Capítulo sesenta y seisZach
Capítulo sesenta y seis
Zach
Como Farrow volviera a decir la palabra «porno», saltaría sobre ella, la penetraría en ese jet y recrearíamos nuestra propia escena pornográfica, al diablo con la audiencia.
—Espera un momento. —La lengua le asomó por la boca mientras luchaba por enfocar la cámara en el ángulo adecuado hacia sus chilaquiles, para que no parecieran comida de bebé—. Dallas y Ari quieren fotos porno de comida.
Me relajé contra el cuero, molesto por las distracciones constantes.
Los amigos de Corea de Pulpi habían decidido que hoy era el día perfecto para hacerle una visita virtual y animarla a que se mantuviera fuerte mientras duraba ese baño de sangre de los medios.
Por fin se había desconectado de una videollamada, solo para que Dallas empezara a acosarla por su grupo de chat preguntando por los tentempiés del vuelo.
—¿Señor Sun? —Desde el sofá, Natalie levantó el teléfono—. Tengo a sus abogados en línea.
Se había quedado en Manhattan durante el fin de semana para cuidar mis propiedades allí y regresaba a Maryland con nosotros.
Eileen, en cambio, se había quedado en la ciudad.
No podía esperar a contarle a mamá que había intentado salvar mi compromiso y que, en su lugar, me lo había cargado.
No ocurría nada malo con Eileen. De hecho, no tenía más que un solo defecto: ella no era Farrow.
Y eso era suficiente para acabar con el trato.
—¿Abogados? —Fruncí las cejas—. ¿En plural?
Normalmente, me llamaban de uno en uno.
—Sí, señor. Los tres. —Natalie se levantó del asiento y se sacudió las migas de galleta del traje mientras me entregaba su teléfono—. También está Tom en la llamada. Creo que puede ser importante.
—¿En serio, Einstein? Me pregunto cómo te habrás dado cuenta.
Farrow alzó la cabeza del teléfono de golpe.
Me lanzó una mirada preocupada. Maldije para mis adentros; odiaba esa distracción tan inoportuna.
Para empezar, había planeado aprovechar el vuelo para hablarle a Pulpi de nosotros.
En concreto, de si podría existir un «nosotros» más allá del ámbito de arrancarnos la ropa el uno al otro y embarcarnos en esas idas y venidas verbales interminables.
Y, en segundo lugar, durante el trayecto en coche hasta el aeropuerto, Fae había mencionado que tenía algo que decirme sobre Eileen.
Se enroscó el cabello dorado en un moño alto y levantó las piernas que estaban por debajo de su culo.
—¿Qué dicen?
Tomé el teléfono que me daba mi asistente, que seguía merodeando por allí; saltaba de un talón al otro y me miraba fijamente a los ojos.
—¿Natalie?
—¿Sí, señor Sun?
—Ten la amabilidad de esfumarte.
Ella asintió, aunque con visible disgusto, se metió el ordenador portátil bajo la axila y se dirigió a la cabina. Farrow me agarró de la manga. Entrelacé nuestros dedos y los apreté.
—Todo irá bien.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque… —recorrí los bordes del lunar que tenía por debajo del ojo con mi otra mano—, si pierdes el caso, lo que tengo reservado para Vera será infinitamente peor que cualquier castigo que la ley pueda imponerle.
—Es un milagro que no hayas acabado en la cárcel todavía.
—Lo es solo para aquellos lo bastante ingenuos como para creer en el sistema legal. —Apoyé el teléfono de Natalie contra una caja de dulces y lo cambié al modo de videoconferencia—. Ustedes dirán.
La cara de Deanne fue la primera en aparecer.
—¿Señorita Ballantine?
—Sí. —Fae levantó la mano como si estuviéramos en preescolar—. Estoy aquí.
—¿Está de acuerdo con que el señor Sun escuche esta conversación? Contiene información sensible.
—Sí —asintió Farrow—. Adelante.
Me pinchó una pizca de orgullo y me confirmó lo que yo ya sabía: estaba hundido bien hondo, pero hasta el cuello.
—Sería mejor tener esta conversación en persona. —Tom sacó una libreta—. Hay mucha evidencia delicada que revisar.
—Literalmente no tengo la fuerza de voluntad para rechazar un postre sin lácteos. —Fae ocupó la mitad de mi asiento para tener mejor ángulo de visión—. ¿Qué le hace pensar que puedo esperar a que aterricemos para saber lo que tienen que decirme?
Nuestros codos se rozaron entre sí y solo con eso se me encendió algo por dentro, algo posesivo y depravado.
Tom se llevó el lápiz a los labios y titubeó:
—Ejem…
—Ya la oíste. —Le masajeé el muslo con el pulgar, con mi torso todavía relajado contra el respaldo del asiento—. Suéltalo todo antes de que te saque las tripas.
—De acuerdo, solo quería asegurarme de que nadie se desmoronara.
