Capítulo sesenta y dosFarrow
Capítulo sesenta y dos
Farrow
No tendría que haberme sorprendido de que Zach tuviera un vehículo blindado en cada estado. Y con chófer privado. Íbamos pasando uno tras otro los campos de golf exuberantes y las casas de playa gigantescas que se extendían a lo largo de miles de hectáreas de arena blanca.
Yo miraba por la ventanilla, abrazada a mi bolso, que sostenía contra el pecho, con la cara sin duda tan blanca como un papel.
Todo me daba igual. Nada me importaba demasiado después de mi conversación con Andras.
El cielo gris se resquebrajaba como la cáscara de un huevo y la lluvia golpeaba las ventanas de láminas gruesas.
La madre naturaleza se desgañitaba por los ojos y yo hubiera querido hacer lo mismo; estaba en una lucha intensa por mantener intacta mi expresión estoica.
Zach apagó el aire acondicionado para que no me fuera directo a los brazos desnudos.
—¿Hay algo que te gustaría ver en Hamptons, Pulpi?
Se había asegurado de sentarse lo más cerca posible. Pero lo ignoré durante todo el viaje, también en el avión.
—Sí —le dije con tono seco—. Me gustaría ver tu mansión por el espejo retrovisor de mi Prius una vez que todo esto termine.
Si le molestaba la lluvia en algo, no se le notaba.
«Se está curando, día tras día, mientras tus sueños se alejan cada vez más».
Zach se reclinó en el asiento y estiró las piernas.
—¿Qué he hecho ahora?
—Traer a tu actriz de reparto a unas vacaciones con tu prometida es un golpe bajo, hasta para tus estándares.
—Tú no eres mi actriz de reparto. —Los ojos se le clavaron en mi rostro de un modo que me puso feliz y angustiada al mismo tiempo—. Y tienes que parar con lo de Eileen.
—¿Por qué?
—Porque… es complicado.
—A mí me parece bastante sencillo.
—Necesito tiempo.
Resoplé y giré la cabeza para mirarlo a la cara.
—¿Para qué?
—Para resolver algunas cosas. —Se tironeó del cabello sedoso—. Y te quiero a mi lado.
Desvié la mirada hacia la ventana y negué con la cabeza.
Ni siquiera estaba enfadada con Zach; él había dejado las reglas claras desde el principio y yo las había aceptado.
No, el objeto de mi ira se encontraba a más de quinientos kilómetros, en Potomac.
Andras. Andras Horvath con su ultimátum ridículo y extraño.
—Pulpi. —Zach me tomó la mano, la apoyó en su regazo y se puso a jugar con mis dedos. El gesto me dolió más de lo que me calmó. Me recordaba que todo esto terminaría en unas pocas semanas, tal vez hasta días—. ¿Qué te preocupa? ¿Es Andras? Puedo encontrarte un entrenador mejor.
—No. Ya me desperté de esa fantasía —admití mientras el coche pasaba junto a setos imponentes y se acercaba a una mansión de piedra caliza francesa—. Seguiré practicando esgrima por diversión, pero nada más.
—¿Y como entrenadora? —Enroscó los dedos sobre los míos en el regazo mientras el coche rodaba por el camino que llevaba a la puerta principal—. ¿Considerarías seguir entrenándome? Eres fabulosa en eso.
Su cumplido me lamió la piel como un rayo de sol.
—Supongo que necesitas seguir practicando.
—Serás grosera… —Se llevó el dorso de mi mano a los labios y me dio un beso prolongado—. Quédate junto a mí, ¿de acuerdo?
Eileen estaba en la puerta vestida con un vestido burdeos impecable y un abrigo a juego, con las manos enguantadas y unidas frente a ella, por delante del cuerpo.
Tragué saliva y deslicé mi mano fuera de la suya.
—De acuerdo.
Permanecer cerca de Zach resultó imposible conforme avanzaba el día, así que recurrí a sudar mis frustraciones en el gimnasio del sótano mientras Eileen lo arrastraba de un salón a otro por todo Long Island.
A la mujer no se le había escapado ni un segundo desde que habíamos salido del coche.
La sonrisa se le había borrado al verme, pero se había recuperado rápidamente, alegre y educada.
—Señorita Ballantine, qué sorpresa tan encantadora. —Miró a Zach mientras entrábamos—. Pensaba que, en todo caso, vendrías con Natalie.
«Ya somos dos».
