Capítulo cincuenta y dosZach
Capítulo cincuenta y dos
Zach
Rompí el protocolo.
¿Cuál? El de no interactuar con humanos a menos que fuera absolutamente necesario.
Parecía fácil. Sin embargo, me encontré acorralando a Vera Ballantine en un callejón como un mafioso cualquiera.
Me dije a mí mismo que ella casi me había invitado, por hacerse tan fácil de encontrar.
Había publicado sus selfis geolocalizadas en tres plataformas de redes sociales y reservas a nombre de cada una de las infradotadas que tenía por hijas.
Habían elegido cenar en uno de esos restaurantes horribles, mal llamados «orientales», donde se las ingenian para convencer a los influencers de que lo que venden no es la peor comida de la galaxia. Del tipo de los que sirven sushi , pad thai y pho bajo el mismo techo.
Me escondí en un pasillo angosto y esperé a que terminaran. Lo último que necesitaba era aparecer en un periodicucho de cotilleos. Casi una hora después de su llegada, Regina y Tabitha se quedaron dentro del restaurante mientras la madre salía a pedir el Mercedes al aparcacoches.
Vera se escurrió por el callejón, sacó un cigarrillo del bolso Gucci y apenas brillaron las brasas anaranjadas del palito del cáncer, le apreté la punta de mi cuchillo por la espalda, a la altura de la cadera, aún escondido en las sombras.
Jadeó de la sorpresa y trató de darse la vuelta:
—¿Pero qué mier…?
Hundí la hoja más profundamente en su espalda, forzando su cuerpo a estrellarse contra la pared de cara.
—No hace falta que te gires, Vera. Me gustaría cenar esta noche, y tu cara es el mejor supresor de apetito que hay.
Tragó saliva y se le hundió la mejilla sobre los ladrillos rugosos.
—¿Zachary Sun?
—Escucha con atención. —Ignoré su pregunta a sabiendas de que no me veía, y menos en la oscuridad—. Tu existencia en este momento es de una enorme inconveniencia para mí. Deja de meterte con tu hijastra.
—¿Farrow? —Se inclinó hacia atrás sin acordarse del cuchillo—. Esa chica me arruinó la vida. Quiere hundirme…
—No he venido hasta aquí a escuchar una charla TED.
Te di instrucciones específicas: no te atrevas a meterte con ella.
Ni ahora. Ni en el futuro. No importa el resultado de la disputa legal que tenéis entre manos.
—Incliné el cuchillo para que sintiera el filo—.
Farrow Ballantine está bajo mi tutela. Sabes bien quién soy. Y sabes de lo que soy capaz.
«Farrow saldrá ganadora del caso aunque sea lo último que yo haga en toda mi vida».
Necesitaba asegurarme de que Vera no iba a atacarla después, y no pretendía quedarme cerca de mi asistenta para averiguarlo.
Vera intentó girarse de nuevo y, por un segundo, casi se cae.
—Usted no lo entiende —dijo.
A lo lejos, el aparcacoches le preguntaba a su compañero adónde había ido la clienta.
A Vera se le cayó el cigarrillo de los dedos temblorosos y rodó por el pavimento.
—Me quedaré sin un centavo…
—Sí que lo entiendo. Lo entiendo perfectamente. Pero no podría importarme menos. Farrow Ballantine está oficialmente fuera de tu zona de influencia. Si vuelves a interferir en su vida una vez más, te aseguro que te quitaré la tuya.
—Usted nunca me mataría. —Le salió una risa miserable por la garganta. Intentó girarse de nuevo, pero esta vez curvé el cuchillo al costado de su garganta y perdí la paciencia—. No arriesgará su vida por esa mujer que es un pedazo de basura de clase media blanca.
—Tú y yo no somos iguales, Vera. Yo no respondo ante la ley. Arruinarte a ti la vida es más fácil que pedirse una comida para llevar.
—Señor Sun…
La corté y me negué a confirmar mi identidad, sabiendo que así ella nunca podría probar sus sospechas:
—Yo me considero una persona meticulosa. Cuando haya terminado contigo, seguiré con tus hijas…
—Por favor…
—Me ocuparé de que vivan en la más absoluta pobreza, que jamás puedan casarse con alguien respetable.
Ambos sabemos que son incapaces de salir adelante por sí mismas.
—Clavé un talón sobre su cigarrillo y lo pulvericé por debajo de la suela.
Se apagó con un silbido—. Para cuando acabe con tu familia, te arrepentirás del día en que decidiste formar una y dejar a Farrow fuera de ella.
Empezó a sollozar y las lágrimas le brotaron por los ojos.
—Es usted malvado.
Los aparcacoches se impacientaron y empezaron a llamarla por el nombre. Uno de ellos le pidió a otro que fuera al restaurante a buscar a las hijas. Tenía que cerrar el tema.
—Lo soy —le confirmé, en total tranquilidad con su observación—. Te irá mucho mejor si no te olvidas de ese dato tan simple. No solo soy más malvado que tú, sino que también más capaz. Considera esta como tu primera y última advertencia, Vera. Deja en paz a Farrow.
Ella volvió a estallar en otro ataque de lágrimas y asintió.
—Ahora date la vuelta y vuelve al restaurante. Si llegas a darte la vuelta, lo último que verás antes de morir será el destello de mi espada.
No tenía intención de malgastar un cuchillo en perfecto estado con ella, pero ella no lo sabía.
Asintió, más rápido que un muñeco de esos que rebotan con la cabeza.
—Está bien, está bien.
La empujé hacia la calle con la empuñadura del cuchillo. Se tropezó con sus propios pies, y seguía llorando y ahogándose en sus propias lágrimas.
—Mamá. Ufff, ¿dónde te habías metido? —Uno de los engendros de Vera se le aferró al brazo tan pronto como ella se acercó—. Hemos tenido que esperarte en medio del frío.
—No te preocupes, cariño —le ronroneó Vera, con la voz de negocios de siempre—. Solo me he tomado un descanso para fumar un cigarrillo.
—Deberías dejar de fumar. Se está comiendo nuestra herencia y no nos queda demasiado.