Capítulo sesenta y tresFarrow #2
Los dedos de Zach recorrieron la entrada de mi sexo a través de las bragas y se me escapó un gemido.
Decidí retomar el odio adecuadamente una vez que termináramos de apretarnos y penetrarnos con furia.
Llevó los labios hacia mi pubis y me recorrió por todo el cuerpo, pasando por todo el minivestido y recorriéndome los muslos a tirones bruscos.
Me ponía la boca por todas partes: me cubría los pezones a través del vestido, me mordía la piel sensible de la cintura, me lamía y me chupaba cada centímetro de piel desnuda que me asomaba fuera del atuendo. Se arrodilló, me apartó la ropa interior y me penetró con la lengua.
Arqueé la espalda y abrí las piernas para él, con una mano apoyada en el lavamanos y la otra agarrándolo del pelo.
—Zach.
Me penetró con la lengua como una fiera; agarrado de mis nalgas como si me castigara con fuerza.
Con el dedo meñique me estimulaba por el ano a través de la ropa interior y, mientras tanto, me devoraba con la boca como si estuviera desnutrido.
Dejé caer la cabeza, el placer me crecía por dentro y era demasiado intenso.
Los dedos se hundieron más a fondo en mi culo.
—Esta vulva chorreante es mía.
Le apreté la lengua con fuerza descomunal, ya al borde del abismo.
—Este culo es mío —continuó, y me mordió la unión entre el culo y la cara interna del muslo, mientras me hacía girar mi clítoris con la punta de la nariz—. Cada una de tus respiraciones me pertenece.
Comencé a mecerme sobre esa boca ávida.
Se bajó la cremallera y se quitó los pantalones mientras el orgasmo me desgarraba el cuerpo.
—Puedes alardear con tus citas todo lo que quieras, pero jamás te escaparás de mí.
Se puso de pie, me levantó sobre el lavamanos de mármol y me abrió las rodillas de un tirón. Me rompió las bragas con otro tirón y se arrojó dentro de mí como si estuviera poseído. Sentí que me estiraba al máximo, y sentí el olor del látex mezclarse con el del sexo.
Alguien trató de girar el picaporte desde fuera varias veces.
Se me estremeció el corazón cuando Zach se abalanzó sobre mí, se salió al mismo tiempo, y al instante siguiente volvió a entrar.
En las últimas dos semanas, habíamos gastado dos paquetes de preservativos del tamaño extra grande, por lo que yo ya me tendría que haber acostumbrado a su tamaño; pero no.
Jadeé y fingí por un segundo que había algo que podía importarme más que seguir así, penetrada por él, mientras le rodeaba el cuello con los brazos.
—Nos van a ver.
Mis uñas se arrastraban por sus bíceps y se negaban a prestar atención a mi propia advertencia. Bajé el mentón para verle el pene aparecer y desaparecer dentro de mí, brillante con los fluidos que lo recubrían. A través de la capa fina de la goma, todavía podía distinguir la cresta venosa gruesa.
El picaporte de la puerta dejó de sonar y el ruido fue sustituido por unos golpes fuertes.
—¡Ay, pero por favor! Me estoy meando.
Se me escapó una risa de la garganta.
—Shh. —Zach me presionó la palma de la mano contra los labios, me calló, y al mismo instante, aceleró el ritmo, penetrándome más profundo y más rápido—. Sé una buena chica y tómate mi pene sin chistar. Sí. Así. Lo estás haciendo tan bien.
Con la mano libre, me bajó una de las tiras del sujetador por el hombro y dejó un pecho al descubierto. Estaba lleno e hinchado y pedía a gritos ser tocado. Bajó la cabeza para llevarse el pezón a la boca y cada terminación nerviosa de mi cuerpo se puso con piel de gallina.
Grité dentro de su puño y me aferré a él con más fuerza.
El segundo clímax me recorrió como una corriente eléctrica por todo el cuerpo.
Cada vez que me penetraba, la punta de su pene me golpeaba sobre el punto G.
Por detrás de mis párpados cerrados, los ojos se me llenaron de estrellas.
Los golpes en la puerta se hicieron más fuertes.
—Por favor, dime que estás a punto. —Movió la boca sobre mi pezón, los empujones se volvieron más bruscos y menos controlados—. No puedo soportarlo más. Estás ordeñándome a gotas.
La puerta sonó con fuerza:
—¡Ey!
¿Pero se había bebido toda el agua del local o qué?
—Ya casi —gemí.
Me quitó la mano de los labios y se tragó mis gemidos con besos.
El semen caliente llenó el condón y eyaculó dentro de mí, por detrás.
Los dos temblábamos abrazados, sudorosos y destrozados por nuestros propios orgasmos.
Nos quedamos así durante un rato largo, abrazados; él tenía la frente apoyada sobre mi hombro.
Su respiración fuerte me recorría por la espalda.
Ninguno de los dos quería moverse y volver al mundo real.
—Por favor, voy a explotar. —La Dama del Pis volvió a golpear la puerta—. Ya basta. Si no abres ahora mismo, te juro que llamo al encargado.
Zach y yo nos miramos a los ojos. Se retiró de mí lentamente, con el pene erguido aún a media asta; anudó el condón usado y lo tiró a la papelera. Yo me agarré del lavamanos y luché por recuperar el aliento.
Me dio un beso dulce en los labios y, al instante, una sonrisa educada y distante se apoderó de su rostro.
—Recuerda, Pulpi. Puedes salir con quien quieras y engañarte con todas las historias que quieras sobre dejarme atrás y seguir adelante, pero siempre seré yo quien te dé esto. Nadie te regala estos orgasmos, nadie posee cada centímetro de ti.
Se subió la cremallera y se dirigió a la puerta. La destrabó y salió. La veinteañera rubia que esperaba al otro lado retrocedió y los nervios le asomaron a través del elegante traje chaqueta que llevaba.
—Dinero por tu silencio. —Zach sacó un fajo de billetes del bolsillo y lo lanzó en su dirección—. Si hablas, te arruinaré la vida.
Y así, tan despreocupado, regresó a su cita con Eileen.
Y me dejó atrás toda retorcida, tanto física como mentalmente.