Capítulo cincuenta y cincoFarrow #2
Qué relación más retorcida teníamos, siempre pasando de enemigos a amantes.
Zach no respondió, me puso en el borde de la bañera y aflojó el cordón que sujetaba la parte de arriba de mi bikini.
Cayó al suelo con un golpe húmedo. Me devoró con una mirada rápida y pasó a engancharse los pulgares a cada lado de la parte de abajo y me la deslizó por las piernas.
Hundió mi cuerpo desnudo dentro de la bañera y dejó mi pelo por el borde.
Apenas si sentí el agua. El frío me había entumecido todo el cuerpo.
Poco a poco, mis terminaciones nerviosas se descongelaron y fui recuperando la sensibilidad.
Incliné la cabeza contra el borde y lo miré fijamente, ebria de deseo.
Toda mi frustración se convirtió en placer mientras mi cuerpo se abría de ansias de entregarse.
Él seguía de pie a un lado, mirándome como un halcón, con el pene erecto y pegado contra su muslo.
Arqueé una ceja.
—¿Has visto algo que te gusta?
—«Que me gusta» se queda corto. —Se pasó una mano por los pantalones, simulando que alisaba una arruga invisible y apretándose el pene en el proceso—. Y aquí radica el problema.
—¿Qué problema? —Moví las pestañas—. Pensaba que esto era solo un acuerdo temporal.
—Lo es, siempre me ha costado separarme de mis juguetes favoritos.
Arqueé la espalda, metí la mano entre mis muslos y me busqué el clítoris. Se me hundió el estómago al verle tensar la mandíbula y arrugar las cejas. Los picos de mis pezones atravesaron la superficie del agua, rosados y erectos, suplicando ser tocados.
Dijo una palabrota y giró la cabeza por un momento.
— Joder , Farrow.
—Vamos, Zach. Si al final no soy más que un juguete… —Aumenté el ritmo entre las piernas y dejé escapar un gemido—. Y tú también eres mi juego favorito.
Me miró sin pestañear cuando abrí una pierna por encima de la bañera y desplegué mi sexo, sintiendo el agua caliente penetrarme.
—Joder, joder, joder y mil veces joder.
Se arrancó el jersey de los hombros y lo tiró al suelo. Le siguieron los calcetines, seguidos de los pantalones y los calzoncillos en un mismo movimiento.
El pene se le salió, alto, grueso y largo, una perla de líquido preseminal lo coronaba en la punta. Por un momento, temí que no fuera a caberme dentro.
Se metió en la bañera con un chapoteo, me rodeó por los tobillos y tiró de mí hacia él.
Me agarré a los bordes para recuperar el equilibrio.
Mi agujero apretado se chocó contra su verga y le arrancó un gemido.
Me puso una mano en la espalda y con la otra me agarró la mandíbula y me besó con un beso largo, fuerte y desordenado.
Gemí dentro del beso y su lengua se encontró con la mía. Se apretó el pene con el puño y lo llevó hasta mi entrepierna.
—Condón. —Me tragué sus gemidos, jadeando—. Necesitamos un condón.
—Por favor, Farrow. —Su boca se deslizó por el costado de mi cuello, me raspaba con los dientes la piel sensible—. Te daré lo que sea y todo lo que quieras en este mundo con tal de que me dejes penetrarte así. Necesito sentirte. Toda. Sin ninguna barrera. Te lo suplico.
Me froté por todo su pene, hacia arriba y hacia abajo, en toda su longitud, con los ojos clavados en una batalla de torcer voluntades.
—¿Lo que sea?
—Lo que sea.
Pegó la frente contra la mía, cerró los ojos, en una cruda agonía que le pintaba todo el rostro.
Por un momento, se me cruzó la crueldad de pedirle el colgante, pero no sería justo.
Más allá de la guerra psicológica, yo quería que me lo diera porque sabía que me correspondía y no como parte de un chantaje.
—Quiero que me digas por qué te has mantenido distante últimamente.
Echó la cabeza hacia atrás y me miró fijo a los ojos.
—¿De verdad quieres saber por qué? —Asentí—. Porque me aterrorizas, Farrow.
Miró a un lado, hizo una pausa y se volvió hacia mí, con la garganta atorada en el intento por tragar saliva.
—Me recuerdas que soy humano —prosiguió—. Que un simple contacto puede, de hecho, destruirme. Debería desterrarte, Fae.
—¿Por qué?
—Haces que quiera disfrutar de mi vida, no solo sobrevivir.
Sus palabras me recorrieron la columna vertebral como un escalofrío. Levanté la pelvis, anudé mis brazos sobre su cuello y me hundí en su pene.
Me clavó los dedos en la espalda, y se metió hasta el fondo.
