Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2) Capítulo sesenta y sieteFarrow
77%

Capítulo sesenta y sieteFarrow

Capítulo sesenta y siete

Farrow

Mi mente iba en una sola dirección y pedía sangre.

Primero, llamé a Andras mientras asfixiaba con las manos el volante de mi Prius con el que circulaba por las calles de siempre.

Descolgó al primer tono.

—Veo que has recuperado el sentido de la razón.

«Sí, ese y los otros cinco sentidos de siempre; y todos quieren darse un festín con tu sangre».

—Te he enviado una dirección por mensaje. Nos vemos allí.

—Son las diez…

Colgué, sabiendo que vendría. Si no otra cosa, como mínimo la perspectiva de que su hijo pasara más tiempo en prisión debía hacerlo temblar.

«Qué estúpida eres, Fae. Tendrías que haberte dado cuenta de que era demasiado bueno para ser verdad cuando Andras Horvath apareció el día que aterrizaste de Seúl y se ofreció a acogerte bajo su tutela».

Había dejado entrar una serpiente en mi jardín.

Un espía. Una y otra vez, me había convencido de que me centrara solo en la esgrima.

Me daba sesiones de entrenamiento en horarios al azar que me interferían con las reuniones con los abogados, me hacía tajos en el traje de esgrima que requería reparación a cada momento…

Una distracción tras otra. «Estúpida, estúpida, estúpida».

Veinte minutos más tarde, detuve el coche frente a mi casa de la infancia.

Estaba en el mismo escalón en el que me habían dejado abandonada de bebé.

De pronto, no podía entender ni por qué quería vivir aquí.

Una pizca de arrepentimiento se me arremolinó por dentro.

Tal vez no debería haber rechazado el ofrecimiento de Zach de venir conmigo, pero tenía que defenderme con mis propias manos.

Si no aprendía ahora, dependería de él para siempre.

Metí la llave en la cerradura y traté de girarla, pero descubrí que Vera la había cambiado.

El frío condensado con el aire que me salía por la boca hizo una nube al pasar por mis labios y me reí para mis adentros.

—Claro, por supuesto. Pero no importa. —Tiré la llave sobre el felpudo y golpeé la puerta con los puños hasta hacerla temblar—. Esta es tu casa nada más que en los papeles, jamás fuiste bienvenida aquí.

Se oyó el golpeteo de unas pantuflas que se acercaban a rastras sobre el suelo de madera.

—Parece que hoy alguien se ha levantado un poco violenta. —Los gruñidos de Tabby me llegaron desde el otro lado de la puerta—. Tranquilízate. Ya voy.

—¿Has pedido comida a domicilio y no me has preguntado qué quería? —La voz de Reggie venía desde arriba, probablemente de su habitación—. ¿Qué es todo ese ruido? ¿Quién se ha muerto? Uf, por favor, dime que Farrow.

No es que necesitara más razones para cabrearme todavía más, pero eso fue lo que me pasó.

Tabby abrió la puerta de un tirón y se encontró nada más y nada menos que conmigo justamente, ahí parada en el porche, vivita y coleando, saludándola con la mano. Se le arrugó la nariz en un gesto como si, con mi mera presencia, yo aparentemente apestara el lugar.

—Hablando del diablo…

—Prefiero ser un demonio a ser una puta barata. —Me abrí paso empujándola con el hombro y entré en la casa—. ¿Dónde está tu madre?

Un hedor agrio a comida podrida se deslizó por mis fosas nasales.

Una gruesa capa de polvo cubría el banco de la entrada.

Algo olía a pelaje mojado, aunque las mujeres Ballantine solo apreciaban los animales en sus platos y en sus abrigos.

Como era de esperar, nadie se había molestado en limpiar desde que me había ido.

Tabby me siguió hasta el salón, jadeando al intentar mantener el ritmo.

—Mamá cambió las cerraduras.

«No me digas, tarada».

Se oyeron unos pasos pesados por las escaleras.

Reggie bajó y dobló la esquina pocos segundos después.

—No tienes derecho a estar aquí. —Me tiró de la manga de la chaqueta, pero le di un empujón—. Nos arruinaste la vida. Renunciaste a la empresa y ahora somos pobres.

—Y encima, ¡has puesto una demanda en nuestra contra! —Tabby extendió los brazos para tratar de detenerme—. Deberías demandar a tu peluquero antes, bruja horrorosa. Ni siquiera te ha hecho el corte recto.

Para empezar, me cortaba el pelo yo sola con una de esas pinzas que prometían un corte recto; supuse que también podría demandar a los fabricantes.

Pasé cómodamente por el espacio enorme entre el televisor y el brazo extendido de Tabby.

—Vosotras solo me queríais de asistenta.

—Se llama poner al día tus deudas.

