Capítulo cincuenta y seisFarrow
Capítulo cincuenta y seis
Farrow
A la mañana siguiente, el universo hizo gala de su sentido del humor más retorcido: conducía de vuelta de la farmacia, me eché en la boca la pastilla del día después —una que se llamaba «Plan B»—, me la tragué con un zumo de naranja a punto de caducar que estaba de oferta y, en cuanto salí de mi Prius, el goteo delator de mi periodo se me deslizó por el muslo.
—¡Joder!
Cuando terminé de ducharme y limpiarme toda la sangre, mi ánimo se desplomó, así que bajé las escaleras, lista para asaltar la cocina en busca de algo dulce y bien calórico.
Zach vagaba por los pasillos en algún lugar, seguramente marchando como un demonio en busca de su ración de carne.
Me las había ingeniado para esquivarlo toda la mañana y planeaba hacer lo mismo durante toda la noche.
Me vibró el teléfono con otro mensaje; suyo, probablemente.
Aun así, lo revisé por si acaso y fruncí el ceño al ver el nombre que se iluminaba.
Andras : Mañana a la hora de siempre.
Me detuve en seco y me quedé pensando en cómo responderle.
Era el primer contacto que teníamos desde que había saltado el escándalo.
Supuse que habría necesitado tiempo para procesar la noticia antes de dejar de entrenarme sin ninguna ceremonia, junto con su sueño de formar a una medallista de oro olímpico. Al final, me decidí por algo simple.
Farrow: OK.
Me había metido en la despensa sin molestarme por encender la luz y estaba revolviendo en las cajas de galletas y snacks cuando la puerta se cerró detrás de mí.
La oscuridad cubrió la habitación. Empuñé una bolsa de galletas, suspiré y me di la vuelta para alcanzar el pomo.
Choqué contra un pecho musculoso, que jadeaba.
—Has estado evitándome. —La voz de Zach se coló directamente entre mis muslos; una zona con la que, al parecer, tenía línea directa. Odiaba el modo en que mi cuerpo traicionero no parecía entrar en sincronía con el resto de mi opinión hacia él.
Me eché el pelo por encima del hombro y dije:
—Parece un tema recurrente en nuestra relación.
—Otra cosa que parece recurrente en nuestra relación es mi voluntad de gastar todo mi tiempo, esfuerzo y recursos en ti, mientras tú me ignoras por completo.
—El premio al Jefe del Año está en camino. —Suspiré—. ¿Qué quieres, Zach?
—Tu compañía. Tu atención. Tu entrepierna. Por nombrar solo algunas cosas. —Hizo una pausa, consumía casi todo el espacio ínfimo con su presencia—. Tenemos un trato.
"Ah, claro. Nuestro trato. Nuestro estúpido y maldito trato".
—Tenemos un trato que dice que estaremos juntos cuando el tiempo nos lo permita.
Nuestro trato no dice que yo tenga que estar a tu entera disposición.
No soy tu «coño de alquiler». —Marqué unas comillas en el aire sobre las palabras groseras, pero él no podía verlo en la oscuridad—. Yo no soy tu puta, Zachary.
Me apretó contra los estantes y con la mano me encontró la mejilla con una precisión espeluznante.
—Jamás he dicho que lo fueras. —Zach bajó la cabeza para degustarme.
Alejé la cara por instinto y le dije:
—Ahora mismo no puedo. Me acaba de venir la regla, así que nada de ñaca-ñaca.
—A mí no me molesta si a ti tampoco.
—Pues la verdad es que sí me molesta. Y, de hecho, me tengo que ir.
No era realmente una mentira: tenía que irme, a mi habitación; para descomprimirme de todos los sentimientos que me atormentaban desde que habíamos tenido sexo.
Se le aceleró la respiración.
—¿A dónde?
—Tengo una cita —le dije y me maldije a mí misma por decirle una mentira tan estúpida.
—¿Una cita ? —Golpeó los estantes detrás de mí con las manos.
—Sí, parece que tienes buen oído, Zach. Sí. He dicho una cita. —Me lamí los labios—. Te dije que no tenemos exclusividad.
—Ponle precio. A la exclusividad, digo. —Se me ocurrió pensar que ni quiso saber quién era el de la cita por una simple razón: lo averiguaría él mismo de todos modos. Sus dedos me acariciaron las clavículas—. Es el colgante lo que quieres, ¿verdad?
