Capítulo sesenta y nueveZach
Capítulo sesenta y nueve
Zach
Yo había desarrollado un sexto sentido después del accidente de coche: tenía la habilidad de ver la catástrofe antes de que ocurriera. Lo había sentido con la confrontación familiar de Farrow, y lo sentía ahora, que la llevaba a casa y ella miraba por la ventanilla perdida en sus pensamientos.
El olor desagradable del adiós flotaba en el aire como un perfume barato.
Según los términos de nuestro acuerdo, habíamos terminado.
Punto final. Yo podía tocar carne humana y Farrow había resuelto sus problemas familiares.
Los abogados se encargarían de cerrar lo que quedaba y envolverlo con papel de regalo.
Y, aun así, ninguno de los dos se atrevía a abordar el tema.
«A la mierda».
Di un volantazo y me detuve justo antes de llegar a Dark Prince Road. Ella no reaccionó, seguía mirando hacia los árboles en silencio.
—Farrow.
Nada.
Me desabroché el cinturón de seguridad, salí del coche y di la vuelta.
Abrí la puerta de su lado. Se me quedó mirando a la altura del hombro, sin enfocar los ojos en nada, y ese fue el segundo infarto de la noche.
El primero había sido al ver a Andras maltratarla.
Si Ollie y Rom no me hubieran despegado, yo estaría en una celda ahora mismo; y él, en la morgue.
Al fin me miró cuando la tomé en mis brazos y nos trasladamos al maletero del coche, donde había mucho espacio, y bajé el asiento trasero que se reclinaba y se convertía en una cabina plana.
—¿Qué pasa por esa cabeza tuya, Pulpi?
—Nada bueno.
—Imposible. —La apoyé en el asiento y encendí la luz del techo del coche—. ¿Qué te duele?
—Todo.
Por encima de ella sin tocarla siquiera, le rocé el hombro con mi pulgar, con toda suavidad, justo en el punto en que había visto a Andras agarrarla.
—¿Aquí?
Una lágrima diminuta y renuente se le derramó y se deslizó por la mejilla. No sollozó. No hizo ningún ruido. Solo asintió. Me incliné y la besé justo ahí. Después la vi cerrar los ojos mientras le pasaba la lengua por ese punto, para borrarle todo rastro de ese bastardo.
Recorrí después la nuca, donde la había golpeado contra la pared.
—¿Y aquí?
—Y el codo también.
Ella seguía mirando al techo mientras yo iba borrándole todo contacto de Andras que le quedara por el cuello, la cadera, la espalda, el pliegue del codo. Y durante todo ese tiempo, ella no volvió a decir palabra.
—Preciosa. —Cuando terminé, me aparté y simplemente me quedé mirándola así como estaba, extendida sobre el maletero, con el pelo salvaje del color del sol extendido por todos lados—. Eres jodidamente preciosa.
Los dedos de Farrow trazaron un camino sobre el tapizado de nailon.
—¿Qué piensas de Monowi?
—No sé de qué me estás hablando.
—Está en Nebraska.
—Suena bien.
—Es una población de un habitante.
—¿A dónde quieres llegar con esto?
«Por favor, no digas que quieres ir a Monowi».
—Solo pensaba en Monowi.
Quise echarme a reír, tal vez hasta gritar.
De haber podido elegir, sin embargo, hubiese ido a por un segundo round contra Andras.
Farrow y yo teníamos tanto de qué hablar…
y nos habíamos quedado en Monowi. Ella no me había dicho aún lo que fuera que necesitaba contarme sobre Eileen.
Y no había preguntado todavía por nuestro futuro.
Pero el instinto —junto con las pocas neuronas que me seguían funcionando en el cerebro y no habían quedado chamuscadas por el incendio de la ira contra Andras— me decía que la conversación iba a ser diferente esta vez, diferente de lo que hubiera sido si la hubiésemos tenido en el avión antes de que se terminara nuestro acuerdo.
Farrow apoyó una mano sobre las costillas.
—No hubiera podido vencer a Andras y Vera sin ti.
Me dejé caer sobre el trasero, estiré las piernas todo lo que pude y acomodé los muslos de Farrow sobre los míos.
—Sí que hubieras podido.
—No, no hubiera podido. Vera lo ha dicho muy claro. En el momento, le he contestado que podía sola con mis propias guerras, pero no es verdad.
—Sí es verdad. Siempre has sido una luchadora, toda la vida.
—Puede ser. Pero también es cierto que me apoyaba en mi padre sin darme cuenta. —Me buscó con la mirada—. Se gastaba todos los ahorros para financiarme la carrera de esgrima, una carrera que ya no existe.
—La opinión pública se ha inclinado a tu favor, tus amigos de la academia de esgrima han hablado con los medios y han contado las circunstancias. Una vez que lo de Vera y Andras salga a la luz, no van a poder seguir echándote en cara el haber perdido un partido sin importancia.
—Pues deberían hacerlo. Me equivoqué.
—Si quieres abandonar la esgrima, hazlo. A veces renunciar es más valiente que persistir. —Le levanté el mentón y la obligué a mirarme—. Pero no lo hagas por miedo de lo que piensen de ti, es una idiotez. Y tú eres más fuerte que eso, Farrow Ballantine.
—No voy a renunciar. Bueno, no lo sé todavía.
—Suspiró y tiró de los hilos sueltos del tapizado de nailon del suelo del maletero—.
Supongo que me creía muy independiente, porque vivía por mi cuenta y luchaba contra Vera a mi manera…
Pero, en realidad, tenía la ayuda de papá (más de lo que creía) y la tuya.
«Pídeme ayuda, Farrow. No estás sola. Yo soy tu ejército de un solo hombre».
Antes de que pudiera contestar, se incorporó y se sacudió las manos.
—¿Podemos ir a casa?
Le examiné la cara, era por completo incapaz de leerle un solo gesto y lo odié.
—Por supuesto.
—Creo que es hora de terminar nuestra partida de go.