—Joder. — Se me salió un gemido por la garganta a mitad del camino. Se me desorbitaron los ojos. Estaba mojada y preparada, pero su pene era demasiado.
—Tranquila. —Me tomó por la cintura y me besó las mejillas, la nariz, los ojos—. Haremos que entre. Confía en mí.
No sabía por qué yo estaba depositando mi confianza en un hombre que era virgen y tenía un pene del tamaño de un rifle AR-15, pero asentí y me tragué un grito de dolor cuando metió la mano entre nosotros.
Con el pulgar jugaba con mi clítoris mientras con los dedos me clavaba la mano en las caderas.
Metió otro centímetro dentro de mí. Incliné la cabeza hacia atrás y solté unos sonidos roncos mientras me besaba en cada rincón de la cara y el cuello.
Apreté las paredes de la bañera con los dedos.
—Mi preciosa y valiente criatura. —Me llenó con su pene, con la boca viajó hasta mis pechos y me lamió los pezones—.
Mira cuánto te gusta mi pene. Qué buena chica.
¿Crees que puedes correrte sobre mi polla por mí?
—Me mordisqueó el costado de la mandíbula—.
¿Crees que puedes hacer que mi primera vez sea especial?
Asentí y contuve la respiración mientras él se metía más adentro.
Tenía casi todo su pene en mi interior y era tan grande que se sentía como si me tocara los órganos internos y me destripara por dentro.
Y, aun así, no podía negarlo: el placer era muy intenso.
Poco a poco fui desplegándome y empecé a aceptar el objeto extraño que tenía dentro.
—Eso es. Ahora empieza a cabalgarme, nena.
Las paredes de mi entrepierna se aferraron a su pene con una fuerza mortal.
Los ojos se le pusieron en blanco, en un placer tan intenso que dejó de jugar con mi clítoris y se quedó estremeciéndose dentro de mí.
Cada vez que yo me levantaba y hundía sobre su pene, en una cabalgata digna de una vaquera en el rodeo, sus abdominales se chocaban contra mi vientre.
Me rebotaban los pechos en el espacio que había entre ambos, pesados y llenos. Trató de tomarlos con los labios, los succionó y los soltó con un chasquido.
—Más despacio —me pidió, tomando uno de los pechos. Apartó la mirada de la mía y dijo con una voz ronca—: Estoy a punto de correrme y no quiero. Mierda, quiero vivir dentro de ti. Pagaré el alquiler con intereses.
Lo provoqué aumentando la velocidad mientras disfrutaba de verle una vena que se le abultaba en el cuello por el esfuerzo de contenerse.
—Pídemelo bien.
—Por favor… —Su frente cayó sobre la mía—. Necesito más.
Me tiró del pelo y me dio un beso infernal.
Voraz y lleno de una desesperación que yo jamás había sentido.
Se negaba a despegar los labios de los míos mientras seguía acariciándome los pechos y daba vueltas con la lengua por dentro de mi boca.
Nos besamos y nos besamos hasta que nos quedamos sin saliva.
Me agarró por la nuca y me reclamó la boca una vez más, echaba gruñidos dentro de ella.
—Mía. Siempre serás mía, ¿me oyes?
Palabras apasionadas que no significarían nada cuando lográramos despegarnos. Giré la cabeza y me negué a responderle.
Me agarró de la barbilla y me obligó a mirar hacia abajo, al espacio entre nuestros cuerpos: su pene se deslizaba hacia dentro y hacia fuera de mí, grueso y brillante con mis jugos.
—Míranos —me ordenó—. Mira esto. Aquí, frente a nosotros. Es el pico más alto de mi existencia. No hay nada que se sienta como tu sexo aferrándose alrededor del mío.
Yo ralentizaba mis movimientos para verle el pene grueso entrar dentro de mí, dándole tiempo para que se relajara, pero ninguno de los dos podíamos detener ese tren de carga de placer.
Al poco tiempo, ambos volvíamos a jadear con fuerza, el sudor brillaba sobre nuestros hombros.
Lo cabalgué más fuerte y más rápido, e incliné mis caderas para que se deslizara hasta más adentro.
Me agarró por la cintura y me guio con movimientos frenéticos.
El mundo entero se desvaneció y solo quedamos nosotros dos.
Zach —con el placer crudo y elocuente estampado por toda la cara— y yo, que escalaba cada vez más alto en la ruta del orgasmo.
Me temblaban los muslos por el esfuerzo y, al mismo tiempo, una avalancha se desmoronó por mis miembros.
El clímax me inundó como una tormenta y me arrancó un grito de los labios.
—Voy a acabar, mierda, voy a acabar. —Maldijo, me agarró del mentón y me miró a los ojos—. Necesito correrme dentro de ti.