—Yo ya estoy hecha pedazos. —Farrow agitó una mano en el aire—. Por favor, continúe.
—Hemos descubierto algo alarmante. —Tom hizo una pausa—. Quiero decir criminalmente perturbador.
Farrow se mojó los labios.
—¿Acaso Vera cometió algún delito?
—Así parece. Un delito atroz, un crimen. —Tom vaciló—. Señorita Ballantine…
—¿Sí?
—¿Está usted sentada?
—No. —Fae se abrió en una sonrisa con los dientes a la vista, lo cual me arrancó una igual a mí—. Estoy de pie, bailando un mambo. —Señaló con el pulgar el tapizado de cuero detrás de nosotros—. ¿A usted qué le parece?
Supuse que no le había perdonado aún que lo hubieran descubierto y que con eso se hubiese desencadenado la tormenta mediática.
Tom se encogió de hombros y se preparó para el disparo:
—Vera contrató a alguien para matar a su padre.
Silencio. Silencio absoluto. Del tipo de silencio que penetra por los tímpanos.
—Lo siento —añadió Tom, como pensamiento posterior.
Las palabras flotaron en el aire y empezaron a asfixiarnos como un gas nervioso. Busqué algún signo de dolor en Fae, de reconocimiento o de agonía. Lo único que encontré fue amargura.
Tom se rascó la sien.
—¿Podemos continuar?
Deanne dejó de teclear y dijo:
—Démosle un minuto.
Pero Fae no necesitaba un minuto. Se levantó de un salto y empezó a deambular.
—Es imposible. Papá murió en un accidente. El aparcacoches…
—Sabía exactamente lo que hacía. —Tom buscó una carpeta y la abrió—. Un hombre llamado Eugene Thomas. Era el aparcacoches involucrado en el supuesto accidente, como estoy seguro que usted ya sabe.
—¿Supuesto? —Fae cerró los ojos—. Si ni conocía a papá ni a Vera. Se le trabó el pie en el acelerador.
Tom hizo pasar unas páginas y sacó una hoja de entre medio de ellas, y dijo:
—Encontré un teléfono desechable que Vera compró dos meses antes del incidente. —Levantó un papel y lo mostró a la cámara, como si fuese posible ver algo de la letra impresa de tamaño ínfimo—. Estos son los registros de llamadas que extraje de ahí.
Fae se detuvo en sus pasos.
—¿Y qué dicen?
—Vera extrajo doscientos mil dólares de una cuenta de ahorros secreta. También mantuvo unas cuantas conversaciones breves con un número que pude rastrear y está a nombre de la mujer de Thomas.
Farrow se apretó el puente de la nariz.
—¿Qué tiene que ver su mujer con esto?
—Nada. Tenía cáncer de fase 4. Necesitaba una droga experimental muy cara. —Tom apoyó el papel—. Y Eugene lo hizo a cambio de dinero rápido.
—Daba por descontado que lo acusarían de homicidio involuntario.
—Farrow apoyó los puños en la mesa y unió las demás piezas por sí sola—.
Sabía que le darían una sentencia leve en una cárcel de mínima seguridad.
¿Cómo no iban a hacerlo? Si tenía un bebé y una mujer con cáncer. Y había sido un «accidente».
—Exacto. —El rostro de Dan apareció en la pantalla—.
Los registros muestran que la señora Thomas se recuperó por completo con el tratamiento.
Mientras que el marido sigue en prisión, tiene varias organizaciones benéficas que le pagan las cuentas, la comida y el cuidado de los niños. Hasta se compró una casa nueva.
Tom dio un silbido.
—Cinco años no es un precio tan alto a cambio de todo esto.
Bryan ajustó la cámara y por fin nos mostró la cara.
—Tenemos todas las pruebas. Los recibos. La comunicación por escrito. Vera pensó que, si usaba un teléfono desechable y una red privada virtual, podría tapar las huellas. Pero parece que todavía se saltó algunos pasos.
Los seis nos quedamos digiriendo la información.
Fae rompió el silencio con una voz de susurro.
—Pero… ¿por qué?
—El dinero del seguro. —Tom agitó su carpeta en el aire—. Estudié las declaraciones de impuestos conjuntas de Vera con tu padre, y los estados financieros. Gastaban más de lo que ganaban. —Hizo una pausa. Y siguió—: A Vera le gustaba comprar cosas bonitas.
Farrow se dejó caer en el asiento enfrente de mí con la mirada hacia el techo, sin ver nada en realidad.
—Eso todavía le gusta.
—Puede ser, pero ahora mismo no puede comprar más que en Walmart. —Deanne sacó a relucir otro documento—. Vera se gastó el dinero del seguro tan pronto como le entró en la cuenta bancaria.
—Eugene Thomas. —Farrow se frotó la frente—. ¿Pueden contarme un poco sobre su pasado? ¿Su familia?
Tom hojeó las páginas y dijo:
—Claro.
