Capítulo cincuenta y cuatroFarrow
Capítulo cincuenta y cuatro
Farrow
Natalie debía haber golpeado a Zach en la cabeza con el palo de la amnesia, porque pasó los días que siguieron como si el momento que habíamos compartido en mi habitación —aferrados en un abrazo como si la vida se nos fuera en ello— no hubiese sucedido nunca.
Ella se dio cuenta de mi estado de ánimo y me guiñaba un ojo cada vez que nos cruzábamos por el camino.
En cuanto a Zach, no podía enfadarme con él.
La verdad era que no me trataba como a los demás —con segundas y terceras dosis de maldad—, sino que, a diferencia de lo que hacía con Natalie y el personal en general, él todavía se detenía a hablar conmigo cada vez que nos encontrábamos en los pasillos.
Y aparecía en las reuniones cuando Dan, Bryan, Deanne y Tom llegaban con los avances legales: revisaba los documentos, me guiaba, hacía las preguntas difíciles que yo no sabía cómo hacer.
Y, sin decir nada, había contratado a otra gente de limpieza para que hicieran el trabajo que yo no hacía para que pudiera concentrar la energía en el caso y revisar todo el papeleo.
En lugar de centrarme en ganar la medalla de oro, había decidido centrarme en ganar el caso.
Cuanto más lo pensaba, más me daba cuenta de que no quería volver a competir.
Me encantaba el deporte, eso sí. Pero, desde el momento en que cometí la falta, supe que me merecía el castigo y que, si había logrado esquivar el fardo, era por los contactos de Andras, tan bien acomodados en el mundo de la esgrima.
Era hora de afrontar las consecuencias de mis actos.
Vera no me había arrebatado mi última posibilidad de ir a las olimpíadas, me la había arrebatado yo sola.
Pero eso no quería decir que fuera a permitir que se llevara todo lo que papá había dejado como herencia.
Después de dejar mis comentarios en un informe jurídico, deambulé por la casa de Zach, en busca de algo para hacer.
El lugar estaba reluciente, gracias a los esfuerzos conjuntos de mi paso por la casa junto con el del nuevo servicio de limpieza y Dallas tenía cita con el obstetra, así que no podía perder el tiempo comprando cosas para el bebé por Internet y viendo con horror cómo se pedía comida a domicilio desde siete restaurantes diferentes para satisfacerse los antojos.
Iba por el pasillo, pasando por las puertas abiertas, cuando oí que me llamaban por mi nombre desde la terraza acristalada.
—¿Señorita Ballantine?
Constance Sun. Me detuve en seco, mis hombros se tensaron en un nudo.
«No dejes que te presione. Tienes todo el derecho de estar aquí. La vida te ha hecho fuerte para que puedas protegerte».
Redirigí mi camino con un suspiro, deteniéndome al ver lo que tenía frente a mí: Constance y Eileen estaban sentadas frente a una gran mesa de madera, con folletos esparcidos por todas partes.
El sol se derramaba por detrás de sus hombros y las hacía parecer dos ángeles caídos.
Zach se había marchado hacía horas. Debían de haberse instalado por su cuenta.
Aun así, la idea de que Eileen estuviera cerca de él, en su casa, me ponía la piel de gallina.
No llevaba demasiado bien eso de salvaguardar mi corazón.
Esbocé una sonrisa despreocupada.
—¿Sí?
Constance se sirvió otra taza de té.
—¿Sería tan amable de ayudarnos?
—Claro. —Los dientes se me entrechocaron, pero mantuve la sonrisa intacta—. ¿En qué puedo servirlas?
—Mi visión ya no es lo que era. ¿Podría ayudarme a organizar estos salones para fiestas de boda en orden alfabético?
Los ojos se me desviaron hacia las gafas de lectura que llevaba en la nariz y se me arrugó el ceño a la mitad de las cejas.
La intención era evidente: quería que yo viera lo que el futuro le deparaba a su hijo; él era para Eileen y, lo más importante, no para mí .
Si dejaba que me afectara, sus garras se hundirían en mis huesos.
Así que, con toda la sutileza de que fui capaz, tensé cada uno de los músculos del cuerpo, sabiendo que me observaban de cerca como hienas.
Eileen dio una inspiración rápida.
—Constance…
Ella tampoco podía creer semejante mezquindad, pero yo sí.
Yo ponía en peligro lo más importante que Constance tenía en el mundo: el futuro de su hijo.
Nada le importaba más que mantenerlo a salvo, bajo su vigilancia.
Se resistía a dejar entrar cualquier elemento desconocido y peligroso en su vida porque podría terminar como su padre.
Lo entendía, pero no tenía por qué gustarme.
—Oh, no, Eileen, por favor, no te sumes tú también a todo esto. —Constance enfatizó la palabra «también»—. Esta gente está aquí para ayudar.
—¿Esta gente? —Eileen se encogió tanto en el asiento que por poco desaparece.
Constance chasqueó los dedos en dirección a mí.
—Dese prisa, querida, por favor. Que tenemos una degustación de pasteles en una hora.
«Vete a la mierda». Me negué a que me viera romperme y le mostré mi mejor sonrisa más brillante y feliz.
—Ahora mismo.
Recogí los folletos de la mesa y decidí no contárselo a Zach.
¿Qué sentido tenía? Ella se quedaría una vez que yo me fuera.
Por mucho que odiara a Constance, no podía negar el hecho de que ella adoraba a su hijo a su propio modo retorcido.
