Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2) Capítulo cincuenta y unoZach
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Capítulo cincuenta y unoZach

Capítulo cincuenta y uno

Zach

Como todas las bocanadas de esperanza, la mía vivió una muerte lenta y penosa.

Yo había esperado recibir otra felación por parte de Farrow antes del almuerzo.

En cambio, lo que recibí fueron las numerosas interrupciones de Natalie, que obstaculizaban mis videoconferencias programadas y mis reuniones de negocios.

Luego, pasó mamá a quejarse por mi falta de respuesta a sus llamadas y me instó a descargarme una aplicación de seguimiento por si terminaba en una zanja en alguna parte.

Le vi brotar unas lágrimas genuinas por los ojos; sabía que aquella ansiedad latente de cuando se había enterado del accidente nunca se le había terminado de ir.

Después, llegó Oliver con una petición absurda de tomar prestada mi casa para una orgía. Lo eché a patadas, literales, y él se limitó a pedirme que lo hiciera otra vez, pero con más fuerza.

Y en todo eso, ni el menor rastro de Pulpi.

Miré por las cámaras de seguridad: los pasillos, las cocinas, los distintos salones… Nada.

«Basta con esta obsesión. Concéntrate en el trabajo».

A las dos horas de seguir intentándolo, concluí que me era imposible.

Traté de convencerme de que solo iba a controlar a una empleada rebelde mientras me levantaba del asiento y me dirigía a su habitación.

Llamé a la puerta, sintiéndome el idiota más grande del mundo.

Estaba en mi casa. Y ella, a mi cargo. ¿Por qué me sentía tan fuera de control?

—Farrow. Sé que estás ahí. —No hubo respuesta. Apreté el codo contra la puerta, exhalando con frustración—. Tu coche está aparcado en la puerta (dicho sea de paso, en el puto lugar donde debería estar el mío) y alguien se ha comido todos mis tentempiés saludables durante la noche.

Al fin, oí su voz descarada, sin un atisbo de tono de disculpa, desde el otro lado de la madera.

—Esas barras energéticas de anacardo son lo máximo, tienes que comprar más.

Había hablado con el descaro de siempre, pero percibí algo frágil en ella. Hasta endeble. Se me elevaron los nervios hasta el cielo.

—¿Pulpi? —Repasé las últimas cuarenta y ocho horas mentalmente y escudriñé cada uno de mis recuerdos—. ¿He hecho algo malo?

—Lo sorprendente es que no has sido tú.

—¿Puedo abrir la puerta?

—Preferiría que no me vieras así.

—¿Así cómo?

—Vulnerable.

—Farrow. —Cerré los ojos y tomé aire—. Te he mostrado los lados más oscuros y depravados de mí. Me he desnudado en cuerpo y alma ante ti. Todo lo que te pido es poder mirarte a los ojos un minuto.

Sentía el planeta girar bajo mis pies mientras esperaba la respuesta.

—Puedes pasar —dijo finalmente.

Empujé la puerta, entré y la cerré detrás de mí.

Natalie rondaba por la casa —y quizás Constance también—, así que quise proteger la privacidad de Pulpi.

Estaba echada en la cama, con las largas piernas enredadas en las sábanas de satén y la cara enterrada en una almohada.

Llevaba solo una sudadera enorme, pero aun así me pareció más hermosa que cualquier mujer vestida de gala.

El pelo dorado se esparcía por la funda de la almohada como rayos de sol líquidos.

Algo se me apretó en el pecho cuando la vi.

«Más te vale que sea un infarto, Zachary» , me advirtió la voz de mi madre dentro de mi cabeza.

Corrí hacia ella.

—¿Qué ha pasado?

Nunca la había visto llorar ni nada que se le pareciera. De hecho, una de las razones por las que esta mujer me atraía tanto era el hecho de que era más fuerte que el hierro.

—¿Qué te han hecho y quién ha sido? —le pregunté.

Encontré la espalda con las manos por debajo de las sábanas y empecé a acariciarla de un lado a otro sentado al borde del colchón.

Con la cara todavía hundida en la almohada, se sacó el teléfono de debajo del pecho y me lo arrojó cerca de la mano.

—Me he despertado y me he encontrado con esto.

Apareció en la pantalla un artículo del New York Times , con el titular en negrita, que decía: «Farrow Ballantine: De prodigio y talento a ENGAÑO».

—Mira la pestaña de noticias que lleva mi nombre. —La seda amortiguó el sonido de sus gemidos, que no eran gritos, pero sí señal de su angustia visible—. Ten un cubo cerca por si te entran ganas de vomitar.

Decenas de titulares escandalosos adornaban todos los sitios web más conocidos.

«Farrow Ballantine fue expulsada oficialmente de las Olimpíadas por dejarse ganar».

«La esgrimista Farrow Ballantine perdió a propósito: ¿tendrá otra oportunidad en el equipo olímpico?».

«Farrow Ballantine "engañó" al sistema: informe especial».

No me sorprendí para nada con ninguno de estos titulares; ya lo había desenterrado todo en mi investigación previa antes de contratarla.

