Capítulo cincuenta y unoZach #2
—El día que murió, papá debía tomar un vuelo nocturno a Corea para verme competir.
Era el último combate antes de regresar a Estados Unidos para las eliminatorias olímpicas.
Contra Laura Müller: rica, joven y talentosa, pero ni de lejos cerca del nivel de habilidad necesario para ganarme.
—Tomó aire y las puntas de las orejas se le pusieron rosadas—.
El padre de la tal Müller se me había aparecido unas semanas antes y me había insinuado que quería llegar a un acuerdo; que la competición no significaba nada para mí porque yo llegaría a las eliminatorias en Estados Unidos de todos modos y ahí podía ganar a todos los contrincantes y conseguir mi puesto en el equipo olímpico.
Le abrí los puños y le suavicé las marcas de las uñas en la palma de la mano.
—Pero a Laura… ganarle a una esgrimista como yo le daría la confianza necesaria para competir en las eliminatorias europeas.
—Los hombros se le tensaron—. Por supuesto, dije que no.
Luego, seguí con mi vida como si no hubiera pasado nada.
—Hizo una pausa y luego—: Pero la mañana de la competición, a solo dos días del funeral de papá y sin forma de llegar allí…
—Tragó saliva y cerró los ojos—. Me senté en el vestuario y pensé que no me afectaría demasiado, así que acepté el trato…
Una única lágrima le rodó por el ojo derecho y cayó en cascada sobre la mejilla hasta desaparecer bajo la camiseta.
—Acepté perder el campeonato a cambio de un billete a Washington D.C.
y honorarios de servicios legales ilimitados.
—La mandíbula de Fae se desencajó—. Yo sabía que Vera haría algo con el testamento, que iba a necesitar un abogado.
Parecía tan fácil. Tan inofensivo. Se suponía que nadie lo descubriría.
Tracé el puente de su nariz con el dedo.
—¿Cómo se enteraron?
Yo había visto ese partido varias veces en YouTube después de que Tom me diera el informe completo sobre Farrow.
El dolor se hacía evidente en los ojos inyectados en sangre.
Si hasta el locutor había hablado del reciente fallecimiento del padre de Fae.
En cualquier caso, y sin importar lo que hubiera hecho o cómo hubiera combatido —si bien o mal—, todo podía haber sido creíble.
Aún no entendía esa pieza faltante del rompecabezas: ¿Cómo habían atrapado a Farrow?
—Por Vera —resopló Farrow—. ¿Cómo si no?
«Yo a esta mujer la mato tarde o temprano».
Lenta y dolorosamente. Con entusiasmo.
—Llegué al funeral de papá en el último minuto.
—La respiración entrecortada le sacudía el pecho—.
Justo cuando empezaban a bajar el ataúd a la tierra.
Me lancé sobre él y lo abracé con fuerza, llorando.
—Una risita amarga le subió por la garganta y dijo—: Fue todo un espectáculo.
Y la última vez que lloré. —Hizo una pausa, sumida en sus pensamientos—. Bueno, antes de ahora. Antes de ti.
Se me abultaron una cantidad de pensamientos crueles en la cabeza. Pensamientos inútiles e irreales.
«Déjame ser tu refugio, Farrow Ballantine. Déjame redimirte como tú me redimes a mí».
Le tomé la mano y la sostuve entre las mías, apretándola con fuerza.
—¿Y Vera, qué hizo?
—Montó un gran escándalo, por supuesto. Me arrancó directamente del ataúd y me tiró al suelo.
Me la quitaron de encima sus propios parientes.
Entonces, empezó a gritarme que no tenía derecho a aparecer allí, que no estaba invitada.
—Se le dibujó en los labios una breve sonrisa y siguió—: Le respondí, como siempre había hecho.
Que es el motivo por el que había terminado al otro lado del mundo: se había hartado de mis modales tan «revoltosos».
Todo porque siempre me había negado a dejarme hostigar por ellas; Vera, Reggie, y Tabby.
Un hilo de orgullo se enredó en mi pecho. Al principio, me frustraba que Farrow se negara a soportar tonterías; especialmente las mías. Pero ahora me había acostumbrado a ir a la espera de su descaro y lo añoraba todos los días.
«Estás jodido hasta la médula».