—Zach…
—Te lo suplico. —Se le quebró la voz—. Por favor.
Me apreté alrededor de su pene al oír sus palabras, excitada de nuevo, y sabiendo que estábamos siendo muy imprudentes.
«¿Qué demonios te pasa, Fae? ¿Qué demonios os pasa a los dos?».
Pero nos habíamos convertido en prisioneros de nuestro deseo. Incapaces de pensar con claridad; sin ganas de hacerlo. Apenas logré calcular en qué día del ciclo estaba y confirmar que era un día más o menos seguro, que ya casi me llegaba el periodo.
—Por favor. —Los ojos de Zach estaban vidriosos, casi incoherentes, y me recordaban que había sido yo la que lo había desvirgado. Poseía una parte de él que sería mía para siempre.
Tragué saliva y volví a correrme otra vez ante la idea de que me llenara.
—Acaba dentro de mí.
Cuando me oyó, el pene le bombeó y se hinchó.
Entonces, lo sentí. La oleada de calor que se extendía por mi sexo mientras su semilla se derramaba por dentro de mí.
Nuestros orgasmos chocaron entre sí. Nos aferramos el uno al otro y le clavé las uñas en la piel mientras su boca se fundía con la mía como si fuéramos una sola entidad tratando de frenar un huracán.
Volamos por lo alto del cielo, alcanzando la cima más alta juntos.
Después, nos quedamos acurrucados y seguimos estremeciéndonos durante un rato en la piel del otro hasta que el agua se volvió turbia.
Zach me besó el hombro. De vez en cuando me acariciaba el cuello con la nariz.
Yo no quería irme. No quería que se terminara el momento.
Su pene empezó a ablandarse dentro de mí, y sentí ganas de llorar, porque había algo terriblemente patético en nosotros: yo, luchando desesperadamente por mi supervivencia y negándome a admitir que estaba enamorándome de este hombre; y él por fin encontrándose frente a la posibilidad de ser feliz y rechazándola para calmar su culpa.
Zach me tomó la cara y la giró para que lo mirara.
—Pulpi…
Puse mi expresión más neutra, aunque el corazón se me alborotaba de furia dentro del pecho.
Había dejado que eyaculara sin preservativo; le había permitido correrse dentro de mí.
Lo había dejado entrar en mi cuerpo, en mi mente, en mi alma .
Ahora el único espacio que le quedaba por conquistar era mi corazón, y se estaba acercando a él a toda velocidad.
—Siento haberte pedido que folláramos sin protección. Ha sido una estupidez por mi parte. —Se le arrugaron los ojos de arrepentimiento. Todavía estaba dentro de mí—. Un error de juicio terrible. Si pasara algo… —Zach tragó saliva y, después de una pausa, dijo—: Te prometo que…
Me apresuré a cortarle, no quería escuchar una promesa que no podría cumplir.
—No pasará nada, porque voy a tomarme la píldora del día después ahora mismo.
Me levanté. Ambos vimos su pene deslizarle hacia fuera de mí, centímetro a centímetro. Me alcé sobre él, mojada y vulnerable. Temblando. El semen se me derramó por la parte interna del muslo.
—No tienes que hacerlo. —Me agarró por detrás de las rodillas, cerró los ojos y me besó en la entrepierna, respirándome—. Nunca te traicionaría, nunca le daría la espalda a un hijo mío.
Un latigazo de pánico me azotó la espalda, resoplé para ocultar la bola de lágrimas que se me agolpó en la garganta y pasé por encima de él.
—Créeme, ninguna parte de mí quiere ser un simple error que se convirtió en un escándalo.
Se puso en pie y me siguió.
—Tú no eres ni un error ni un escándalo.
—¿Entonces vas a escondernos a mí y al bebé y dejarnos en algún lugar lejano? —Me envolví en una de sus toallas exuberantes—. ¿Vas a enviarnos un cheque cada mes?
Frunció el ceño y empezó a secarse.
—No es lo que he querido decir.
Pero no me quedé para averiguarlo.
—Farrow. —Me seguía, y los pasos detrás de mí ganaban cada vez más velocidad—. No huyas de mí.
«Entonces, convénceme para que me quede. Termina con este compromiso tuyo. Dime que importo».
No lo hizo.
Tropecé por el pasillo y corrí hasta mi habitación. Si me veía la cara, me hubiera visto las lágrimas, el dolor, la confusión… Porque lo que había pasado en esa bañera no lo había sentido como sexo; lo había sentido como hacer el amor.
—Farrow, espera .
Le cerré la puerta en la cara.
Y albergué la esperanza de cerrarle también mi corazón.