Poco antes de regresar a Estados Unidos, Farrow había perdido a propósito en el último partido en Seúl.

De algún modo, la muy tramposa se las había arreglado para mantenerlo en secreto y manejarlo puertas adentro con el Comité Olímpico y la Federación de Esgrima Estadounidense.

Lo que no entendía era cómo lo había conseguido, dado que tenía menos contactos que un teléfono de prepago.

—Mi futuro en la esgrima se ha acabado. Estoy acabada —susurró, abrazando la almohada contra su pecho—. Nunca podré llegar a las Olimpíadas.

Le pasé la mano por la mejilla, buscando rastros de lágrimas. No encontré ninguna, pero aun así sorbió por la nariz, intentando contener una nueva oleada de emoción.

—Tienes que contarme lo que pasó, Pulpi. Desde el principio. —Le aparté el pelo de la cara, sobre todo como excusa para tocarla—. ¿Crees que puedes hacerlo?

Se giró sobre la espalda, dejando su rostro completamente visible. Tenía la nariz enrojecida, los ojos hinchados y el cabello revuelto. Cerré los puños y me concentré en no romper nada.

Farrow se mojó los labios.

—¿Prometes no juzgarme?

«Soy yo el que necesita que lo juzguen. Para mi total horror y sorpresa, tú podrías prender fuego al mundo entero, y yo te aguantaría los putos pendientes y te animaría desde las gradas».

—Te lo juro.

Se incorporó, apoyando la espalda contra el cabecero mientras me miraba con cautela. Se mordió el labio inferior antes de hablar.

—El último día en Seúl, hice algo… malo.

—Explícate, por favor.

—Acababa de recibir una llamada informándome de que mi padre había muerto en un extraño accidente.

Me lo contaba una tía lejana. No era Vera.

Ni Reggie ni Tabby. —Bajó la mirada a su regazo—.

Intenté contactar con Vera por correo electrónico y por teléfono.

Incluso envié a un vecino a llamar a su puerta, pero me evitó.

Solté una maldición, la rodeé por la cintura con un brazo y la subí a mi regazo, el pelo se desparramó por mi pierna como una cascada dorada.

Ella parpadeó y se relajó entre mis muslos.

—Ese mismo día, más tarde, descubrí que había cancelado la tarjeta que papá me había dejado para que usara en Corea. También me vació la cuenta bancaria conjunta, incluidos mis ahorros personales. Sabía que no podría comprar el pasaje de regreso sin ese dinero.

Le pasé las yemas de los dedos por la cabeza y le masajeé el cuero cabelludo, más que nada para distraerme de la rabia que me hervía por dentro.

Fae apoyó la mejilla sobre mis abdominales.

—No quería que estuviera en el funeral de papá. Quizás solo para hacerme daño, pero con la ventaja añadida de convencer a los demás de que no me importaba para cuando presentara el testamento.

Los ojos le brillaban con las lágrimas no derramadas.

Por suerte para mí, Vera no vivía demasiado cerca. Pasar el resto de mi vida en el corredor de la muerte parecía una existencia deprimente.

Le masajeé un nudo en el cuello y le deslicé un pulgar por la columna, con la esperanza de aliviarle la tensión.

—Todos los que te conocen saben que amas a tu padre.

—Nadie aquí me conoce de verdad, salvo tú.

—Arrugó la nariz y se frotó las lágrimas que se negaban a caer—.

Tenía otras opciones. No voy a negarlo. Ari es la heredera de una fortuna descomunal; hubiese podido pedirle un préstamo sin dudarlo, y ni siquiera me habría pedido que se lo devolviera.

Y todos mis otros amigos de la esgrima habrían aportado para que me comprara el pasaje de regreso si les hubiese dicho que lo necesitaba.

Mi mano subió por su nuca hasta su mandíbula solo para tocarla. Estaba maravillado de poder hacerlo. Maravillado de que ella me dejara. Y sabiendo que tenía que hacer algo con esa sensación o, de lo contrario, saldría a la caza de Vera Ballantine.

—Pero no lo hice por… orgullo , maldita sea. —La expresión de Fae se oscureció, con la mirada fija en un punto invisible en el techo—. Por orgullo no salí a pedir dinero, ni siquiera para asistir al funeral de papá.

Se acurrucó de costado y enterró la nariz en mi estómago.

—Me había pasado toda la vida sintiéndome indefensa ante Vera, Reggie y Tabby.

Pero esto marcaba la primera lucha contra ellas sin que papá estuviera de por medio.

Quería demostrarles que podía defenderme sola.

—La vergüenza se le salía por los poros, y la tela de mi camisa le amortiguaba la voz—.

No pensaba con claridad. Acababa de perder a mi padre.

Estaba sin dinero, al otro lado del mundo, y tenía dos días para conseguir un billete a casa.

No podía ni ver el futuro. Ni mi carrera de esgrima, menos. Ni tampoco las Olimpíadas.

Los dedos de Farrow se cerraron en dos puños apretados contra mi muslo.