«Lo quiero por encima de las ganas de vengarme de Vera».
Ese colgante era lo que me había traído aquí en primer lugar y siempre acechaba en el fondo de mis pensamientos; todas las veces que pasaba por su oficina, volvía a mirarlo.
Pero ahora que conocía a Zach, me negaba a recurrir al robo o al chantaje.
En algún momento del camino, había decidido que iba a recuperar el colgante, pero de manera legal y sin coacciones de por medio.
—Mi libertad no se negocia. —Le quité uno de los dedos de encima de mí con un golpecito—. Voy a salir te guste o no. Y, si te molesta, recuerda: tú estás comprometido.
En lugar de responderme, se abalanzó sobre mí, se metió mi labio inferior dentro de la boca y empezó a succionar con fuerza, robándome el aliento. Ese beso era diferente; era cruel y demandante, al borde del frenesí.
—Quiero penetrarte aquí mismo. Ahora mismo. —Me acarició el paladar por dentro de mi boca con la lengua—. Me importa una mierda que estés con la regla.
Yo todavía estaba en carne viva por lo de ayer, tenía un dolor sordo que me recubría las paredes de la vulva y no podía ni pensar en nada más horrible que el sexo mientras estaba con la regla. Al mismo tiempo, lo ansiaba. Quería llenar el vacío con él.
Me succionó le lengua hasta que la tuve dentro de su boca. Gemí ante el atrevimiento.
—Dime que pare, Pulpi.
Pero no pude. No podía en el momento en que sentir esa boca que se deslizaba por mi mentón era como sentirme en el paraíso.
Con las manos me arañó la parte de arriba del pijama y le arrancó los botones, que volaron por todas partes y rodaron a nuestros pies.
Agarró uno de mis pechos a través del sujetador y apretó la parte de abajo para acercarse mi piel a los labios.
—Esto no significa nada. —Las palabras salieron del fondo de mi garganta y él succionó mi pecho entero, lamiéndome el dolor con cada gemido y pasándome los dientes por la piel sensible de toda la zona.
—¿Sí o no? —Sonaba frío. Tan tan frío.
Gemí y le contesté:
—Sí.
No había jugado limpio. Mis manos vagaron por su cuerpo, mis dedos desaparecían dentro de su cabello y tocaban con avidez su piel suave y sus músculos abultados. Apenas si llegué a añadir:
—Condón.
Esta vez no discutió; sacó uno de su bolsillo —¿acaso el muy imbécil lo llevaba ahí todo el tiempo, solo por si acaso?
— y le rompió el envoltorio con los dientes mientras me bajaba los pantalones y las bragas.
Me subió un escalofrío cuando me empujó el sujetador hasta el cuello y empezó a dibujar círculos sobre mi piel mientras se iba cada vez más hacia abajo.
—Odio esto, que lo sepas —le informé mientras seguía conduciéndole la cabeza hacia mi entrepierna.
Usó el pulgar para acariciarme a lo largo de la abertura de mi vulva chorreante con la boca aferrada a mi clítoris. Solté un gemido desesperado y arqueé el trasero, con ansias de que me tocara.
—Pobrecita mía. —Me echó una brisa de aire en el clítoris con su aliento—. Siento mucho que tengas que sufrir otro orgasmo.
Sacó la lengua y pasó la punta desde la raja de mi culo hasta el clítoris. Tuve un espasmo de placer que me recorrió por todo el cuerpo.
—Me siento tan vacía. —La confesión se me escapó de los labios con la voz atragantada—. Te necesito dentro.
No me importaba siquiera lo mal que estaba todo, lo tan fuera de control y hasta lo pecaminoso del tema. No me importaba que mi cuerpo no se hubiera recuperado de la noche anterior o que unos delicioses moretones todavía me salpicaran la piel. Lo quería donde tenía que estar: dentro de mí.
—Sí, ya sé, nena. Estoy a punto de penetrarte tan hondo que volverás a sentir la espada cada vez que camines.
No lo dudé. La última vez, me pareció que su pene me llegaba hasta el corazón.
Lentamente, retiró el tampón y lo tiró al suelo.
Tan pronto como lo sacó, entró en mí. No me penetró con suavidad esta vez.
Empujó su miembro envainado de golpe y me llenó hasta los topes.
La sensación fue tan intensa que sentí como si tuviera un orgasmo y diera a luz al mismo tiempo.
Los músculos se me tensaron alrededor de él, ordeñándole el pene erecto mientras me sobrevolaba con el torso.
