Capítulo sesenta y ochoFarrow #2
Con eso, Vera explotó.
Arrojó a Reggie a los brazos de Andras y anuló la distancia que nos separaba de un salto; de repente la tenía frente a mí, muy cerca.
—¿Amor? —se burló—. Mira, al menos ahora tienes a alguien que se preocupa por ti. Te has embolsado a un millonario. No nos hubieras atrapado nunca sin él. No te confundas.
Tal vez. Pero eso no quería decir que no pudiera luchar mis propias batallas.
—Yo me encargo de mis propias guerras. —Me enderecé hasta alcanzar toda mi altura y la miré fijamente a los ojos por debajo de la nariz—. Estás invitada: aquí tienes tu asiento en primera fila. Terminó el partido, Vera. Y el de Eugene, también.
Andras empujó a Reggie hacia Tabby, y a Vera la separó de un codazo.
—No metas a mi hijo en esto —gritó.
Me agarró de los brazos y me sacudió todo el cuerpo.
A diferencia de Vera, él sí tenía más fuerza que yo.
Me golpeé contra la pared y pegué un grito.
Un dolor agudo me recorrió la columna vertebral.
Se me cayó el teléfono del bolsillo y rodó por la alfombra.
La aplicación de grabación de voz parpadeó en la pantalla.
Traté de cogerlo, entrando en pánico de que se diera cuenta.
Pero Andras se me había pegado contra la cara, tan cerca que con cada palabra que decía me pintaba la mejilla con saliva.
—No dejaré que le arruines la vida a Gene. ¿Entiendes? Me tienes harto con esa cruzada tuya.
Subió con las manos hasta mis hombros y empezó a sacudirme. Los huesos se me convirtieron en gelatina. Traté de luchar, haciendo uso de la rapidez de mis pies bien entrenados: patadas, pisotones, barridas. Pero no funcionó nada. Andras estaba rabioso, carente de dolor por completo.
—Gene no hizo nada malo. —Andras me sacudió más fuerte—.
Tu padre era un perdedor. No se merecía a Vera.
No se merecía a sus hijas. Tuve que aguantar tus idioteces durante dos años seguidos para evitar que te metieras en problemas de nuevo.
Vera tiene razón. Eres una rata. Tarde o temprano, roerás tu propio camino hacia la destrucción.
La cabeza me empezó a flotar dentro del cráneo.
Había dejado de registrar las palabras hacía ya un rato, perdiendo la consciencia por momentos.
Con cada sacudida, sentía que los huesos por dentro me rebotaban unos contra otros.
De pronto, se detuvo. Me desplomé contra la alfombra, casi sin darme cuenta de la conmoción a mi alrededor.
«Concéntrate, Fae».
Hubo un ruido sordo y algo que estallaba en pedazos. Lo único que supe es que ya no me sacudían como una muñeca de trapo.
Entonces oí la voz de Zach que llenaba la habitación como una ráfaga de oxígeno puro.
—¿Cómo te atreves a tocar a mi chica, viejo de mierda?
Ese ha sido el error más grave de tu vida.
—Parpadeé varias veces y pude despejarme del mareo, justo a tiempo para ver volar a Andras hasta el otro lado de la habitación—.
Ojalá quieras que te incineren, porque no va a quedar nada de ti para un entierro.
Tabby dio un chillido, y quedó hecha una bola sobre mi colchón vacío junto a Vera y Reggie.
Andras se estrelló contra la pared del fondo.
Y se desplomó contra el suelo, mientras se cubría la cara con los puños.
Zach arremetió contra él y empezó a darle patadas en el estómago sin parar; mientras Andras trataba de cubrirse en posición fetal.
Los mocasines puntiagudos de Zach iban rompiéndole los huesos uno por uno, costilla por costilla; le iban asomando por el cuerpo como nudillos nuevos, se iban intercalando con los gritos de agonía:
—Tú…
Zach le pisó el pecho con furia.
