Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2) Capítulo cincuenta y cincoFarrow
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Capítulo cincuenta y cincoFarrow

Capítulo cincuenta y cinco

Farrow

Zach no volvió a casa.

Saqué el teléfono, miré la hora —las diez y media; «¿pero qué cojones…

?»— y me contuve de enviarle un mensaje de texto por la única razón de que no me debía ni explicaciones ni nada.

De hecho, me lo venía repitiendo como un cántico para mis adentros desde que Constance y Eileen se habían ido hacía tres horas.

«No es tu novio. No es tu marido. No es tuyo. Punto. Pronto, le prometerá sus votos para siempre a otra mujer en un vestido todo esponjoso en medio de un campo de polen».

«Eres temporal e insignificante. Una pluma en el viento».

Recorría mi habitación de arriba a abajo, como una leona en una jaula oxidada.

Podía ver lo irónico de la situación: mientras el que ahora era el marido de Dallas la había encerrado en una jaula de oro y ella luchaba con uñas y dientes por liberarse, yo me había metido en mi propia jaula dorada por voluntad propia y no quería salir.

Hubiese sido más fácil si el brillo y el glamour me atrajeran, porque eso lo podía encontrar en otra parte.

Pero no, lo que yo anhelaba eran las sonrisas dulces que compartíamos de un lado a otro lado de la habitación, las caricias fugaces y sus palabras de consuelo, que eran adictivas; cada una de ellas se me quedaba grabada en la piel como un tatuaje.

Enrosqué los dedos en el alféizar de la ventana de mi cuarto y me quedé mirando fijamente el agua brillante de la piscina. El agua cristalina me devolvió su brillo bajo la luna.

«Lo que necesitas es un chapuzón. Refrescarte esas hormonas desbocadas y esos celos al rojo vivo».

Me puse un traje de baño amarillo de dos piezas que había sido de Dallas («total, ahora parezco una salchicha alemana metida dentro de un tubo de goma», me había dicho), cogí una toalla y bajé la escalera haciendo caso omiso al clima helado.

El vapor se elevaba de la superficie de la piscina en unas nubes blancas espesas.

Me sumergí de cabeza, atravesé la superficie del agua hasta el fondo y nadé sin parar sin volver a la superficie hasta alcanzar el otro lado de la piscina.

Ahí inspiré con fuerza hasta el fondo de mis pulmones y llevé la cabeza al cielo.

Las estrellas bailaron por todo mi rango de visión, se fundían unas con otras, se mezclaban en el torbellino de lágrimas.

«Ya basta con esta fiesta lastimera y extraña de autocompasión. Te la guardas para los días de cumpleaños y ya. Ponte a nadar».

Lo hice. Hasta que los músculos se me tensaron y me ardían de tanto ejercitarse.

Hasta que pensé que los miembros se me caerían y saldrían flotando; cada vuelta más dolorosa.

Hasta que al fin se me despejó la mente.

Cuando terminé, me subí a una de las tumbonas que había dentro de la piscina y cerré los ojos, sin molestarme en secarme.

El viento implacable me lamió el cuerpo y los pezones se me endurecieron hasta entumecerse.

Se hizo un charco de agua con lo que me goteaba del pelo.

Dibujé en mis labios la letra de una canción que escuchaba noche tras noche en mi litera de Seúl.

« The ribs aren’t a cage. They’re the walls to your home… Las costillas no son una jaula. Son las paredes de tu casa».

Dejé entrar y salir el aire entrecortadamente y aparté la melancolía.

«Estás viviendo de prestado, Fae».

Me negué a darle a Constance el placer de arruinarme el momento.

«Pero ¿y si tiene razón?», preguntó una vocecita dentro de mi conciencia. «¿Y si le estás haciendo daño?».

La semilla me brotó por dentro de la mente y echó raíces en mi pecho.

«¿Y qué hay de ti? Este hombre hará una carnicería con tu corazón. Lograr esta victoria contra tu madrastra malvada no vale esa carnicería».

La sola idea de Eileen vestida con uno de esos vestidos de novia me revolvía el estómago. ¿Cómo me las arreglaría para soportarlo cuando llegara el momento de separarme de mi demonio personal?

—Pulpi.

Su voz tranquilizadora me envolvió como una manta de cachemira.

Se me tensó cada músculo del cuerpo, pero dejé los ojos cerrados.

Sus pasos firmes se acercaban, resonando contra la pesada losa de granito del borde de la piscina.

Por debajo de la parte de arriba de mi bikini, los pezones se me tensaron y el corazón me dejó de latir una docena de veces.

Solo de oírlo llegar, el calor se me agolpaba en el estómago.

Aun así, me negué a demostrarle lo contenta que estaba de que hubiera vuelto.

—¿Qué haces aquí fuera? Hace mucho frío.

«¿Ah, sí? No siento otra cosa que un deseo desesperado por ti».

—¿Quieres pescar una pulmonía? —gruñó.

—No eres ni mi padre ni mi madre.

—No, pero ahora mismo soy lo más cercano a una familia que tienes. —Se le suavizó la voz—. Mírame.

Abrí los ojos. Era doloroso mirarle. Demasiado hermoso, con el pelo negro, esos ojos de alquitrán y esa estructura ósea devastadora.

—¿Dónde estabas? —No pude contener la mordacidad de mi voz.