Nuestras frentes se encontraron.
—Hola, Pulpi, ¿qué tal?
Me imaginé su mirada hambrienta de sexo; debía verse como un león que va tras un banquete delicioso. Yo esperé que se me apareciera la vergüenza de un momento a otro, pero todo lo que podía sentir era el deseo; mucho deseo.
—Agárrate de mis hombros, Farrow.
—¿Por qué?
—Porque estoy a punto de penetrarte hasta el fondo del alma.
Me apretó la garganta con esos dedos elegantes que tenía, se salió por completo y después empezó a penetrarme sin piedad.
La puntuación perfecta de cada uno de sus impulsos se anteponía a mis gemidos, y la seguía un giro de su cintura y una inclinación del cuerpo para golpearme en el punto G.
Me liberó la garganta, bajó la cabeza y me asaltó la boca desesperado.
Nuestras lenguas luchaban y se amoldaban la una a la otra, ninguno de los dos terminaba de dominar la situación por completo.
Por detrás nuestro, se abrió la puerta de la despensa con un quejido. La luz fue filtrándose, centímetro a centímetro.
—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —Asomó la cabeza de Natalie—. Quería algunos pretzel s.
—Fuera. —Zach cerró la puerta de una patada sin siquiera mirar hacia atrás, y sin dejar de besarme y penetrarme. Debió atrapar un dedo a la pobre Natalie, porque la oí gritar.
Zach se movió y nos bajó al suelo. Cada vez que me penetraba, mi espalda se deslizaba contra las baldosas brillantes.
La fricción, el dolor y las vibraciones me llevaron a alturas desconocidas, a sitios que no sabía que podía alcanzar mi clímax.
Todo mi cuerpo se sentía electrificado, hinchado y vivo.
Me aferré con las paredes de la entrepierna alrededor de su pene, le sentí la piel palpitar contra la mía.
—Voy a correrme —dijo.
Miré al cielo con los ojos en blanco y me invadió una avalancha de calor. Me balanceé hacia delante y atrás mientras el clímax me agarraba por la garganta.
Zach no bajó el ritmo, me penetró todavía más fuerte, más salvaje, como si quisiera clavarme contra el suelo.
—Voy a marcarte hasta que no quede ninguna duda de a quién le perteneces.
—No le pertenezco a nadie —le gruñí mientras él no paraba de devorarme los pechos, masajearme los pezones y lamer cada centímetro de mi cuerpo. Se caían las cajas de galletas desde los estantes y se sumaban a los botones desparramados por el suelo.
—Que te diviertas en tu cita, Pulpi. —Me soltó la piel con un golpe de succión y sin duda me dejó otra marca más—. Puede que simules disfrutar de la compañía de otro hombre, pero ambos sabemos que nadie podrá llegarme ni a la suela de los zapatos.
Zach frotó la marca con el pulgar para que penetrara todavía más en mi piel.
—Voy a correrme ya.
—Yo también.
Solo con Zach había tenido orgasmos tan coordinados.
No podía evitarlo. Con él se me sobrecargaban los sentidos.
Todo era demasiado. La vista. La sensación.
El hombre. Su pene se sacudió dentro de mí.
Él dejó salir un gemido gutural y empujó la cara contra mi omóplato.
Sentí el calor de su semen dentro del condón y el goteo de mis fluidos en las baldosas.
En cuestión de segundos, se puso de pie antes de que yo pudiera estabilizar la respiración, y volvió a meterse el pene en los pantalones.
Dejó la puerta entreabierta y dejó entrar una pizca de luz para poder anudar el preservativo lleno de líquidos.
Yo seguía en el suelo todavía, jadeante, mojada y desnuda.
—Es hora de que lo admitas, Pulpi. Nadie más estará a la altura. Soy yo, yo soy el único hombre que desearás en la vida.
—¿Cómo lo sabes?
Dio un paso atrás y frunció el ceño:
—Porque es lo que tú eres para mí.
Toda la actitud desafiante que había logrado reunir hasta ahí se desvaneció por completo de un solo golpe. Antes de que pudiera responderle, se dio la vuelta y salió, asegurándose de prender las luces al pasar, para poder echar un buen vistazo al regalo que dejaba atrás.
Mi tampón desechado, empapado de mis jugos y cubierto del rosa de la sangre diluida. La prueba de lo que yo era: su puta a domicilio.