—¿Qué deudas? No soy yo la que despilfarra dinero en ropa de Prada. —Incliné la cabeza y la miré de lado, directo a la blusa que tenía puesta—. Bueno, supongo que ahora es Frada.

—Sí, tus deudas. —Reggie alzó las manos al aire—. Papá y mamá se ocuparon de todos los gastos de tu viajecito por Corea. Papá por poco se desangra. ¿O no sabes todo el dinero que le costó esa escuela? No podíamos ni seguir manteniendo mis caballos.

—Nada.

—¿Eh?

—No costó nada porque me dieron una beca completa. —Me metí en el comedor al ver que el salón estaba vacío—. Y los caballos tuvieron que irse a un centro de equinoterapia porque tú no les dabas de comer.

—Iba al colegio.

—Yo también. —Me di la vuelta de golpe y me paré frente a Tabby, la miré a los ojos y le largué—: La única razón por la que me fui a Corea fue porque pasabas cada minuto del día recordándome que no soy parte de esta familia.

—Las dos me siguieron a la cocina. La inspeccioné y descubrí que tenían montañas de cajas de cartón apiladas en la despensa. Me volví hacia ellas—. ¿Os mudáis?

—Ya no podemos permitirnos esta casa, ¿no lo ves? —Para reforzar su argumento, Reggie me empujó mientras cerraba con cinta una caja medio vacía con tanta energía tóxica que podría iluminar Las Vegas—. Si los gastos mínimos de mantenimiento son ochocientos al mes.

Tabby se le sumó, y se puso a cerrar cajas que casi no tenían nada dentro.

—La pondremos en alquiler y nos mudaremos a un apartamento para poder comer. ¿Estás contenta?

«No, la verdad que no».

Yo no disfrutaba con su desgracia. Lo único que quería era que dejaran de joderme la vida. En cambio, con Vera, era distinto…

Cogí una caja vacía y empecé a llenarla con mis pertenencias.

—¿Dónde está vuestra madre?

No tenían derecho a echarme de una casa que también me pertenecía y no podía estar tranquila de que no me tiraran mis cosas.

—No está en casa —mintió Tabby justo en el momento en que Vera irrumpía del garaje, toda sudada dentro de un bodi ajustado con estampado de cebra. Los vapores que emanaba solo del espray de cabello ya me daban náuseas.

—Chicas, tenéis que ayudarme con las cajas… —Las palabras se le murieron en la garganta en el momento en que me vio—. ¿Qué haces aquí, pedazo de mierda?

Era oficial: venía lista para la pelea.

—Recoger mis cosas. —Abrí una puerta del mueble de la cocina que estaba encima del fregadero y saqué el plato de Mickey Mouse que papá me había guardado porque sabía que me encantaba comer el queso a la parrilla ahí—. Ah, y de paso te traigo unas noticias.

—Déjame adivinar: ¿que me vaya preparando para recibir al oficial de policía? —Vera se cruzó de brazos y me recorrió con los ojos como si estuviera a punto de pegarme un tiro—. Porque yo también me conseguí representación leg…

—Sé que lo mataste.

El silencio que siguió embebió las paredes.

Vera se puso del color de fondo de su traje de cebra.

Tabby y Reggie se miraron entre sí y empezaron a hablarse con el gesto de gritar, pero sin voz.

Palabras sin sentido. Tabby se masajeó la sien.

Reggie echó la cabeza hacia atrás. Ninguna de las dos parecía saber nada de todo ello.

El pánico en su rostro lo decía todo; no tenían idea de lo que Vera había hecho.

—¿De… de qué estás hablando? —Vera se dirigió al fregadero dando tumbos y apenas logró llenar un vaso de agua con las manos temblorosas—. ¿Matar a quién?

—Eres muy mala en esto. Siempre lo has sido. —Me dirigí hacia las escaleras con mi caja en la mano—. Por eso papá me envió lejos, para ahorrarme tu supuesta crianza.

Las tres me siguieron escaleras arriba.

—A tu padre lo mató ese aparcacoches del estacionamiento. —Vera golpeaba la madera dura con sus pasos pesados y sin duda les dejaba marcas—. Yo no tuve nada que ver.

—Nada excepto el pago de doscientos mil por la molestia, querrás decir. —Me di la vuelta y le envié una sonrisa dulce por el pasillo—. Pero eso no va a funcionar como coartada frente al tribunal.

—No tienes forma de probar esta ridiculez.

Avancé por el pasillo hasta mi habitación y abrí la puerta de golpe; por un momento, me quedé pasmada ante lo que vi.

—¿Y dónde está todo? —Odié que mi voz se quebrara al decirlo.

Vera, Reggie y Tabby abarcaban toda la puerta como guardaespaldas. No me dejaban ni un centímetro por donde escapar. A Tabby se le dibujó en los labios una sonrisa satisfecha.

—Ah, nos pareció que era todo basura, así que lo tiramos.