—… no…
Después, una costilla.
—… podrás…
El tobillo.
—… tocarla…
La garganta.
—… si…
La muñeca.
—… estás…
Y al final, la cara.
—… muerto.
La sangre empezó a brotarle por la nariz y salpicó toda la alfombra. Por el pecho al descubierto se le veían manchas del mismo color y le asomaban los primeros moretones.
Oliver irrumpió en la habitación como un rayo, y arrancó a su mejor amigo de mi exentrenador de esgrima.
—Zach.
Se sumó Rom y lo aferró por el otro hombro.
—Oh, por Dios.
Andras había dejado de hablar. Quizás hasta también de respirar. Era difícil de decir. Parecía una bolsa de alubias aplastadas. Había un bulto sin forma donde antes había una persona.
Bum. Bum, bum. Bum . Me dio un temblor al darme cuenta de que el sonido había salido de mi pecho. El corazón me golpeaba contra la caja torácica. Zach se sacudió para librarse de sus amigos, ahuyentándolos como moscas.
Se abalanzó sobre mí y me tomó entre sus brazos.
—¿Qué te duele?
«Todo» .
Pero no lo dije porque pensé que Andras no sobreviviría a otra ronda de golpes de puños y patadas por parte de Zach. No es que me importara, pero no valía la pena ir a la cárcel por él.
Zach me estrechó contra su pecho. Hubiera querido fundirme ahí dentro.
Le hundí la nariz en la piel e inhalé profundo; no me importó que no se entendieran las palabras de tan apretada que estaba.
—Has venido…
—No te oigo bien. —Me acariciaba el cabello, pasaba por cada lugar por donde me había tocado Andras e iba reemplazándolo por su contacto—. Oliver y Romeo han venido conmigo porque tenían miedo de que matara a alguien.
Oliver lo palmeó en la espalda.
—O a «alguienes».
Después, levantó un mocasín e hizo una mueca de asco cuando se dio cuenta de que la sangre de Andras le había empapado la suela.
Me apoyé en el pecho de Zach, restregando mi mejilla contra su cuello.
—Cuéntame algo sobre los pulpos.
—El brazo del pulpo tiene mente propia. La mayoría de las neuronas de un pulpo están en sus brazos. Estos pueden realizar tareas sin la mente de su dueño; incluso pueden moverse una vez cortados.
Arrugué la nariz.
—Dios, qué macabro.
Ya había tenido bastante de eso por hoy, muchas gracias.
Zach me levantó y me llevó en brazos por la escalera hasta el salón. Las luces azules y rojas hacían remolinos sobre el cristal de la ventana y proyectaban distintos tonos sobre su rostro tan bello.
—Lo he grabado todo. —Eché la cabeza hacia atrás y lo miré a los ojos—. Allá arriba.
Oliver entró en la habitación con mi teléfono en la mano y dijo:
—Aquí lo tengo.
Rom tiró de él, por el cuello y se lo llevó para atender a la policía y dejarnos a solas.
Zach se sentó en el sofá; todavía me tenía en brazos.
—Qué suerte que tú seas el pulpo y no yo.
—¿Por qué?
—Porque, si yo tuviera ocho extremidades, Andras ya estaría muerto.
Solté una risita y por fin me permití relajarme. La sonrisa se me desvaneció cuando vi que se llevaban a Vera esposada.
—Ya está, por fin se ha terminado. Entonces, ¿por qué no me siento mejor?
Cuatro paramédicos se llevaron a Andras en una camilla.
Zach me pasó el pulgar por debajo del ojo.
—Porque nada de esto te devuelve a tu padre.
—Lo echo de menos.
—Lo sé, cariño, lo sé.
—Gracias por venir.
—Siempre. Ahora estás a salvo, Farrow. —Zach me besó en la frente—. Estarás a salvo siempre.
Pero mi corazón no lo estaba.
Porque por fin se había dado cuenta de algo peligroso.