Yo solo había aceptado ir para seguir el caso de cerca. Zach se comunicaba con frecuencia con el equipo estelar de abogados por teleconferencia y no podía arriesgarme a perderme de ninguna noticia; no cuando la victoria sobre Vera se avecinaba.
Zach nos abrió la puerta y dijo:
—Farrow es mi mano derecha.
Casi se me sale una carcajada y le susurré en voz baja:
—¿El juego de palabras es intencional?
Nuestros hombros se frotaron entre sí en la sala, al entrar. Caminábamos a unos pasos de Eileen. Él sonrió y me rozó con el dedo meñique sobre el mío muy brevemente.
—Eso depende de si te pareció gracioso o incómodo.
Aflojé los hombros y me descongelé un poco.
—Las dos cosas, un poquito.
—Entonces sí, fue intencional.
Nos embarcamos en la visita de cortesía de la mansión de catorce dormitorios, durante la cual Zach fue tan descarado de asignarme el que estaba junto al suyo y, a Eileen, uno en la esquina más alejada.
Mientras el personal nos llevaba el equipaje a las habitaciones, Eileen anunció que tenían cita con un planificador de bodas para ir a ver salones.
Por supuesto, aproveché la oportunidad para redimirme.
Me volví hacia él y le dije:
—Deberías ir.
Cuanto más lo pensaba, más decidida estaba: Zach necesitaba una Eileen.
Yo no estaría por aquí para siempre. Una vez que estuviera curado y nos separáramos, me sentiría tranquila de saber que tenía a alguien constante e inquebrantable en su vida.
Los ojos de Zach iban de una a otra y la esquina de sus labios se curvaba hacia abajo ante la idea.
—De verdad, Zach. —Sonreí, asintiendo con la cabeza—. Deberías irte. Estaré bien.
Y con «estaré bien» me refería a hervir de celos verdes y pegajosos que no tenía derecho a sentir.
Sudé la gota gorda en el escalador del gimnasio y la máquina zumbó cuando llegué a los sesenta minutos.
Me bajé de un salto, tomé una botella de agua del soporte y me la bebí entera.
En la ducha, pensé en todas las maneras en que me reiría en la cara de Vera cuando esto terminara.
Durante dos años, me había imaginado ese momento de mil maneras diferentes.
Pero hoy, por alguna razón, la idea de quitarle cosas a Vera ya no me emocionaba; la idea de darle cosas a Zach, sí.
Me puse unos pantalones de deporte y una sudadera y empecé a bajar las escaleras. En eso, me llegaron unos fragmentos de la conversación entre Zach y Eileen y se me filtraron en los oídos. Me detuve y apoyé la espalda en la pared para esconderme.
—… lo que pienso es que deberíamos honrar el deseo de tu madre e ir a la cena. —Eileen se sirvió una copa de chardonnay de una de las islas dobles—. Se tardan seis meses para conseguir una reserva en The Winstonian.
—Tardaremos una eternidad y, encima, no quiero comer ahí. Ni siquiera tengo hambre. —Zach hablaba con su característico tono distante—. Yo tengo bastante papeleo que revisar, pero ve tú. Lo pasarás bien.
Si fuera yo, ya habría empezado a pelear con él. Justamente por eso Eileen le convenía.
—He oído decir que la comida es divina. —Dejó el vaso sobre la mesa, era la paciencia personificada—. Sería un desperdicio no aprovechar la reserva. Además, ¿tu amigo Romeo no es copropietario del lugar? Estoy segura de que no le sentará muy bien que desperdicies una mesa para dos personas.
El corazón se me atascó en la garganta mientras esperaba la respuesta. En un gesto de egoísmo total, quería que se quedara, que le diera la espalda a ella. De hecho, por un instante desquiciado sentí deseos de gritar: «Yo soy mejor para ti. ¿Por qué no me eliges?».
Pero, en lugar de eso, no dije nada; tenía todo el cuerpo rígido en medio del silencio.
—Está bien. —Él consultó el reloj de pulsera—. Iremos.
Cerré los ojos e inhalé entrecortadamente.
—Estupendo. —Eileen vertió el vino en el fregadero—. Llamaré a tu chófer y me pondré algo sexi. Será buena idea llamar la atención y mostrar a la gente que somos una pareja poderosa. Esto podría ser bueno para nuestras carreras.
Los zapatos de tacón golpearon sobre la madera en dirección a mí. Subí las escaleras hasta mi habitación y cerré la puerta detrás. La voz de Eileen resonó dentro desde el pasillo.
—… me lleva a cenar ahora. —Dio un suspiro en el teléfono, como si acabara de regresar de una carrera de cinco millas—.
