo el ceño ante el tablero, añadió—: Esto podría durar toda la noche.

—Tengo buena resistencia.

—Es posible, pero planeo agotarte a fuego lento hasta el final.

—Seguimos hablando de la partida, claro.

—Claro.

Cuatro horas más tarde, él tenía el control del tablero. Ninguno de los dos había dicho una palabra durante todo ese tiempo; solo nos habíamos concentrado en las piedras. Parecía sumido en sus pensamientos cuando por fin reuní el valor de abordar el tema.

Me recliné en el asiento, junté los dedos sobre el regazo y le dije:

—Renuncio.

Levantó los ojos del tablero de golpe.

—¿Cómo dices?

—No me quedan movimientos. —Separé los dedos y señalé a las piedras—. Felicidades, has ganado.

—¿He ganado?

—Así es. —Asentí e hice todo lo posible por no derretirme en la nada—. Has ganado el colgante de manera limpia y justa.

«Lo siento, papá. ¿Te he decepcionado?».

En algún momento, Zach y yo habíamos acordado aprovechar el colgante como premio.

Con el tiempo, el juego se había convertido más en entretenimiento y disfrute que en competición.

No creo que ninguno de los dos nos diéramos cuenta en realidad de lo que habíamos hecho.

A juzgar por la tensión que tenía Zach en los hombros, debía haberse olvidado de que jugábamos por el colgante.

—Farrow.

Negué con la cabeza y me levanté. Tenía la intención de despedirme del colgante una última vez.

Pero a los pocos pasos, me di cuenta de que solo había un colgante en la vitrina.

Y no era el mío. La reacción que tuve fue muy tibia y me sorprendió.

Pensé que me echaría a llorar, que me daría la vuelta y le exigiría explicaciones.

Pero todo el asunto con Vera me había succionado el cráneo y me había cableado las neuronas de otro modo.

Vera, Reggie y Tabby se pasaban la vida acumulando objetos materiales, sin poder saciar sus ansias de lujo.

Cometían delitos, les arruinaban la vida a las personas y jamás comprendían el daño que causaban.

No quería ser como ellas. ¿No me hubiera encantado recuperar todas las cosas que Vera había subastado?

Sí, con cada fibra de mi ser. Pero me negaba a que la ausencia de ellas me dictara mis emociones.

Si me concentraba solo en lo que no tenía, jamás sería capaz de apreciar lo que sí tenía.

—Háblame, Farrow.

—Tomemos una copa. —Me desvié hacia el carrito del whisky , serví dos vasos y me senté sobre el escritorio de Zach, balanceando las piernas—. Creo que lo necesitamos.

Se me acercó, ignoró la bebida que le ofrecía y se paró entre mis piernas. Apoyó el mentón sobre mi hombro. Unos meses atrás, no podía ni apoyarme el meñique sobre el cuerpo.

—¿Qué pasa dentro de esa cabeza caótica tuya?

«Todo lo que creía saber sobre mi pasado es falso.

No sé quién soy. Ni cuál es mi propósito en la vida ahora que la esgrima no está y se ha hecho justicia.

Tengo miedo de convertirme en Vera y priorizar todas las cosas equivocadas.

Y creo, con cada milímetro de mi alma, que soy mejor para ti que Eileen, pero no quiero sumergirme en una relación sin antes saber quién soy».

En vez de eso, me conformé con una frase muy simple:

—Me temo que lo que estoy a punto de pedirte es egoísta.

—Quiero que seas egoísta. —Rodeó mi muñeca con los dedos y levantó la bebida hacia sus labios, tomando un sorbo exactamente donde yo había dejado una marca de bálsamo labial—. Considera que soy tu genio de la lámpara; tus deseos son órdenes.

—Cuéntame algo sobre pulpos —le dije, acobardándome en el último minuto.

«Hazlo de una vez, pedazo de gallina».

—Ah… —Zach enterró la nariz en mi pelo e inhaló el aroma de mi champú (que, siguiendo mi estilo, resultaba ser el suyo)—. Si esa es tu idea de lo que es una petición egoísta, tendremos que revisar el diccionario.

—Por favor.

Cerró los ojos, se despejó las ideas y me pregunté si pensaba que esta sería la última vez que me daba un dato curioso sobre el pulpo. Se le abrieron los ojos y dijo:

—Los pulpos tienen ocho tentáculos.