Zach caminó hacia mí, goteando su poder y riqueza en sus pantalones de color gris oscuro y su jersey de cachemira azul marino bajo un chaquetón negro.

—Tenía algunas reuniones en Washington. —Se metió las manos en los bolsillos, me recorría el cuerpo con los ojos.

—¿A las once de la noche?

«No es asunto tuyo», me recordé.

Tenía que parar. «Era necesario». ¿Desde cuándo me había convertido en una novia empalagosa?

—He estado conduciendo por ahí —admitió Zach y se detuvo al llegar al borde de la piscina, apenas a unos pasos de distancia. Me esperaba ver ansia en sus ojos, pero, en lugar de eso, me encontré con algo de preocupación; una emoción peligrosa que no tenía lugar en nuestro acuerdo.

Arqueé una ceja y traté de mostrarme impasible.

—¿En tu coche blindado?

Se le torcieron un poco los labios.

—En un BMW común y corriente.

—Guau, vives al límite.

—Sí, siempre que esté seguro de que no estás ahí para empujarme por el precipicio. —Hizo una pausa—. Necesitaba pensar un poco.

—¿Ah, sí? —Una esperanza tonta e idiota me floreció en el pecho. Quería que dijera «sobre ti, sobre nosotros»—. Es un concepto nuevo. Sabes que puedes pensar en cualquier parte, ¿no? Incluso desde la comodidad de tu hogar.

—Pulpi… —advirtió.

—Dime, ¿y en qué pensabas?

—Principalmente en el calendario de mi matrimonio inminente. En cómo encajarlo con mi agenda de negocios. En este momento estoy en plena adquisición de algunas empresas que van a exigirme cierta atención hasta que reestructure sus juntas directivas.

Asentí y simulé que su respuesta no me atravesaba por la carne y los huesos.

—La gestión del tiempo es importante. Tienes suerte de tener a Natalie.

—No quiero hablar de Natalie ni de ninguna otra mujer de mi vida. —Parecía tan triste que, por un momento único, realmente me alegré de su dolor. ¿Por qué iba a ser yo la única en sufrir?

—¿Qué deseas, entonces?

—Que subas las escaleras, te des un baño caliente y te pongas al menos tres capas de ropa antes de que pierda la puta cabeza.

—Creo que estoy bien aquí. —Sabía que no castigaba a nadie más que a mí misma y, aun así, quería hacerle una escena. Y terminar con un gesto grosero con la mano.

Se le crisparon los dedos a los lados del cuerpo, se le terminaba la paciencia.

—Tienes los labios azules.

—Tú tienes negro el corazón.

— Farrow… —gruñó y me mostró los dientes—. Ven aquí ahora mismo. Es invierno. Vas a terminar en el hospital si sigues así.

—Qué inconveniente más terrible.

— Farrow.

—Si tanto te importa, ven a buscarme.

Para mi sorpresa, la cara de Zach ni se inmutó.

Bajó el primer escalón de la piscina y el agua le llegó a los tobillos, y de ahí empezó a avanzar hacia la tumbona.

Cuando me alcanzó, se quitó el abrigo y me levantó al mejor estilo nupcial, cubriéndome con la pesada tela.

El aroma a madera y cítricos me envolvió y me calentó el cuerpo en un instante.

Por instinto, quise rodearle el cuello con los brazos.

En lugar de eso, simulé que miraba algo por detrás de él y fingí un bostezo.

Para mi disgusto, se le crisparon los labios en una risa.

—¿Qué te hace tanta gracia?

Salió de la piscina dando zancadas, empujando el peso del agua mientras me llevaba hacia la casa.

—Tú. —Sus ojos no se apartaron de los míos ni un segundo.

—¿Te divierto?

—Me complaces.

—Pues resulta que tú a mí no. —Un calor delator me subió por las mejillas. Miré hacia otro lado, hacia las luces de la casa, para evitar besarlo.

—¿Sabías que el pulpo muere después de aparearse?

Es una especie que solo practica la fecundación externa.

—Me agarró con más fuerza—. Varios machos insertan sus espermatóforos en la hembra o le entregan el esperma.

Luego, se marchan para morir. La hembra pone los huevos.

Una vez que eclosionan, su cuerpo sufre un «suicidio celular» que empieza por las glándulas ópticas.

Por poco le resoplé en la cara.

—Zachary Sun…

—¿Sí, Farrow Ballantine?

—Lo de soltar guarradas sexuales se te da de pena. —Se rio, le vibraba el pecho y le retumbaba contra mi cuerpo. Apoyé mi mejilla contra el suyo y le dije—: Entonces, ¿lo que dices es que, de consumar nuestra atracción, acabaremos muertos?

Empujó las puertas del balcón y subió por las escaleras hacia el segundo piso.

—Lo que digo es que el deseo es un asunto complicado, especialmente para las criaturas inteligentes.

—¿Pero?

—Pero vale la pena.

Me llevó a su dormitorio, donde me tumbó en la cama antes de dirigirse hacia su cuarto de baño. El sonido del agua golpeando sobre su enorme bañera antigua de cuatro patas llegó hasta mí. El aire se llenó de aroma a lavanda. «Una bomba de baño». Pero si él odiaba los productos perfumados.

Zach cerró el grifo y se me acercó, tenía los pantalones todavía empapados del agua de la piscina.

Me mojé los labios al verlo levantarme de nuevo.

—Deberías venir a la bañera conmigo —le dije.