Mientras esperábamos a que encontrara lo que buscaba, el avión comenzó a descender. Una ráfaga de mensajes de texto se sucedieron en la parte superior del teléfono de Natalie.
Jilly Bean: ¿Sigue haciéndose el duro tu jefe?
Jilly Bean: ¿O es otra cosa la que tiene dura…? [Emoji con cara sugestiva].
Jilly Bean: Tienes que averiguar lo que hizo esa asistenta para lograr acostarse con él.
Jilly Bean: Así podrás entrarle.
Jilly Bean: Con que te quedes embarazada, listo, mina de oro. Y por fin podemos abrir la empresa.
Hice una nota mental para despedir a Natalie —y para no beber nada que ella me diera—mientras Tom respondía a Pulpi.
—Eugene Thomas. Veintiocho años. Sus padres nunca se casaron. Su madre lo registró con su apellido. Creció sin padre, porque siempre estaba viajando por el mundo en busca de trabajo. Retomaron el contacto durante el juicio. Tanto su padre como su madre lo visitan una vez por semana en la cárcel.
Farrow se inclinó hacia delante, con ansias de más.
—¿Cómo se llaman?
Tenía una idea en mente; Farrow siempre tenía una idea en mente.
Me gustaba esa parte de ella. Me recordaba nuestro primer encuentro oficial: ella, ardiente como el infierno en lencería, colocando piezas de go como un genio; y yo, absorbiendo la vista mientras su lengua se deslizaba por sus labios.
En cualquier otro momento, se me hubiese puesto dura como una roca.
—La madre es Paula Thomas. El padre es… Espera. —Tom chasqueó la lengua—. El padre se llama Andras Horvath.
Farrow cerró los ojos.
Yo no veía más que rojo.
Andras.
Todo encajó. Mi temperatura se elevó al nivel de la de un horno.
Farrow respiraba con fuerza, con las fosas nasales bien abiertas.
Sospeché que se nos atravesaba el mismo pensamiento por la mente: el modo en que castigaríamos a Andras y a Vera.
Otra cosa que me gustaba de Farrow: compartíamos la misma sed de venganza.
—Sé que esto es mucho para asimilar todo junto. —Deanne recogió su teléfono y se lo sostuvo frente al rostro—. Pero hay un modo de remediarlo.
Fae se desplomó contra el respaldo del asiento y dijo:
—¿Cuál es? ¡Me lo he perdido!
—La justicia, señorita Ballantine. Olvídese de la demanda. El siguiente paso es llevar todo esto ante las autoridades…
Farrow la desestimó con un gesto con la mano.
—Usted haga lo que tenga que hacer; yo me iré a buscar a Vera en cuanto este avión aterrice.
—Señorita Ballantine… —Bryan se estiró con el torso hacia delante—. Eso sería muy pero muy desaconsejable. Cualquier cosa que usted haga o diga puede obstaculizarnos el…
—Supérenlo —lanzó Fae, como si fuera una interjección, y yo casi la beso al instante. Justo debajo del ojo, sobre aquel lunar que ya desde hacía tiempo quería besarle—. Voy a cazar a Vera hasta encontrarla.
—La mejor venganza es la justicia. —Deanne levantó ambas manos, como si quisiera meter un animal salvaje en el corral—. Confíe en mí.
—Es abogada, no puedo confiar en usted.
Esta vez sí que me lancé y la besé: en el lunar, por la mandíbula.
—Pero…
—Ya la habéis oído: la señorita Ballantine ha tomado una decisión —intervine al fin—. Cualquier desastre que pueda causar, vais a tener que limipiarlo.
Dan se desplomó contra el asiento.
—No soy Superman.
—Por el dinero que te pago, deberías serlo.
Deanne suspiró.
—Me gustabas más cuando no tenías una mujer que te llevaba de la nariz a todas partes.
«Sí, pero yo me gustaba menos».
—A ver si te gusta quedarte desempleada si sigues pasándote de la raya.
Sonrió.
—Se llama jubilación…
Colgué y lancé el teléfono al sofá, después apoyé el mentón sobre el hombro de Farrow.
—¿Estás bien?
—Lo estaré. —Inclinó la cabeza hacia atrás y la apoyó en mi cuello—. Eso creo.
La cantidad de fuerza que tenía esta mujer tan solo en su uña era capaz de detonar una bomba nuclear.
—Claro que sí. Eres la persona más fuerte que conozco.
—Y tengo la intención de asestar el golpe más cruel de mi vida. —Su mirada se clavó en la mía—. Pero antes, necesito romperme.
—¿Romperte?
—Sí, desmoronarme: llorar un rato como si fuera un bebé. Permitirme deshacerme en pedazos por todas las veces que me he negado a hacerlo.
—Pues rómpete. —Le di un beso en el hombro, en la mejilla, en la sien—. Yo volveré a juntar las piezas.
«Aunque sea lo último que haga».