—Guau, quién lo hubiera dicho. —Le golpeteé la frente con un nudillo—. Con razón tienes esa fama de ese coeficiente intelectual de más de 200.

—Todavía no he terminado, mocosa. —Me dio un toque en la punta de la nariz—. Me sorprende que hayas logrado sobrevivir veintitrés años con toda esa paciencia.

—Lo siento. —Con mi mano libre, hice el gesto de cerrarme los labios con un candado y de arrojar la llave.

—Siento contradecirla, señorita, pero sé que no lo siente. —Levantó la llave imaginaria del suelo y la usó para abrirme los labios—. Tengo muchos planes para esa boca suya y para todos tiene que estar abierta.

Me froté los nudillos contra la mejilla, para ir en contra del calor que me subía.

—Continúa —le pedí.

—En chino mandarín, la palabra «cuatro» suena igual que la palabra «muerte», por eso el cuatro es el número de la mala suerte en la cultura china; yo nací el cuarto día del cuarto mes del año.

Y el ocho, por otro lado, es el número de la suerte.

—Zach retrocedió hasta que quedamos enfrentados nariz con nariz, a escasos centímetros de distancia—.

Tú eres mi amuleto, Farrow Ballantine. Hasta el universo sabe que te necesito.

Nunca había estado más cerca de decirme que me amaba. El corazón se me rebeló contra el cerebro, y amenazaba con salirse de las arterias y saltar sobre Zach. «No lo hagas», suplicaba con cada latido. «Detente».

—Quiero un premio de consolación. —Señalé con el pulgar al tablero de go—. Por perder la partida.

Él arqueó una ceja.

—¿Esa es la petición egoísta?

Asentí con la cabeza.

—Prométeme que…

—Te lo prometo.

—Ni siquiera he dicho cuál es la promesa.

—Lo que quieras de mí es tuyo.

Suspiré y le eché un vistazo a la vitrina vacía donde debía estar mi colgante junto al suyo.

«Lo que fue hecho para ti no te lo puede quitar nadie».

Bajé el mentón y miré al suelo. Dije las palabras en una sola respiración:

—Prométeme que no te pondrás en contacto conmigo durante un mes entero.

—¿Perdón? —Se quedó quieto como una estatua, era aterrador verlo—. ¿Y si no puedo vivir sin ti?

—Lo hiciste durante treinta y tres años.

—Eso era antes. Y casi no era vivir.

—Ni siquiera estamos saliendo.

—Empecemos.

—Estás comprometido.

—Voy a romper el compromiso con…

Levanté una mano y lo interrumpí:

—¿Puedo explicarme?

—Sí. —Su rostro expresaba un grado de reticencia que solo podía compararse con la de un niño pequeño enfrente de un plato de coles de Bruselas.

—Estas manos sostenían espadas y arrebataban sueños. —Me miré las palmas de las manos extendidas frente a mí—. Ahora no tienen más que… un vacío .

—Puedo conseguirte un lugar en las Olimpíadas.

—Aun si pudieras hacer algo como eso, no sé si es lo que quiero. No sé lo que quiero en general, ahora que Vera y Andras están arrestados, que mi reputación está arruinada y que he descubierto que mi padre renunció a todo por mí.

Zach le dio un pequeño tirón a la manga de mi camisa.

—Su muerte no es tu culpa —dijo.

—Lo sé desde la lógica, pero necesito tiempo para aceptarlo. Tiempo, Zach. Eso es lo que pido. Para sanar, para darme cuenta de quién soy y para conocerme lo suficiente para saber lo que quiero. Tengo tanto miedo de convertirme en Vera y de empezar a ir detrás de todas las cosas equivocadas…

—Tú no tienes absolutamente nada en común con Vera.

—Pero cada gramo de mi ser teme convertirse en ella.

Le apoyé una mano en el pecho y lo estudié con cuidado. Se veía tan frustrado, tan enfadado, tan confundido, que quise abortar la misión, dar marcha atrás y saltarle a los brazos. Pero no pude.

—Te amo, Zachary Sun.

«Mi primer amor. Y el único. Por siempre».

Yo sabía, incluso antes de decirlo, que era verdad. Me había enamorado de él como en cascada, en una cascada de nieve. Cuanto más caía, más fría estaba.

—Farrow…

Volví a levantar la mano y quise bajarla de inmediato porque parecía que iba a incendiarse en ese mismo acto.

