Capítulo sesenta y tresFarrow
Capítulo sesenta y tres
Farrow
Anderson Stause era un hombre que difícilmente iba a robarme el corazón.
Para ser honesta, no sería capaz ni de robar el pimentero que teníamos enfrente, en medio de la mesa del restaurante decorada a la luz de las velas.
No había nada aparentemente malo en él (aparte del hecho de que su bigote me recordara a ese personaje ridículo de dibujos animados, Bob Belcher).
Pero tampoco había nada aparentemente bueno.
Para ser del todo honesta, era más soso que una sopa de avena sin condimentar.
Simpático, pero no amable. Culto, pero no inteligente.
Agradable a la vista, en cuanto a lo estético, pero no guapo.
No tenía ese magnetismo poderoso de Zach, ni la pasión juvenil y entusiasta que le encendía un fuego en los ojos.
—Estoy muy contento de que podamos comer aquí. —Anderson extendió una servilleta sobre el regazo y sonrió—. Siempre he querido probar este lugar, pero nunca pude conseguir mesa.
Observé la sala. No hacía ni un minuto que nos habíamos sentado en la mesa, y ya se había comido todo el pan de cortesía, se había tomado dos cócteles y se había guardado los cubiertos en el bolsillo. ¿De dónde lo había sacado Dallas?
Le sonreí cortésmente, y seguí escudriñando el restaurante, mientras le prestaba atención a medias.
—Ejem… —Mis ojos se posaron en Zach y Eileen, tres mesas más allá.
Como si me hubiera sentido la mirada, Zach giró la cabeza y puso el foco justo en mí con precisión asombrosa.
Tan pronto como asimiló el vestido, se le oscureció la expresión y frunció las cejas.
Un cosquilleo me recorrió la espalda y tragué saliva.
Nunca lo había visto así, tan… incapaz de contenerse.
Eileen estaba sentada frente a él, hablando a mil por hora mientras jugaba con el palillo mezclador de su cóctel. Me llevé la bebida de cereza a los labios, y volví a centrar mi atención en mi cita, para darle una oportunidad sincera. Anderson parecía sumido en una profunda charla conmigo.
—… padre quería que fuera a la escuela pública. ¿Te lo imaginas? Así no tendría que pagarme la matrícula. Todo por ese supuesto caso de «acoso sexual» que surgió cuando yo trabajaba para el senador Hurton. Parece que no se permite a nadie cometer errores nunca. ¿Dónde está la compasión?
¿Dónde?, eso era lo que yo me preguntaba.
En mí, no, por ninguna parte, eso seguro.
El tipo era aburrido y machista. ¿Con que «Ingeniería de las relaciones»?
¡Los cojones! Me di cuenta enseguida de que Dallas nos había puesto juntos con el único propósito de cabrear a Zach.
Anderson era tan encantador como un cubo de basura desbordado.
Como si me hubiera leído la mente, el nombre de Dallas brilló en el teléfono sobre mi regazo.
Dallas: Perdón por decirte que era mono.
Dallas: Sabía que no habrías aceptado ir si te decía que es un tarado.
Dallas: Y solo para que lo sepas: también está acusado de enviar fotos de desnudos sin consentimiento previo, pero yo estoy tranquila porque sé que puedes aplastarle los huevos como dos dumplings si se pasa contigo.
Suspiré para mis adentros y me hice una nota mental para vengarme de Dallas. Mientras tanto, Zach y yo nos habíamos quedado sumergidos en un juego de miradas. Ninguno de los dos se daba la vuelta. Ninguno levantaba ni los cubiertos de la mesa. Ninguno se movía.
Eileen trataba de atraer la atención de Zach de nuevo hacia ella.
Su comportamiento era todo lo opuesto de mi impresión inicial: se revolvía el pelo, se empujaba las tetas hacia delante por dentro del vestido, se reía como una colegiala…
Me zumbaba el cuerpo de celos, al punto de que casi no escuché el aviso de un nuevo mensaje.
Anderson ni siquiera se percataba de que yo miraba el teléfono; seguía hablando sin parar.
—… casi no logro terminar la universidad por todo lo que estaba ayudando a mi madre con su casa nueva por aquí, en los Hamptons, después de que se divorciara de mi padre, y por eso él tuvo las narices de dejarme fuera de la herencia.
Yo seguía con el teléfono en el regazo, iba pasando el dedo por la pantalla.
Zach: ¿Qué haces aquí?
Le contesté enseguida.
Farrow: Como. Bebo. Flirteo un poco.
Levanté la vista. Zach estaba leyendo mi mensaje. Eileen había notado algo raro al fin. Con gesto de desagrado, miró a su alrededor y me vio. Se le apretaron los labios en una línea dura. Se bebió de un trago la mitad de su copa.
Zach: Flirteando con ese no puede ser. No es de tu tipo.
Farrow: ¿Cómo lo sabes?
Ahora ya ignorábamos abiertamente a nuestras citas.
Zach: Porque parece una mota de polvo y no creo que sea mucho más deslumbrante.
Odiaba pensar que tenía razón. Y odiaba que me echara la bronca por estar en una cita cuando estaba en lo mismo en ese mismo instante.