He tenido que hacer un poco de magia, pero lo he logrado.
—Hubo un silencio y después gimió, entre risitas, y continuó—: Ay, sí, ya sé.
Me muero de ganas de montarme sobre este hombre; es tan gruñón y tan sexi.
Pero se está descongelando. Deberías haberlo visto cuando fuimos a ver salones.
Todas las mujeres tenían los ojos sobre él, no se las sacaba de encima.
Con una sola vez que vea lo buena que soy en la cama, ese cerebrito caerá rendido.
Sentí como si unas garras afiladas y oxidadas se me aferraran a la garganta. No podía soportarlo más. Sus palabras deberían haber hecho sonar campanas de advertencia, pero no podía ver más allá del recordatorio constante de que pronto sería de otra persona.
Eileen se metió en su habitación y dejó una huella de risas y perfume tras de sí. Mantuve mi oreja pegada a la puerta y escuché cuando volvió a salir, silbando para sus adentros. Se oyeron los tacones que bajaban la escalera.
Durante todo ese tiempo, Zach no vino a mi habitación a ver cómo estaba.
Ni siquiera me envió un mensaje de texto.
Una hora después de que Zach y Eileen se fueran, yo estaba de pie en la puerta de la mansión Sun, vestida con un minivestido metálico que Dallas dijo que había dejado allí el verano anterior.
—¿Estás segura de que es la mejor forma de lidiar con mis celos furiosos? —Estaba aferrada al bolso de diseño también prestado, con el teléfono pegado a la oreja, esperando mi Uber—. Porque, para mí, con un buen sexting con un desconocido ya bastaría.
—Más que segura. —Dallas masticaba algo crujiente al otro lado de la línea—. Confía en mí, soy experta en ingeniería de las relaciones.
—Eso no existe.
—Lo único que Zach está haciendo es dejar a su madre jugar con su corazón. —Dallas ignoró mi escepticismo—. Pero es a ti a quien quiere.
—Pero Eileen es buena para él. —Me chorrearon tantos litros de sarcasmo que podría haberme deshidratado ahí mismo—. Es la mejor decisión, la más racional.
Cuanto más lo pensaba, más segura me sentía: era una catástrofe. El matrimonio entre esos dos era como una reunión de recuperación de adicciones en una farmacia. ¿Cómo podrían dos personas con la misma fobia curarse entre sí?
—No hay nada racional en el amor, nena. —Dallas soltó su risita de campanario de iglesia—. Soy vuestra fan número uno: «Fachary» por siempre.
—Fachary suena horrible. —Hice una mueca—. Es como… «facha».
—¿Qué tal al revés, «Zarrow»?
—No. —Me estremecí dentro del vestido diminuto, ya arrepentida de esta noche antes de que empezara—. ¿Cómo tengo que decirte que Zach y yo no somos ni una opción?
—Claro que sí que lo sois. ¿O no viste nunca lo de Kate Beckinsale y Pete Davidson? En el amor y la guerra todo se vale.
Pasé el peso de una pierna a otra y luché contra el frío que me calaba hasta los huesos. Justo en ese momento, vi parpadear los faros de un Toyota Camry a lo lejos, que se acercaba hacia mí.
—No puedo creer que vaya a salir con otra persona.
—Oye, no tenéis exclusividad, ¿no? —Crujió algo al otro lado. Seguramente, otra bolsa de algo comestible—. Y casualmente te he organizado una cita con un tipo genial. Y, ¿quién sabe?, tal vez de eso pueda surgir algo real.
Dallas había insistido en montarme una cita en The Winstonian y me había conseguido una mesa en el último minuto por cortesía de un Romeo cansado ante la insistencia, para que pudiera recordarle a Zach que nuestra falta de exclusividad iba para ambos.
Era mezquino, pero no estaba en condiciones de rechazarlo.
Uno, porque no había comido desde la mañana.
Y dos, porque realmente necesitaba demostrarle tanto a Zach como a mí misma que yo no estaba al cien por cien en esta relación.
—No pongas el listón muy alto —me dijo Dallas mientras me bajaba el minivestido por encima de los muslos. Era más corto que la mecha de Romeo.
—Zach me dejó toda llena de marcas con sus succiones: por todos lados en las tetas y en la barriga.
—Uf. ¡Qué sexi! —suspiró Dallas—. Y Zach está jodido de cojones.
Le mostré una sonrisa bien grande al conductor del Uber y murmuré:
—Yo también.