—No estoy esperando que me digas lo mismo —contesté—. De hecho, no quiero que lo hagas. No ahora, al menos. Solo quiero que sepas que te amo.

—¿Por qué? ¿Por qué me amas?

—No lo sé. —Se me subió el calor por las mejillas hasta la punta de las orejas—.

No quiero decir que sea porque me ayudas, porque me haces sentir bien o porque no puedo pensar en otra cosa desde hace días.

Esas razones me parecen superficiales. —Sacudí la cabeza y me agarré la nuca.

Y continué—: Si me lo preguntas ahora mismo, no puedo darte una respuesta real.

Solo eso: que te amo porque sí. Porque te amo. Nada más. Nada menos.

—Está bien.

—Pero no quiero contestar ahora mismo. No me conozco lo suficiente como para explicar qué es lo que amo de ti. Solo sé que te amo. Más de lo que nunca he amado ninguna otra cosa en la vida. ¿No debería al menos entenderlo mejor?

Todo lo que recordaba de mi vida eran peleas: peleas con Vera, peleas con Tabby y Reggie, peleas de esgrima, peleas con Zach .

No sabía quién era yo sin todo eso. Me quedé mirándome las zapatillas de Prada, uno de mis regalos de cumpleaños.

Chirriaban contra el escritorio de madera.

Necesitaba hacer un examen de conciencia profundo y ponerme en primer lugar antes de amar a nadie más.

Y él también tenía un desorden enorme que limpiar.

Inicialmente, había planeado contarle lo de Eileen, pero él tenía que escucharlo de ella.

Y si no lo hacía, si se quedaba con ella, entonces significaba que nunca habíamos sido el uno para el otro.

—Tomémonos un mes separados. Para lidiar con las cosas con las que necesitamos lidiar.

—Me incliné sobre su escritorio, tomé un rotulador rojo y le arrebaté el pequeño calendario que nunca usaba.

Marqué con un círculo la fecha dentro de un mes—.

Si me amas tanto como yo a ti, volverás conmigo, Zachary Sun. Te estaré esperando.

Parecía dispuesto a entregarme al doctor Sullivan para que me revisara el cerebro. Pero por fin consiguió refunfuñar:

—Si es lo que quieres.

Esbocé una sonrisa.

—No ves la hora de deshacerte de mí, ¿eh? —Por dentro, el corazón se me deshizo como una galleta rancia. Hubo un momento de silencio y después salté del escritorio y me metí las manos por los bolsillos, incierta de cómo despedirme—. Entonces, listo, diría yo.

No dijo nada. Esperé unos segundos más. «Di algo. Cualquier cosa» . No lo hizo. Con un suspiro, salí de la oficina y bajé los escalones. Justo cuando toqué la puerta principal con la mano, lo oí acercarse por detrás.

—Espera.

Me detuve, pero no me di la vuelta. Se me tensó el cuerpo cuando sentí algo deslizarse por mi mano. Una llave electrónica.

La giré en la palma de la mano.

—¿Qué es esto?

—Para el garaje.

Seguí sin girarme.

—¿Por qué?

—Hice dejar tus cosas ahí hace unos días.

«Oh, por Dios» . Me sentí como una idiota.

Aquí estaba yo, diciéndole que lo amaba, ¿y él había llevado las cosas a su garaje?

Solo habíamos estado separados una hora desde que aterrizamos, el tiempo que me llevó ir del aeropuerto a mi casa de la infancia y confrontar a Vera y Andras…

Hice un esfuerzo por no tirarle la llave y me quedé mirando el pomo de la puerta sin ver nada en realidad.

—Ah —le dije vagamente.

—Mándame un mensaje cuando quieras sacarlo de allí para que no esté en casa.

—Gracias.

Tenía que irme de ahí antes de ponerme a llorar.

Sin una palabra más, abrí la puerta y me lancé a la noche helada de invierno, sin estar demasiado segura de a dónde ir.

Había llegado a la mitad del camino —en dirección a la casa de Dallas— cuando di media vuelta, corrí de regreso a la puerta de entrada y planté un beso sobre el ventanal congelado que había al lado.

Podría haber jurado que, cuando me enderecé, vi una sombra alejarse del cristal desde el otro lado.

—Adiós, Zachary Sun. Espero verte en un mes.