—Lo siento, Fae. —Reggie examinó sus uñas con forma de ataúd—. Hay una diferencia entre lo vintage y lo descartable.

—Tus cosas apestaban… —Tabby sacó el pulgar por detrás de la espalda—. A lejía. Se olía desde el otro lado del pasillo. —Hizo una pausa y tembló al decir—: Me daba arcadas.

«Si la mato, es cadena perpetua, por ser asesinato de primer grado» , me recordé, y di un paso atrás para no hacer ninguna estupidez. «Hasta diez años, podría sopesar los pros y los contras».

Esas aves de rapiña no habían dejado nada, ni una mota de pelusa.

Todos mis recuerdos habían desaparecido: la vitrina llena de medallas de esgrima, las espadas que había usado de niña en mis competiciones, la caja llena de entradas de Broadway que tenía guardada de los viajes a Nueva York con papá…

Todo se había ido. Para siempre. Por completo.

En cada versión de la venganza que me había imaginado en la cabeza, siempre había mantenido la intención de tomar solo lo que papá quería para mí.

Yo nunca les habría hecho algo así a ellas.

El calor me subió por las mejillas, estaba tan ardiente que temí empezar a incendiarme en ese mismo momento.

—No tienes ninguna prueba… —Vera traspasó del marco de la puerta y trató de presionarme— para demostrar estas mentiras que vienes a vomitar bajo mi propio techo.

La enfrenté a mitad de camino y me mantuve firme.

— Mi techo.

«Sí, lista para la pelea, sin duda alguna».

Sin la amenaza del chantaje cerniéndose sobre mi cabeza, ya no necesitaba estar esquivándola cada vez que me intimidaba.

Tenía la verdad de mi lado. Y una columna tan fuerte como la Torre Lotte de Seúl.

Hasta con los tacones puestos, le quedaba por encima de su altura y la veía desde atrás de mi nariz. Agregué:

—Soy dueña del cincuenta por ciento de esta casa.

Papá me había transferido su parte de la propiedad al cumplir los dieciocho. Era su modo de hacerme sentir bienvenida.

«Esta casa es tuya tanto como suya, mi pequeñita».

Vera acortó la distancia y me golpeó con el pecho. Abrió la boca para hablar, pero la interrumpió el ruido de la puerta principal que se estrellaba contra la pared:

—¿Vera? ¿Estás aquí, drágám ?

Andras. Sentí que su voz era un cianuro que me entraba por el torrente sanguíneo. Y ahí me di cuenta de lo que había dicho. Drágám, « nena».

La palabra pintó una realidad más espantosa y me eché hacia atrás, con los labios entreabiertos.

—¿Cuánto tiempo hace que tienes una aventura con Andras?

Era la última pieza que encajaba en su sitio. ¿De qué otra manera se hubieran conectado Vera, Andras y su hijo? Él no la había conocido a través de su hijo; fue su hijo quien la había conocido a través de él.

—Esto no tiene nada que ver con tu padre. —Se le enrojecieron las mejillas por debajo de sus tres kilos de maquillaje—. Andras y yo nos conocimos después de su muerte. Yo estaba hecha un desastre.

«Todavía lo estás».

Andras pasó tan de golpe entre Tabby y Reggie que las hizo trastabillar y las dejó de cara en la alfombra.

El sudor le empapaba el pecho desnudo y unos pelos gruesos se le quedaban pegados y planos sobre la piel.

Llevaba pantalones de pijama a cuadros, pantuflas de algún hotel y una mueca que podría haber dejado a Steve Carell sin trabajo.

No era la primera vez que estaba allí, observé. Había subido directamente.

—¿Qué tal, Andras? —Me apoyé sobre mi tocador, con el mentón inclinado hacia él—. Me alegra que hayas podido venir.

Miró al espacio entre Vera y yo.

—Farrow…

Levanté una mano y lo interrumpí:

—Vera me estaba diciendo que esto que hay entre vosotros es medio reciente. Lo cual me fascina, teniendo en cuenta que llegó a conocer a tu hijo antes de que vosotros hicierais buenas migas… Me pregunto cómo se conocieron ellos entonces. No puede ser por un romance entre Vera y su padre, ¿no?

La cara de Andras se puso pálida como un papel y las manos se le cerraron en dos puños.

—Deja a Eugene fuera de esto.

—¿Sabías que ella ayudó con los medicamentos para el tratamiento de su esposa?

Hay una palabra para eso… —Fingí pensar y chasqueé los dedos en el aire—.

¿Dinero manchado de sangre? No. Conspiración para cometer asesinato.

No, claro que no. Suena demasiado grave.

—Me golpeteé el labio con el dedo y seguí murmurando—: Em…

Reggie jadeaba del asombro. Tabby se escondía por detrás de la hermana. ¿Y Vera?

Vera decidió que era buen momento de lanzarse sobre mí.