Le dejaba cajas enteras de su ensalada de pepino favorita cada tres días, celebraba cada una de sus victorias profesionales y (según Dallas) había movido los hilos necesarios para que reconstruyeran por completo la carretera en la que había muerto su esposo, para que Zach no la reconociera. No dudaba de su devoción por su hijo.
Eileen me dedicó una sonrisa avergonzada sin mirarme a los ojos y me ayudó a acomodar la pila de folletos. Me atravesó una punzada reticente de cierto respeto.
Las Maldivas, la Costa Amalfitana, Southamptons…
Los destinos no importaban. Tampoco la boda en sí. El simple recordatorio de que Zachary Sun ya no necesitaría una razón para contar conmigo me era suficiente para sentir una ola de desesperación que me atravesaba en espiral por todo el cuerpo.
—Oh, pero Eileen. —Constance frunció el ceño ante el silencioso (y chocante) acto de resistencia, pero aceptó una pila de folletos de su futura nuera—. Tu corazón es demasiado puro, los indeseables se aprovecharán de él.
Capté su mensaje subyacente. Ella debía verme de la peor forma posible.
¿Acaso podía culparla? Me había metido en la vida de su hijo intempestivamente, me había metido de golpe en su hogar, había tratado de robarle e intercambiábamos orgasmos a cambio de asistencia legal y montones de dinero.
Yo estaba lejos de ser un ejemplo de altruismo.
Todo ello mientras mantenía el pacto conmigo misma de no involucrarme en una relación, de no convertirme en papá y Vera.
Constance alzó un folleto a la luz.
—¿No es precioso este lugar?
Me tomó un momento darme cuenta de que me hablaba a mí. No pude evitarlo. Aunque sabía que me dolería, eché un vistazo al folleto: el Botanica. Un paraíso de árboles, miles de millones de flores exóticas y muebles de jardín hechos a mano. Fue como una daga directa al corazón.
«¿Qué te pasa, Fae? Las bodas te dan escalofríos. Siempre has dicho que eran un desperdicio de dinero».
—Impresionante —asentí; realmente lo pensaba. Con la sonrisa falsa todavía pegada al rostro, deposité los folletos restantes sobre la mesa y le ofrecí una pequeña reverencia, con una inclinación de las rodillas que era una floritura—. ¿Puedo ofrecerle algo más, señora Sun?
Funcionó. Constance parecía completamente desolada por mi buen humor.
—De hecho… Eileen, querida, ¿por qué no le muestras a la señorita Ballantine los vestidos que marcamos como favoritos? Estoy segura de que tendrá alguna opinión interesante.
Los ojos de Eileen se abrieron de par en par.
La idea parecía horrorizarla, y no la culpaba.
Yo ya ni me tomaba la molestia de ponerme el uniforme de asistenta, así que mi sentido de la moda —o más bien la falta total de él— se veía desde lejos.
Hoy llevaba unas mallas negras y un jersey peludo de color verde y amarillo.
—Seguro que la señorita Ballantine tiene cosas que hacer… —Eileen dejó la frase a medias.
El tiempo no era un problema. Lo que realmente me preocupaba era el hecho de que quería hacerme un ovillo y llorar hasta morirme de deshidratación.
Porque elegir un vestido de novia para la esposa de Zach era lo peor para mí.
Tuve una reacción física literal ante ello, como si un escuadrón de escorpiones se me arrastrara por la piel.
Pero, una vez más, no podía dejar que Constance me ganara, así que dije:
—Me encantaría echarles un vistazo.
Con un suspiro, Eileen agarró una pila de folletos brillantes con notitas autoadhesivas entre sus páginas y hojeó dentro de tres de ellos hasta llegar a lo que buscaba.
Desplegó las opciones frente a mí como un abanico: unos vestidos de lo más clásicos, en línea A, con mucho tul y tanto encaje encima como para abrir un burdel francés.
Zach los hubiera odiado todos. A él le gustaba lo contemporáneo con cierto aire artístico, la seda griega, los cortes plisados, quizás algo retocado con diamantes… Me dio vértigo darme cuenta de que yo conocía muy bien lo que le gustaba y lo que no.
Me tragué un grito desesperado y me encogí de hombros mientras golpeteaba sobre una de las fotos. Todas me parecían iguales, de todas formas.
—Este es increíble.
Eileen se iluminó.
—Es mi favorito.
Por un momento, sentí pena por ella. Porque sufría de la misma fobia que Zach, porque estaba a punto de embarcarse en un matrimonio sin amor, porque no tenía a nadie que la ayudara a sobrellevar sus temores… Por lo menos, Zach terminaría nuestro acuerdo ya curado; yo me lo había prometido.
Constance me estudiaba el rostro en busca de cualquier rastro de emoción —de tristeza, decepción o de celos—, pero no encontró nada.
Poco sabía ella que se hallaba frente a una experta veterana en el arte de la violencia emocional, cortesía del campo de maniobras en que Vera me había entrenado durante veintitrés años.
—Muy bien, señorita Ballantine. —Hizo un gesto hacia la puerta—. Ya puede irse.
—Si necesita cualquier otra cosa… —estiré el pulgar hacia el pasillo—, estaré en el salón mirando una película.
Provoqué a Constance a propósito; estaba resentida con ella por ser tan controladora con Zach, a sabiendas de que no tenía las agallas de ir contra él.
Ella me miró con el ceño fruncido:
—No me había dado cuenta de que es su día libre.
—Ah, no lo es. —Me llevé una mano al pecho—. Uy, pero qué feo de mi parte…
Salí tarareando, y no dejé caer la primera lágrima hasta estar segura por completo de que no se oiría en ningún lado de la casa.