Como si pudiera oír mis pensamientos, Farrow suspiró y continuó su relato:
—Tabby chilló tan fuerte que pensé que me reventarían los tímpanos. «¿Pero cómo ha logrado llegar hasta aquí, mamá?», decía. Y a Reggie se le escapó: «Pensé que le habías vaciado la cuenta bancaria». La oyó tanta gente que se podía oír el ruido de sorpresa de la multitud.
—¿Y qué pasó después?
—Vera me arrastró detrás de un árbol y me dijo que había hablado con la madre de Laura, quien había admitido lo del soborno. Imagino que se lo confesaron porque la consideraban mi madre de hecho; porque estoy segura de que nadie pensaba que ella les iría a los del Comité Olímpico.
—¿Y entonces?
—Me pusieron una multa. De la noche a la mañana, mi reputación se fue a pique en la Federación y me expulsaron del equipo en plena clasificación. La única razón por la que la sanción no fue más lejos fue por Andras. Todo el mundo lo venera.
—Pero si nunca jamás ha ganado una medalla. —Me pasé una mano por la mandíbula e hice esfuerzos por recordar la información que había leído sobre él—. Nunca ha entrenado a nadie que haya ganado una medalla de oro.
—Es tosco, tiene la personalidad de un atasco de tráfico y soy la única que ha logrado entrenar con él, sí.
Pero eso no es lo importante, lo que se dice entre los esgrimistas es que todo lo que necesitas para ganar una medalla es hacer una sesión con él.
Y es verdad. Las últimas cuatro medallistas femeninas se entrenaron con Andras.
Solo que no lo tomaron como entrenador titular, porque es un capullo insoportable.
—¿Y Vera? ¿Simplemente lo dejó pasar?
—Vera aceptó no ir a los medios si me mantenía en mi sitio y hacía todo su trabajo sucio.
El resto del rompecabezas encajó solo: por qué Farrow se había convertido en Cenicienta 2.0, por qué todavía practicaba esgrima con la esperanza de competir en las Olimpíadas y por qué se había pasado la mañana llorando por la oportunidad oficialmente perdida.
—Ya nunca podré dedicarme profesionalmente a la esgrima. —Fae sacudió la cabeza, se levantó de un salto y se acercó a la ventana—. Ese sueño se ha ido, está muerto. Igual que mi padre.
—¿Por qué lo ha filtrado Vera ahora?
Fae se abrazó a sí misma y miró por la ventana a las rosaledas.
—Ha descubierto que tengo un investigador privado y un ejército de abogados husmeando los papeles. Encontró a Tom rebuscando en la basura en mitad de la noche.
«Estúpido tarado».
—¿Cómo lo sabes?
—Vera me mandó un mensaje.
La culpa me atravesó como un rayo: yo había metido a Tom en su vida, yo me había cargado su sueño de esgrima.
Los hombros de Farrow se hundieron mientras se abrazaba a sí misma con más fuerza que antes. Siguió hablando:
—Ni siquiera estoy segura de que Andras siga queriendo trabajar conmigo. Yo era su oportunidad de conseguir un oro olímpico.
—¿Ya se ha puesto en contacto contigo?
Tomé su teléfono y eché un vistazo a todos los artículos horribles.
La historia corría a toda velocidad e iba acelerándose mientras hablábamos.
Explotaba en cada plataforma de noticias.
Era tendencia en todas las redes sociales.
No había posibilidad de que Andras no la hubiera visto.
A menos que se hubiera ido a Marte de vacaciones.
Pulpi sacudió la cabeza y volvió el rostro hacia mí. Las lágrimas derramadas por completo le cubrían las mejillas.
La furia se me acumulaba en los talones y me calentaba todo el cuerpo.
—Farrow, deja de llorar —le disparé. La orden manchó las paredes como si fuera alquitrán pegajoso.
No estaba acostumbrado a esto. A… sentir . Y con Farrow, yo lo sentía todo. Todo el tiempo, maldita sea. Qué terriblemente problemático. Lo detestaba.
Para mi horror, los sollozos se hicieron más fuertes. Los lamentos de Fae me arañaban el pecho y me desgarraban la carne en pedazos.
—No lo entiendes. —Cayó al suelo de rodillas e inclinó la cabeza hacia abajo para que no pudiera verle el rostro—.
Durante toda mi vida, yo no tuve demasiado a mi nombre.
Ni una familia. Ni un hogar. Lo único que tenía era un sueño, un destino: la pista olímpica.