Farrow: Para tu información, es agradable y fascinante. Podría llevármelo a casa.
Zach: No te atrevas ni a bromear con eso. Eres mía.
Se mostró posesivo abiertamente y sin excusa y no tenía derecho.
Me recorrió una ira candente por las venas.
Al otro lado de la mesa, Anderson había pasado a debatir si los desnudos fotográficos no consentidos podían o no considerarse acoso.
Sin pensar, me estiré hasta él y estreché su mano entre las mías.
Jadeó, pero su sorpresa se transformó en arrogancia de inmediato.
Con una sonrisa, me besó el dorso de la mano.
Se me subió un trago de bilis por detrás de la garganta.
Arrimó la silla a la mesa.
—Veo que no soy el único que ha notado la química que tenemos.
«Pedazo de imbécil, la única química que hay aquí es la toxina botulínica que quiero darte de comer a cucharadas».
—Puedo sentirla. —Traté de contener la mueca de dolor—. Nuestra química es increíble.
El teléfono en mi regazo sonó varias veces en una sucesión rápida.
Zach: ¿Vas a dejar que te TOQUE?
Zach: Tiene que ser una puta broma de mal gusto.
Zach: Nos vemos en la puerta en dos minutos. Nos vamos.
Farrow: No eres mi jefe.
Zach: POR ÚLTIMA PUTA VEZ, SÍ QUE LO SOY, MALDITA SEA.
Pero ya era tarde. Había tomado una decisión.
Y lo que necesitaba ahora era salir de aquí.
La comida, los cócteles y la ostentación no valían la pena.
Dallas se había equivocado. Yo no necesitaba nada de todo esto.
Sabía que tenía que haberme quedado en la cama con un chocolate caliente y mi Kindle.
—¿Te importaría que fuéramos a otro lugar?
—Aparté la mano de debajo de la de Anderson y me la limpié en el vestido por debajo de la mesa.
Me la había apretado como una planta carnívora.
Ahora necesitaba un batallón de fuerzas especiales para separarme los dedos de nuevo—.
La verdad es que… «No puedo estar frente a mi jefe y a su prometida por miedo a incendiarme…
». Pero no fue como terminé la frase, le dije—: necesito salir de aquí.
—¿Seguro? —Se le arrugó la frente—. Porque el señor Costa mencionó que la comida sería gratis…
—Muy segura.
Me levanté mientras me preguntaba cómo se lo hacía Anderson para ser tan poco atractivo, ¿acaso podría ser peor? En medio de mis pensamientos, tomó un pincho de bambú de la panera de la mesa y lo usó de mondadientes.
«Sí, puede. Acaba de tocar fondo más abajo».
Dejé la servilleta sobre la mesa.
—Disculpa, iré a refrescarme. Vuelvo enseguida.
Anderson me hizo una venia y me dijo:
—No hay problema. Tómate tu tiempo. Yo voy a probar algunos entrantes, es una pena que se desperdicien.
Reprimí un movimiento de cabeza y salí, zigzagueando en medio del mar de mesas, hasta llegar al baño de mujeres. Me aferré al borde del lavamanos con forma de caracol marino y me miré al espejo.
—Tranquilízate, Fae. Es un tipo nada más.
—Un tipo que está muy pero que muy enfadado.
Zach entró y cerró con llave. Me di la vuelta y la parte baja de mi espalda me quedó contra la encimera húmeda.
Caminó hacia mí, con una neblina oscura de ira ronroneando a su alrededor.
El corazón me dio un vuelco y dejó de latir por un instante.
Sentí un espasmo que me recorría todos y cada uno de los músculos al verle.
Se apretó contra mí, todo su cuerpo me cubría.
—¿Qué haces aquí?
«Pierdo la cabeza» . Pero, por puro instinto, eché la cabeza hacia atrás y le sentí el bulto caliente apretarse contra mi muslo.
—Disfruto de la comida y de un hombre guapo. —Necesitaba recordarle con furia (y recordármelo mí misma) que era un ente libre—. Te dije que no tenemos exclusividad, no hay nada que puedas hacer al respecto.
Su pene se sacudió entre nosotros y se me clavó en el muslo con más fuerza.
—Sí se me ocurre una cosa que puedo hacer al respecto.
Un deseo líquido entró como una inundación y me llenó el fondo del estómago. Mis pezones se pusieron en punta como pequeños diamantes color rosa.
—¿Qué sería eso?
—Hacértelo aquí mismo.
Me aferró del pelo, me acercó mi cara a la suya y estrelló los labios contra los míos.
El beso me hizo arder la boca y se evaporó todo: la ira, la confusión y la duda.
Me rodeó las mejillas con las palmas de las manos y me atrajo hacia él, como si quisiera devorarme entera, tragarse todo mi cuerpo, y no dejar nada de mí para nadie más.
—Mía —dijo con un gruñido dentro del beso y me mordió el labio inferior.
Sus manos vagaban por todo mi cuerpo y los dedos se me enroscaban por todas partes.
Ahora él era el pulpo que trataba de apoderarse de cada célula de mi ser—.
Mía, mía, mía —repitió varias veces, y profundizó nuestro beso, con una mano que empezaba a serpentear por mi entrepierna.