—El cuerpo le vibraba con los sollozos—.
He entregado todo mi ser en pos de ese momento.
He soñado con él cada noche, lo he deseado cada mañana de mi existencia.
Me he leído todos los libros, he estudiado todas las técnicas…
—Envolvió los brazos alrededor de las rodillas y enterró la cara en ellas—. Sin esta meta ya no sé quién soy.
Me acerqué a ella, me hundí en la alfombra a su lado y la sujeté por los hombros. Ni siquiera me di cuenta de que ahora la tocaba con facilidad, que la dejaba echarse sobre mi regazo, y que no era para ayudarme a mí, sino para ayudarla a ella.
Y quería volver a tocarla. Con frecuencia.
—Escúchame, Farrow. —Le levanté la barbilla con la punta del dedo—. La esgrima es solo una de las muchas capas que hay en ti. No te reduzcas a un solo sueño. Eres una luchadora. Una mujer de negocios. Una hija. Una mujer de principios.
Sus ojos se aferraron a mí, brillantes con las lágrimas como dos zafiros pulidos.
Puse los ojos en blanco, con sorna, y agregué:
—Y una jugadora de go bastante decente.
Ella resopló y dejó asomar una sonrisita en los labios.
—La esgrima no te ha definido nunca, Pulpi. —Le limpié las lágrimas con el pulgar—. Te dio un hogar cuando lo necesitabas.
«Pero ya no lo necesitas. Ahora tienes el mío».
Dios mío. ¿De dónde había salido eso?
Ahogué ese pensamiento tan rápido como había llegado y tomé a Farrow por los hombros.
—Ya no eres una niña indefensa. Eres una mujer capaz, competente, exasperantemente inteligente. Pronto vas a destruir a Vera, y ella lo sabe. ¿Sabes qué es esto de denunciarte a la prensa? Es una muestra de debilidad. Ella ha parpadeado primero, Pulpi.
Farrow se dejó caer sobre la espalda y se agarró el estómago.
Fruncí el ceño y me pregunté qué habría dicho para que ella riera.
Y ahí ocurrió algo extraño: una brizna de aire de la rejilla de ventilación me hizo cosquillas en la oreja y me envió un escalofrío por el cuello.
Lo que sentí fue… ¿frío? Hacía años que no sentía frío.
Hacía años que no sentía casi nada . Este momento, saborear el frío mientras Farrow recorría todas las emociones existentes bajo el sol, se sentía como el punto culminante de mi existencia.
Farrow empezó a tener hipo y logró detenerse un segundo para decir:
—¿Quién iba a pensar que serías justo tú quien me diera una charla motivadora? —Se agarró la sudadera y le temblaron los hombros—. En serio, llevo horas esperando a que Ari se despierte.
Apreté los labios: no le veía la gracia. Aun así, ella no paraba de reír. Caminé hacia la puerta, tomándome todo el tiempo posible, dándole la oportunidad de detenerme. Y lo hizo.
—Espera. —Más risitas—. ¿No te ha dicho nunca nadie que puedes ser un verdadero caballero cuando quieres?
—Por Dios, no. —Me di la vuelta y levanté una ceja hacia ella—. Y no se lo digas a nadie. No volverá a ocurrir.
—¿Zach?
—¿Sí, Pulpi?
—Cuéntame algo interesante sobre los pulpos.
No tuve que pensar demasiado. Había almacenado cantidad de datos interesantes en mi cerebro especialmente para ella, porque sabía que le gustaban.
—Los pulpos son criaturas tan inteligentes y tan superiores en cuanto a su cerebro que, si les falta estimulación mental, se angustian tanto que recurren a la autofagia y se comen su propio apéndice.
Parpadeó, con sorpresa, y me miró con la cabeza inclinada.
—Te lo preguntaré otra vez: ¿no puedo ser un gatito?
—No.
—¿Por qué?
—Porque eres espectacular, inteligente y diferente. No un cliché.
Se mordió el labio inferior y un rubor delicioso le subió por las mejillas. La respiración se le hizo más pesada. Nos estábamos adentrando en algo que acabaría en la destrucción total.
—¿Zach? —volvió a preguntar.
—¿Sí, Pulpi? —volví a responderle.
—¿Y ahora qué pasará?
—Para mi próximo acto… —la tomé de la mano y la ayudé a levantarse—, voy a incendiar el mundo por ti.